Joseantonianos y transición política


El pasado fin de semana intervine como invitado en una de las ponencias de la XI Universidad de Verano de la Fundación José Antonio. Participar hoy en España en algo que lleve el nombre de José Antonio es ya de por sí casi como quedar estigmatizado de por vida. En mi caso, tengo que decir que acepté la invitación, cursada por el profesor universitario de Sevilla José Manuel Cansino, sin dudarlo: por mi trayectoria estoy a estas alturas tan marcado que soy "un caso perdido" y, por otro y ya más en serio, me parece de justicia histórica recuperar para el patrimonio común de los españoles un nombre como el de José Antonio Primo de Rivera, tergiversado hasta la náusea durante la dictadura franquista y hoy injustamente proscrito y condenado al ostracismo.

Si preguntáramos a la gente de a pie por este personaje, descubriríamos que, a pesar de que durante cuatro décadas su imagen estuvo muy presente en la vida nacional, sus contenidos políticos permanecieron arrinconados, por lo que es uno de los grandes desconocidos de nuestra historia. La mayor parte de los españoles de hoy tendrán la equivocadísima idea de que se trata de un líder ultraderechista o alguna visión simplista parecida a ésa. A mí me interesa la figura de José Antonio, pero no del José Antonio angelical que nos ofrecieron en el franquismo ni del José Antonio demoníaco que hoy nos presentan, sino del José Antonio lleno de humanidad, del José Antonio de la búsqueda de una síntesis política, del que abandonó una posición social acomodada para defender sus ideas hasta ser asesinado, del admirador de Picasso que habló de su obra con este pintor malagueño, del amigo de Federico García Lorca con el que el poeta decía cenar muchos viernes, del hombre que defendía “la aspiración a una vida democrática, libre y apacible”, del que consideraba que desmontar la injusticia del capitalismo era “una alta tarea moral”, del que fustigó a la derecha de su tiempo por su egoísta desentendimiento de las carencias sociales, del brillante parlamentario de la Segunda República, del hombre del que han hablado en términos elogiosos Miguel de Unamuno, Azorín, Rosa Chacel, Salvador Dalí, Gregorio Marañón, Fernando Sánchez Dragó, Alfredo Amestoy o Julio Anguita, al igual que lo hizo toda la izquierda de su tiempo, como los anarquistas Durruti y Abad de Santillán, la radical-socialista Victoria Kent, la comunista María Teresa de León, y los socialistas Prieto, Largo Caballero, Prat o Zugazagoitia, entre otros, de quien consumió sus últimos días en prisión en intentos de mediación para parar la guerra civil, del que hizo una valoración negativa de lo que iba a pasar tanto si ganaba el gobierno como si ganaban los sublevados, del que formuló una propuesta de paz que suponía el restablecimiento de la legalidad republicana sin represalias y la formación de un gobierno de concentración nacional con distintos partidos, del que deseó infructuosamente al morir que ojalá fuera la suya la última sangre española derramada en discordias civiles. No digo, claro está, que José Antonio no tuviera, además, defectos, desaciertos o aspectos con los que no esté de acuerdo. Claro que sí. Pero, en primer lugar, creo que fueron comparativamente menores que los de algunas otras figuras políticas del momento que hoy están poco menos que elevadas a los altares y, en segundo lugar, cuando menos sería deseable que la figura se analizara con rigor, sin simplificaciones ni gruesas caricaturas interesadas.

Pero, dejando a un lado esta explicación previa –más motivada por la desinformación que creo que existe sobre el personaje que por una justificación personal que no necesito dar-, en esta ocasión no hablábamos de José Antonio, sino que la Universidad de Verano que organiza la Fundación que lleva su nombre se centraba en otro tema: La Transición Política, treinta años después de las primeras elecciones democráticas.

