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Una mañana en Soria

Después de pasar por Medinaceli y de visitar a Dragó en Castilfrío y a Ruiz Vega en La Rubia, no podíamos dejar de acercarnos cuando menos unas horas a la capital de la provincia antes de emprender el regreso.

Nuestra mañana en Soria nos sirvió para apreciar, aunque de forma inevitablemente comprimida, una pequeña muestra de esa personalidad que cautivó a escritores como Machado, Bécquer o Gerardo Diego. 

La románica iglesia de Santo Domingo -cuyos orígenes se remontan al siglo XII aunque tiene posteriores reformas y elementos hasta del renacimiento- es uno de los más destacados monumentos sorianos, con un espectacular rosetón (el “horóscopo vidriado” del que hablaba Gerardo Diego en sus versos) que corona una bellísima portada. Apreciamos en el centro el pantocrátor (en este caso, Dios Padre con Jesús en brazos, algo que no es frecuente en la iconografía religiosa), junto con los cuatro evangelistas y José y María. En las arquivoltas, aparecen figuras relacionadas con el Apocalipsis y pequeñas representaciones de otras numerosas escenas bíblicas. 
 
San Juan de Rabanera es otro destacable templo románico, de planta de cruz latina y con el ábside sobresaliendo exteriormente con forma semicircular.

La antigua colegiata de San Pedro (concatedral desde 1959), con su fachada plateresca, aunque data el siglo XVI, se edificó sobre una iglesia del siglo XII y conserva el primitivo claustro románico de ésta.

Nuestra Señora del Espino es una iglesia del siglo XVI, ubicada en el cerro del Castillo, dedicada a la patrona de Soria. Junto a ella se conserva el centenario olmo viejo y herido que reverdecía en primavera y a cuyo pie han colocado una placa recordando los versos machadianos. En el cercano cementerio soriano deben de estar los restos de su joven esposa Leonor a la que dedicó algunos de sus más célebres versos.

Si Santo Domingo es lo más destacado en la arquitectura religiosa, la arquitectura civil tiene en el Palacio de los Condes de Gómara uno de sus más representativos edificios, aunque no es más que una parte del proyecto inicial que nunca llegó a acometerse íntegramente. En la majestuosa fachada de lo que hoy es Audiencia Provincial, unos ángeles sostienen la inscripción que nos revela de cuándo data el edificio –se concluyó en 1592- y su autoría –el arquitecto fue Francisco López del Río-. Dos maceros flanquean el escudo nobiliario de quienes fueron sus propietarios. Sobre éste se aprecia una mujer en una ventana: dicen que pudiera ser un escarmiento de las infidelidades de la condesa, representándola encerrada.

También merece citarse otro palacio renacentista, el Los Ríos y Salcedo, del siglo XVI y que hoy alberga el Archivo Histórico Provincial.

En la zona que los sorianos llaman Herradores (hoy Plaza de Ramón Benito Aceña) vivieron los hermanos Bécquer, el escritor Gustavo Adolfo y el pintor Valeriano.

La calle Zapatería, salpicada de antiguas casas y palacios, nos lleva a la Plaza Mayor, donde está la Casa de los Doce Linajes (s. XVII), que es el actual Ayuntamiento. Cerca está la torre de Doña Urraca. En ese lateral de la plaza vemos el edificio de la Audiencia (hoy Centro Cultural) al que se refería Machado en su poema, efectivamente con su reloj y su campana:

¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.


 

No sé si en ese momento daba la una -en este caso, del mediodía-, pero nosotros decidimos que, en cualquier caso, era la hora de la caña y nos unimos a los sorianos que estaban ya disfrutando del aperitivo del sábado.

(Fotografías del autor).

De cena con Antonio Ruiz Vega


Y de disfrutar aquella tarde de agosto de la hospitalidad y la amistad de Fernando Sánchez Dragó en Castilfrío de la Sierra, pasamos a encontrarnos también como en nuestra propia casa visitando por la noche a Antonio Ruiz Vega.

