La buena gente

A Luci y su familia.


Hace unos meses, alguien me aseguraba que la transmisión de valores en los núcleos familiares estaba muy directamente relacionada con el nivel formativo y cultural de los padres. Y yo disentía de que existiera una identificación tan directa. Es cierto que ese nivel te permite definir mejor esos valores, explicitarlos… pero la relación me parece que no es tan lineal ni tan simple como mi interlocutor pretendía. Conozco gente poco instruida que, aunque no sepa explicar las cosas con elocuencia, vive y transmite en la práctica valores encomiables, y también sé de personas con mayor nivel formativo que son auténticos miserables desde el punto de vista de los valores humanos.

Me acordaba yo ese día de algunas familias de mi pueblo –para empezar, de mis padres-, pero en particular me vino especialmente una a la cabeza, a la que conozco desde mi infancia, que para mí refutaba claramente con los hechos cotidianos la afirmación de mi interlocutor. Una familia normal, humilde, donde los padres apenas había podido tener acceso a una formación elemental… Sin embargo, sus objetivos vitales no los fijaron en hacer ostentación de grandes casas o grandes coches, sino en conseguir el mejor futuro posible para sus hijos. Y les transmitieron, con palabras sencillas y, fundamentalmente, con el ejemplo cotidiano, esos valores de la honestidad y de la superación.

Hace unos días moría inesperadamente la madre. Hice encaje de bolillos con las citas profesionales para poder escaparme al pueblo, acompañar esa tarde a sus hijos y nietos y darles un abrazo. Y mientras iba caminando al cementerio, recordaba a esa mujer que te hablaba siempre de sus hijos con evidente cariño y legítimo orgullo. Y pensaba que también ellos tenían razones para sentirse orgullosos del legado que recibieron: el de alguien que tendría sus virtudes y sus defectos, que haría cosas bien y cosas mal, pero que, sobre todo, no cabe duda de que -como decía yo en la entrada que dediqué a mi padre- les enseñó a ser buenas personas.

En una sociedad que entroniza -con los hechos y con las referencias cotidianas que se nos proponen- el cinismo, la fama sin méritos, la ausencia de escrúpulos, la competitividad desmedida, la picaresca, el enriquecimiento rápido y a cualquier precio, la ostentación, la apariencia… cada vez me gusta más la buena gente. Las personas que nunca tendrán protagonismo mediático, pero que han abrazado durante toda su vida conceptos tan en desuso como la autenticidad, la buena educación, la honradez, el esfuerzo, el respeto o el hacer el bien.

Ésa es la verdadera nobleza. No se plasma en pergaminos ni en títulos aristocráticos. Pero a veces, sólo a veces, también resulta ser hereditaria.
(Fotografía: Fire, exclamation mark, de Naero, de la galería de imágenes Creative Commons de Flickr).

Tarde de poesía y amistad

El sábado 24 de octubre asistí a la presentación en Madrid de Hambre de vida, el último poemario de Laura Fernández-MacGregor Maza que esta escritora mexicana está dando a conocer en Europa. El volumen, además de la edición impresa, contiene un CD con los textos recitados por la propia autora.

Laura, educadora, apasionada de la lectura y el arte, tiene publicados en México cinco libros de poesía y uno de narrativa breve, y en proyecto una comedia musical. Confieso que no conocía hasta ahora la obra de esta autora, que leeré con interés tras asistir a este evento.

La presentación tuvo lugar en un acogedor y recomendable restaurante, Mestizo, en la calle Recoletos de Madrid (no confundir con el paseo de Recoletos, como nos pasó a dos pringados esa misma tarde, por cierto...).

Acudí al acto por invitación de la persona que había coordinado su organización, mi amiga Virginia Fermoselle, periodista, una gran amante de la literatura y alma máter de la firma Diglosia. Hay muchas personas que organizan eventos con fría eficacia, pero Vir aporta valores añadidos: su interés por la cultura y esa sensibilidad que le lleva a cuidar cada detalle, hasta dar una calidez singular al acto.

Los versos de Laura sobre el amor, la muerte y la vida -como las tres heridas de Miguel Hernández- llegaron al público en las voces del poeta Diego Valverde Villena, actual director de la Feria del Libro de Valladolid, y de la joven actriz Marta Benvenuty, que tiene ya en su haber un buen puñado de interpretaciones destacables en la escena madrileña. Al alimón nos obsequiaron con una magnífica declamación de los poemas de Hambre de vida, acompañados por Julio al piano.

