Jornada de 65 horas: ¿una Europa sin derechos sociales?

Publicado en el diario digital AvilaRed.com, 13.10.08, y en Soitu.es, 07.11.08.

Desde hace algunos meses en este blog aparece un banner de la campaña contra la Directiva comunitaria que pretende consagrar la jornada laboral máxima de 65 horas semanales. Algunos amigos bromeaban conmigo por ello, porque saben de mi exceso de trabajo profesional, y yo siempre les contesto con la misma ironía: “No, hombre, es que a mí me parece poco. Como lo aprueben me hacen polvo, yo necesito más tiempo. Por eso he puesto lo de '65 horas, ni de coña'…”.

Pero, dejando de lado estos chascarrillos entre amigos, la cuestión tiene una seriedad y una trascendencia que creo no estamos sabiendo calibrar suficientemente.

Ayer, 7 de octubre, coincidiendo con la Jornada Mundial por el Trabajo Decente se llevaron a cabo algunas manifestaciones contra esta nefasta Directiva Comunitaria, que pretende ampliar desmesuradamente la jornada de trabajo.

Pero este debate (casi inexistente en la calle, donde la medida se toma, en efecto, como un disparate, pero a la vez como anecdótica, porque a los españoles supuestamente no va a afectarnos) no ha sido noticia de portada en ningún medio de comunicación. Y, no lo duden, esto es mucho más importante para nuestras vidas que ampliar el Fondo de Garantía de Depósitos, que la sentencia de la operación Nova, que analizar si Biden estuvo mejor que Palin en el debate electoral norteamericano, o infinitamente más importante que las lesiones en la selección española de fútbol ante el partido contra Estonia. Muchísimo más.

Ni la mayoría de los medios de comunicación (que tienen la obligación de informar, e incluso de contribuir a formar la opinión pública, esto es, alentar e ilustrar el debate social cuando el asunto lo merece), ni siquiera los sindicatos (que deberían representar con mucha mayor convicción los intereses de los trabajadores y poner toda la carne en el asador ante un asunto de esta envergadura) ni tampoco los ciudadanos de a pie (siempre distraídos con otras cuestiones mucho más intrascendentes) están prestando la suficiente atención a esta Directiva, que supone un recorte muy serio de una conquista social -la limitación de la jornada de trabajo- que costó siglos de concienciación, de luchas y de sacrificio.

Entre los argumentos de los defensores de este despropósito se apunta que es necesario flexibilizar los límites de jornada en determinados sectores o profesiones que lo precisan por su propia naturaleza (horarios de guardia o cuestiones similares). Pero ocultan que esa flexibilidad ya existía sin necesidad de la nueva Directiva. Tanto la legislación nacional de nuestro país como las normas europeas admiten la posibilidad de jornadas especiales de carácter sectorial. Y, en todo caso, el argumento es falaz: la excepción no puede convertirse en regla. Si es preciso, contémplese la excepción, pero que no se generalice.

Otro argumento, más peligroso aún, es que con la nueva regulación no se obliga a nadie a trabajar 65 horas, que eso sólo sucederá cuando el trabajador así lo acepte. Esta afirmación de apariencia tan simple se carga, de un plumazo, todo el armazón del Derecho Laboral.

El Derecho Laboral continental y, desde luego, el español, parten de la base de que, a diferencia de otras ramas, como el Derecho Civil, aquí no estamos ante una contratación entre partes iguales, sino que hay una parte más débil que merece ser especialmente protegida. Este principio básico implicaba que no pudieran negociarse individualmente cualesquiera condiciones, sino que existieran unos mínimos imperativamente fijados por la Ley. Y llevaba a que, respetando esos mínimos legales, pudieran convenirse condiciones, pero no mediante pacto individual, sino mediante los procesos de negociación colectiva, de forma que los trabajadores, agrupados en sus representaciones sindicales, pudieran cobrar mayor fuerza.

