Elegir

La vida es elegir. Acertar o equivocarse. Y no saberlo nunca con certeza: aunque la decisión salga bien, nunca sabremos si la otra hubiera salido mejor; y si la decisión sale mal, nunca sabremos si la otra hubiera sido aún peor.

La vida es elegir, tomar caminos, optar por personas, por quehaceres, por lugares... La vida es el vértigo de no tener delante huellas que seguir (en lo personal, la experiencia ajena nunca sirve como propia), de no tener camino de retorno, de no saber qué deparaban las sendas que dejamos a un lado.

Me sorprenden las personas que tienen la certeza de que, aunque vivieran mil vidas, volverían a hacer lo mismo: a compartir su existencia con la misma persona, a dedicarse a la misma profesión… Quizá es una gran suerte tener esa sensación, una seguridad, una vocación y una plenitud que a mí me pillan lejanas.

Soy inseguro, pero no indeciso. Dudo, a veces tardo en actuar, pero no me entrego a la parálisis. Cuando he decidido, apuesto, no me arrepiento, no miro ya atrás. Pero a veces me asalta, como puro juego mental, la curiosidad de saber qué hubiera pasado si…

A ratos sueño que me gustaría tener siete vidas y tengo clarísimo que en varias de ellas no haría lo mismo que en la única que realmente tengo. Que en varias de esas vidas no sería abogado, sino periodista o escritor, o hasta político de verdad (a ver si cambias las cosas o inevitablemente las cosas te cambian a ti), o profesor, o viajero que se va buscando la vida de un lado a otro y no necesita muchos ingresos… Que en los amores hubiera probado a decir sí a personas a las que dije no, a veces porque ya estaba en otra relación. O a decir algo a personas a las que no dije nada y saber si hubiera sido sí o no. Que en algunas de esas vidas arriesgaría más, sin miedo, y a ver qué pasaba. Me gustaría, sí, vivir varias vidas o incluso ser varias personas.

La vida es elegir. Porque, además, cuando no eliges tú, la vida a menudo te atropella y elige por ti, eligen los demás o las circunstancias, y casi siempre mal. Hasta para equivocarse es mejor hacerlo uno mismo.

La vida es elegir. Acertar o equivocarse. Y no saberlo nunca con certeza. Porque aprendemos a vivir mientras vivimos.

(Fotografía: Dudas, de Hombreluz1986, de la galería de imágenes Creative Commons de Flickr).

Feliz Navidad 2009

En estos días de diciembre (entre el 21 y el 26 aproximadamente) de nuestro actual calendario, alrededor de nuestro solsticio de invierno (el día más corto y la noche más larga del año en este hemisferio), muchos pueblos de la antigüedad (entre ellos nuestros antepasados celtas e iberos), y en los más diversos lugares de la tierra, coincidían en celebrar sus fiestas en honor al sol, a veces divinizado: Helios y Apolo en Grecia, Mitra en Persia, Huitzilopochtli entre los aztecas, Inti para los incas, Frey para los germanos y escandinavos… También los romanos situaron en similares fechas las fiestas en honor de Saturno.

Aunque el nacimiento de Jesús casi con total seguridad no se produjo en invierno (según el relato evangélico, había pastores pasando la noche al aire libre con sus rebaños y el cielo estaba estrellado), el cristianismo, siguiendo su costumbre de adaptar, absorber y así neutralizar ritos paganos muy enraizados, acabó declarando, a partir del siglo IV, el 25 de diciembre como la fiesta de la natividad de Cristo.

Plagada de tradiciones de lo más diverso en cada lugar, pero con el fondo compartido de un mensaje universal de paz y de amor, la Navidad se fue consolidando como una fiesta común a buena parte del mundo y así ha llegado hasta nuestros días.

Quienes me conocen de cerca, saben de sobra lo poco navideño que soy en cuanto a lo externo, me han escuchado despotricar mil veces contra las actuales navidades y me han visto huír en los últimos años hacia otros países. No me gustan la mayoría de los villancicos, ni las panderetas, ni los que piden el aguinaldo, ni los reportajes sobre los ganadores de la lotería, ni los estereotipos de la publicidad, ni la lombarda, ni el mazapán, ni el champán…, no tengo interés por el discurso del rey, ni por los especiales de la tele, ni por el anuncio de Freixenet, el Cuento de Dickens ya me cansó, hace tiempo que no empiezo el año atragantándome con doce uvas, me dan grima los adornos navideños, me parece obsceno -tal y como está el patio- lo que se gastan aquí en una exageradísima iluminación navideña de las ciudades, y me revuelve las tripas la hipocresía de los supuestos buenos deseos de entidades a las que resultas completamente indiferente, o de personas que el resto del año te pisarían el cuello si te dejaras. Esto, por no seguir con una lista interminable.

Pero también, cuando surgieron los primeros iconoclastas contemporáneos dispuestos a extirpar belenes y estrellas y, con ello, cosas más profundas, me escucharon cambiar el discurso y hacerme fuerte junto al nacimiento. No pasarán. Contra la Navidad vivía mejor, podría bromear.

Y es que, a mí, en realidad, costumbres anecdóticas aparte, no me molesta la Navidad por su significado, sino por lo contrario: porque se ha ido desproveyendo de cualquier significado o, lo que es aún peor, llegando a encarnar lo contrario de lo que se supone que le dio origen. No consigo tomar como aceptable que el nacimiento de Jesús de Nazaret, un símbolo, entre otras cosas, de la austeridad como actitud vital, se celebre en la actualidad con un impresionante despliegue consumista. Es un contrasentido tan absurdo como si el aniversario de Teresa de Calcula lo festejásemos con una orgía sexual o el aniversario del Che Guevara lo conmemorásemos con un banquete de lujo para privilegiados. Una pura incoherencia. No le encuentro el menor sentido a que, en la hipotética celebración del nacimiento de Cristo, de lo que se hable sea del precio del cordero y de los langostinos. Lo siento, pero, aunque me hayan salido algunas canas, dentro de mí sigue habitando ese mismo niño rebelde, observador y preguntón, que continúa negándose a tomar como normal lo que no le parece normal.

El Jesús de la tradición es el Dios que decide encarnarse en la historia y hacerse hombre con los hombres. El que nace en un establo, en la familia humilde de un carpintero y una joven hebrea. El que sabe compartir la alegría y multiplicar el vino en la celebración con su gente. El que sabe buscar su soledad y su reflexión en el desierto. El que llora ante la muerte del amigo. El que salva la vida a la mujer adúltera haciendo a los demás volver la mirada hacia sí mismos. El que se rodea de gente de a pie y de excluidos, el que no rehúye a los leprosos, ni a los paralíticos, ni a los publicanos, ni a las prostitutas… El que proclama la buena nueva para los pobres, los hambrientos, los enfermos, los que sufren. El que expulsa a los mercaderes del templo. El que asegura que a cada día le basta con su afán. El que dice que las normas deben estar hechas para el hombre y no el hombre para las normas, que la ley ética no estará ya escrita en tablas sino que cada cual la llevará en su conciencia y su corazón. El que habla de compartir, de perdonar, de la autenticidad personal, del reino de la justicia…El que proclama como nuevo mandamiento el amor a los demás. El que muere ajusticiado por blasfemo, en medio de dos ladrones. El que había asegurando que la vida podía vencer a la muerte. Un mensaje revolucionario en la sociedad de su tiempo, que, a veces para mal y a veces para bien, cambió la historia y transformó el mundo. Una figura que, dos milenios después, sigue siendo, como dice el filósofo José Antonio Marina, Patrimonio Espiritual de la Humanidad.

Y, ahora, con ese relato, haga cada uno lo que quiera. Vívalo desde la fe el que así lo sienta y lo crea. Y acéptelo el que no como una leyenda, como un mito, como esas historias de los pueblos indígenas que quizá ya pocos creen a pies juntillas como sus antepasados, pero que todo el mundo respeta como un rico legado que dice mucho de su identidad colectiva y de su cosmovisión. Querer prescindir de ese componente cultural de nuestra civilización me parece de una ceguera impresionante.

De ahí, nace una visión del hombre, de la libertad, de la dignidad, que, tamizada luego tras un sanísimo e intenso baño de laicidad (que otras creencias no han permitido y de ahí su falta de evolución), es la semilla que ha generado el espacio geopolítico más avanzado del planeta en los conceptos jurídico-sociales y en los derechos humanos, un espacio donde (a diferencia de otras amplias zonas del mundo, no lo olvidemos) no impera ya la ley del Talión, un espacio donde (a diferencia de otras amplias zonas del mundo, insisto en esa realidad) la mujer va consiguiendo a pulso su espacio y no tiene que ocultar su rostro… y así decenas y decenas de ejemplos.