Luego, se hizo entrega a Laura de un cuadro –El diván-que recrea un pasaje de El abanico, uno de los poemas del libro que se presentaba esa tarde. De esa obra pictórica es autor Borja Leonardo, oscense afincado en Barcelona, arquitecto y estudioso de Bellas Artes, que se inició en la pintura desde niño y que ha participado en varias exposiciones y colaborado como ilustrador en revistas culturales.

En el cóctel tuve ocasión de departir brevemente con José Gárate, Presidente de la Fundación Castilnovo, que promueve la amistad hispano-mexicana, y con quien quedamos emplazados para una próxima comida. Y compartí vino y animada charla con escritores, periodistas y otros amigos.

Pero para mí una de las gozadas de la tarde, sin duda, fue tener ocasión de conocer y saludar a Roberto Alifano, que intervino en la presentación. (Precisamente con él aparezco en la foto, junto con Virginia y con Francisco Javier Redondo Jordán, bloguero, escritor a punto de editar sus primeras obras y webmaster de sanchezdrago.com). Alifano, persona muy interesante y afectuosa, es autor de una docena de poemarios, una extensa obra que se inició en 1967 con De sueños y caminantes hasta llegar en 2006 a Cantos al amor maravilloso. En Chile trató a Pablo Neruda y fue el encargado, recién depuesto Allende, de pronunciar las palabras de despedida en el entierro del poeta, por lo que fue detenido y expulsado del país por los golpistas. En su Argentina natal, Alifano se convirtió durante una década en la mano derecha y los ojos de Jorge Luis Borges y, fruto de esa colaboración profesional, vieron la luz, entre otros muchos trabajos, traducciones de Robert Louis Stevenson, Herman Hesse y Lewis Carroll. Sobre la obra y el perfil personal del gran autor argentino ha publicado varios volúmenes, entre ellos Conversaciones con Borges, Borges, biografía verbal y El humor de Borges. Colaborador habitual de prensa americana y europea, con varios premios literarios y distinciones en su haber, Roberto es el actual secretario de la Sociedad Argentina de Escritores y, desde 1988, dirige la prestigiosa revista Proa, fundada precisamente por Jorge Luis Borges en 1922. A pesar de toda esta trayectoria que resumo, Roberto es hombre sencillo y sumamente accesible, sin rastro alguno de divismo. Fue un placer compartir con él cerveza, grata conversación ¡…y hasta alguna milonga borgiana! Brindo desde ahora por un reencuentro.

(Fotografías: Sonne)

Corrupción y partidos políticos

Artículo publicado en ÁvilaRed.com, 24.11.09.
 
Más de medio centenar de instituciones locales y autonómicas afectadas y más de ochocientos imputados en el año 2009. De nuevo la corrupción política acapara portadas en los medios de comunicación, si es que alguna vez dejó de hacerlo. Y llevamos ya demasiados años y demasiados casos como para que los grupos políticos sigan esperando a que escampe o a que le toque al otro. Parece que, si de verdad les preocupa –que me temo que no- sería hora más que cumplida de abordar con cierta seriedad un problema que les ha salpicado a todos durante décadas.

Un partido, ¿tiene la culpa de que le surja un corrupto en su seno? En principio, no. Ninguna administración, empresa, organización o entidad de cualquier tipo puede garantizar de forma absoluta lo contrario: que nunca tendrá un aprovechado dentro. Está en la naturaleza humana: gente sin escrúpulos, como gente honrada, la habrá en todas partes.

Entonces, ¿qué responsabilidad tiene un partido respecto a la corrupción de sus integrantes?

Para empezar, obviamente la de no ser partícipe de la misma. Una cosa es que una organización albergue involuntariamente un corrupto y otra es que el propio partido como tal organice, tolere, ampare o conozca una trama de corrupción o se beneficie de la misma. El caso Filesa sería un claro ejemplo de esto último: las personas condenadas por delito fiscal y por falsedad documental (recuerden: la multimillonaria facturación, ejecutada a través de una red empresarial ad hoc, de informes inexistentes a grandes empresas, presumiblemente a cambio de favores gubernamentales) no trabajaban pro domo sua, sino para financiar al partido del que formaban parte.