Ese argumento, que ahora esgrimen los euroburócratas del capitalismo europeo para recortar un derecho ya reconocido -y, lo que es más preocupante, para dinamitar de paso la base teórica de nuestro Derecho Laboral-, podría servir en el futuro para abolir igualmente otras conquistas sociales hoy proclamadas en la normativa comunitaria, como los salarios mínimos, las vacaciones o la protección social. ¿Por qué fijar un salario mínimo obligatorio? Que quede al pacto individual de las partes y, si el asalariado acepta trabajar por una miseria, nadie le ha obligado a ello. ¿Por qué preceptuar que existan vacaciones? Si el trabajador está de acuerdo en no disfrutarlas, es libre de hacerlo, para qué se le va a obligar a descansar si él no quiere. Y si al trabajador le da igual tener Seguridad Social que no tenerla, pues que la empresa no esté obligada a cotizar porque, si él acepta voluntariamente no contar con esa cobertura, no tiene sentido imponérsela… Nuestro Derecho parte de la tesis contraria a tales aseveraciones: la de que, en estos casos, la parte débil, la persona que necesita el salario para su propio sustento personal y familiar, podría verse forzada por la necesidad (siempre, pero muy especialmente en épocas de crisis o de desempleo en las que la oferta de mano de obra sea superior a la demanda) a aceptar la imposición de condiciones abusivas. La historia nos enseña que esto es mucho más que una suposición. Y por eso, las conquistas sociales, durante los precedentes siglos XIX y XX, han ido en la dirección de garantizar por ley una serie de condiciones dignas y convertirlas en derechos irrenunciables. Esto es, ni aun aceptado de forma teóricamente voluntaria por el trabajador, sería válido un pacto de renuncia a derechos tales como el salario mínimo, la jornada máxima, la limitación de horas extraordinarias, las vacaciones pagadas, el descanso semanal, las garantías en la contratación o en el despido, la protección del empleado menor de edad y un largo etcétera de avances sociales. Al menos hasta ahora, insisto, esa concepción era el pilar sobre el que descansaba todo nuestro Derecho Laboral.

Que la Unión Europea abandere en estos momentos, empezando por la jornada (pero estoy seguro de que, una vez sentado el precedente, la misma argumentación se aplicará a otros aspectos de la regulación laboral), la vuelta a la ley de la selva del liberalismo decimonónico en materia laboral es altamente preocupante. Y que toda la sociedad y la ciudadanía europea no se hayan puesto ya en pie con decisión ante semejante disparate, que supone un importantísimo retroceso y que acaba con siglos de esfuerzos para conseguir un marco laboral humanizado, es aún más preocupante. Si cuela esto, puede colar ya cualquier cosa. Y ahí está en juego nuestra propia dignidad, nuestro tiempo, nuestro espacio personal y familiar, nuestra calidad de vida, que es tanto como decir nuestra posibilidad de realización personal. Yo soy profesional, no soy empleado por cuenta ajena, es decir, que no me incumbe individualmente, pero no me puede ser ajeno ni indiferente el vivir en una sociedad más justa o menos justa, no puedo admitir como normal que los seres humanos vivamos exclusivamente para trabajar, que seamos sólo carburante para una maquinaria económica.

El gobierno español mantiene una postura ambigua pues, aunque nominalmente se opone, en la práctica no ha hecho lo posible para bloquear la iniciativa e incluso intenta quitar hierro al asunto, asegurando que en España no tendrá efecto práctico. ¿Seguro? Es cierto que no es nada previsible que el actual ejecutivo cambie la normativa interna en este aspecto –aparte de que no lo deseen, supondría un escándalo e implicaría un elevado coste político- y debe tenerse en cuenta que la Directiva, aun permitiendo ampliar la jornada máxima, no obligará a ello a los Estados. Pero, ¿este gobierno piensa estar en el poder eternamente? ¿O es que considera que está en condiciones de poner la mano en el fuego por todos los gobiernos que haya en el futuro, sean del signo político que sean y sean cuales sean las circunstancias socioeconómicas con las que se encuentren?

En una economía globalizada, cualquier disminución de las garantías laborales en un país cercano nos repercute, querámoslo o no: incide en la competencia y provoca a la postre deslocalización. Si en otro país las empresas encuentran mano de obra que puede trabajar legalmente 65 horas semanales sin trabas, ¿para qué van a instalar sus empresas en un Estado donde “sólo” tiene permitido trabajar 40? Esa situación es la que puede acabar afectando a nuestra economía, de manera que -igual que ahora los empresarios aprovechan la crisis para volver a pedir el abaratamiento del despido-, ante una coyuntura como la apuntada, se podría llegar a presionar para aumentar la jornada en nuestra legislación, e incluso presentarlo como una exigencia de necesaria modernización y de homologación con Europa. Pretender que nuestra realidad nacional está blindada y que la Directiva es inocua para los españoles es desconocer la realidad mundial o querer engañarnos deliberadamente.

Si yo me siento razonablemente satisfecho de vivir en Europa no es sólo, ni siquiera fundamentalmente, por su desarrollo económico. Es porque, a pesar de los muchos pesares, me siento ciudadano en un espacio de derechos que hasta ahora avanzaba. También la misma o mayor prosperidad económica existe en EE.UU., por ejemplo, y sin embargo mi preferencia por el marco europeo se debe claramente a otros factores. Habíamos sido capaces de crear un ámbito con unos derechos políticos elementales (Estados formalmente democráticos, garantistas, con sistemas judiciales mediantemente fiables, sin Guantánamos ni pena de muerte…) y con una serie de derechos sociales garantizados (salarios mínimos, jornadas máximas humanizadas, despido regulado y no libre, seguridad social…) que nos convertían, aun con todas las carencias y deficiencias que conocemos, en el espacio geopolítico socialmente más avanzado del mundo. Muy perfectible, sin duda, pero el menos malo.