Su pueblo, La Rubia, es otra pequeña localidad que tampoco alcanza la treintena de habitantes y que pertenece al Ayuntamiento de Los Villares de Soria.

Si alguien creía que eso de los tradicionales valores castellanos de la nobleza, la austeridad y la hospitalidad eran meros tópicos, podemos dar fe de que al menos hay un soriano que los personifica a la perfección.

A Antonio Ruiz Vega nos lo presentó en Madrid Fernando Sánchez Dragó y allí compartimos una cena oriental y animada tertulia, algunas semanas más tarde de la presentación de Muertes paralelas. Luego nos propuso prepararnos una cena en su tierra y, aunque con más de un año de retraso, al final le dimos ocasión de cumplir aquel ofrecimiento.

Antonio es un incansable estudioso de la historia, la cultura y la etnología de su provincia. Ha fundado revistas, ha escrito numerosos artículos, tiene publicados varios ensayos –como Juegos populares sorianos, Remedios caseros y otras magias sorianas, La Soria Mágica, Calatañazor. La huella de los pasos, Numancia. El Imperio que no pudo ser…- y algunas novelas -como la premiada Últimas palabras de Kate Eddowes-. En su casa, nos regaló a los tres Carlos, con dedicatoria incluida, su relato La isla suspendida y su estudio Las relaciones entre Soria y Euskadi. Yo me llevé desde Madrid, para que me lo firmase, otro libro suyo que tenía y que ya había leído, Los hijos de Túbal, interesante recopilación de mitología hispánica publicada por la editorial La Esfera de los Libros en 2002.

Ruiz Vega es uno de los más estrechos colaboradores de Dragó. Entre otras muchas tareas, le auxilia habitualmente en las investigaciones y las labores de documentación, escribió con él el Diccionario de la España Mágica (1997) y fue antólogo de sus textos en Libertad, Fraternidad, Desigualdad (2007). Juntos, cual caballero andante y escudero, tenían también el sugestivo proyecto de hacer, al estilo Labordeta, un recorrido televisivo por la España mágica (les recomiendo ver el video promocional al que enlazo), idea que por ahora está aparcada, pero que a mí me encantaría que pudiesen llevar a la práctica, porque me parece enormemente atractiva.

Antonio nos esperaba en su casa a Fernando y a los tres Carlos con otro amigo suyo, Raúl. Nos preparó una estupenda fideua junto con unas tortillas de patata y otros manjares varios, y todo lo acompañamos de buen vino. Pero, por si esto fuera poco, tuvimos como ingredientes de la cena y de la sobremesa la calidez y la conversación inteligente y divertida. ¿Qué más se puede pedir?

Le pregunté a Antonio por sus proyectos, porque sabía, por anteriores conversaciones, que anda embarcado en otra imaginativa novela, esta vez de política-ficción iberista, que a mí (que soy iberista convencido) me despierta curiosidad.

Tras comentar algunos pormenores de nuestro viaje, fuimos saltando de tema en tema y tejiendo una simpática charla de cultura, historia, literatura, política…

Bueno, sí, vale: y de mujeres. De hecho, creo que la mente calenturienta de alguno de los tres Carlos –no desvelaremos cuál- es corresponsable del posterior artículo veraniego de Dragó sobre las mujeres más deseadas, que le valió su penúltima polémica pública, por la alusión a Leire Pajín.

Antonio Ruiz Vega había echado a todos los gatos hacia el corral, para que no molestasen durante la cena, pero sabido es que las casas tradicionales de pueblo tienen gatera y que los animalillos se la saben todas, así que uno acabó volviendo a colarse y compartiendo sobremesa conmigo.


Cuando, horas más tarde, Fernando regresó a Castilfrío, para poder levantarse a escribir al día siguiente, allí nos quedamos todavía los demás arreglando el mundo. Comenzamos por reivindicar Castilla –una cuestión que nos interesa a Ruiz Vega, a mí y a cuatro más- para terminar cuestionando todo el sistema económico mundial.