Me siento tan lejos de los impositores de crucifijos como de los proscriptores de belenes. Lejos de los que quieren que, por sus cojones, un espacio educativo de carácter público esté presidido por su símbolo religioso, vaya usted a saber por qué, para qué y con qué sentido. Pero lejos también de los que quieren eliminar cualquier resquicio de historia, de espiritualidad, de cultura, de tradición, de los valores que no les gustan. Cierto es que tienen una ardua y larguísima tarea: desde modificar la numeración de los años para que no nos acordemos desde cuándo los contamos hasta cambiar de nombre al domingo, desde modificar la denominación de la Cruz Roja hasta llamar de otra forma a los Sanfermines, desde desmontar catedrales hasta descolgar cuadros de los museos… Ganas no les faltan, pero no sé si la realidad de siglos se puede borrar tan fácilmente.

Y, sobre todo, ¿para sustituirla por qué? Porque, frente a las viejas creencias y valores de nuestros padres y abuelos, todo lo ingenuos que se quiera, lo que ahora se nos ofrece como alternativa es el modelo del todo vale, la sociedad hedonista, el materialismo, la acumulación sin esfuerzo y sin escrúpulos, la ostentación… Nada nuevo bajo el sol: es la adoración del becerro de oro, ahora transformado en marcas de ropa o en grandes vehículos, entre otras apariencias.

Entiendo que la antipatía hacia lo cristiano a veces está producida por una justificadísima aversión a las Iglesias establecidas. Históricamente, en nombre de todos los dioses se han hecho barbaridades que los mismos dioses hubieran condenado. Las jerarquías de las iglesias actuales se parecen a su pretendido modelo, Jesús de Nazaret, como un huevo a una castaña. Podrían reconocerse mucho mejor en la casta sacerdotal de su tiempo, a la que Jesús tanto fustigó. Pero el cristianismo, como sustrato cultural y de pensamiento en el que se cimenta buena parte de nuestra identidad, no tiene mucho que ver con las confesiones organizadas. Con ellas o contra ellas, es parte –irrenunciable, creo yo- de la realidad en la que hemos nacido y en la que vivimos.

No estoy hablando estrictamente de religión. Hablo de valores, de concepciones. De esos valores elementales, sociales, culturales, que nos caracterizan y que deberían estar representados en nuestras tradiciones, si quisiéramos de verdad dar a éstas algún sentido que no fuera puramente comercial.

Por eso, por su autenticidad sin adornos, me gustó tanto mi entrañable cena de navidad del año pasado. En Buenos Aires, sin iluminaciones estridentes, sin el mantel de los días especiales, sin cumplidos, sin ceremonias y sin lujos. En un pequeño y modesto apartamento, casi improvisando la comida, echándonos unas risas, con dos personas a las que quiero y teniendo a tiro de piedra (de teléfono, de correo electrónico, de recuerdo o de buenos deseos) al resto de mi gente. Celebrando, como decía por entonces, que un año más estamos juntos.

Estos días es Navidad, el solsticio de invierno de nuestros antepasados más remotos, la celebración de la esperanza de nuestros antepasados más cercanos. La fiesta del sol, de la luz, de la vida. Ese mensaje universal de paz y de amor al que antes hacía referencia. Una tradición, un símbolo milenario, algo que nos une por encima de creencias y de descreencias. Si ustedes prefieren no celebrarlo porque sienten que sus fiestas son otras y su cultura diferente, están en su derecho, claro que sí, defiéndanlo. Si quieren celebrarlo como se nos propone, como la fiesta del consumo, de la cena opípara y del regalo obligatorio y por cumplir, allá ustedes. Si deciden celebrarlo desde su fe personal, a pesar de tanto político coñazo empeñado no en una aconfesionalidad respetuosa sino en un laicismo beligerante, les felicito por su coherencia. Y si deciden simplemente festejar la vida, compartida con la gente a la que quieren, mi más calurosa enhorabuena.

A todos y todas, feliz Navidad.


(Ilustración: Navidad, pintura de Goyo Domínguez)

El secreto de sus ojos


Hay pocos directores de cine de los que me guste todo lo que he visto. Me ha pasado hasta el momento, por ejemplo, con Alejandro Amenábar (Tesis, Abre los ojos, Los otros, Mar adentro…, aunque no he visto todavía Ágora). También con Fernando León de Aranoa (Familia, Princesas, Los lunes al sol…).

Otro de esos directores con los que siempre tengo sensación de acertar cuando voy al cine es el argentino Juan José Campanella: El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia y Luna de Avellaneda están entre mis películas favoritas.

En general, una parte del cine argentino viene demostrando que, sin contar ni de lejos con los recursos de Hollywood se puede obtener, sin embargo, un producto más que digno y de calidad. Y en ello, sobresale Campanella.

En sus trabajos, suele articular un planteamiento moral: el retrato de quien apuesta por sus principios, que por lo general resulta socialmente perdedor y se queda sólo con la íntima satisfacción de haber sido fiel a sí mismo. Y construye siempre la trama sobre dos pilares, el de la emotividad y los sentimientos, por un lado, y el del ingenio y el buen humor, por otro. Quizá por todo eso me gusta, porque con esos ingredientes, con los que tan identificado me siento, cualquier receta que cocine siempre será de mi gusto. Pero es que, por si fuera poco, Campanella realiza sus filmes con buen gusto y buen oficio: lo visual, la interpretación y los diálogos son siempre de gourmet.

El secreto de sus ojos es un ejemplo de ello. Si tuviera que decir algo sobre ella les aseguraría sencillamente que, para mí, esto es el cine. Así, sin más. Palabra, imagen, interpretación.... Y esta envolvente película tiene todo. Tanto que la trama –en esta ocasión semipolicíaca- incluso me parece lo de menos, casi casi una excusa si me apuran, para escenificar lo que importa: el afán de justicia, la lealtad, las relaciones humanas... Sí me quedo con otra de las historias que está, aparentemente en segundo plano: el amor, las decisiones y las indecisiones, lo que pudo haber sido y no fue, las segundas oportunidades... Pero, sobre todo, me quedo con los diálogos chispeantes, deliciosos. Con los planos cuidadísimos, siempre sugerentes. Y con una interpretación sensacional.

Darín, sobresaliente, como es habitual. Con la actriz y cantante Soledad Villamil ni siquiera puedo ser objetivo, a mí me gusta desde que aparece en pantalla. Pero la grata sorpresa esta vez fue un Guillermo Francella colosal: la caracterización, el personaje, las frases, los gestos…

Hay escenas fantásticas. Desde el punto de vista cinematográfico, la secuencia del estadio de fútbol, con una mezcla de imágenes reales y recreación virtual, logradísima. Y, entre las destacables por diálogo e interpretación, yo me acuerdo ahora de una impagable, la del Juez echando la bronca a los dos funcionarios, Benjamín Expósito (Darín) y Pablo Sandoval (Francella), por una pifia investigadora que llevan a cabo sin su consentimiento. Y, sobre todo, de otra absolutamente memorable, cuando Sandoval, con la ayuda de un cliente del bar erudito en fútbol, desentraña algunos datos de unas cartas con esta reflexión: un tipo puede cambiar de casa, de trabajo, de ideología, de religión… pero hay algo que no puede cambiar, no puede cambiar de pasión.

Si yo votara en los Óscar, ni lo dudaría. No les cuento más. Háganme caso, no se la pierdan.

La buena gente

A Luci y su familia.


Hace unos meses, alguien me aseguraba que la transmisión de valores en los núcleos familiares estaba muy directamente relacionada con el nivel formativo y cultural de los padres. Y yo disentía de que existiera una identificación tan directa. Es cierto que ese nivel te permite definir mejor esos valores, explicitarlos… pero la relación me parece que no es tan lineal ni tan simple como mi interlocutor pretendía. Conozco gente poco instruida que, aunque no sepa explicar las cosas con elocuencia, vive y transmite en la práctica valores encomiables, y también sé de personas con mayor nivel formativo que son auténticos miserables desde el punto de vista de los valores humanos.