Pero si nos centramos en aquellos casos en los que los corruptos lo son en su propio beneficio, el partido es responsable, a mi juicio, fundamentalmente de dos cosas: primero, de establecer controles para prevenir la corrupción; y, segundo, de reaccionar adecuadamente cuando se detecta que se han producido episodios de esta índole.

En España, creo que en los partidos no existen controles. Tal vez no se ha querido que existan. O, si los hay, es evidente que no funcionan: desde que tengo uso de razón, jamás, ni una sola vez, ni una sola, he tenido como ciudadano la más remota noticia de que un grupo político haya descubierto a un corrupto en su seno y haya actuado motu proprio contra el mismo, expulsándole públicamente y denunciándole ante la justicia en una actitud ejemplarizante. Todos y cada uno de los casos de corrupción que hemos conocido le habían pasado desapercibidos significativamente al partido de turno, es decir, a quien más cerca los tenía, y siempre han sido descubiertos o denunciados por otros: por un tercero afectado, por el partido contrario, por un medio de comunicación, por la policía, por los jueces…

Y las reacciones de los partidos en cuestión al destaparse cualquier irregularidad han distado siempre de ser ejemplares. Al igual que en la gestión política, también ante la corrupción mantienen un discurso sectario, de doble rasero, intercambiable entre ellos: son tremendamente exigentes cuando se descubre en el grupo rival y tremendamente contemporizadores cuando aflora en su propio seno.

El PSOE negó mil y una denuncias antes de ir rindiéndose a las evidencias (RENFE, BOE, Cruz Roja, Roldán…), puso la mano en el fuego por Mariano Rubio, ofreció –sin cumplirlo luego- dos por uno en el caso Juan Guerra, acompañó a la puerta de la cárcel a los organizadores del GAL y saqueadores de fondos reservados y les dio un abrazo solidario mientras arremetía contra el poder judicial… En el PP, tras escaparse por los pelos del caso Naseiro por un defecto sustancial de forma en la instrucción, la estrategia reciente ha pasado por poner el foco en sucesivas cuestiones colaterales, a veces con justificación y a veces sin ella, pero siempre con el ánimo de distraer la atención del problema central. Así, en lugar de hablar de la vergonzosa trama Gürtel y todo lo que implica, hemos hablado durante meses de las cacerías de Bermejo, de la recusación de Garzón, de la colocación de esposas a los detenidos, de las filtraciones de los sumarios, del mayor o menor acierto de la regulación penal del delito de cohecho impropio, de la ilegalidad o no de las escuchas del Sitel… No digo yo que algunas de estas cosas no sean cuestiones importantes –que lo son-, pero resulta claro que el PP las ha utilizado como cortina de humo para que el debate político, la atención mediática y la opinión pública no se centrasen en una trama corrupta que le afecta muy de lleno.

El mensaje que todos los partidos deberían lanzar ante un caso de corrupción, sin perjuicio del respeto a la presunción de inocencia, es el de "no toleramos que se haga y el que lo hace no puede estar entre nosotros". Pero el mensaje que lanzan implícitamente, el que los corruptos pueden percibir a tenor de su comportamiento, es muy distinto, algo así como "haz lo que quieras pero ten cuidado y no comprometas al partido".

No entiendo que Unión Progreso y Democracia o Izquierda Unida no hayan salido a la palestra abanderando un plan de medidas sensatas y efectivas contra la corrupción. Sí, ya sé que el PP se ha adelantado a poner sobre la mesa un planteamiento de ese tipo. Pero los conservadores tienen dos problemas graves. El primero, de credibilidad. ¿El mismo partido que arropó como una banda de hooligans a Camps diciendo ahora que hay que prohibir la recepción de regalos? ¿El PP proponiendo medidas de contratación pública radicalmente opuestas a lo que viene por sistema practicando en todas las comunidades autónomas y gobiernos que ostenta? Y el segundo problema es de seriedad: la corrupción no se combate publicando en internet las actas de los plenos municipales y vacuidades así, hay que tomársela en serio. Otro tanto le pasaría al PSOE. Por eso digo que no acabo de comprender por qué un grupo político emergente como UPyD (que se ha presentado como defensor de la regeneración) o IU (formación veterana, pero muchísimo menos afectada por este fenómeno, incluso si lo consideramos en proporción a sus cuotas de poder, que el resto) no sean quienes hagan suya una causa que los dos macropartidos intentarán lidiar como llevan haciendo durante años: con una faena de aliño, con más ruido que nueces, esgrimiendo el "y tú más" y sin ir al fondo del problema. Las minorías, en combinación con la presión ciudadana y de algunos medios, podrían servir como ese necesario contrapeso que obligue a los grandes a no seguir mirando hacia otro lado.

