A punto de encarar el último trimestre de 2026, en la Sección de lo Social del Tribunal de Instancia de Sevilla -los antiguos juzgados de lo social- estamos señalando juicios ordinarios para el año 2030: quien presenta hoy una demanda de cantidad o de reconocimiento de derechos sabe que su acto de juicio se celebrará dentro de cuatro años.
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Sin Justicia a tiempo no hay derechos
Publicado en Diario de Sevilla, Diario de Cádiz, Diario de Jerez, Europa Sur, Málaga Hoy, Huelva Información, El Día de Córdoba, Granada Hoy y Jaén Hoy, 13/09/2026.
A punto de encarar el último trimestre de 2026, en la Sección de lo Social del Tribunal de Instancia de Sevilla -los antiguos juzgados de lo social- estamos señalando juicios ordinarios para el año 2030: quien presenta hoy una demanda de cantidad o de reconocimiento de derechos sabe que su acto de juicio se celebrará dentro de cuatro años.
Los datos son tozudos: los módulos que fija el Consejo General del Poder Judicial establecen que cada unidad judicial -antes juzgado, hoy plaza- debería recibir 800 asuntos al año y en Sevilla esa cifra se duplica ampliamente. Solo el sobreesfuerzo personal de quienes trabajamos en esos órganos -que acaba pasando factura en términos de vida personal y familiar y no pocas veces de salud- evita que cada ejercicio consuma dos años enteros de agenda. Pero ni aun así se contiene el retraso, que se ha ido incrementando año tras año.
Sevilla padece la peor situación, pero no es un caso aislado dentro de Andalucía. En procedimientos ordinarios, Málaga y Almería superan también los veinte meses de espera media, mientras Cádiz y Huelva no se quedan atrás. Y tampoco es un problema privativo de nuestra Comunidad Autónoma: Barcelona y Madrid, por ejemplo, también arrastran tiempos similares en los procesos no preferentes. A esos plazos hay que añadir, en muchos casos, las fases de recursos ante los Tribunales Superiores de Justicia y el Tribunal Supremo, que tampoco escapan al deterioro.
La situación viene siendo denunciada reiteradamente por las asociaciones judiciales y por los Colegios de la Abogacía y de Graduados Sociales, pero a quien más perjudica no es a los operadores jurídicos, sino a los justiciables, a la ciudadanía que busca amparo en la jurisdicción social. Porque no hablamos de una abstracción estadística. Hablamos de la trabajadora despedida que, si finalmente se declara improcedente su cese, percibirá la indemnización mucho más tarde de cuando la necesitaba o, lo que es peor aún, se determinará su readmisión, que resulta una broma pesada cuando hace años que se tuvo que buscar otro empleo. Hablamos también del trabajador al que no le pagan el salario, de cómo su crédito pierde valor real y capacidad de presión frente a la empresa. De quien impugna una alta médica indebida y debe seguir acudiendo a un trabajo que no se siente en condiciones de afrontar. De quien reclama una incapacidad permanente y sostiene su vida, mientras tanto, sin ingresos y sin certezas. De la familia que ha visto denegado un ingreso mínimo vital y necesita esa prestación para comer ahora, no dentro de varios años. En todos estos casos la Justicia tardía no protege: llega cuando el año está consumado y, a menudo, cuando ya es irreversible.
Durante años me sorprendía -y me entristecía- que los sindicatos no situasen esta cuestión entre sus reivindicaciones más destacadas, como un problema gravísimo y de imprescindible respuesta. Porque de nada sirven los derechos reconocidos en la ley, ni los obtenidos en la negociación colectiva, ni los conquistados con movilizaciones, si después la tutela judicial llega tarde para protegerlos y hacerlos realidad.
Por eso mismo, me alegra que Comisiones Obreras haya iniciado una campaña al respecto, con la elaboración de un informe detallado –“Sin Justicia a tiempo no hay derechos”- y el anuncio de actuaciones ante el Ministerio de Justicia, el CGPJ, el Defensor del Pueblo e incluso una reclamación colectiva ante el Comité Europeo de Derechos Sociales. El sindicato denuncia con acierto que se trata de un problema estructural del Estado de Derecho, que la demora erosiona el derecho a un proceso sin dilaciones indebidas, y que la desigualdad territorial hace que su efectividad dependa del código postal donde se ejerce la acción. Ojalá esta denuncia no sea algo puntual y se mantenga como una prioridad sostenida.
Y anticipo ya con claridad que, en contra de lo que sostiene el Ministerio de Justicia, las recientes reformas legales -por razones que no caben aquí y que merecerían un artículo específico- no suponen, ni de lejos, una solución a este problema. Hace falta un diálogo sincero con quienes conocemos la situación desde dentro, un acuerdo para un plan de choque que aporte soluciones efectivas.