Me acordaba yo ese día de algunas familias de mi pueblo –para empezar, de mis padres-, pero en particular me vino especialmente una a la cabeza, a la que conozco desde mi infancia, que para mí refutaba claramente con los hechos cotidianos la afirmación de mi interlocutor. Una familia normal, humilde, donde los padres apenas había podido tener acceso a una formación elemental… Sin embargo, sus objetivos vitales no los fijaron en hacer ostentación de grandes casas o grandes coches, sino en conseguir el mejor futuro posible para sus hijos. Y les transmitieron, con palabras sencillas y, fundamentalmente, con el ejemplo cotidiano, esos valores de la honestidad y de la superación.

Hace unos días moría inesperadamente la madre. Hice encaje de bolillos con las citas profesionales para poder escaparme al pueblo, acompañar esa tarde a sus hijos y nietos y darles un abrazo. Y mientras iba caminando al cementerio, recordaba a esa mujer que te hablaba siempre de sus hijos con evidente cariño y legítimo orgullo. Y pensaba que también ellos tenían razones para sentirse orgullosos del legado que recibieron: el de alguien que tendría sus virtudes y sus defectos, que haría cosas bien y cosas mal, pero que, sobre todo, no cabe duda de que -como decía yo en la entrada que dediqué a mi padre- les enseñó a ser buenas personas.

En una sociedad que entroniza -con los hechos y con las referencias cotidianas que se nos proponen- el cinismo, la fama sin méritos, la ausencia de escrúpulos, la competitividad desmedida, la picaresca, el enriquecimiento rápido y a cualquier precio, la ostentación, la apariencia… cada vez me gusta más la buena gente. Las personas que nunca tendrán protagonismo mediático, pero que han abrazado durante toda su vida conceptos tan en desuso como la autenticidad, la buena educación, la honradez, el esfuerzo, el respeto o el hacer el bien.

Ésa es la verdadera nobleza. No se plasma en pergaminos ni en títulos aristocráticos. Pero a veces, sólo a veces, también resulta ser hereditaria.
(Fotografía: Fire, exclamation mark, de Naero, de la galería de imágenes Creative Commons de Flickr).

Tarde de poesía y amistad

El sábado 24 de octubre asistí a la presentación en Madrid de Hambre de vida, el último poemario de Laura Fernández-MacGregor Maza que esta escritora mexicana está dando a conocer en Europa. El volumen, además de la edición impresa, contiene un CD con los textos recitados por la propia autora.

Laura, educadora, apasionada de la lectura y el arte, tiene publicados en México cinco libros de poesía y uno de narrativa breve, y en proyecto una comedia musical. Confieso que no conocía hasta ahora la obra de esta autora, que leeré con interés tras asistir a este evento.

La presentación tuvo lugar en un acogedor y recomendable restaurante, Mestizo, en la calle Recoletos de Madrid (no confundir con el paseo de Recoletos, como nos pasó a dos pringados esa misma tarde, por cierto...).

Acudí al acto por invitación de la persona que había coordinado su organización, mi amiga Virginia Fermoselle, periodista, una gran amante de la literatura y alma máter de la firma Diglosia. Hay muchas personas que organizan eventos con fría eficacia, pero Vir aporta valores añadidos: su interés por la cultura y esa sensibilidad que le lleva a cuidar cada detalle, hasta dar una calidez singular al acto.

Los versos de Laura sobre el amor, la muerte y la vida -como las tres heridas de Miguel Hernández- llegaron al público en las voces del poeta Diego Valverde Villena, actual director de la Feria del Libro de Valladolid, y de la joven actriz Marta Benvenuty, que tiene ya en su haber un buen puñado de interpretaciones destacables en la escena madrileña. Al alimón nos obsequiaron con una magnífica declamación de los poemas de Hambre de vida, acompañados por Julio al piano.

Luego, se hizo entrega a Laura de un cuadro –El diván-que recrea un pasaje de El abanico, uno de los poemas del libro que se presentaba esa tarde. De esa obra pictórica es autor Borja Leonardo, oscense afincado en Barcelona, arquitecto y estudioso de Bellas Artes, que se inició en la pintura desde niño y que ha participado en varias exposiciones y colaborado como ilustrador en revistas culturales.

En el cóctel tuve ocasión de departir brevemente con José Gárate, Presidente de la Fundación Castilnovo, que promueve la amistad hispano-mexicana, y con quien quedamos emplazados para una próxima comida. Y compartí vino y animada charla con escritores, periodistas y otros amigos.

Pero para mí una de las gozadas de la tarde, sin duda, fue tener ocasión de conocer y saludar a Roberto Alifano, que intervino en la presentación. (Precisamente con él aparezco en la foto, junto con Virginia y con Francisco Javier Redondo Jordán, bloguero, escritor a punto de editar sus primeras obras y webmaster de sanchezdrago.com). Alifano, persona muy interesante y afectuosa, es autor de una docena de poemarios, una extensa obra que se inició en 1967 con De sueños y caminantes hasta llegar en 2006 a Cantos al amor maravilloso. En Chile trató a Pablo Neruda y fue el encargado, recién depuesto Allende, de pronunciar las palabras de despedida en el entierro del poeta, por lo que fue detenido y expulsado del país por los golpistas. En su Argentina natal, Alifano se convirtió durante una década en la mano derecha y los ojos de Jorge Luis Borges y, fruto de esa colaboración profesional, vieron la luz, entre otros muchos trabajos, traducciones de Robert Louis Stevenson, Herman Hesse y Lewis Carroll. Sobre la obra y el perfil personal del gran autor argentino ha publicado varios volúmenes, entre ellos Conversaciones con Borges, Borges, biografía verbal y El humor de Borges. Colaborador habitual de prensa americana y europea, con varios premios literarios y distinciones en su haber, Roberto es el actual secretario de la Sociedad Argentina de Escritores y, desde 1988, dirige la prestigiosa revista Proa, fundada precisamente por Jorge Luis Borges en 1922. A pesar de toda esta trayectoria que resumo, Roberto es hombre sencillo y sumamente accesible, sin rastro alguno de divismo. Fue un placer compartir con él cerveza, grata conversación ¡…y hasta alguna milonga borgiana! Brindo desde ahora por un reencuentro.

(Fotografías: Sonne)

Corrupción y partidos políticos

Artículo publicado en ÁvilaRed.com, 24.11.09.
 
Más de medio centenar de instituciones locales y autonómicas afectadas y más de ochocientos imputados en el año 2009. De nuevo la corrupción política acapara portadas en los medios de comunicación, si es que alguna vez dejó de hacerlo. Y llevamos ya demasiados años y demasiados casos como para que los grupos políticos sigan esperando a que escampe o a que le toque al otro. Parece que, si de verdad les preocupa –que me temo que no- sería hora más que cumplida de abordar con cierta seriedad un problema que les ha salpicado a todos durante décadas.

Un partido, ¿tiene la culpa de que le surja un corrupto en su seno? En principio, no. Ninguna administración, empresa, organización o entidad de cualquier tipo puede garantizar de forma absoluta lo contrario: que nunca tendrá un aprovechado dentro. Está en la naturaleza humana: gente sin escrúpulos, como gente honrada, la habrá en todas partes.

Entonces, ¿qué responsabilidad tiene un partido respecto a la corrupción de sus integrantes?

Para empezar, obviamente la de no ser partícipe de la misma. Una cosa es que una organización albergue involuntariamente un corrupto y otra es que el propio partido como tal organice, tolere, ampare o conozca una trama de corrupción o se beneficie de la misma. El caso Filesa sería un claro ejemplo de esto último: las personas condenadas por delito fiscal y por falsedad documental (recuerden: la multimillonaria facturación, ejecutada a través de una red empresarial ad hoc, de informes inexistentes a grandes empresas, presumiblemente a cambio de favores gubernamentales) no trabajaban pro domo sua, sino para financiar al partido del que formaban parte.

Pero si nos centramos en aquellos casos en los que los corruptos lo son en su propio beneficio, el partido es responsable, a mi juicio, fundamentalmente de dos cosas: primero, de establecer controles para prevenir la corrupción; y, segundo, de reaccionar adecuadamente cuando se detecta que se han producido episodios de esta índole.