Desde esa noche yo a Antonio le tengo como mi gurú en materia social (Carlos V. decía que hubo un momento en el que sólo me faltó aplaudir y hacerle la ola) porque canta las verdades del barquero, esas cosas elementales que nadie dice o que los poderes políticos y económicos y los medios informativos silencian. En estos tiempos de crisis -en los que las vergüenzas del capitalismo están quedando al aire, en los que nuevamente vamos a vivir, tras una privatización de los beneficios, la socialización de las pérdidas-, es mentalmente muy sano, para mantener cierto espíritu crítico e independiente, escuchar razonamientos como los que esa noche expuso Antonio Ruiz Vega, tan diferentes del discurso dominante. Yo no sabría repetírselos a ustedes igual de bien, pero espero que él se anime a escribir sobre estas cosas, sin necesidad de ser economista, como ciudadano libre que piensa y que hace preguntas incómodas en voz alta.

Carlos V., desde el escepticismo por las vías políticas, apostaba por la acción social y, entre que a mí ese discurso no me gusta nada y que a esas alturas el licor de hierbas no facilitaba mucho su explicación ni el limoncello mi comprensión, terminamos polemizando distendida y cordialmente. Y creo que en un momento determinado yo le dije que estaba haciendo “un discurso liberal” y la siguientes veces añadí –entre risas- “si me apuras hasta esperancista” (por Esperanza Aguirre, y esto si lo hubiera dicho Dragó se trataría de un elogio, pero si lo digo yo tiene que tomarlo justamente como lo contrario…). Yo creo que la mera caridad es desmovilizadora. Que sí hay que hacer labor social inmediata, pero siempre cuestionando el modelo, planteando a la vez el debate de por qué existe esa situación. Si nos limitamos a paliar sus consecuencias, con buena voluntad, lo que estamos haciendo es precisamente contribuir a taponar las fugas de agua del sistema y quien sabe si a mantenerlo a flote. Se solucionan situaciones puntuales, pero a base de mantener intactas las causas que las provocan y que, por tanto, las seguirán provocando. Recordaba la frase del inolvidable obispo brasileño Helder Cámara: “Si doy pan a un pobre, me dicen que soy un santo; si pregunto por qué el pobre no tiene pan, me llaman comunista”. Yo creo que hay que dar pan, pero hay que seguir preguntando a cada instante por qué no tiene pan. Carlos V. defiende que hay que dar prioridad a proyectos concretos de compromiso social por encima de teorizaciones, pero me parece que, en realidad, no discutía el fondo de lo que yo exponía, sino que sencillamente está decepcionado en estos momentos por todos los proyectos políticos.

Esta foto -de cuando aún no se había marchado Fernando- me gusta, porque da el pego: se ve a los dos escritores atentos a lo que yo decía como si realmente tuviese algún interés.


Agotados los licores y una vez que habíamos solucionado primero Castilla, luego España, después Iberia toda y finalmente el mundo en general, nos despedimos afectuosamente de Antonio Ruiz Vega -a quien debemos una-, de su amigo Raúl y de los tropecientos gatitos que rondaban por la casa y el exterior, y nos retiramos.

Pero no precisamente a nuestros aposentos. Mientras Carlos C. (que llevaba ya, responsablemente, tiempo sin beber para poder conducir) proponía, con bastante sentido común, irnos a dormir, Carlos V. y yo manteníamos animados la esperanza de que hubiera fiesta en algún pueblo cercano, al ser 15 de agosto, para estar un rato más por ahí. Carlos C. –seguro de que todo estaría desierto- cometió el error de intentar convencernos enseñándonos los pequeños pueblos casi deshabitados. Y saltó la sorpresa, porque en Aldealseñor –de poco más de 40 habitantes- había una orquesta actuando en la plaza, compuesta por dos integrantes –la chica que cantaba y el chico de los teclados-, un centro social donde servían cervezas y unas cuantas decenas de jóvenes de todos los pueblos de alrededor. Así que estuvimos allí hasta que terminó la actuación. Carlos V., para variar, confraternizó con la juventud del lugar y terminó apalabrando ya las fiestas de Pobar -37 habitantes- para el mes de septiembre. A ese pueblo también hicimos una rápida visita esa misma madrugada, con situaciones surrealistas que luego han dado muchísimo juego en las anécdotas privadas. La que se podía contar, ya la apunté en una entrada anterior.