Mientras tanto, seguimos trabajando cada día más de lo exigible, con normas ineficientes, con recursos insuficientes, con una digitalización defectuosa y con esa sensación descorazonadora de llegar tarde, de no hacer Justicia a tiempo cuando los ciudadanos que la necesitan la están reclamando.
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Nota.- Aquí se recoge la versión íntegra del artículo incluidas las partes que, por razones de espacio, no se publicaron en los periódicos.
La España que me gustaría
Publicado en Diario de Sevilla, Diario de Cádiz, Diario de Jerez, Europa Sur, Málaga Hoy, Huelva Información, El Día de Córdoba, Granada Hoy y Jaén Hoy, 05/09/2026.
Les confieso una “frikada” personal: me gusta ver la entrega de los premios Princesa de Asturias. Siempre que me es posible, no me pierdo la gala, con una fidelidad que a algunas personas cercanas les resulta incomprensible. La razón es sencilla: durante esas dos horas tengo la sensación de vivir en el país que a mí me gustaría.
Es un país que enlaza su historia, sus lenguas y sus tradiciones con una mirada ambiciosa al futuro. Contemplo esa continuidad histórica: el viejo título de un reino medieval, que está en nuestras raíces y forma parte de nuestra identidad nacional, sirve, a la vez, para reconocer el talento del siglo XXI allá donde surge. Un país que apuesta -lamentablemente solo por una noche- por la investigación científica como motor de progreso, por la creación artística que hace más pleno al ser humano, por el deporte como escuela de esfuerzo, por la cooperación internacional como vocación. Un país que premia al científico que persigue una vacuna, al escritor que retrata su tiempo, al músico que traspasa fronteras, a la organización humanitaria que trabaja allí donde nadie mira. Un país, en fin, que asume de dónde viene y actualiza ese legado de universalidad.
Durante ese rato incluso puedo ser testigo de un cierto prestigio internacional: embajadores, premios Nobel, jefes de Estado y de Gobierno, académicos de medio mundo, todos reunidos en Oviedo para reconocer lo mejor de la condición humana. España se convierte en anfitriona del talento universal. Y yo lo disfruto.
Nunca olvido aquel discurso que pronunció Leonard Cohen al recoger el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 y que conmovió a todos cuantos lo escuchábamos. Emocionante, de una humildad y una hondura infrecuentes, hablando -por supuesto- de Lorca, pero también de la guitarra y del viejo profesor español del que aprendió sus primeros acordes en Montreal: “… Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país. Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra (…), en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra”. Creo que todos mis compatriotas deberían escucharlo detenidamente alguna vez.
Pero termina el acto, se apagan las luces del Teatro Campoamor y fuera sigue existiendo el mismo país de siempre, que no conoce bien su historia, que no la aprecia, que no se reconcilia con ella. Que se divide en dos bandos sectarios ante casi cualquier cosa, por nimia que sea. Que padece a un extremo que generalmente reniega del patriotismo y a otro que habitualmente lo utiliza como un arma arrojadiza y excluyente. Un país enzarzado continuamente en debates ramplones y coyunturales, que rara vez alza la vista para pensar a largo plazo cómo queremos ser como nación, en sanidad, en educación, en justicia, en ciencia e investigación, en infraestructuras, en modelo energético y ecológico, en modelo de turismo, en nuestro papel en el mundo...
Esa misma sensación de vivir, por un rato -apenas 90 minutos de vez en cuando- en el país que yo querría la tengo también, sin duda, con las selecciones españolas de fútbol, tanto la masculina como la femenina.
Durante el reciente Mundial de fútbol celebrado este verano, en los propios estadios de otro continente, en las plazas de las ciudades españolas y ante los televisores, millones de personas de distintas edades, ideas, condiciones, se identificaban con un mismo país. Con los símbolos comunes que lo representan, sin complejos y sin esa relación patológica que tan a menudo tenemos con ellos. Un pueblo plural y diverso se unía. Sobre el terreno de juego o desde el banquillo, nueve catalanes, tres andaluces, tres vascos, dos madrileños, dos valencianos, dos navarros, dos canarios, un gallego, un extremeño y un español nacido en Francia escuchaban abrazados el himno de España y, acto seguido, sumaban sus talentos en pos de un mismo objetivo colectivo y ambicioso. Y lo conseguían, llenándonos de orgullo y de entusiasmo.