En España, creo que en los partidos no existen controles. Tal vez no se ha querido que existan. O, si los hay, es evidente que no funcionan: desde que tengo uso de razón, jamás, ni una sola vez, ni una sola, he tenido como ciudadano la más remota noticia de que un grupo político haya descubierto a un corrupto en su seno y haya actuado motu proprio contra el mismo, expulsándole públicamente y denunciándole ante la justicia en una actitud ejemplarizante. Todos y cada uno de los casos de corrupción que hemos conocido le habían pasado desapercibidos significativamente al partido de turno, es decir, a quien más cerca los tenía, y siempre han sido descubiertos o denunciados por otros: por un tercero afectado, por el partido contrario, por un medio de comunicación, por la policía, por los jueces…

Y las reacciones de los partidos en cuestión al destaparse cualquier irregularidad han distado siempre de ser ejemplares. Al igual que en la gestión política, también ante la corrupción mantienen un discurso sectario, de doble rasero, intercambiable entre ellos: son tremendamente exigentes cuando se descubre en el grupo rival y tremendamente contemporizadores cuando aflora en su propio seno.

El PSOE negó mil y una denuncias antes de ir rindiéndose a las evidencias (RENFE, BOE, Cruz Roja, Roldán…), puso la mano en el fuego por Mariano Rubio, ofreció –sin cumplirlo luego- dos por uno en el caso Juan Guerra, acompañó a la puerta de la cárcel a los organizadores del GAL y saqueadores de fondos reservados y les dio un abrazo solidario mientras arremetía contra el poder judicial… En el PP, tras escaparse por los pelos del caso Naseiro por un defecto sustancial de forma en la instrucción, la estrategia reciente ha pasado por poner el foco en sucesivas cuestiones colaterales, a veces con justificación y a veces sin ella, pero siempre con el ánimo de distraer la atención del problema central. Así, en lugar de hablar de la vergonzosa trama Gürtel y todo lo que implica, hemos hablado durante meses de las cacerías de Bermejo, de la recusación de Garzón, de la colocación de esposas a los detenidos, de las filtraciones de los sumarios, del mayor o menor acierto de la regulación penal del delito de cohecho impropio, de la ilegalidad o no de las escuchas del Sitel… No digo yo que algunas de estas cosas no sean cuestiones importantes –que lo son-, pero resulta claro que el PP las ha utilizado como cortina de humo para que el debate político, la atención mediática y la opinión pública no se centrasen en una trama corrupta que le afecta muy de lleno.

El mensaje que todos los partidos deberían lanzar ante un caso de corrupción, sin perjuicio del respeto a la presunción de inocencia, es el de "no toleramos que se haga y el que lo hace no puede estar entre nosotros". Pero el mensaje que lanzan implícitamente, el que los corruptos pueden percibir a tenor de su comportamiento, es muy distinto, algo así como "haz lo que quieras pero ten cuidado y no comprometas al partido".

No entiendo que Unión Progreso y Democracia o Izquierda Unida no hayan salido a la palestra abanderando un plan de medidas sensatas y efectivas contra la corrupción. Sí, ya sé que el PP se ha adelantado a poner sobre la mesa un planteamiento de ese tipo. Pero los conservadores tienen dos problemas graves. El primero, de credibilidad. ¿El mismo partido que arropó como una banda de hooligans a Camps diciendo ahora que hay que prohibir la recepción de regalos? ¿El PP proponiendo medidas de contratación pública radicalmente opuestas a lo que viene por sistema practicando en todas las comunidades autónomas y gobiernos que ostenta? Y el segundo problema es de seriedad: la corrupción no se combate publicando en internet las actas de los plenos municipales y vacuidades así, hay que tomársela en serio. Otro tanto le pasaría al PSOE. Por eso digo que no acabo de comprender por qué un grupo político emergente como UPyD (que se ha presentado como defensor de la regeneración) o IU (formación veterana, pero muchísimo menos afectada por este fenómeno, incluso si lo consideramos en proporción a sus cuotas de poder, que el resto) no sean quienes hagan suya una causa que los dos macropartidos intentarán lidiar como llevan haciendo durante años: con una faena de aliño, con más ruido que nueces, esgrimiendo el "y tú más" y sin ir al fondo del problema. Las minorías, en combinación con la presión ciudadana y de algunos medios, podrían servir como ese necesario contrapeso que obligue a los grandes a no seguir mirando hacia otro lado.

Y aviso para navegantes: siempre que los grandes partidos han pretendido convencernos de que iban a afrontar la corrupción, han aprovechado para cobrarse un precio. Me explico: el diagnóstico tradicional de PP y PSOE –también de CiU en Cataluña- es que algunos episodios de corrupción –fundamentalmente el cobro de comisiones- respondían a una situación de supuesta insuficiencia en la financiación de los partidos políticos. Esto lo reconocían sin que se les cayera la cara de vergüenza. Y acababan no por recortar de común acuerdo gastos de sus irracionales, mastodónticas e innecesarias campañas electorales, sino por articular mecanismos para embolsarse cada vez más dinero público. Como escribía recientemente un periodista, eso recuerda a la tradicional frase de “es triste pedir, pero más triste es robar”. El problema es que en este caso los que se consideran a sí mismos indigentes, después de pedir -y obtener- seguían luego robando.

Pueden y deben adoptarse reformas normativas para inyectar rigor a la contratación pública, para establecer mecanismos más efectivos de fiscalización administrativa, para fomentar la transparencia, para meter mano al negocio del urbanismo depredador… Pero no todo se soluciona siempre con nuevas leyes. En muchos aspectos sería ya un avance sustancial que los propios partidos se aplicaran el cuento: que hicieran un esfuerzo sincero por imponer cierto ambiente de limpieza en sus filas, por instaurar controles internos, por lanzar mensajes inequívocos al interior y al exterior, por atender los informes del Defensor del Pueblo y del Tribunal de Cuentas, por no seguir jugando durante años a no enterarse ante alcaldes de los que es vox populi que están metidos de lleno en el fango de los pelotazos inmobiliarios, por no vivir instalados en una especie de do ut des cómplice donde, mientras ningún tercero dé a conocer el caso, todos parecen emular al ciego del Lazarillo: sospecho que el partido rival debe de estar comiendo las uvas de tres en tres porque yo las como de dos en dos y él calla.

Galeano en Madrid

“Pensé que conocía unas cuantas historias buenas para contar a los demás, y descubrí, o confirmé, que escribir era lo mío (…). Aquella noche me di cuenta de que yo era un cazador de palabras. Para eso había nacido”.
Eduardo Galeano sabe utilizar como pocos la magia de la palabra.

Sabe capturar historias. Historias que están en la memoria de la gente o que surgen mirando alrededor, la calle, los campos, los países, las personas. Sabe ponerlas luego negro sobre blanco. Y devolvérnoslas contadas con sus palabras, de forma tal que nos divierten, nos hacen pensar, nos conmueven.

Galeano escapa de cualquier género. Lo que escribe es todo: ensayo, narrativa, poesía… a la vez.

La primera vez que leí sus textos me deslumbró y desde entonces no ha dejado de acompañarme. Con él aprendí que, por más que el horizonte siempre se aleje, la utopía sirve para caminar. Que visto desde arriba el mundo es un mar de fueguitos. Que necesitamos personas que nos enseñen a mirar. Que la imaginación nos salva. Que los nadies sí existen. Que podemos reclamar el derecho al delirio.

Eduardo Galeano vino a Madrid el mes pasado y el 14 de octubre acudí al Auditorio Marcelino Camacho a escucharle. El escritor primero leyó una selección de sus textos y después conversó con el público, contestando algunas de las preguntas previamente recogidas.

Ya me fascina, de entrada, que la rebeldía frente a la injusticia pero desde la poesía y la sensibilidad sea capaz de llenar un local con tan enorme capacidad. Después, es toda una experiencia disfrutar de la voz cálida y la lucidez de este escritor uruguayo que mezcla la lírica y la épica, que aúna la denuncia y la ternura.
Por aquí les dejo el video completo de la presentación, por si a alguien le apetece verlo. Galeano adaptó mucho la selección de textos a lo que él creía que podía encajar en el foro al que había sido invitado, el Ateneo Cultural 1º de mayo de CC.OO. de Madrid. (Posiblemente supondrá que los sindicatos españoles de Méndez y Toxo siguen siendo de verdad sindicatos, como en la época de Redondo y Camacho. O sea, de los que existen en otras partes del mundo para defender a los trabajadores y no para que el presidente del gobierno les diga que nunca olvidará que se hayan quedado callados mientras centenares de miles de personas perdían su empleo y que ellos, además, le aplaudan encantados...). A pesar de todo y muy por encima de esto, siempre merece la pena escuchar a Eduardo Galeano. (Por cierto y como curiosidad, en un barrido que hacen antes del comienzo se me ve entre el público, aunque está muy oscuro. Estoy en el extremo de una fila del lado derecho, con mi amiga Virginia).
(Fotografías del autor).