Se suponía que Europa tenía ya consolidado todo esto y estaba inmersa a estas alturas en otro debate social. El de tratar de conseguir que mayor productividad no necesariamente significase mayor tiempo de permanencia en el puesto de trabajo. El de avanzar en las medidas de conciliación entre la vida laboral, personal y familiar… Y, de pronto, nos encontramos con una Directiva como ésta, que camina en sentido opuesto y que implica un retroceso social alarmante.

Por eso no es casualidad que esta lamentable norma no haya venido sola. Al mismo tiempo, ha continuado la tramitación de la otra Directiva de la vergüenza que permite el internamiento de los inmigrantes durante varios meses, sin un plazo claro para el control judicial de la medida, y que permite la deportación sin las suficientes garantías jurídicas. Y, mucho más desapercibida aún, sigue también su tramitación una tercera Directiva que posibilitará que las autoridades administrativas puedan espiar al usuario europeo de internet.

Hay fundados motivos para pensar que la Europa de los derechos sociales y las libertades está siendo seriamente cuestionada por la burocracia de Bruselas, aprovechándose de una ciudadanía falta de información y de concienciación, claramente desmovilizada, y aprovechándose de que no existen sindicatos y organizaciones cívicas o políticas que, en el marco comunitario, se muestren capaces de alzar suficientemente la voz e impulsar medidas contundentes frente a semejantes atropellos.

Yo creo que la Confederación Europea de Sindicatos debería estar ya concienciando a la opinión pública del continente, dando la voz de alarma sin sordina, desde una postura de fuerza, dialogando con todos los grupos del parlamento europeo, pidiendo negociar con las autoridades de la UE la inmediata retirada de esta medida y, en caso de no encontrar receptividad, impulsar medidas de presión de suficiente peso, sin descartar incluso una huelga general europea.

Bruselas no puede seguir pretendiendo construir el edificio de la Unión de espaldas a los ciudadanos. Pero, menos que nada, recortar conquistas sociales que nadie nos regaló y que los europeos no nos deberíamos dejar ahora arrebatar tan fácilmente.

De cena con Antonio Ruiz Vega


Y de disfrutar aquella tarde de agosto de la hospitalidad y la amistad de Fernando Sánchez Dragó en Castilfrío de la Sierra, pasamos a encontrarnos también como en nuestra propia casa visitando por la noche a Antonio Ruiz Vega.

Su pueblo, La Rubia, es otra pequeña localidad que tampoco alcanza la treintena de habitantes y que pertenece al Ayuntamiento de Los Villares de Soria.

Si alguien creía que eso de los tradicionales valores castellanos de la nobleza, la austeridad y la hospitalidad eran meros tópicos, podemos dar fe de que al menos hay un soriano que los personifica a la perfección.

A Antonio Ruiz Vega nos lo presentó en Madrid Fernando Sánchez Dragó y allí compartimos una cena oriental y animada tertulia, algunas semanas más tarde de la presentación de Muertes paralelas. Luego nos propuso prepararnos una cena en su tierra y, aunque con más de un año de retraso, al final le dimos ocasión de cumplir aquel ofrecimiento.

Antonio es un incansable estudioso de la historia, la cultura y la etnología de su provincia. Ha fundado revistas, ha escrito numerosos artículos, tiene publicados varios ensayos –como Juegos populares sorianos, Remedios caseros y otras magias sorianas, La Soria Mágica, Calatañazor. La huella de los pasos, Numancia. El Imperio que no pudo ser…- y algunas novelas -como la premiada Últimas palabras de Kate Eddowes-. En su casa, nos regaló a los tres Carlos, con dedicatoria incluida, su relato La isla suspendida y su estudio Las relaciones entre Soria y Euskadi. Yo me llevé desde Madrid, para que me lo firmase, otro libro suyo que tenía y que ya había leído, Los hijos de Túbal, interesante recopilación de mitología hispánica publicada por la editorial La Esfera de los Libros en 2002.

Ruiz Vega es uno de los más estrechos colaboradores de Dragó. Entre otras muchas tareas, le auxilia habitualmente en las investigaciones y las labores de documentación, escribió con él el Diccionario de la España Mágica (1997) y fue antólogo de sus textos en Libertad, Fraternidad, Desigualdad (2007). Juntos, cual caballero andante y escudero, tenían también el sugestivo proyecto de hacer, al estilo Labordeta, un recorrido televisivo por la España mágica (les recomiendo ver el video promocional al que enlazo), idea que por ahora está aparcada, pero que a mí me encantaría que pudiesen llevar a la práctica, porque me parece enormemente atractiva.