Puebla dibujó una viñeta en la que se veía de espaldas a esos jugadores abrazados y alguien decía: “¿os dais cuenta de hasta dónde puede llegar España jugando en equipo?”. Y añadía: “… y no hablo solo de fútbol”. Leí también a una persona en las redes sociales algo así como que la mayoría de las selecciones nacionales representan lo que sus países son, pero que la nuestra representa lo que España debería ser. Ojalá algún día nos diéramos cuenta de ello y ese mismo país, que reconozco en tan pocas y excepcionales ocasiones, apareciera con más frecuencia en el día a día. Nos daría muchas alegrías.
Debatir lo que importa
Publicado en Diario de Sevilla, Diario de Cádiz, Diario de Jerez, Europa Sur, Málaga hoy, Huelva Información, El Día de Córdoba y Granada hoy, 29/05/2024.
Tras las lecciones históricas de la derrota del totalitarismo fascista en la 2ª guerra mundial y la posterior caída del totalitarismo comunista en los años 80-90, es generalizada -y acertada- la creencia de que la democracia pluralista es la mejor forma de legitimación del poder y de organización de la convivencia.
Sin embargo, el sometimiento de los gobernantes a la valoración ciudadana cada cuatro años -o menos- produce un efecto secundario indeseado, que es el cortoplacismo en la gestión política. Así, a veces se rehúye afrontar medidas oportunas si resultan impopulares. O se pospone el diseño y ejecución de infraestructuras necesarias, cuando van a precisar una gran inversión de recursos y el promotor no será quien las inaugure. O se eluden cambios culturales o educativos de fondo, porque los frutos se apreciarán a medio o largo plazo y difícilmente se reconocerá mérito alguno a su impulsor.
Cuando era aún primer ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Junker afirmó, refiriéndose a la crisis económica: «Sabemos exactamente lo que hay que hacer. Pero no sabemos cómo ser reelegidos si lo hacemos».
Para evitar que ese cortoplacismo domine por completo la gestión pública existen los consensos políticos. Desde un ejercicio de responsabilidad, partidos opuestos pueden definir determinadas líneas políticas compartidas sobre materias de interés general, que tengan continuidad aun cuando se produzca alternancia en el poder. Del mismo modo, pueden comprometerse a no utilizar como arma electoral ciertas decisiones políticas que no resulten populares o cuya utilidad solo se aprecie en el largo plazo.
En España, sin embargo, tenemos escasos ejemplos de tales usos. En la transición, los Pactos de la Moncloa permitieron que el objetivo común de consolidación democrática no se viera perjudicado por los efectos de la crisis del petróleo. Desde el Pacto de Ajuria Enea en 1988 hasta el Antiterrorista en 2000, fueron varios los intentos de que los partidos hicieran frente al terrorismo con ciertos criterios compartidos y sin utilizarlo como argumento electoral. En materia de pensiones, el Pacto de Toledo nació con la finalidad -no siempre cumplida- de debatir con rigor sobre el sistema de protección social y su sostenibilidad sin que el oportunismo electoral lo impidiera.
Pero lo que ha prevalecido -y creo que actualmente se manifiesta con mayor intensidad- es nuestra tradicional política de trincheras, que sitúa a menudo en el centro del debate público asuntos broncos, que dan juego en medios y redes sociales, pero sirven de excusa para posponer indefinidamente el abordaje de otros debates de mayor calado.
Somos una potencia turística mundial por nuestras condiciones, pero sin una estrategia nacional de qué clase de turismo queremos atraer, con qué límites, con qué enfoques y qué vamos a hacer para ello, mientras se suceden medidas municipales y autonómicas contradictorias entre sí.
En el mundo sociolaboral, por ejemplo, no nos detenemos siquiera a reflexionar sobre cómo afrontar los retos que la robótica y la inteligencia artificial generativa, además de nuestra demografía, van a plantear, cada vez más, sobre el mercado de trabajo y el sistema de Seguridad Social.
La Justicia es la permanente olvidada, sin un gran pacto (hubo algunos con esa denominación formal, pero de extraordinaria cortedad de miras). Seguimos por debajo de la media de jueces de la Unión Europea, sin verdaderas alternativas a la litigiosidad y con una dotación de medios insatisfactoria.
Desde hace casi medio siglo carecemos de verdadera política educativa. Cada gobierno impone un modelo, que el siguiente cambia, mientras nuestra enseñanza obligatoria sigue suspendiendo en evaluaciones internacionales, la endogamia y otros problemas de la Universidad no se afrontan, y no aprovechamos con inteligencia la actual demanda de Formación Profesional y la enorme oportunidad que ofrece.
Estamos muy entretenidos cada día con el asunto mediático que toque -Carles Puigdemont, Koldo García, José Luis Ábalos, el novio de Isabel Díaz Ayuso, Begoña Gómez, Óscar Puente, Javier Milei… y cuestiones similares- y así van pasando los años. No digo yo que no sean debates pertinentes los que conciernen, por ejemplo, a la amnistía, la ejemplaridad pública o la diplomacia internacional, en absoluto. Pero alguna vez vendría bien que mirásemos más allá del siguiente proceso electoral. Hace muchas décadas que la actualidad más inmediata no parece dejarnos tiempo ni oportunidades para pensar, como sociedad, qué queremos ser y hacia dónde queremos ir.