De risas...

Afortunadamente luego cambió mi suerte, pero a priori aquella semana se presentaba un tanto oscura y necesitaba evadirme para no pensar demasiado. Así que me prescribí a mí mismo salir todos los días y acudir al menos a un par de espectáculos de humor. El 19 de octubre fui con Marisol, Gonzalo, Noelia y Ricardo, a ver a Luis Piedrahita en la Sala Galileo. Y luego, el jueves 22, con Txati, Isa, Tere y Fernando, a ver a Les Luthiers en el Palacio Municipal de Congresos.

El polifacético e ingenioso Luis Piedrahita es humorista, mago, guionista, director de cine, escritor… Saltó a la fama tras ganar el I Concurso de Monólogos de El Club de la Comedia y desde entonces no ha parado. Es uno de los colaboradores habituales de Pablo Motos, primero en el espacio radiofónico No somos nadie y luego en el programa de televisión El Hormiguero. En el terreno del humor, se ha especializado en divertidos monólogos sobre las pequeñas cosas (tales como los bombones, los juegos de mesa, las bolas de navidad, las pilas...). Como suele ocurrir, además en vivo y en directo gana, así que nos reímos casi sin parar durante hora y media. Aquí les dejo una de sus disertaciones, sobre los juguetes de playa. No se pierdan el glorioso final, las frases más típicas de una madre: les sonarán familiares, seguro. 

 
Desde el otro lado del Atlántico llegaron a España de nuevo, con el mismo éxito de público que siempre les acompaña, Les Luthiers, unos monstruos de la escena que llevan más de cuarenta años haciendo reír a varias generaciones, con casi dos centenares de canciones, más de treinta espectáculos y una decena de discos.

En la función que han estado representando hasta hace poco en Madrid, Los Premios Mastropiero, estos argentinos geniales vuelven a desplegar sobre el escenario las armas habituales con las que componen su humor inteligente: la capacidad interpretativa, el ingenio en las canciones y los textos, los recursos gestuales, los juegos de palabras... A mí me parece que la excusa utilizada en esta ocasión como conductora del espectáculo –una entrega de premios similar a los Óscar de Hollywood- da menos juego, pero aun así el resultado es divertido y siempre merece la pena verles. Y, por cierto, el bis final, muy en la línea de espectáculos anteriores, fantástico.

Uno de los momentos más delirantes de la función es esta interpretación que Daniel Ravinovich hace del bolero Ya no te amo, Raúl (…¿o debería decir Raúla?). 

Curso Responsabilidad empresarial en accidentes de trabajo

El próximo miércoles 18 de noviembre imparto un curso sobre Responsabilidad empresarial en los accidentes de trabajo, organizado por Fundación Confemetal.

Este seminario está destinado a repasar las obligaciones del empresario en materia de prevención de riesgos laborales y, especialmente, a informarles sobre el alcance de su responsabilidad en el ámbito administrativo (sanciones), en el ámbito civil (indemnizaciones) e incluso en el ámbito penal (condena por delito), con una finalidad preventiva: evitar los accidentes de trabajo y evitar la posible responsabilidad empresarial en los mismos.

¿Cuál les ha gustado más? (II) Nombres propios


Seguimos haciendo repaso de algunos artículos publicados en el blog en estos dos años de andadura y recogiendo opiniones de lectores. Otra de las secciones que más comentarios suele acaparar es la que llamo Nombres propios, una etiqueta que coloco en aquellas entradas que se centran en personas concretas.

A menudo son artículos escritos desde la admiración. Con ocasión de algún evento, aprovechando un encuentro personal o con diversos motivos, he tenido ocasión de recoger en el blog mi personal visión sobre no pocos personajes públicos, como la periodista Mara Torres, los cantantes Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Luz o Buika, los escritores Juan Gelman, Gioconda Belli y Flavia Company, los políticos Melchor Rodríguez y Maite Pagazaurtundua o la actriz Aitana Sánchez-Gijón, entre otros.

Algunas veces –y esto es una de las experiencias gratificantes del blog- he recibido con ilusión amables acuses de recibo por parte de los aludidos. El escritor Lorenzo Silva, del que recomendé un libro, me escribió dándome las gracias: “Me haces un hermoso regalo: la esperanza de algún nuevo lector al que animen tus palabras. Mi gratitud por esa generosidad”. El webmaster de Juan Gelman, galardonado con el Premio Cervantes, reprodujo en la bitácora del poeta mi artículo, lo que para mí constituyó un auténtico honor. La escritora nicaragüense Gioconda Belli (con la que luego he mantenido contacto a través de una red social y a la que tuve ocasión de saludar personalmente en una segunda ocasión) me escribió unas líneas muy afectuosas: "Carlos Javier, me ha emocionado el post que dedicas a mi obra. ¡Está bellísimo! Mil gracias. Me alegro de haber compartido un pequeño momento con vos en Casa de América y estoy muy contenta de que 'El Infinito...' no te haya decepcionado, sino lo contrario. Te mando un abrazo cibernético”. Con la narradora –y excelente persona- Flavia Company mantengo contacto habitual a partir de nuestros encuentros blogueros. También me contestó afectuosamente mi admirada Maite Pagaza, enviándome un abrazo y calificando mi escrito como “un texto muy emocionante y hermoso”.

En ocasiones han sido necrológicas, retratos hechos como recuerdo a figuras que nos dejaban: Angel González, Joan Baptista Humet, Mercedes Sosa, Mario Benedetti, Antonio Vega y un largo etcétera.

Dentro de las personas a las que he recordado, algunas no eran celebridades, pero sí nombres muy queridos para mí: mi padre, Ana Piñeiro, Ángel Galán, Isabel Marín, Fausto Santamaría… o incluso -¿por qué no?- mi gato Nico.

Sería larguísimo enumerar todos, porque son más de medio centenar, pero a ustedes, de los que he citado o de los que recuerdan, ¿cuál/es les ha/n gustado más? ¿con qué retrato se han sentido más identificados, cuál les ha despertado curiosidad por un personaje que no conocían antes, con cuál se han sentido más conmovidos, cuál les ha interesado…?

Recordando a Antonio Vega

La Sala Clamores programó el pasado 29 de septiembre un concierto de homenaje a Antonio Vega, recientemente fallecido y al que recordé aquí en una entrada anterior. Confieso que pensé –mal- que el homenaje sería simplemente una excusa comercial por parte del local. A pesar de ello decidí acudir a disfrutar de una noche de buena música, acompañado de amigos –Esther, Maite, Carlos C. y, a última hora, Virginia-. Por fortuna, me equivoqué y encontré algo más que lo que esperaba.

Clamores era un lugar especial para Antonio y para sus seguidores, la sala donde actuaba habitualmente en Madrid y donde yo fui a verle y escucharle con frecuencia. Ya se sabe lo particular que era Antonio: tenía días mejores y días peores, de inspiración, de voz o de talante..., pero siempre, siempre, dejó sobre el escenario retazos de su capacidad creativa, de la sensibilidad de sus letras y su música, la magia de su enorme talento.

La recaudación de este concierto se destinó a la ONG que lleva el nombre de la que fue compañera sentimental de Antonio Vega, también fallecida, la Fundación Margarita del Río, que impulsa una serie de proyectos educativos en Nicaragua. Entre el público, estaban familiares, amigos y compañeros de Antonio.

Sobre el escenario, la banda que le acompañó allí mismo tantas noches recreó los temas más célebres de su repertorio. Luego subieron a interpretar también algunas de sus canciones compañeros suyos como Nacho García Vega, Álvaro Urquijo, Carlos Vega, Rebeca Jiménez, Quique González, Vicky Castelo, Tontxu, Cristina Narea y otros cuantos, que nos hicieron disfrutar de una excelente selección, tanto de la época de Nacha Pop como de su etapa en solitario.