Antonio nos esperaba en su casa a Fernando y a los tres Carlos con otro amigo suyo, Raúl. Nos preparó una estupenda fideua junto con unas tortillas de patata y otros manjares varios, y todo lo acompañamos de buen vino. Pero, por si esto fuera poco, tuvimos como ingredientes de la cena y de la sobremesa la calidez y la conversación inteligente y divertida. ¿Qué más se puede pedir?

Le pregunté a Antonio por sus proyectos, porque sabía, por anteriores conversaciones, que anda embarcado en otra imaginativa novela, esta vez de política-ficción iberista, que a mí (que soy iberista convencido) me despierta curiosidad.

Tras comentar algunos pormenores de nuestro viaje, fuimos saltando de tema en tema y tejiendo una simpática charla de cultura, historia, literatura, política…

Bueno, sí, vale: y de mujeres. De hecho, creo que la mente calenturienta de alguno de los tres Carlos –no desvelaremos cuál- es corresponsable del posterior artículo veraniego de Dragó sobre las mujeres más deseadas, que le valió su penúltima polémica pública, por la alusión a Leire Pajín.

Antonio Ruiz Vega había echado a todos los gatos hacia el corral, para que no molestasen durante la cena, pero sabido es que las casas tradicionales de pueblo tienen gatera y que los animalillos se la saben todas, así que uno acabó volviendo a colarse y compartiendo sobremesa conmigo.


Cuando, horas más tarde, Fernando regresó a Castilfrío, para poder levantarse a escribir al día siguiente, allí nos quedamos todavía los demás arreglando el mundo. Comenzamos por reivindicar Castilla –una cuestión que nos interesa a Ruiz Vega, a mí y a cuatro más- para terminar cuestionando todo el sistema económico mundial.

Desde esa noche yo a Antonio le tengo como mi gurú en materia social (Carlos V. decía que hubo un momento en el que sólo me faltó aplaudir y hacerle la ola) porque canta las verdades del barquero, esas cosas elementales que nadie dice o que los poderes políticos y económicos y los medios informativos silencian. En estos tiempos de crisis -en los que las vergüenzas del capitalismo están quedando al aire, en los que nuevamente vamos a vivir, tras una privatización de los beneficios, la socialización de las pérdidas-, es mentalmente muy sano, para mantener cierto espíritu crítico e independiente, escuchar razonamientos como los que esa noche expuso Antonio Ruiz Vega, tan diferentes del discurso dominante. Yo no sabría repetírselos a ustedes igual de bien, pero espero que él se anime a escribir sobre estas cosas, sin necesidad de ser economista, como ciudadano libre que piensa y que hace preguntas incómodas en voz alta.

Carlos V., desde el escepticismo por las vías políticas, apostaba por la acción social y, entre que a mí ese discurso no me gusta nada y que a esas alturas el licor de hierbas no facilitaba mucho su explicación ni el limoncello mi comprensión, terminamos polemizando distendida y cordialmente. Y creo que en un momento determinado yo le dije que estaba haciendo “un discurso liberal” y la siguientes veces añadí –entre risas- “si me apuras hasta esperancista” (por Esperanza Aguirre, y esto si lo hubiera dicho Dragó se trataría de un elogio, pero si lo digo yo tiene que tomarlo justamente como lo contrario…). Yo creo que la mera caridad es desmovilizadora. Que sí hay que hacer labor social inmediata, pero siempre cuestionando el modelo, planteando a la vez el debate de por qué existe esa situación. Si nos limitamos a paliar sus consecuencias, con buena voluntad, lo que estamos haciendo es precisamente contribuir a taponar las fugas de agua del sistema y quien sabe si a mantenerlo a flote. Se solucionan situaciones puntuales, pero a base de mantener intactas las causas que las provocan y que, por tanto, las seguirán provocando. Recordaba la frase del inolvidable obispo brasileño Helder Cámara: “Si doy pan a un pobre, me dicen que soy un santo; si pregunto por qué el pobre no tiene pan, me llaman comunista”. Yo creo que hay que dar pan, pero hay que seguir preguntando a cada instante por qué no tiene pan. Carlos V. defiende que hay que dar prioridad a proyectos concretos de compromiso social por encima de teorizaciones, pero me parece que, en realidad, no discutía el fondo de lo que yo exponía, sino que sencillamente está decepcionado en estos momentos por todos los proyectos políticos.

Esta foto -de cuando aún no se había marchado Fernando- me gusta, porque da el pego: se ve a los dos escritores atentos a lo que yo decía como si realmente tuviese algún interés.


Agotados los licores y una vez que habíamos solucionado primero Castilla, luego España, después Iberia toda y finalmente el mundo en general, nos despedimos afectuosamente de Antonio Ruiz Vega -a quien debemos una-, de su amigo Raúl y de los tropecientos gatitos que rondaban por la casa y el exterior, y nos retiramos.