Nuestro alojamiento lo habíamos reservado en una casa rural en Ausejo. Dragó nos dijo amablemente "la próxima vez os quedáis en mi casa", pero la verdad es que la casa rural nos daba más libertad para no molestar y no tener a Naoko y Fernando como anfitriones pendientes de nosotros al día siguiente y, visto nuestro trasnoche por las aldeas sorianas, fue mejor así.

Ausejo de la Sierra es otro pequeño municipio de unos sesenta habitantes y en esta foto se pueden hacer una idea de su tamaño: miren dónde está la señal de comienzo de población y dónde se ve al fondo la señal de final de población.

Allí se pronunció una de mis frases favoritas -"No andéis trayendo barullos al pueblo"-, episodio que ya conté en Volver.

Al día siguiente, tras descansar y tomar un buen desayuno, nos esperaba la capital soriana.

(Fotografías del autor, de Carlos Cardesa y Carlos Vara).

En Kokoro, la Casa del Caballero del Escarabajo


Castilfrío de la Sierra es un pequeño municipio soriano, a 1.204 m. de altitud y de tan sólo doce kilómetros cuadrados de extensión. La existencia de esta localidad, situada en la sierra de San Miguel, a 24 km. de la capital de la provincia, aparece ya documentada en el siglo XIII con el topónimo Castil Frido.

Castilfrío está relativamente cerca del lugar donde se ubicó la mítica Numancia, el nombre que mejor simboliza la resistencia celtíbera frente a los romanos. Tras haber derrotado los numantinos al ejército imperial de 30.000 hombres, la posterior conquista de este núcleo hubiera implicado previsiblemente la captura de sus habitantes y su venta como esclavos. Cuando estaban irreversiblemente asediados, su coraje prefirió el suicidio colectivo: antes morir libres que vivir como esclavos.

Entre los puntos de interés en Castilfrío de la Sierra destaca la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI, aunque con elementos y ampliaciones de distintas épocas, hasta llegar al XVIII.

El pueblo cuenta también con la ermita de Nuestra Señora del Carrascal, del siglo XVI, además de restos de la ermita del Ecce Homo.
Conserva también su antiguo y curioso Lavadero y, en un monte, restos de un castro.

Pero lo que más llama la atención es que un municipio tan pequeño tenga tal cantidad de casas blasonadas, la mayoría del siglo XVIII. Parece que una orden real obligó a los ganaderos de la Mesta que hacían uso de la Cañada Real Soriana a residir en el municipio, de forma que los grandes propietarios de ganado vivían allí -o cuando menos lo simulaban-, por lo que edificaron en Castilfrío esas mansiones que han llegado hasta nuestros días.
La población no alcanza la treintena de habitantes censados –de los cuales ni siquiera todos viven permanentemente allí-, pero uno de ellos es muy conocido: el escritor Fernando Sánchez Dragó.

A Fernando le debíamos hace tiempo una visita, así que quedé con él y allí nos plantamos los tres Carlos para conocer su encantador refugio soriano. El plan era llegar al atardecer, cuando él dejase de escribir, conocer su casa, pasear y conversar un rato. Y, al anochecer, ir juntos a dar buena cuenta de una cena que nos tenía hace tiempo ofrecida uno de sus más cercanos colaboradores, el también escritor Antonio Ruiz Vega.