Cuando llegó el final, no cabía duda de qué canción era la que correspondía como cierre de la noche. Yo pensaba que iban a subir entonces todos los músicos que habían intervenido, a interpretarla juntos. Pero pasó algo mucho mejor. Sobre el escenario, la foto de Antonio y un micrófono vacío. Uno de los miembros de su banda dijo una de las frases habituales con las que Antonio animó allí a los presentes a cantar muchas noches. Y comenzaron los acordes de la Chica de Ayer. Todo el público puesto en pie cantó completa la canción, con la música de la banda de Antonio Vega. Sonó realmente hermosa. Fue un momento emotivo, donde muchas voces juntas hicieron suya una voz ausente, a través de una obra que no muere.

Este video doméstico recoge un fragmento de El sitio de mi recreo interpretado por Antonio Vega nueve meses antes en el mismo escenario donde se desarrolló este homenaje:

Rafael Reig y el diario Público

Es muy frecuente que me proponga escribir sobre algo en el blog y que la falta de tiempo se acabe imponiendo, dejando inédita la idea. Por ejemplo, cuando apareció el diario Público escribí el borrador de una entrada que nunca llegué a colgar en esta bitácora y que quería haber titulado Primeras impresiones, primeras decepciones.

Venía a decir entonces que la publicación de un nuevo periódico me parece, en principio, una buena noticia: más puestos de trabajo para periodistas, más oferta de lectura en el quiosco y, a veces, sólo a veces, más pluralidad informativa. Pretendía contar también que yo tenía varios motivos para empezar a comprar ese nuevo diario.

Uno, aunque menor, era que el coste inicial de 50 céntimos (meses después ya lo subieron a un euro) permitía que pudiera ser una segunda lectura junto a otro periódico. Además, al principio regalaba cada día el DVD de una película de calidad. Por descontado que esto no era un motivo para fidelizarte, pero sí ayudaba a que los primeros días lo adquirieses y así pudieras ir conociéndolo, acostumbrándote a su diseño, secciones, contenido…

Otro, es que Público salía con la vitola de progresista o de izquierda. La verdad es que yo no me coloco semejantes etiquetas tan arcaicas y tan indefinidas de derecha o de izquierda, como no me coloco la de güelfo o gibelino, o la de canovista o sagastista…, pero me gusta tener contrapesos informativos y puntos de vista alternativos. Por eso, podía ser interesante. O no. Había que comprobarlo. En un mundo donde se autocalifican de izquierda desde Pedro Solbes hasta Evo Morales y de Javier Solana al Subcomandante Marcos, esas etiquetas no quieren decir absolutamente nada por sí solas. Cuando se escucha o se lee semejante calificativo, siempre hay que esperar a ver qué entiende como tal quien las atribuye. Había que saber, pues, si Público entendía lo de ser un diario progresista igual que lo entendió en su día Liberación, modesto pero digno empeño, a la postre fallido. O si lo entendía como El Independiente, que era de izquierda pero no se casaba con la corrupción felipista y por eso se puso en marcha una sucia maniobra político-empresarial que consiguió comprarlo simplemente para cerrarlo a continuación. O si lo entendía como El País, para quien el progresismo consiste en estar siempre con un determinado partido -haga lo que haga- mientras éste favorezca sus intereses empresariales y estar en contra -haga lo que haga- cuando deja de favorecerlos o creen que no lo hace suficientemente.

Un motivo más para comenzar a leer el periódico era ese aire novedoso que parecía querer traer: el de un medio distinto, más joven, más fresco... ¿Sería verdad, por fortuna? Al menos el diario tenía algunos columnistas de interés, algunos reportajes buenos, una atención mayor que otros periódicos a ciertos temas que me interesan, un diseño que me parecía dinámico y atractivo…

Pero, desde el primer día, un motivo no menor para que durante todos estos meses haya comprado y leído con cierta frecuencia Público tenía nombre y apellido: Rafael Reig.

A Rafael me lo dio a conocer Fernando Sánchez Dragó. Desde que leí su magnífico Manual de Literatura para Caníbales (un divertido libro, deliciosamente iconoclasta, repleto de guiños de complicidad lectora) y desde que sigo su blog (de mayor yo querría saber escribir, en el fondo y en la forma, como Reig..., vana ilusión), me parece que es una gozada leer sus escritos y que tiene unos criterios dignos de tomar en consideración. No quiero decir que coincida con todo lo que opina (unas veces sí y otras no, como es natural) pero me parece un tipo ingenioso, irónico, culto, interesante… y buena gente. Me fío de él. Me da la impresión de que escribe con sinceridad y no le veo articulando maquiavélicas componendas para satisfacer o dejar de satisfacer a un poder político o económico.

Si Rafael Reig apostaba por Público, eso significaba que el proyecto periodístico merecía cuando menos atención. Reig comenzó siendo responsable de la sección de Opinión. Tiempo después ya se quedó como simple colaborador, lo cual no era, desde luego, una buena señal. En todo caso, podíamos seguir disfrutando de la lectura de su Carta con respuesta (cada día contestaba a un lector y uno sabía que iba a encontrar reflexiones inteligentes y generalmente nada tópicas) y de la sección Papelera de Reciclaje.

En los primeros días leyendo Público llegaron ya las primeras decepciones: lo de progresista, en efecto, Mediapro lo entiende como lo ha entendido Prisa durante muchos años. Había que buscar con lupa para encontrar en las páginas de Público algún análisis crítico sobre la labor del gobierno en medio de tanto incienso y tantas noticias positivas de esta arcadia feliz en la que nos moveríamos si no fuera por lo malos-malísimos que son los del PP. Para mí izquierda debería significar desconfianza hacia el poder –como señalaba Orejudo recientemente en un artículo en el mismo diario-, sentido crítico, puntos de vista alternativos, exigencia ciudadana… incluso frente a aquellos con los que puedas sentirte más cercanos. Si izquierda es docilidad ante el poder y propaganda del mismo, no me despierta mucho interés, la verdad.

Hace unos días Público ha prescindido de Rafael Reig como colaborador. En realidad no le echaron directamente, sino que plantearon sutilmente la decisión empresarial: le invitaron a no complicarse la vida hablando de política y de problemas sociales, a dejar de opinar sobre actualidad y a ocuparse de cuestiones literarias en la sección de cultura. Y Rafael (al que seguramente no le hubiera importado lo segundo, escribir sobre cultura, si no apareciera condicionado a lo primero, dejar de hacerlo sobre otras cosas) declinó semejante invitación.

Un puñado de significativos nombres del periodismo, la literatura, la política... ha criticado este hecho en un comunicado. A mí también me parece una muy mala noticia. No tanto para Reig y para quienes leemos sus escritos, porque nos acabaremos encontrando en su blog, en sus novelas o seguramente en algún otro medio informativo. Me parece mala noticia para el periódico y para los lectores del mismo, para la libertad de expresión, para la pluralidad...

Es tremendamente empobrecedor que se prescinda de quienes molestan, de quienes nadan contracorriente, de quienes se salen del discurso dominante. Esto a veces me cabrea. Casi siempre me entristece. Pero mentiría si dijera que me sorprende.

Espinete no existe


Regresa a la escena madrileña Espinete no existe, que alcanza ya su cuarta temporada. Yo fui a verla el año pasado y es un entretenimiento muy recomendable.

Eduardo Aldán, actor y monologuista, al que algunos recordarán por sus intervenciones en el concurso Un, dos tres –aparecía en la subasta y hablaba muy rápido- es el alma mater de este espectáculo de humor y nostalgia.

Eduardo consigue trasladarnos a nuestra infancia (a varias generaciones de espectadores, porque yo creo que hay referencias desde mediados de los años setenta hasta casi los noventa) y hacernos reír. No son poco ambas cosas.

Es un texto ingenioso, donde fundamentalmente reina el buen humor aunque intercala algún toque de ternura. Si les apetece recordar y divertirse, no lo duden y vayan a verlo, lo pasarán bien.

Curso Herramientas laborales ante la crisis

El próximo miércoles 11 de noviembre participo como ponente en un curso titulado Herramientas laborales ante la crisis.

La jornada, destinada a responsables empresariales, ofrece una visión global y básica sobre los instrumentos existentes en la actual normativa para la reestructuración de relaciones laborales en el seno de la empresa.
La actual situación económica obliga, por desgracia, a numerosas empresas a tener que afrontar procesos que le permitan superar la situación sin tener que cerrar, lo que pasa a veces por la adopción de medidas salariales, de movilidad de la plantilla o incluso de algunas suspensiones o extinciones.

Espero que en un futuro no sean necesarios cursos con esta temática, pero lamentablemente hoy son cuestiones de plena actualidad que las empresas demandan conocer.