Pero no precisamente a nuestros aposentos. Mientras Carlos C. (que llevaba ya, responsablemente, tiempo sin beber para poder conducir) proponía, con bastante sentido común, irnos a dormir, Carlos V. y yo manteníamos animados la esperanza de que hubiera fiesta en algún pueblo cercano, al ser 15 de agosto, para estar un rato más por ahí. Carlos C. –seguro de que todo estaría desierto- cometió el error de intentar convencernos enseñándonos los pequeños pueblos casi deshabitados. Y saltó la sorpresa, porque en Aldealseñor –de poco más de 40 habitantes- había una orquesta actuando en la plaza, compuesta por dos integrantes –la chica que cantaba y el chico de los teclados-, un centro social donde servían cervezas y unas cuantas decenas de jóvenes de todos los pueblos de alrededor. Así que estuvimos allí hasta que terminó la actuación. Carlos V., para variar, confraternizó con la juventud del lugar y terminó apalabrando ya las fiestas de Pobar -37 habitantes- para el mes de septiembre. A ese pueblo también hicimos una rápida visita esa misma madrugada, con situaciones surrealistas que luego han dado muchísimo juego en las anécdotas privadas. La que se podía contar, ya la apunté en una entrada anterior.

Nuestro alojamiento lo habíamos reservado en una casa rural en Ausejo. Dragó nos dijo amablemente "la próxima vez os quedáis en mi casa", pero la verdad es que la casa rural nos daba más libertad para no molestar y no tener a Naoko y Fernando como anfitriones pendientes de nosotros al día siguiente y, visto nuestro trasnoche por las aldeas sorianas, fue mejor así.

Ausejo de la Sierra es otro pequeño municipio de unos sesenta habitantes y en esta foto se pueden hacer una idea de su tamaño: miren dónde está la señal de comienzo de población y dónde se ve al fondo la señal de final de población.

Allí se pronunció una de mis frases favoritas -"No andéis trayendo barullos al pueblo"-, episodio que ya conté en Volver.

Al día siguiente, tras descansar y tomar un buen desayuno, nos esperaba la capital soriana.

(Fotografías del autor, de Carlos Cardesa y Carlos Vara).

Pequeñas sincronías cotidianas

El hombre debe percibir que vive en un mundo que en cierto sentido es enigmático.
Que en él suceden y pueden experimentarse cosas que permanecen inexplicables (…).
Sólo entonces la vida es completa”.
-Carl Gustav Jung -

I

Tenía motivos para pensar que con Beta podía repetirse algo parecido a lo que me ocurrió con Alfa, una situación en la que salí dañado. A pesar de que Beta estaba siendo sincera y extremadamente cuidadosa, había en los hechos algunos elementos comunes que me hacían temer.

Una tarde, para que Beta me comprendiera, me decidí por fin a contarle la historia de Alfa, sucedida unos años atrás y ya superada.

Esa misma noche, cuando llegué a casa, tenía un mensaje en el contestador.

Era la voz de Alfa.

Vaya, qué casualidad, pensé.

II

Alfa estaba unos días en mi ciudad, quería volver a verme. No era el momento más oportuno para remover dentro de mí todo aquello, pero dije que sí.

Beta tenía una particular relación con una película de cine, pongamos que titulada Gamma. No es sólo que le gustase la película, era una relación más directa, con la que habíamos bromeado muchas veces.

Cuando Alfa vino a verme, me trajo varios regalos. Uno de ellos era un disco que me había grabado, porque pensó que me iba a gustar esa música. Lo escuché.

Unos días más tarde volvemos a vernos.

- Me gustó la música que me grabaste, muy buena
- Es la banda sonora de una película, ¿sabes de cuál?
- Hmmm… Pues no
- De 'Gamma'


Vaya, qué casualidad… otra vez.

Yo ese día estaba particularmente sensible respecto a Beta, así que supongo que mi cara debió de ser todo un poema en ese momento y que Alfa no entendería nada.

III

Por esos días, se iba a celebrar un homenaje póstumo a alguien y me propuse confeccionar un audiovisual para proyectar en el mismo.

Decido que la música de fondo sea el Aria de la Suite nº 3 de Bach.

Intento incorporar la música a las imágenes y la aplicación me hace caso omiso.

Supongo entonces que el disco estará defectuoso. Busco la misma pieza musical de Bach en otro CD distinto. Sigue dando error.

Lo intento con un tercer disco, porque esa música es conocida y aparece en varias colecciones de las que tengo. Imposible.

La bajo de internet en formato mp3. Nada, no hay forma, la aplicación la rechaza.

Pienso que entonces lo que está mal es el programa informático, pero por si acaso decido probar con otra melodía.

