Castilfrío de la Sierra es un pequeño municipio soriano, a 1.204 m. de altitud y de tan sólo doce kilómetros cuadrados de extensión. La existencia de esta localidad, situada en la sierra de San Miguel, a 24 km. de la capital de la provincia, aparece ya documentada en el siglo XIII con el topónimo
Castil Frido.
Castilfrío está relativamente cerca del lugar donde se ubicó la mítica Numancia, el nombre que mejor simboliza la resistencia celtíbera frente a los romanos. Tras haber derrotado los numantinos al ejército imperial de 30.000 hombres, la posterior conquista de este núcleo hubiera implicado previsiblemente la captura de sus habitantes y su venta como esclavos. Cuando estaban irreversiblemente asediados, su coraje prefirió el suicidio colectivo: antes morir libres que vivir como esclavos.

Entre los puntos de interés en Castilfrío de la Sierra destaca la
iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI, aunque con elementos y ampliaciones de distintas épocas, hasta llegar al XVIII.
El pueblo cuenta también con la
ermita de Nuestra Señora del Carrascal, del siglo XVI, además de restos de la ermita del
Ecce Homo.
Conserva también su antiguo y curioso Lavadero y, en un monte, restos de un castro.
Pero lo que más llama la atención es que un municipio tan pequeño tenga tal cantidad de
casas blasonadas, la mayoría del siglo XVIII. Parece que una orden real obligó a los ganaderos de la Mesta que hacían uso de la Cañada Real Soriana a residir en el municipio, de forma que los grandes propietarios de ganado vivían allí -o cuando menos lo simulaban-, por lo que edificaron en Castilfrío esas mansiones que han llegado hasta nuestros días.
La población no alcanza la treintena de habitantes censados –de los cuales ni siquiera todos viven permanentemente allí-, pero uno de ellos es muy conocido: el escritor
Fernando Sánchez Dragó.
A Fernando le debíamos hace tiempo una visita, así que quedé con él y allí nos plantamos los tres Carlos para conocer su encantador refugio soriano. El plan era llegar al atardecer, cuando él dejase de escribir, conocer su casa, pasear y conversar un rato. Y, al anochecer, ir juntos a dar buena cuenta de una cena que nos tenía hace tiempo ofrecida uno de sus más cercanos colaboradores, el también escritor Antonio Ruiz Vega.

Después de aparcar cerca de la plaza –con su frontón, su fuente y fachadas blasonadas sin restaurar- damos algunas vueltas por las estrechas callejas, hasta encontrar la casa de Dragó, inconfundible, con su buda en la esquina y, coronando la veleta, un escarabajo, el animal sagrado que remataba los templos egipcios.

“
Yo nada más soy yo cuando estoy solo”, escribió el poeta Miguel Hernández y ese verso es uno de los textos que flanquean la puerta de acceso al caserón en el que Dragó ha encontrado en Soria la tranquilidad y la soledad necesaria para escribir. Entre la
melange de azulejos, la confirmación de que "
aquí vive Fernando Sánchez Dragó, escritor y viajero", la prohibición de fumar en el interior, el aviso de "
visita no concertada, visita no deseada" (la nuestra, ya lo dije, es obviamente concertada), el símbolo del Círculo Hermético, el dios Dionisio (nombre que Dragó utiliza en algunos textos autobiográficos de su obra) y el nombre de la casa,
Kokoro.

¿Por qué
Kokoro? Significa
corazón en japonés, pero “
no alude a la víscera cordial, sino al sentimiento”, como aclara en su
libro del mismo título. Fernando es gran admirador de las culturas orientales. Su mujer, Naoko, es japonesa. La conoció en Kioto –era su alumna-, mientras impartía un curso precisamente sobre
El camino del corazón. Ésta es, en mi opinión, su mejor novela (al menos hasta la aparición de
Muertes paralelas) y se abría con una cita del
Popol Vuh, el libro de las tradiciones mayas (frase que también yo reproduzco en la columna derecha de este blog):
“Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca”. En 2004, Dragó sufrió una operación a vida o muerte a causa de problemas relacionados con el corazón… Su casa tenía que llamarse
Kokoro.


¿Y por qué
Caballero del Escarabajo? Julio Ferrer, ex compañero de cárcel durante el franquismo, es entomólogo. Tras un reencuentro con su amigo Fernando, decidió dar el nombre de este escritor y viajero a una especie nueva de escarabajo descubierta en Namibia. El
somaticus sanchezdragoi aparece en varios grabados en la casa, como el que atentamente examina Carlos C. en la foto. Otro amigo de Dragó, el pintor
Félix Arellano, ha dedicado una serie de pinturas a este escarabajo, animal que anda sobre la tierra y bajo la tierra y que incluso puede volar… Dragó no pierde la ocasión de recordar jocosamente que es uno de los seres que tiene el miembro viril más grande en proporción a su tamaño.

Fernando nos recibe en la puerta de la casa a la hora convenida y nos conduce al interior. Más tarde llegará Naoko, siempre encantadora, acompañada de una amiga que pasa unos días con ella.