Después de aparcar cerca de la plaza –con su frontón, su fuente y fachadas blasonadas sin restaurar- damos algunas vueltas por las estrechas callejas, hasta encontrar la casa de Dragó, inconfundible, con su buda en la esquina y, coronando la veleta, un escarabajo, el animal sagrado que remataba los templos egipcios.

“Yo nada más soy yo cuando estoy solo”, escribió el poeta Miguel Hernández y ese verso es uno de los textos que flanquean la puerta de acceso al caserón en el que Dragó ha encontrado en Soria la tranquilidad y la soledad necesaria para escribir. Entre la melange de azulejos, la confirmación de que "aquí vive Fernando Sánchez Dragó, escritor y viajero", la prohibición de fumar en el interior, el aviso de "visita no concertada, visita no deseada" (la nuestra, ya lo dije, es obviamente concertada), el símbolo del Círculo Hermético, el dios Dionisio (nombre que Dragó utiliza en algunos textos autobiográficos de su obra) y el nombre de la casa, Kokoro.

¿Por qué Kokoro? Significa corazón en japonés, pero “no alude a la víscera cordial, sino al sentimiento”, como aclara en su libro del mismo título. Fernando es gran admirador de las culturas orientales. Su mujer, Naoko, es japonesa. La conoció en Kioto –era su alumna-, mientras impartía un curso precisamente sobre El camino del corazón. Ésta es, en mi opinión, su mejor novela (al menos hasta la aparición de Muertes paralelas) y se abría con una cita del Popol Vuh, el libro de las tradiciones mayas (frase que también yo reproduzco en la columna derecha de este blog): “Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca”. En 2004, Dragó sufrió una operación a vida o muerte a causa de problemas relacionados con el corazón… Su casa tenía que llamarse Kokoro.

¿Y por qué Caballero del Escarabajo? Julio Ferrer, ex compañero de cárcel durante el franquismo, es entomólogo. Tras un reencuentro con su amigo Fernando, decidió dar el nombre de este escritor y viajero a una especie nueva de escarabajo descubierta en Namibia. El somaticus sanchezdragoi aparece en varios grabados en la casa, como el que atentamente examina Carlos C. en la foto. Otro amigo de Dragó, el pintor Félix Arellano, ha dedicado una serie de pinturas a este escarabajo, animal que anda sobre la tierra y bajo la tierra y que incluso puede volar… Dragó no pierde la ocasión de recordar jocosamente que es uno de los seres que tiene el miembro viril más grande en proporción a su tamaño.

Fernando nos recibe en la puerta de la casa a la hora convenida y nos conduce al interior. Más tarde llegará Naoko, siempre encantadora, acompañada de una amiga que pasa unos días con ella.
Ya sé que esto no es El Mueble ni nada parecido, y que habitualmente no dedico el blog a la decoración ni a mostrar viviendas de famosos. Pero no me resisto a compartir -con sana envidia- la visita al interior de Kokoro, esa casa grande pero acogedora, llena de calor y de magia, perdida en un rincón de la sierra soriana. Uno siempre sueña con llegar a tener un refugio parecido a éste.

La casa originaria se construyó en 1807 -si hacemos caso a la inscripción que aparece en el dintel del balcón-. Propiedad de la familia de su padrastro, Fernando les compró a sus hermanos sus respectivas participaciones. Luego la rehabilitó y todavía hoy continúa introduciendo poco a poco algunas reformas en sus inmensas dependencias.

En la entrada, un futbolín da pie a que Fernando y Carlos V. fanfarroneen sobre sus respectivas habilidades. No dio tiempo esta vez a que se enfrentaran, porque teníamos la cena, pero ya se retaron mutuamente para una próxima ocasión. La verdad es que Dragó tiene fama entre sus allegados de ser bueno con el futbolín, pero a Carlos V. le pega también tener habilidad en la materia, así que el duelo promete. Eso sí, yo lo presenciaré tomando una cerveza. En ese futbolín, por cierto, es donde, durante una visita de la infanta Elena, recibió Froilán un golpe en el ojo con una de las barras, mientras jugaba con sus primos. Fernando lo contó en cierta ocasión en un programa de televisión, diciendo que ya se imaginaba con temor los periódicos del día siguiente: "El tercero en la sucesión al trono español [lo era en esos momentos] se queda tuerto en casa de Dragó".
De alguna forma, todo hogar es un templo. Así que, en esta casa se mantiene la costumbre –como en casi todas las culturas, salvo la Occidental- de descalzarse al entrar.