La risa como herencia
Publicado en Diario de Sevilla, Diario de Cádiz, Diario de Jerez, Europa Sur, Málaga Hoy, Huelva Información, El Día de Córdoba y Granada hoy, 02/01/2024.
En la boda de mi amigo Mario, el cura tuvo la desafortunada ocurrencia de abrir en la homilía una especie de coloquio, dirigiendo preguntas individuales a algunos asistentes sobre el evangelio leído y su aplicación práctica a la vida: el resultado rozó por momentos la tragedia. A ello hay que añadir que confundió reiteradamente el nombre de la novia y, ante la perplejidad de Clara -que así se llamaba de verdad la contrayente-, impartió detalladas instrucciones al novio para que amase a una tal Blanca hasta que la muerte los separase. Como Mario era muy ocurrente, el episodio de lo que bauticé como misa fórum y el error de identidad nos dio juego durante años.
Cuando, en efecto, la muerte nos separó prematuramente a todos de Mario, el sacerdote de su funeral no tuvo a bien obsequiarnos con unas palabras que nos reconfortaran, sino que decidió desplegar un discurso un tanto delirante, plagado de referencias al Apocalipsis. Yo tenía el alma rota, pero pensaba en lo que hubiera dicho mi amigo y no pude evitar abandonar aquella capilla con media sonrisa. Vi que Clara salía también igual:
- Te ríes de lo mismo que yo, ¿no?
Enseguida se nos acercó mi hermana:
- Hay que ver qué mala suerte ha tenido Mario con los curas…
En el funeral de mi abuela, que murió con 100 años, muchos sonreían también cuando hice mención a las típicas frases suyas en las que no daba puntada sin hilo.
Hace poco falleció en Sevilla, con 103 años, Concepción Góngora, la abuela Conchita de nuestro amigo Jorge -y un poco abuela también de toda la Hermandad del Rocío de Sevilla Sur-, una mujer cariñosa que transmitía alegría. Cuando sus hijos y nietos quieren recordarla, lo hacen con una sevillana, dedicada a su Huelva natal, que le gustaba cantar en los buenos momentos de celebración familiar. Y, entonces, las sonrisas se abren paso entre ojos empañados.
Hace algunas semanas asistí en Ávila a un Encuentro Eleusino dedicado a la memoria de Fernando Sánchez Dragó. Con su hija Ayanta Barilli como maestra de ceremonias, varios escritores y amigos del homenajeado trazaron un emotivo retrato y abordaron desde distintas perspectivas su amplia obra. Su pareja, la periodista Emma Nogueiro, además de ofrecernos un amoroso testimonio donde la persona se superpuso al personaje, decidió compartir con los presentes un video personal grabado con su teléfono móvil, en el que le daba instrucciones para usar una lavadora y una secadora en su ausencia. El hombre que se las apañó para sobrevivir a mil y una tribulaciones por los cinco continentes, provocó afectuosas carcajadas con una exhibición de inutilidad que, cuando descendía al terreno de lo doméstico, nada tenía que envidiar a Mr. Bean.
Con una convocatoria de estas características, se corre el riesgo de que la tristeza inunde todas las jornadas. Pero no fue así. Hubo lágrimas, pero también momentos divertidos, como corresponde al legado de alguien que, en su libro El Sendero de la Mano Izquierda, dejó escrito este consejo: “Sonríe siempre, incluso cuando hables por teléfono. La sonrisa se nota en la voz”.
Con Fernando mantuve amistad durante treinta y siete años, desde que yo era un universitario inquieto, y me sigo riendo con un buen puñado de anécdotas, en medio de multitud de conversaciones interesantes y amenas, comidas fraternas, gestos de generosidad por su parte y no pocas aventuras compartidas, a menudo tan disparatadas como hermosas.
Cuando tanto cenizo siente la necesidad de contestarnos agriamente en redes sociales desde que apenas hemos dado los buenos días, cuando -también fuera de lo digital- tanta gente amargada se empeña en hacernos -y hacerse- la vida más difícil, cada vez aprecio más a quienes adoptan el buen humor por bandera, a quienes incluso intentan ponerle buena cara al inevitable mal tiempo. Admiro a aquellas personas que, hasta después de muertas, nos siguen contagiando su buena onda, a quienes se las apañan para seguir viviendo en la sonrisa que su recuerdo evoca en los demás.
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Ilustración: Rosell, publicada en los medios del grupo Joly
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