Ya sé que esto no es
El Mueble ni nada parecido, y que habitualmente no dedico el blog a la decoración ni a mostrar viviendas de famosos. Pero no me resisto a compartir -con sana envidia- la visita al interior de
Kokoro, esa casa grande pero acogedora, llena de calor y de magia, perdida en un rincón de la sierra soriana. Uno siempre sueña con llegar a tener un refugio parecido a éste.
La casa originaria se construyó en 1807 -si hacemos caso a la inscripción que aparece en el dintel del balcón-. Propiedad de la familia de su padrastro, Fernando les compró a sus hermanos sus respectivas participaciones. Luego la rehabilitó y todavía hoy continúa introduciendo poco a poco algunas reformas en sus inmensas dependencias.
En la entrada, un futbolín da pie a que Fernando y Carlos V. fanfarroneen sobre sus respectivas habilidades. No dio tiempo esta vez a que se enfrentaran, porque teníamos la cena, pero ya se retaron mutuamente para una próxima ocasión. La verdad es que Dragó tiene fama entre sus allegados de ser bueno con el futbolín, pero a Carlos V. le pega también tener habilidad en la materia, así que el duelo promete. Eso sí, yo lo presenciaré tomando una cerveza. En ese futbolín, por cierto, es donde, durante una visita de la infanta Elena, recibió Froilán un golpe en el ojo con una de las barras, mientras jugaba con sus primos. Fernando lo contó en cierta ocasión en un programa de televisión, diciendo que ya se imaginaba con temor los periódicos del día siguiente:
"El tercero en la sucesión al trono español [lo era en esos momentos]
se queda tuerto en casa de Dragó".

De alguna forma, todo hogar es un templo. Así que, en esta casa se mantiene la costumbre –como en casi todas las culturas, salvo la Occidental- de descalzarse al entrar.
Pasamos enseguida al amplio salón, con dos ambientes. Por allí está el piano, que Naoko sabe tocar, aunque confiesa que hace tiempo que no lo hace. La amiga japonesa que la visita sí practicaría esa misma tarde.

En una entreplanta se ha instalado un baño japonés, desde cuya ventana se puede ver el jardín. En invierno, debe de producir una extraña sensación la inmersión en agua calentita mientras contemplas el exterior nevado.

Abajo, en un sótano, hay otro saloncito con chimenea. Cerca se está montando ahora una barra de bar. Hay otros dormitorios para las visitas familiares y para invitados.

La biblioteca de Dragó es impresionante... aunque en realidad hay libros en todas y cada una de las dependencias.
En la casa se mezcla la decoración tradicional castellana con elementos japoneses y orientales en general. Y a lo largo de la visita vamos pasando por dormitorios, cocinas, la bodeguita o por el pequeño gimnasio de Dragó.
En la planta superior, al entrar al despacho de Fernando me sorprende ver que, por primera vez, está utilizando ¡un ordenador portátil! Siempre le había conocido escribiendo a máquina. Nos aclara que su última máquina de escribir ha
fallecido, como ha contado en
un artículo. Ya ni siquiera se encuentran máquinas de escribir y consumibles para las mismas, así que no ha tenido más remedio que claudicar. Dicen algunos escritores que el
word –con esa posibilidad de insertar, de corregir y de volver una y otra vez sobre lo escrito…- cambia el estilo a los autores, y yo creo que algo de razón pueden tener. Dragó está ahora habituándose a utilizar el procesador de textos y también tiene esa duda de si le modificará de alguna forma su estilo.

Dentro del despacho está el famoso ataúd. Fernando dice que no tiene miedo a la muerte y que para practicar la meditación nada mejor que un ataud, así que compró en el pueblo el féretro que durante años se utilizaba para los velatorios de las personas sin recursos. Sobre él yace simbólicamente esa última máquina de escribir a la que antes aludíamos.
En las estanterías de la zona de trabajo están las carpetas donde

se guardan los originales y pruebas de sus obras, entre ellas
Gárgoris y Habidis, la monumental
Historia Mágica de España por la que se le otorgó en 1979 el Premio Nacional de Literatura.
Pasamos al despacho donde trabaja habitualmente Naoko, tanto en el apoyo a Fernando como con las tareas de su empresa
Herbolarium.

Allí encontramos y saludamos a Soseki, el gato más famoso de España (es
el único que sale en los telediarios…).

También hay zonas de lectura y de consulta de libros, junto a estanterías donde se almacena documentación, grabaciones de programas...

El dormitorio principal de la casa, al que se accede tras unas cortinillas, está presidido por cuadros con escenas de sexo tántrico.

En el baño se almacenan los productos de esa especie de
elixir de juventud que utiliza Fernando para mantener el
corpore sano. Entre ellos destaca el
yoki reishi, la seta a la que se que atribuyen milagrosas propiedades.

Fernando siempre ha tenido en mente el proyecto de crear una especie de
nueva Eleusis en Soria, un centro cultural, espiritual y de estudios. A ello dedicaría, entre otras edificaciones, una de las casas cercanas que también es de su propiedad. En las imágenes, un salón de la misma, la cocina -que aprovecha las antiguas cuadras- y el salón japonés.
Damos un agradable paseo por el pueblo y sus alrededores. Pasamos frente a la iglesia de Castilfrío, donde Marta Ruescas grabó la curiosa psicofonía (“Nelly no ha venido hoy”) de la que se da cuenta en un capítulo de Muertes paralelas. Caminamos junto al cementerio y por algunos terrenos donde Fernando imagina su escuela iniciática. Vemos abrevaderos de la Mesta, el viejo lavadero, casas restauradas y casas semiderruidas que bien merecerían también ser recuperadas…

Durante el paseo, entre viejos caserones y calles estrechas, Fernando nos va contando varios proyectos personales y profesionales, se detiene a saludar a algunos vecinos y tenemos tiempo de echar unas cuantas risas.

En el trayecto, nos encontramos aparcada su vieja y curiosa camioneta, que calculo que debe de haber viajado por medio mundo. El otro medio yo creo que lo recorrió con el
Land Rover.

Caminando y charlando, se nos hizo tarde. Ruiz Vega nos estaba ya esperando con la mesa puesta…

(Fotografías del autor, de Carlos Vara, Carlos Cardesa y Naoko Kuzuno).