Y aviso para navegantes: siempre que los grandes partidos han pretendido convencernos de que iban a afrontar la corrupción, han aprovechado para cobrarse un precio. Me explico: el diagnóstico tradicional de PP y PSOE –también de CiU en Cataluña- es que algunos episodios de corrupción –fundamentalmente el cobro de comisiones- respondían a una situación de supuesta insuficiencia en la financiación de los partidos políticos. Esto lo reconocían sin que se les cayera la cara de vergüenza. Y acababan no por recortar de común acuerdo gastos de sus irracionales, mastodónticas e innecesarias campañas electorales, sino por articular mecanismos para embolsarse cada vez más dinero público. Como escribía recientemente un periodista, eso recuerda a la tradicional frase de “es triste pedir, pero más triste es robar”. El problema es que en este caso los que se consideran a sí mismos indigentes, después de pedir -y obtener- seguían luego robando.

Pueden y deben adoptarse reformas normativas para inyectar rigor a la contratación pública, para establecer mecanismos más efectivos de fiscalización administrativa, para fomentar la transparencia, para meter mano al negocio del urbanismo depredador… Pero no todo se soluciona siempre con nuevas leyes. En muchos aspectos sería ya un avance sustancial que los propios partidos se aplicaran el cuento: que hicieran un esfuerzo sincero por imponer cierto ambiente de limpieza en sus filas, por instaurar controles internos, por lanzar mensajes inequívocos al interior y al exterior, por atender los informes del Defensor del Pueblo y del Tribunal de Cuentas, por no seguir jugando durante años a no enterarse ante alcaldes de los que es vox populi que están metidos de lleno en el fango de los pelotazos inmobiliarios, por no vivir instalados en una especie de do ut des cómplice donde, mientras ningún tercero dé a conocer el caso, todos parecen emular al ciego del Lazarillo: sospecho que el partido rival debe de estar comiendo las uvas de tres en tres porque yo las como de dos en dos y él calla.

Galeano en Madrid

“Pensé que conocía unas cuantas historias buenas para contar a los demás, y descubrí, o confirmé, que escribir era lo mío (…). Aquella noche me di cuenta de que yo era un cazador de palabras. Para eso había nacido”.
Eduardo Galeano sabe utilizar como pocos la magia de la palabra.

Sabe capturar historias. Historias que están en la memoria de la gente o que surgen mirando alrededor, la calle, los campos, los países, las personas. Sabe ponerlas luego negro sobre blanco. Y devolvérnoslas contadas con sus palabras, de forma tal que nos divierten, nos hacen pensar, nos conmueven.

Galeano escapa de cualquier género. Lo que escribe es todo: ensayo, narrativa, poesía… a la vez.

La primera vez que leí sus textos me deslumbró y desde entonces no ha dejado de acompañarme. Con él aprendí que, por más que el horizonte siempre se aleje, la utopía sirve para caminar. Que visto desde arriba el mundo es un mar de fueguitos. Que necesitamos personas que nos enseñen a mirar. Que la imaginación nos salva. Que los nadies sí existen. Que podemos reclamar el derecho al delirio.

Eduardo Galeano vino a Madrid el mes pasado y el 14 de octubre acudí al Auditorio Marcelino Camacho a escucharle. El escritor primero leyó una selección de sus textos y después conversó con el público, contestando algunas de las preguntas previamente recogidas.

Ya me fascina, de entrada, que la rebeldía frente a la injusticia pero desde la poesía y la sensibilidad sea capaz de llenar un local con tan enorme capacidad. Después, es toda una experiencia disfrutar de la voz cálida y la lucidez de este escritor uruguayo que mezcla la lírica y la épica, que aúna la denuncia y la ternura.
Por aquí les dejo el video completo de la presentación, por si a alguien le apetece verlo. Galeano adaptó mucho la selección de textos a lo que él creía que podía encajar en el foro al que había sido invitado, el Ateneo Cultural 1º de mayo de CC.OO. de Madrid. (Posiblemente supondrá que los sindicatos españoles de Méndez y Toxo siguen siendo de verdad sindicatos, como en la época de Redondo y Camacho. O sea, de los que existen en otras partes del mundo para defender a los trabajadores y no para que el presidente del gobierno les diga que nunca olvidará que se hayan quedado callados mientras centenares de miles de personas perdían su empleo y que ellos, además, le aplaudan encantados...). A pesar de todo y muy por encima de esto, siempre merece la pena escuchar a Eduardo Galeano. (Por cierto y como curiosidad, en un barrido que hacen antes del comienzo se me ve entre el público, aunque está muy oscuro. Estoy en el extremo de una fila del lado derecho, con mi amiga Virginia).
(Fotografías del autor).