Cambio de música y, como plan B, elijo el Concierto para clarinete y orquesta de Mozart.

Al primer intento, la música se incorpora a las imágenes. Incluso el tiempo de duración del archivo de sonido es sustancialmente coincidente con la secuencia gráfica.

Bromeo conmigo mismo: vaya, se ve que al homenajeado le gustaba más esta música y no me dejaba poner la otra.

Celebramos el homenaje público esa noche y, cuando termina, salgo con una sensación de deber cumplido.

Dos días más tarde, parto de viaje. Subo al AVE hacia Lleida y pienso: después de unas semanas duras, ahora es el momento de comenzar las vacaciones, de relajarme y de cambiar de chip.

Me pongo los auriculares con uno de los canales del hilo musical. Comienza en ese preciso momento una pieza.

Podrían haber sido miles de músicas, pero sí, era ésa: el Concierto para clarinete y orquesta de Mozart.

Qué casualidad.

IV

Llego a la estación leridana y, unos días más tarde, paseando por su ciudad, Belén me enseña la estatua de Indíbil y Mandonio.

Como buena guía y licenciada en historia, me recuerda la figura de estos héroes de la resistencia ibérica frente a los romanos.

Regreso de Lleida a Madrid y, a continuación, partíamos para Soria.

Como vamos a ver al escritor Antonio Ruiz Vega, busco en casa su libro Los hijos de Túbal, dedicado a los mitos de la España antigua. Me lo quiero llevar para que me lo firme el autor.

Tengo el libro en mis manos, miro la portada y abro una de sus trescientas páginas al azar.

Sí, justamente ésa: la historia de Indíbil y Mandonio.

Qué casualidad… ¿o no?

(Fotografía: Synchronicity, de Auro, de la galería de imágenes Creative Commons de Flickr).

En Kokoro, la Casa del Caballero del Escarabajo


Castilfrío de la Sierra es un pequeño municipio soriano, a 1.204 m. de altitud y de tan sólo doce kilómetros cuadrados de extensión. La existencia de esta localidad, situada en la sierra de San Miguel, a 24 km. de la capital de la provincia, aparece ya documentada en el siglo XIII con el topónimo Castil Frido.

Castilfrío está relativamente cerca del lugar donde se ubicó la mítica Numancia, el nombre que mejor simboliza la resistencia celtíbera frente a los romanos. Tras haber derrotado los numantinos al ejército imperial de 30.000 hombres, la posterior conquista de este núcleo hubiera implicado previsiblemente la captura de sus habitantes y su venta como esclavos. Cuando estaban irreversiblemente asediados, su coraje prefirió el suicidio colectivo: antes morir libres que vivir como esclavos.

Entre los puntos de interés en Castilfrío de la Sierra destaca la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI, aunque con elementos y ampliaciones de distintas épocas, hasta llegar al XVIII.

El pueblo cuenta también con la ermita de Nuestra Señora del Carrascal, del siglo XVI, además de restos de la ermita del Ecce Homo.
Conserva también su antiguo y curioso Lavadero y, en un monte, restos de un castro.

Pero lo que más llama la atención es que un municipio tan pequeño tenga tal cantidad de casas blasonadas, la mayoría del siglo XVIII. Parece que una orden real obligó a los ganaderos de la Mesta que hacían uso de la Cañada Real Soriana a residir en el municipio, de forma que los grandes propietarios de ganado vivían allí -o cuando menos lo simulaban-, por lo que edificaron en Castilfrío esas mansiones que han llegado hasta nuestros días.
La población no alcanza la treintena de habitantes censados –de los cuales ni siquiera todos viven permanentemente allí-, pero uno de ellos es muy conocido: el escritor Fernando Sánchez Dragó.

A Fernando le debíamos hace tiempo una visita, así que quedé con él y allí nos plantamos los tres Carlos para conocer su encantador refugio soriano. El plan era llegar al atardecer, cuando él dejase de escribir, conocer su casa, pasear y conversar un rato. Y, al anochecer, ir juntos a dar buena cuenta de una cena que nos tenía hace tiempo ofrecida uno de sus más cercanos colaboradores, el también escritor Antonio Ruiz Vega.

Después de aparcar cerca de la plaza –con su frontón, su fuente y fachadas blasonadas sin restaurar- damos algunas vueltas por las estrechas callejas, hasta encontrar la casa de Dragó, inconfundible, con su buda en la esquina y, coronando la veleta, un escarabajo, el animal sagrado que remataba los templos egipcios.