El curso lo imparto en la Fundación Confemetal junto con los también abogados laboralistas Manuel y Miguel Valentín-Gamazo y el inspector de trabajo Francisco Quílez.

Felicidades a El Mundo


Cuando apenas había cumplido dos años aprendí a leer, así que créanme si les digo que casi crecí con un periódico en las manos. En mi memoria me acompaña la lejana imagen de muchas caras de perplejidad ante un pequeñajo de tres o cuatro años leyendo tranquilamente el ABC. Comenzaba, eso sí, a hojearlo por el final (televisión, chistes, horóscopo, sociedad…): no iba a empezar a esa edad por las páginas de política, ya sería para preocuparse.

Soy de una generación que no puede quitarse el vicio del periódico impreso. Para quienes han nacido ya en la era digital, leer el periódico consiste en situarse ante una pantalla de ordenador y escribir en la barra del navegador la dirección del diario de su elección. Así será el futuro, inevitablemente. Pero para tarados como yo, leer el periódico sigue siendo ese rito arcaico, en vías de extinción, de saludar al quiosquero, gastarse un euro y pico, mancharse las manos de tinta, llevar el ejemplar bajo el brazo, o en el maletín de trabajo, o asomando en la bolsa de la compra..., y pasar sus páginas en el metro, en el sofá de casa, o en cualquier establecimiento donde te acompañe el olor y el sabor de un café.

El diario El Mundo ha cumplido veinte años. Y, al ver la efeméride, yo sufría el vértigo de reparar en que, casi durante la mitad de mi vida, he leído este periódico cada día.

Creo recordar que, siendo aún estudiante, dejé de comprar Diario 16 -después de cesado Pedro J. Ramírez en la dirección del mismo- en el momento en que salió a la calle El Independiente diario, que se convirtió en mi periódico de referencia. Y cuando luego apareció El Mundo, fui alternando ambos, hasta que cerraron también El Independiente y definitivamente me convertí en lector habitual de ese joven rotativo cuya cabecera ponía El Mundo del siglo XXI. Por cierto, qué época más negra aquélla en la que, a través de operaciones político-empresariales, se conseguía sistemáticamente silenciar a medios que no eran dóciles y así se hizo con Diario 16, El Independiente y Antena 3 Radio.

No comparto la ideología de El Mundo ni su visión de muchas cosas. Pero si tuviera que esperar a leer un periódico que tuviera mi forma de pensar, me moriría sin que se llegara a salir. Y, además, ¿quién dijo que hay que leer las cosas desde nuestro propio punto de vista? Así no hay forma de aprender, de contrastar, de desarrollar sentido crítico… Yo no soy como esos oyentes radiofónicos que se levantan escuchando a un opinador que únicamente les dice aquello que quieren escuchar. Yo soy más bien partidario de la máxima orwelliana que aparece casi presidiendo la columna lateral de este blog.

De El Mundo me gusta que -aunque no siempre su tratamiento informativo de las cosas me haya satisfecho, como es lógico- no ha sido tan previsible y lineal como otros medios a la hora de enjuiciar. Como dijo en una ocasión Victoria Prego, no creo mucho en la objetividad, pero sí en la honesta subjetividad. El País tiene calidad en los contenidos, pero me repugna cómo ha ido mudando su línea editorial siempre al compás que le marcaba el maridaje con el poder, establecido al servicio de sus propios intereses empresariales. El Mundo denunció la corrupción felipista, pero también se opuso al apoyo del gobierno del PP a la invasión de Irak y hoy publica continuamente revelaciones sobre la trama Gürtel aunque afecte al partido del que pueda sentirse más cercano.

De Pedro J. Ramírez hay cosas que me gustan y otras que no me gustan nada. Pero creo que, con independencia de que pueda caer bien o mal, habría que estar ciego o ser muy mezquino para no reconocerle su indudable talento. Tiene inteligencia, mucha habilidad y eso que llaman olfato periodístico. En nuestro país, ha hecho historia en la comunicación. En Diario 16 quisieron entregar su cabeza como ofrenda para congraciarse con el poder, pero vivito y coleando partió de la nada hasta llegar, con asombrosa tenacidad, a construir lo que hoy es uno de los medios de referencia del periodismo internacional.

Se ha reiterado la afirmación en estos días, pero no por repetida es menos cierta: sin El Mundo la historia reciente de España sería otra. Porque fue este diario el que reveló la trama de Filesa para financiación ilegal del PSOE y la trama de terrorismo de Estado de los GAL, entre otras muchas noticias que vieron la luz como resultado del periodismo de investigación por el que apostaron desde sus comienzos, y que de otra forma nunca hubiéramos conocido.

En las páginas de El Mundo seguí durante estas décadas vertiginosas la fuga de Roldán, los relevos en la Moncloa, la rebelión ciudadana ante el secuestro de Miguel Ángel Blanco, el drama de la inmigración, los primeros pasos de internet, la muerte de Juan Pablo II, el fenómeno Obama o los atentados del 11-S en Nueva York y del 11-M en Madrid…

Y espero que, desde la coincidencia o desde la discrepancia, después de estos veinte años de lector, continúe teniendo motivos para abrir cada día este diario, nacido de una arriesgada aventura y que ha demostrado un indudable afán de seguir mejorando.

Cantantes de mi infancia

He dedicado ya en este blog varias entradas a cantantes lamentablemente fallecidos –Joan Baptista Humet, Antonio Vega, Mercedes Sosa- cuya trayectoria musical había seguido con interés y admiración. Autores o intérpretes cuya obra coincide con mis gustos musicales, nombres que han tenido significación para mí.

Pero están luego esos otros cantantes cuyas creaciones o interpretaciones no están entre lo que escucho habitualmente ni se corresponden con lo que realmente me gusta, pero que, cuando fallecen, uno de pronto recuerda que sus canciones estuvieron ocasional e inevitablemente presentes en algún momento de su vida.

Luis Aguilé, cantante argentino afincado en España, era autor de muchas canciones ligeras que a mí no me llaman la atención en absoluto, como La Chatunga, Juanita Banana, El Tío Calambres y cosas así. Pero de niño me gustaba ver su programa El Hotel de las mil y una estrellas, supongo que porque me resultaría entretenido o curioso para mi mentalidad de entonces. Siempre lo recuerdo como uno de los personajes más parodiados de la época: desde Fernando Esteso hasta Martes y Trece, todos cayeron en la tentación de colocarse unas gafas, un sombrero y unas corbatas gigantescas para imitar su peculiar estilo. Con todo, alguna de sus canciones más livianas –por ejemplo, Es una lata el trabajar-, aun cuando carezca de pretensiones, suena simpática y me parece que no tiene nada que envidiar a algunos temas que se entronizan hoy como reyes del verano de forma machacante y son de mucho peor gusto y calidad. En Madrid coincidí una vez con él en un homenaje a Eva Perón y tuve oportunidad de saludarle brevemente. Pero sí hay que recordar que Luis Aguilé es autor de una canción muy sencilla que, sin embargo, sí forma parte de la memoria de casi todo el mundo y que para algunas personas es casi un himno: la emotiva Cuando salí de Cuba:

Nunca podré morirme,
mi corazón no lo tengo aquí…


Y también ha muerto hace unos días Basilio. ¿Se acuerda alguien de él? Mucho menos conocido hoy, este cantante panameño disfrutó de cierto éxito en nuestro país en los años setenta. A mí en aquel entonces me gustaba su Cisne cuello negro, cuyo mensaje suena a alegato contra la segregación racial:

No hay un mundo negro y un mundo blanco.
Hay un mundo inmenso que hay que cuidarlo.
(…)
No hay quejido negro, ni canto blanco,
hay solamente quejido y canto.

Y ya que estoy de revival y traigo ahora estos nombres, sería injusto no acordarme de Mari Trini, que falleció ya hace meses y sobre la que entonces no escribí nada. Era un estilo que tampoco acababa de estar del todo entre mis preferencias pero, ciertamente, Mari Trini era una autora y cantante de indudable calidad y tiene algunos temas dignos de mención como Ayúdala, Te amaré, te amo y te querré, Una estrella en mi jardín y, sobre todo, Amores:

Quién no escribio un poema
huyendo de la soledad,
quién a los quince años
no dejó su cuerpo abrazar...