De risas...

Afortunadamente luego cambió mi suerte, pero a priori aquella semana se presentaba un tanto oscura y necesitaba evadirme para no pensar demasiado. Así que me prescribí a mí mismo salir todos los días y acudir al menos a un par de espectáculos de humor. El 19 de octubre fui con Marisol, Gonzalo, Noelia y Ricardo, a ver a Luis Piedrahita en la Sala Galileo. Y luego, el jueves 22, con Txati, Isa, Tere y Fernando, a ver a Les Luthiers en el Palacio Municipal de Congresos.

El polifacético e ingenioso Luis Piedrahita es humorista, mago, guionista, director de cine, escritor… Saltó a la fama tras ganar el I Concurso de Monólogos de El Club de la Comedia y desde entonces no ha parado. Es uno de los colaboradores habituales de Pablo Motos, primero en el espacio radiofónico No somos nadie y luego en el programa de televisión El Hormiguero. En el terreno del humor, se ha especializado en divertidos monólogos sobre las pequeñas cosas (tales como los bombones, los juegos de mesa, las bolas de navidad, las pilas...). Como suele ocurrir, además en vivo y en directo gana, así que nos reímos casi sin parar durante hora y media. Aquí les dejo una de sus disertaciones, sobre los juguetes de playa. No se pierdan el glorioso final, las frases más típicas de una madre: les sonarán familiares, seguro. 

 
Desde el otro lado del Atlántico llegaron a España de nuevo, con el mismo éxito de público que siempre les acompaña, Les Luthiers, unos monstruos de la escena que llevan más de cuarenta años haciendo reír a varias generaciones, con casi dos centenares de canciones, más de treinta espectáculos y una decena de discos.

En la función que han estado representando hasta hace poco en Madrid, Los Premios Mastropiero, estos argentinos geniales vuelven a desplegar sobre el escenario las armas habituales con las que componen su humor inteligente: la capacidad interpretativa, el ingenio en las canciones y los textos, los recursos gestuales, los juegos de palabras... A mí me parece que la excusa utilizada en esta ocasión como conductora del espectáculo –una entrega de premios similar a los Óscar de Hollywood- da menos juego, pero aun así el resultado es divertido y siempre merece la pena verles. Y, por cierto, el bis final, muy en la línea de espectáculos anteriores, fantástico.

Uno de los momentos más delirantes de la función es esta interpretación que Daniel Ravinovich hace del bolero Ya no te amo, Raúl (…¿o debería decir Raúla?). 

Curso Responsabilidad empresarial en accidentes de trabajo

El próximo miércoles 18 de noviembre imparto un curso sobre Responsabilidad empresarial en los accidentes de trabajo, organizado por Fundación Confemetal.

Este seminario está destinado a repasar las obligaciones del empresario en materia de prevención de riesgos laborales y, especialmente, a informarles sobre el alcance de su responsabilidad en el ámbito administrativo (sanciones), en el ámbito civil (indemnizaciones) e incluso en el ámbito penal (condena por delito), con una finalidad preventiva: evitar los accidentes de trabajo y evitar la posible responsabilidad empresarial en los mismos.

¿Cuál les ha gustado más? (II) Nombres propios


Seguimos haciendo repaso de algunos artículos publicados en el blog en estos dos años de andadura y recogiendo opiniones de lectores. Otra de las secciones que más comentarios suele acaparar es la que llamo Nombres propios, una etiqueta que coloco en aquellas entradas que se centran en personas concretas.

A menudo son artículos escritos desde la admiración. Con ocasión de algún evento, aprovechando un encuentro personal o con diversos motivos, he tenido ocasión de recoger en el blog mi personal visión sobre no pocos personajes públicos, como la periodista Mara Torres, los cantantes Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Luz o Buika, los escritores Juan Gelman, Gioconda Belli y Flavia Company, los políticos Melchor Rodríguez y Maite Pagazaurtundua o la actriz Aitana Sánchez-Gijón, entre otros.