Me tocó compartir tribuna con Pedro Conde Soladana, algo que para mí constituyó un honor y una satisfacción y así lo expresé. Pedro -a quien no conocía personalmente hasta no hace mucho tiempo- es un vallisoletano que en la época de la transición estaba aún en la treintena, pero tuvo un cierto protagonismo a través de su actividad política y de su columna en el periódico El Imparcial. Trabajador de la siderometalurgia, durante las postrimerías del régimen franquista había destacado por su participación en luchas sindicales y reivindicaciones laborales, siendo detenido y procesado varias veces, hasta resultar finalmente despedido de su empresa. Trabó contacto con Manuel Hedilla Larrey, el hombre que había sido elegido democráticamente en 1937 como sucesor de José Antonio al frente de Falange Española y que se opuso a la absorción de ésta por el aparato del régimen franquista, siendo por ello condenado a muerte primero y –tras conmutarse la pena- encarcelado durante años. Pedro Conde se acercó a organizaciones falangistas antifranquistas en la clandestinidad. En las primeras elecciones democráticas, Pedro estaba ya al frente de la Falange Auténtica, apellidada así por contraposición a la otra pseudo-Falange de extrema derecha, dirigida por el ex ministro franquista Raimundo Fernández Cuesta. Al margen de que se puedan o no compartir sus ideas, creo que hombres como Pedro, que entregaron lo mejor de sí mismos para plantear alternativas al pueblo español, son un digno ejemplo de coherencia, honradez e integridad.

La organización de esta Universidad de Verano, dirigida por el periodista Javier Castro-Villacañas, había dispuesto la intervención de unos ponentes –que son los que se lo curran, los que elaboran un trabajo sobre la materia- y a continuación unos comentaristas –que apostillaban y glosaban brevemente esa ponencia previa-. Ni que decir tiene que en este caso el ponente fue Pedro Conde Soladana y el tuno que chupó rueda de su trabajo fui yo.

Pedro detalló en su ponencia –pasando de la anécdota a la categoría- la presencia electoral en el 15-J de aquella joven y audaz FE-JONS (Aut.), que era vista entonces en los ambientes políticos como de izquierda, nos mostró carteles e informaciones de prensa y proyectó algún fragmento de los spots electorales de las nueve formaciones que obtuvieron espacio en TVE por concurrir en el suficiente número de circunscripciones. Resultó, por cierto, muy ilustrativo ver y escuchar ahora al joven Felipe González prometer que los diputados del PSOE saldrían al terminar su mandato como entraron, con las manos totalmente limpias. Evocó también Pedro algunos episodios hoy silenciados, como la participación de algunos destacados falangistas auténticos en la fundación de las clandestinas Comisiones Obreras.

En mi intervención, ofrecí algunos datos sobre las diversas organizaciones –una auténtica sopa de letras- que invocaban la herencia joseantoniana en 1977, desde ese falangismo auténtico hasta las consabidas falsificaciones ultraderechistas, así como los resultados electorales que cada una de ellas obtuvo. Hice, finalmente, una reflexión sobre qué planteamiento, a mi juicio, se debería haber formulado en ese momento –reducir el número de opciones políticas y la perplejidad que provocaban en el elector, simplificar un mensaje complejo cifrándolo en una serie de ideas-fuerza, dar una imagen actualizada, y asumir sin reserva alguna el pluralismo político…- para no perder definitivamente el tren de la transición y no quedar extramuros del conjunto de partidos democráticos. Pero, en todo caso, reconocí que es relativamente fácil hacer análisis a posteriori y que lo difícil era acertar en el momento y más en una encrucijada de tanta confusión como aquélla. Aclaré que en mi valoración no hay ni sombra de reproche a quienes, con la mejor de las voluntades, intentaron valiente y honradamente abrir caminos alternativos. Si a la postre no se consiguió, “¿quién nos compuso el engaño -como dice la canción de Aute- de que vivir es apostar a no perder?”.