Pasamos enseguida al amplio salón, con dos ambientes. Por allí está el piano, que Naoko sabe tocar, aunque confiesa que hace tiempo que no lo hace. La amiga japonesa que la visita sí practicaría esa misma tarde.

En una entreplanta se ha instalado un baño japonés, desde cuya ventana se puede ver el jardín. En invierno, debe de producir una extraña sensación la inmersión en agua calentita mientras contemplas el exterior nevado.
Abajo, en un sótano, hay otro saloncito con chimenea. Cerca se está montando ahora una barra de bar. Hay otros dormitorios para las visitas familiares y para invitados.

La biblioteca de Dragó es impresionante... aunque en realidad hay libros en todas y cada una de las dependencias.

En la casa se mezcla la decoración tradicional castellana con elementos japoneses y orientales en general. Y a lo largo de la visita vamos pasando por dormitorios, cocinas, la bodeguita o por el pequeño gimnasio de Dragó.

En la planta superior, al entrar al despacho de Fernando me sorprende ver que, por primera vez, está utilizando ¡un ordenador portátil! Siempre le había conocido escribiendo a máquina. Nos aclara que su última máquina de escribir ha fallecido, como ha contado en un artículo. Ya ni siquiera se encuentran máquinas de escribir y consumibles para las mismas, así que no ha tenido más remedio que claudicar. Dicen algunos escritores que el word –con esa posibilidad de insertar, de corregir y de volver una y otra vez sobre lo escrito…- cambia el estilo a los autores, y yo creo que algo de razón pueden tener. Dragó está ahora habituándose a utilizar el procesador de textos y también tiene esa duda de si le modificará de alguna forma su estilo.

Dentro del despacho está el famoso ataúd. Fernando dice que no tiene miedo a la muerte y que para practicar la meditación nada mejor que un ataud, así que compró en el pueblo el féretro que durante años se utilizaba para los velatorios de las personas sin recursos. Sobre él yace simbólicamente esa última máquina de escribir a la que antes aludíamos.

En las estanterías de la zona de trabajo están las carpetas donde se guardan los originales y pruebas de sus obras, entre ellas Gárgoris y Habidis, la monumental Historia Mágica de España por la que se le otorgó en 1979 el Premio Nacional de Literatura.

Pasamos al despacho donde trabaja habitualmente Naoko, tanto en el apoyo a Fernando como con las tareas de su empresa Herbolarium.

Allí encontramos y saludamos a Soseki, el gato más famoso de España (es el único que sale en los telediarios…).

También hay zonas de lectura y de consulta de libros, junto a estanterías donde se almacena documentación, grabaciones de programas...

El dormitorio principal de la casa, al que se accede tras unas cortinillas, está presidido por cuadros con escenas de sexo tántrico.

En el baño se almacenan los productos de esa especie de elixir de juventud que utiliza Fernando para mantener el corpore sano. Entre ellos destaca el yoki reishi, la seta a la que se que atribuyen milagrosas propiedades.