Algunas veces –y esto es una de las experiencias gratificantes del blog- he recibido con ilusión amables acuses de recibo por parte de los aludidos. El escritor Lorenzo Silva, del que recomendé un libro, me escribió dándome las gracias: “Me haces un hermoso regalo: la esperanza de algún nuevo lector al que animen tus palabras. Mi gratitud por esa generosidad”. El webmaster de Juan Gelman, galardonado con el Premio Cervantes, reprodujo en la bitácora del poeta mi artículo, lo que para mí constituyó un auténtico honor. La escritora nicaragüense Gioconda Belli (con la que luego he mantenido contacto a través de una red social y a la que tuve ocasión de saludar personalmente en una segunda ocasión) me escribió unas líneas muy afectuosas: "Carlos Javier, me ha emocionado el post que dedicas a mi obra. ¡Está bellísimo! Mil gracias. Me alegro de haber compartido un pequeño momento con vos en Casa de América y estoy muy contenta de que 'El Infinito...' no te haya decepcionado, sino lo contrario. Te mando un abrazo cibernético”. Con la narradora –y excelente persona- Flavia Company mantengo contacto habitual a partir de nuestros encuentros blogueros. También me contestó afectuosamente mi admirada Maite Pagaza, enviándome un abrazo y calificando mi escrito como “un texto muy emocionante y hermoso”.

En ocasiones han sido necrológicas, retratos hechos como recuerdo a figuras que nos dejaban: Angel González, Joan Baptista Humet, Mercedes Sosa, Mario Benedetti, Antonio Vega y un largo etcétera.

Dentro de las personas a las que he recordado, algunas no eran celebridades, pero sí nombres muy queridos para mí: mi padre, Ana Piñeiro, Ángel Galán, Isabel Marín, Fausto Santamaría… o incluso -¿por qué no?- mi gato Nico.

Sería larguísimo enumerar todos, porque son más de medio centenar, pero a ustedes, de los que he citado o de los que recuerdan, ¿cuál/es les ha/n gustado más? ¿con qué retrato se han sentido más identificados, cuál les ha despertado curiosidad por un personaje que no conocían antes, con cuál se han sentido más conmovidos, cuál les ha interesado…?

Recordando a Antonio Vega

La Sala Clamores programó el pasado 29 de septiembre un concierto de homenaje a Antonio Vega, recientemente fallecido y al que recordé aquí en una entrada anterior. Confieso que pensé –mal- que el homenaje sería simplemente una excusa comercial por parte del local. A pesar de ello decidí acudir a disfrutar de una noche de buena música, acompañado de amigos –Esther, Maite, Carlos C. y, a última hora, Virginia-. Por fortuna, me equivoqué y encontré algo más que lo que esperaba.

Clamores era un lugar especial para Antonio y para sus seguidores, la sala donde actuaba habitualmente en Madrid y donde yo fui a verle y escucharle con frecuencia. Ya se sabe lo particular que era Antonio: tenía días mejores y días peores, de inspiración, de voz o de talante..., pero siempre, siempre, dejó sobre el escenario retazos de su capacidad creativa, de la sensibilidad de sus letras y su música, la magia de su enorme talento.

La recaudación de este concierto se destinó a la ONG que lleva el nombre de la que fue compañera sentimental de Antonio Vega, también fallecida, la Fundación Margarita del Río, que impulsa una serie de proyectos educativos en Nicaragua. Entre el público, estaban familiares, amigos y compañeros de Antonio.

Sobre el escenario, la banda que le acompañó allí mismo tantas noches recreó los temas más célebres de su repertorio. Luego subieron a interpretar también algunas de sus canciones compañeros suyos como Nacho García Vega, Álvaro Urquijo, Carlos Vega, Rebeca Jiménez, Quique González, Vicky Castelo, Tontxu, Cristina Narea y otros cuantos, que nos hicieron disfrutar de una excelente selección, tanto de la época de Nacha Pop como de su etapa en solitario.