Pensaba el otro día que, para alguien que no haya profundizado en estas materias, la actual situación le podría parecer “el mundo al revés”: el PSOE renegando de la transición y los joseantonianos en buena medida reivindicándola. ¿No es el PSOE el que presumía de haber diseñado la transición en la pizarra de Suresnes? ¿No eran los falangistas quienes se resistieron al cambio? Pues ni una cosa ni otra. La transición no puede ser patrimonializada por nadie, pero resulta irresponsable que el zapaterismo aliente ahora el revanchismo que entonces se consiguió conjugar en pro de la concordia. Y es verdad que en la transición hubo grupos ultras que se autoproclamaban falangistas y que fueron dignos herederos del ala más dura del continuismo franquista, pero también hubo estos otros falangistas auténticos que tenían meridianamente claro lo que repitió el otro día Pedro Conde: que es preferible cualquier democracia, por imperfecta que pueda ser, a una dictadura.

El gran mérito de la transición no fue el entramado político creado en la Constitución, porque el sistema electoral de listas cerradas y bloqueadas, el monopolio de la representación por unos macropartidos que son como empresas que se mueven al son del marketing y no de los intereses nacionales, el excesivo poder que se otorgó a los nacionalismos y que está pasando facturas cada vez mayores… no son, en mi opinión, como para estar muy satisfechos. El mérito fue otro: que, por muchos errores que se cometieran, por muy imperfecto que sea el actual marco político, y aunque legítimamente muchos aspiremos a su transformación, aquella transición de la dictadura a la democracia, aquella recuperación de las libertades formales, no se hizo contra nadie, no se hizo desde la nostalgia de unos ni el revanchismo de otros, sino con el pueblo español mirando con decisión hacia delante, hacia un porvenir que superase heridas del pasado y abriese la posibilidad de convivencia pacífica. Ésos son el patrimonio, la enseñanza histórica y el ejemplo a los que, sea cual sea el futuro común que construyamos, los españoles nunca deberíamos renunciar.

3 comentarios:

jorge dijo...

Hola Carlos. Es verdad que a ti no te favorecerá en nada decir estas cosas tan políticamente incorrectas, por eso me parece valiente la defensa que haces de la figura de Jose Antonio. Hay algunos datos que ofreces que yo no conocia y me despiertan curiosidad, por ejemplo la amistad con Lorca, no lo sabia. Estaria bien que esos testimonios elogiosos que citas de Unamuno, Chacel, Anguita, etc los reprodujeses alguna vez o nos dijeras donde poder leerlos.

Blanca dijo...

Hola Carlitos, que conste que me he leido el articulo de Jose Antonio enterito, y eso para mi que no me interesa la política es todo un mérito.
Lo que te quería decir es que desde mi opinión, de persona que no entiende ni papa de política, estás en un partido muy raro, me explico, cuando teníamos unos 19 años y tu nos contabas que estabas en el SEU, y lo que era y todas esas cosas, yo con la pinta que tenías entonces pensaba "ya no se de que "color" es el partido de este tio, pero de derechas va a ser que no.
¿Pero que pasa? que mi abuelo era de izquierdas (o eso decia) y siempre he oido en casa que la Falange era de Franco, y eso es lo que hemos oido todos los crios cuyos padres vivieron una guerra (su guerra) y te la cuentan según como le ha ido en ella.
Cuando oficiaste aquel bonito acto para mi hace casi dos años ya, al explicar a la gente quien eras tu, me volvía loca, si decía que eras de Falange las caras que me ponían eran para hacer fotos, y yo siempre acababa diciendo "pero no de la Falange de Franco, eh? sino de la Autentica" y la gente me miraba y me decía "si, si, claro, ala bonita tómate algo".
Por eso me parece genial que lo expliques, que cuentes quien era de verdad Jose Antonio, que era de verdad la Falange, antes de que el tío Paco se la "apropiara".
De verdad Carlos, la gente no lo sabe, y a lo mejor no importa que no lo sepa, pero creo que si Jose Antonio se lo curró tanto en vida no se merece que se le recuerde por lo que nunca fue, y menos aun por lo que nunca quiso ser.
Un besito, se feliz.

F.C. dijo...

Yo creo que el mejor instrumento para la reivindicación del falangismo auténtico es el testimonio vital de quienes lo defienden. Pasión por el ser humano, por la libertad y por la justicia son los principales ingredientes de esa reivindicación sazonados quizás con unas gotitas de utopía.
Tu caso es un claro ejemplo. Te felicito por tu valentía.