Fernando siempre ha tenido en mente el proyecto de crear una especie de nueva Eleusis en Soria, un centro cultural, espiritual y de estudios. A ello dedicaría, entre otras edificaciones, una de las casas cercanas que también es de su propiedad. En las imágenes, un salón de la misma, la cocina -que aprovecha las antiguas cuadras- y el salón japonés.
Damos un agradable paseo por el pueblo y sus alrededores. Pasamos frente a la iglesia de Castilfrío, donde Marta Ruescas grabó la curiosa psicofonía (“Nelly no ha venido hoy”) de la que se da cuenta en un capítulo de Muertes paralelas. Caminamos junto al cementerio y por algunos terrenos donde Fernando imagina su escuela iniciática. Vemos abrevaderos de la Mesta, el viejo lavadero, casas restauradas y casas semiderruidas que bien merecerían también ser recuperadas…


Durante el paseo, entre viejos caserones y calles estrechas, Fernando nos va contando varios proyectos personales y profesionales, se detiene a saludar a algunos vecinos y tenemos tiempo de echar unas cuantas risas.

En el trayecto, nos encontramos aparcada su vieja y curiosa camioneta, que calculo que debe de haber viajado por medio mundo. El otro medio yo creo que lo recorrió con el Land Rover.

Caminando y charlando, se nos hizo tarde. Ruiz Vega nos estaba ya esperando con la mesa puesta…
(Fotografías del autor, de Carlos Vara, Carlos Cardesa y Naoko Kuzuno).

Medinaceli

Tras la jornada en las Hoces del Duratón y Sepúlveda y el posterior viaje a la ciudad de Lleida y a la comarca leridana de La Segarra, la siguiente escapadita estival fue por tierras de Soria. Nuestro propósito era visitar a Fernando Sánchez Dragó, con el que había quedado en su casa de la pequeña localidad de Castilfrío de la Sierra, para, a continuación, disfrutar todos de una cena que nos tenía ofrecida hace tiempo el también escritor Antonio Ruiz Vega en el vecino pueblo de La Rubia. Pero, aprovechando el desplazamiento para esas citas, a la ida hicimos parada en la villa de Medinaceli y, antes de regresar a Madrid, nos acercamos también a conocer la capital soriana.

Aunque hay controversia entre los historiadores, algunos sostienen que la actual Medinaceli sería Occilis, un asentamiento clave en la guerra de los romanos contra los celtíberos citado por el historiador Apiano. En todo caso, es indiscutible que los romanos dejaron en la zona una huella visible, sobre todo en su célebre arco, que data probablemente del siglo I, así como en otros restos arqueológicos de interés (fragmentos de muralla, cimentaciones, mosaicos, lápidas…).


Tras un período histórico en el que se tienen pocas noticias de la zona, en la época de dominio musulmán ya existe como tal la ciudad de Medinaceli (denominación que, según algunos estudiosos, podría resultar de la unión de la palabra árabe Medina con el antiguo nombre celtíbero Ocile). De esa época se conserva también un arco árabe.

Se dice que el compañero del Cid, Álvar Fañez de Minaya, fue quien primero tomó Medinaceli a los árabes, aunque se limitó a imponer un tributo. La ciudad cayó luego bajo dominio del rey de Aragón Alfonso I el Batallador y, a su muerte, la reclamó el rey castellano Alfonso VII -hijo del matrimonio entre el citado monarca aragonés y la reina Urraca I de León y Castilla- quien otorgó a la localidad un fuero municipal.

En el siglo XIV la villa deja de ser de realengo porque el rey Enrique II se la dona a D. Bernal de Bearne por su ayuda en la guerra mantenida contra su hermano Pedro I el Cruel. Lo que comienza siendo el Condado de Medinaceli se transformará más tarde en Ducado.

Medinaceli conserva la ermita del Beato Julián (siglo XVII), la ermita renacentista del Humilladero, la iglesia de San Martín, la antigua Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción y el convento de Santa Isabel. En la arquitectura civil, destaca el palacio ducal, que da a la plaza mayor.

Fue una visita muy fugaz, lo justo para entrar en la Oficina de Turismo, dar un breve paseo a pie por las calles de la localidad, comer en uno de sus excelentes asadores y continuar hacia nuestro destino. Habrá que volver más despacio.

(Fotografías del autor, excepto Plaza Mayor de Medinaceli, de Montse Poch, de la galería Creative Commons de Flickr).