Cuando llegó el final, no cabía duda de qué canción era la que correspondía como cierre de la noche. Yo pensaba que iban a subir entonces todos los músicos que habían intervenido, a interpretarla juntos. Pero pasó algo mucho mejor. Sobre el escenario, la foto de Antonio y un micrófono vacío. Uno de los miembros de su banda dijo una de las frases habituales con las que Antonio animó allí a los presentes a cantar muchas noches. Y comenzaron los acordes de la Chica de Ayer. Todo el público puesto en pie cantó completa la canción, con la música de la banda de Antonio Vega. Sonó realmente hermosa. Fue un momento emotivo, donde muchas voces juntas hicieron suya una voz ausente, a través de una obra que no muere.

Este video doméstico recoge un fragmento de El sitio de mi recreo interpretado por Antonio Vega nueve meses antes en el mismo escenario donde se desarrolló este homenaje:

Rafael Reig y el diario Público

Es muy frecuente que me proponga escribir sobre algo en el blog y que la falta de tiempo se acabe imponiendo, dejando inédita la idea. Por ejemplo, cuando apareció el diario Público escribí el borrador de una entrada que nunca llegué a colgar en esta bitácora y que quería haber titulado Primeras impresiones, primeras decepciones.

Venía a decir entonces que la publicación de un nuevo periódico me parece, en principio, una buena noticia: más puestos de trabajo para periodistas, más oferta de lectura en el quiosco y, a veces, sólo a veces, más pluralidad informativa. Pretendía contar también que yo tenía varios motivos para empezar a comprar ese nuevo diario.

Uno, aunque menor, era que el coste inicial de 50 céntimos (meses después ya lo subieron a un euro) permitía que pudiera ser una segunda lectura junto a otro periódico. Además, al principio regalaba cada día el DVD de una película de calidad. Por descontado que esto no era un motivo para fidelizarte, pero sí ayudaba a que los primeros días lo adquirieses y así pudieras ir conociéndolo, acostumbrándote a su diseño, secciones, contenido…

Otro, es que Público salía con la vitola de progresista o de izquierda. La verdad es que yo no me coloco semejantes etiquetas tan arcaicas y tan indefinidas de derecha o de izquierda, como no me coloco la de güelfo o gibelino, o la de canovista o sagastista…, pero me gusta tener contrapesos informativos y puntos de vista alternativos. Por eso, podía ser interesante. O no. Había que comprobarlo. En un mundo donde se autocalifican de izquierda desde Pedro Solbes hasta Evo Morales y de Javier Solana al Subcomandante Marcos, esas etiquetas no quieren decir absolutamente nada por sí solas. Cuando se escucha o se lee semejante calificativo, siempre hay que esperar a ver qué entiende como tal quien las atribuye. Había que saber, pues, si Público entendía lo de ser un diario progresista igual que lo entendió en su día Liberación, modesto pero digno empeño, a la postre fallido. O si lo entendía como El Independiente, que era de izquierda pero no se casaba con la corrupción felipista y por eso se puso en marcha una sucia maniobra político-empresarial que consiguió comprarlo simplemente para cerrarlo a continuación. O si lo entendía como El País, para quien el progresismo consiste en estar siempre con un determinado partido -haga lo que haga- mientras éste favorezca sus intereses empresariales y estar en contra -haga lo que haga- cuando deja de favorecerlos o creen que no lo hace suficientemente.

Un motivo más para comenzar a leer el periódico era ese aire novedoso que parecía querer traer: el de un medio distinto, más joven, más fresco... ¿Sería verdad, por fortuna? Al menos el diario tenía algunos columnistas de interés, algunos reportajes buenos, una atención mayor que otros periódicos a ciertos temas que me interesan, un diseño que me parecía dinámico y atractivo…

Pero, desde el primer día, un motivo no menor para que durante todos estos meses haya comprado y leído con cierta frecuencia Público tenía nombre y apellido: Rafael Reig.

A Rafael me lo dio a conocer Fernando Sánchez Dragó. Desde que leí su magnífico Manual de Literatura para Caníbales (un divertido libro, deliciosamente iconoclasta, repleto de guiños de complicidad lectora) y desde que sigo su blog (de mayor yo querría saber escribir, en el fondo y en la forma, como Reig..., vana ilusión), me parece que es una gozada leer sus escritos y que tiene unos criterios dignos de tomar en consideración. No quiero decir que coincida con todo lo que opina (unas veces sí y otras no, como es natural) pero me parece un tipo ingenioso, irónico, culto, interesante… y buena gente. Me fío de él. Me da la impresión de que escribe con sinceridad y no le veo articulando maquiavélicas componendas para satisfacer o dejar de satisfacer a un poder político o económico.