Yo nada más soy yo cuando estoy solo”, escribió el poeta Miguel Hernández y ese verso es uno de los textos que flanquean la puerta de acceso al caserón en el que Dragó ha encontrado en Soria la tranquilidad y la soledad necesaria para escribir. Entre la melange de azulejos, la confirmación de que "aquí vive Fernando Sánchez Dragó, escritor y viajero", la prohibición de fumar en el interior, el aviso de "visita no concertada, visita no deseada" (la nuestra, ya lo dije, es obviamente concertada), el símbolo del Círculo Hermético, el dios Dionisio (nombre que Dragó utiliza en algunos textos autobiográficos de su obra) y el nombre de la casa, Kokoro.

¿Por qué Kokoro? Significa corazón en japonés, pero “no alude a la víscera cordial, sino al sentimiento”, como aclara en su libro del mismo título. Fernando es gran admirador de las culturas orientales. Su mujer, Naoko, es japonesa. La conoció en Kioto –era su alumna-, mientras impartía un curso precisamente sobre El camino del corazón. Ésta es, en mi opinión, su mejor novela (al menos hasta la aparición de Muertes paralelas) y se abría con una cita del Popol Vuh, el libro de las tradiciones mayas (frase que también yo reproduzco en la columna derecha de este blog): “Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca”. En 2004, Dragó sufrió una operación a vida o muerte a causa de problemas relacionados con el corazón… Su casa tenía que llamarse Kokoro.

¿Y por qué Caballero del Escarabajo? Julio Ferrer, ex compañero de cárcel durante el franquismo, es entomólogo. Tras un reencuentro con su amigo Fernando, decidió dar el nombre de este escritor y viajero a una especie nueva de escarabajo descubierta en Namibia. El somaticus sanchezdragoi aparece en varios grabados en la casa, como el que atentamente examina Carlos C. en la foto. Otro amigo de Dragó, el pintor Félix Arellano, ha dedicado una serie de pinturas a este escarabajo, animal que anda sobre la tierra y bajo la tierra y que incluso puede volar… Dragó no pierde la ocasión de recordar jocosamente que es uno de los seres que tiene el miembro viril más grande en proporción a su tamaño.

Fernando nos recibe en la puerta de la casa a la hora convenida y nos conduce al interior. Más tarde llegará Naoko, siempre encantadora, acompañada de una amiga que pasa unos días con ella.
Ya sé que esto no es El Mueble ni nada parecido, y que habitualmente no dedico el blog a la decoración ni a mostrar viviendas de famosos. Pero no me resisto a compartir -con sana envidia- la visita al interior de Kokoro, esa casa grande pero acogedora, llena de calor y de magia, perdida en un rincón de la sierra soriana. Uno siempre sueña con llegar a tener un refugio parecido a éste.

La casa originaria se construyó en 1807 -si hacemos caso a la inscripción que aparece en el dintel del balcón-. Propiedad de la familia de su padrastro, Fernando les compró a sus hermanos sus respectivas participaciones. Luego la rehabilitó y todavía hoy continúa introduciendo poco a poco algunas reformas en sus inmensas dependencias.

En la entrada, un futbolín da pie a que Fernando y Carlos V. fanfarroneen sobre sus respectivas habilidades. No dio tiempo esta vez a que se enfrentaran, porque teníamos la cena, pero ya se retaron mutuamente para una próxima ocasión. La verdad es que Dragó tiene fama entre sus allegados de ser bueno con el futbolín, pero a Carlos V. le pega también tener habilidad en la materia, así que el duelo promete. Eso sí, yo lo presenciaré tomando una cerveza. En ese futbolín, por cierto, es donde, durante una visita de la infanta Elena, recibió Froilán un golpe en el ojo con una de las barras, mientras jugaba con sus primos. Fernando lo contó en cierta ocasión en un programa de televisión, diciendo que ya se imaginaba con temor los periódicos del día siguiente: "El tercero en la sucesión al trono español [lo era en esos momentos] se queda tuerto en casa de Dragó".
De alguna forma, todo hogar es un templo. Así que, en esta casa se mantiene la costumbre –como en casi todas las culturas, salvo la Occidental- de descalzarse al entrar.

Pasamos enseguida al amplio salón, con dos ambientes. Por allí está el piano, que Naoko sabe tocar, aunque confiesa que hace tiempo que no lo hace. La amiga japonesa que la visita sí practicaría esa misma tarde.

En una entreplanta se ha instalado un baño japonés, desde cuya ventana se puede ver el jardín. En invierno, debe de producir una extraña sensación la inmersión en agua calentita mientras contemplas el exterior nevado.
Abajo, en un sótano, hay otro saloncito con chimenea. Cerca se está montando ahora una barra de bar. Hay otros dormitorios para las visitas familiares y para invitados.

La biblioteca de Dragó es impresionante... aunque en realidad hay libros en todas y cada una de las dependencias.

En la casa se mezcla la decoración tradicional castellana con elementos japoneses y orientales en general. Y a lo largo de la visita vamos pasando por dormitorios, cocinas, la bodeguita o por el pequeño gimnasio de Dragó.

En la planta superior, al entrar al despacho de Fernando me sorprende ver que, por primera vez, está utilizando ¡un ordenador portátil! Siempre le había conocido escribiendo a máquina. Nos aclara que su última máquina de escribir ha fallecido, como ha contado en un artículo. Ya ni siquiera se encuentran máquinas de escribir y consumibles para las mismas, así que no ha tenido más remedio que claudicar. Dicen algunos escritores que el word –con esa posibilidad de insertar, de corregir y de volver una y otra vez sobre lo escrito…- cambia el estilo a los autores, y yo creo que algo de razón pueden tener. Dragó está ahora habituándose a utilizar el procesador de textos y también tiene esa duda de si le modificará de alguna forma su estilo.

Dentro del despacho está el famoso ataúd. Fernando dice que no tiene miedo a la muerte y que para practicar la meditación nada mejor que un ataud, así que compró en el pueblo el féretro que durante años se utilizaba para los velatorios de las personas sin recursos. Sobre él yace simbólicamente esa última máquina de escribir a la que antes aludíamos.

En las estanterías de la zona de trabajo están las carpetas donde se guardan los originales y pruebas de sus obras, entre ellas Gárgoris y Habidis, la monumental Historia Mágica de España por la que se le otorgó en 1979 el Premio Nacional de Literatura.

Pasamos al despacho donde trabaja habitualmente Naoko, tanto en el apoyo a Fernando como con las tareas de su empresa Herbolarium.

Allí encontramos y saludamos a Soseki, el gato más famoso de España (es el único que sale en los telediarios…).

También hay zonas de lectura y de consulta de libros, junto a estanterías donde se almacena documentación, grabaciones de programas...

El dormitorio principal de la casa, al que se accede tras unas cortinillas, está presidido por cuadros con escenas de sexo tántrico.

En el baño se almacenan los productos de esa especie de elixir de juventud que utiliza Fernando para mantener el corpore sano. Entre ellos destaca el yoki reishi, la seta a la que se que atribuyen milagrosas propiedades.


Fernando siempre ha tenido en mente el proyecto de crear una especie de nueva Eleusis en Soria, un centro cultural, espiritual y de estudios. A ello dedicaría, entre otras edificaciones, una de las casas cercanas que también es de su propiedad. En las imágenes, un salón de la misma, la cocina -que aprovecha las antiguas cuadras- y el salón japonés.
Damos un agradable paseo por el pueblo y sus alrededores. Pasamos frente a la iglesia de Castilfrío, donde Marta Ruescas grabó la curiosa psicofonía (“Nelly no ha venido hoy”) de la que se da cuenta en un capítulo de Muertes paralelas. Caminamos junto al cementerio y por algunos terrenos donde Fernando imagina su escuela iniciática. Vemos abrevaderos de la Mesta, el viejo lavadero, casas restauradas y casas semiderruidas que bien merecerían también ser recuperadas…


Durante el paseo, entre viejos caserones y calles estrechas, Fernando nos va contando varios proyectos personales y profesionales, se detiene a saludar a algunos vecinos y tenemos tiempo de echar unas cuantas risas.

En el trayecto, nos encontramos aparcada su vieja y curiosa camioneta, que calculo que debe de haber viajado por medio mundo. El otro medio yo creo que lo recorrió con el Land Rover.

Caminando y charlando, se nos hizo tarde. Ruiz Vega nos estaba ya esperando con la mesa puesta…
(Fotografías del autor, de Carlos Vara, Carlos Cardesa y Naoko Kuzuno).

La Manzana de Eva

Con esto de que todos estemos ciberconectados en una gigantesca red, a veces puedes tener reencuentros inesperados.

Hace más de quince años -creo recordar que en 1991-, conocí a Eva. Vivimos algunas cosas juntos y, tras una historia que sólo a nosotros importa, finalmente nuestros pasos terminaron en direcciones diferentes.

Ya por entonces Eva tocaba la guitarra, escribía y cantaba canciones, y tenía muy claro lo que quería hacer.

Tengo firmado su primer disco, Fotocopia de nadie, que grabó con su grupo Sed en 2005. Hace tiempo que no tenemos contacto directo, aunque sí sé algo de su vida a través de personas comunes y, desde luego, la recuerdo con cariño.

Ayer me la encontré de nuevo en internet.

Sigue persiguiendo el mismo sueño. El grupo ha cambiado el nombre -creo que a mejor-. Ahora son La Manzana de Eva, hacen esta música y tienen muchos y nuevos proyectos entre manos.

Ojalá que acabe teniendo suerte y éxitos. Sin duda se lo merece, tanto por sus facultades y su capacidad para componer y cantar, como por su indudable tenacidad.


(Más sobre LMDE en su web, en My Space o en Youtube).