Si Rafael Reig apostaba por Público, eso significaba que el proyecto periodístico merecía cuando menos atención. Reig comenzó siendo responsable de la sección de Opinión. Tiempo después ya se quedó como simple colaborador, lo cual no era, desde luego, una buena señal. En todo caso, podíamos seguir disfrutando de la lectura de su Carta con respuesta (cada día contestaba a un lector y uno sabía que iba a encontrar reflexiones inteligentes y generalmente nada tópicas) y de la sección Papelera de Reciclaje.

En los primeros días leyendo Público llegaron ya las primeras decepciones: lo de progresista, en efecto, Mediapro lo entiende como lo ha entendido Prisa durante muchos años. Había que buscar con lupa para encontrar en las páginas de Público algún análisis crítico sobre la labor del gobierno en medio de tanto incienso y tantas noticias positivas de esta arcadia feliz en la que nos moveríamos si no fuera por lo malos-malísimos que son los del PP. Para mí izquierda debería significar desconfianza hacia el poder –como señalaba Orejudo recientemente en un artículo en el mismo diario-, sentido crítico, puntos de vista alternativos, exigencia ciudadana… incluso frente a aquellos con los que puedas sentirte más cercanos. Si izquierda es docilidad ante el poder y propaganda del mismo, no me despierta mucho interés, la verdad.

Hace unos días Público ha prescindido de Rafael Reig como colaborador. En realidad no le echaron directamente, sino que plantearon sutilmente la decisión empresarial: le invitaron a no complicarse la vida hablando de política y de problemas sociales, a dejar de opinar sobre actualidad y a ocuparse de cuestiones literarias en la sección de cultura. Y Rafael (al que seguramente no le hubiera importado lo segundo, escribir sobre cultura, si no apareciera condicionado a lo primero, dejar de hacerlo sobre otras cosas) declinó semejante invitación.

Un puñado de significativos nombres del periodismo, la literatura, la política... ha criticado este hecho en un comunicado. A mí también me parece una muy mala noticia. No tanto para Reig y para quienes leemos sus escritos, porque nos acabaremos encontrando en su blog, en sus novelas o seguramente en algún otro medio informativo. Me parece mala noticia para el periódico y para los lectores del mismo, para la libertad de expresión, para la pluralidad...

Es tremendamente empobrecedor que se prescinda de quienes molestan, de quienes nadan contracorriente, de quienes se salen del discurso dominante. Esto a veces me cabrea. Casi siempre me entristece. Pero mentiría si dijera que me sorprende.

Espinete no existe


Regresa a la escena madrileña Espinete no existe, que alcanza ya su cuarta temporada. Yo fui a verla el año pasado y es un entretenimiento muy recomendable.

Eduardo Aldán, actor y monologuista, al que algunos recordarán por sus intervenciones en el concurso Un, dos tres –aparecía en la subasta y hablaba muy rápido- es el alma mater de este espectáculo de humor y nostalgia.

Eduardo consigue trasladarnos a nuestra infancia (a varias generaciones de espectadores, porque yo creo que hay referencias desde mediados de los años setenta hasta casi los noventa) y hacernos reír. No son poco ambas cosas.

Es un texto ingenioso, donde fundamentalmente reina el buen humor aunque intercala algún toque de ternura. Si les apetece recordar y divertirse, no lo duden y vayan a verlo, lo pasarán bien.

Curso Herramientas laborales ante la crisis

El próximo miércoles 11 de noviembre participo como ponente en un curso titulado Herramientas laborales ante la crisis.

La jornada, destinada a responsables empresariales, ofrece una visión global y básica sobre los instrumentos existentes en la actual normativa para la reestructuración de relaciones laborales en el seno de la empresa.
La actual situación económica obliga, por desgracia, a numerosas empresas a tener que afrontar procesos que le permitan superar la situación sin tener que cerrar, lo que pasa a veces por la adopción de medidas salariales, de movilidad de la plantilla o incluso de algunas suspensiones o extinciones.

Espero que en un futuro no sean necesarios cursos con esta temática, pero lamentablemente hoy son cuestiones de plena actualidad que las empresas demandan conocer.

El curso lo imparto en la Fundación Confemetal junto con los también abogados laboralistas Manuel y Miguel Valentín-Gamazo y el inspector de trabajo Francisco Quílez.