Blog action day: contra el cambio climático

El Blog Action Day 2009 está dedicado a la sensibilización contra el cambio climático. Quienes me leen ya saben a estas alturas que yo soy de letras y un tanto ignorante, así que lo poquito que sé sobre este asunto lo he aprendido escuchando y leyendo. Hay, por ejemplo, un libro, La Tierra herida, que recoge conversaciones entre el escritor Miguel Delibes y su hijo, el biólogo Miguel Delibes de Castro, donde se explica este fenómeno de forma muy sencilla y directa, de manera que lo entiendo hasta yo.

En España, Coalición Clima agrupa a más de treinta organizaciones ecologistas, sindicales, de cooperación al desarrollo, etc. que consideran que "el cambio climático es uno de los mayores retos a los que se enfrenta la humanidad a corto plazo" y que "es uno de los que de manera más intensa amenaza las posibilidades de alcanzar un desarrollo humano y sostenible".

Así que, como yo no podría opinar sobre la materia, les doy voz a ellos y reflejo aquí su decálogo de propuestas:

"1.- Contribuir a la reducción de las emisiones globales de CO2. El consenso científico señala que es imprescindible mantener los incrementos de temperatura por debajo del 'límite de seguridad' de 2º C respecto a los niveles preindustriales para evitar cambios climáticos rápidos, abruptos y no lineales que tendrían consecuencias desastrosas sobre la ecología, la economía y la sociedad. Para no superarlo, los niveles de emisiones globales deben comenzar a disminuir antes de 2015 y reducirse en más del 80% respecto a los niveles de 1990 en el 2050. Coalición Clima pide al Gobierno español que defienda en las negociaciones el establecimiento de límites de emisiones de gases de efecto invernadero obligatorios para los países industrializados, que permitan mediante medidas internas la reducción de las emisiones de al menos un 30% para 2020 y de un 80% para 2050, respecto de los niveles de 1990.
2.- Reducir las emisiones nacionales de CO2. Coalición Clima exige que se establezca para España objetivos concretos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, de obligado cumplimiento para el año 2020, que en ningún caso podrán suponer objetivos menos ambiciosos que los establecidos por el protocolo de Kyoto.
3.- Ayudar a la adaptación al cambio climático de los más pobres. Quienes menos responsabilidad tienen en las emisiones contaminantes son quienes más duramente están sufriendo las consecuencias presentes del cambio climático. Desde Coalición Clima pedimos que España defienda en los procesos de negociación la inclusión de las políticas de adaptación como un pilar fundamental de la acción contra el cambio climático.
4.- Comprometerse con un desarrollo con bajas emisiones de carbono. El primer paso es un cambio radical del modelo energético, dejando atrás las opciones obsoletas y contaminantes, y apostando decididamente por el ahorro, la eficiencia, las energías renovables y la equidad.
5.- Promover el ahorro y la eficiencia energética. Coalición Clima propone una Ley de Ahorro y Eficiencia energética que contemple un compromiso de reducción mínima de energía primaria del 20% en 2020 con respecto a 2005.
6.- Promover un sistema basado en energías renovables. Coalición Clima considera que los combustibles fósiles son la causa principal del cambio climático y junto con la energía nuclear suponen el mayor obstáculo para el desarrollo de un modelo energético sostenible. Coalición Clima pide al Gobierno que en la planificación energética contemple el objetivo de que las energías renovables cubran el 50% de la producción de electricidad en 2020 y el 100% en 2050.
7. Posibilitar elegir electricidad de origen renovable. Para que sean competitivas es imprescindible la internalización de todos los costes ambientales en el precio de la energía, eliminando las subvenciones al carbón que todavía existen, o la no internalización de costes de la energía nuclear.
8.- Transporte y movilidad sostenible. Las emisiones del transporte han aumentado un 97% en 2007 respecto de 1990. Es imprescindible que nuestra movilidad cotidiana deje de estar basada en el vehículo particular. Para ello son necesarios cambios en el modelo de ordenación territorial y urbanismo que se ha venido desarrollando en los últimos años. Coalición Clima pide al gobierno una ley de movilidad sostenible.
9.- Transición hacia el 'empleo verde'. Las medidas de reducción de emisiones suponen importantes y nuevas oportunidades de empleo más cualificado en algunos sectores –energías renovables- que deben potenciarse. La lucha contra el cambio climático también puede significar pérdidas de empleo en otros sectores industriales que deban reestructurarse. Para estos sectores pedimos que se impulsen medidas de 'transición justa'. Estas medidas deberían adoptarse también para paliar los efectos negativos que el cambio climático puede tener en el empleo de diversos sectores productivos (agricultura, turismo, pesca…) y en zonas especialmente vulnerables al mismo.
10.- Reducir la huella ecológica. Un mundo con límites a las emisiones de carbono requiere de quienes vivimos más allá de nuestras posibilidades ecológicas, consumir menos y de otra manera, lo que, además, se traduciría en una mejora de nuestra calidad de vida y bienestar. Hay que romper la ilusión de que al bienestar se accede con un nivel de consumo siempre creciente de bienes y servicios y proponer una mayor responsabilidad medioambiental y social en todos los ámbitos de consumo."

Prohíban, por favor



Se cumplieron en junio cincuenta años de la muerte de Agustín de Foxá. Con tal motivo, las asociaciones culturales Fernando III y Ademán solicitan hace algunas semanas al Ayuntamiento de Sevilla un salón de actos para homenajear al escritor. El siempre interesantísimo Aquilino Duque (Premio Nacional de Literatura y prolífico y profundo autor en todos los géneros) y Antonio Rivero Taravillo (Premio de Biografías Comillas por su obra sobre Luis Cernuda) iban a recordar su figura literaria.

Parece que el salón siempre se cede para actos culturales y ésta es una convocatoria literaria, así que, rutinariamente, la concejalía de cultura resuelve estimar la petición. Pero, después, la curiosidad puede a su titular: Josefa Medrano, de Izquierda Unida, se pone a mirar quién diablos era ese tal Foxá. O quizá alguien que -al contrario que ella- sí lee y sí lo sabe, se lo cuenta. ¿Cómoooo? Intolerable... Cuando los convocantes y el público acuden al lugar, se encuentran con que la autorización de uso de las instalaciones ha sido revocada por esta edil. Los motivos: que Foxá se adscribió a la Falange en su juventud y que fue embajador durante la dictadura. Ambos crímenes son de suficiente peso como para que se prohíba utilizar el salón para ese homenaje, sobre todo con una finalidad preventiva: evitar que se convierta “en un acto de apología del franquismo” y –cómo no- “por respeto a la ley de memoria histórica". Qué cansancio. Lo suyo, la censura de un autor literario por motivos ideológicos, sí que fue un auténtico homenaje al franquismo. Paradójicamente, dentro de las instalaciones municipales sigue colgado el cartel de los actos conmemorativos del 50º aniversario de la revolución cubana, sin matices críticos hacia la actual dictadura castrista. Los organizadores celebran su acto a la intemperie. Y la noticia de la censura política salta a los medios informativos.

Foxá, en mi opinión, nunca fue falangista por convicciones. En realidad, quizá políticamente no fue nada, o al menos nada que resulte etiquetable. Su monarquismo era más bien estético y tenía gran parte de nostalgia del mundo perdido de su niñez; en cualquier caso, distaba mucho del proclamado republicanismo de la Falange. Y su talante conservador (sobre el que bromeó toda su vida repitiendo “soy gordo, soy conde, soy diplomático… ¿cómo quieren que no sea de derechas?”) igualmente estaba a años luz de la vocación social y transformadora del falangismo originario. Tuvo, eso sí, una gran amistad con José Antonio Primo de Rivera, al que sin duda quiso y admiró. Más que desarrollar activismo político en el partido, perteneció a lo que Mónica y Pablo Carbajosa bautizaron, en su brillante trabajo del mismo título, como La corte literaria de José Antonio. Foxá estuvo entre el grupo de poetas –con José María Alfaro, Jacinto Miquelarena, Pedro Mourlane Michelena, Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas...- que, sobre la melodía compuesta por el músico vasco Juan Tellería, escribió las estrofas de lo que sería el Cara al sol.

Tras el asesinato de José Antonio y el final de la guerra civil, Foxá jamás participó en política en el franquismo ni ostentó cargo alguno, que yo sepa. Más bien mantuvo, en lo personal, cierta distancia y desafección creciente hacia el régimen. Siempre fue por libre.

Además de escribir artículos en ABC -por los que Umbral le citaba como uno de los grandes columnistas de la época-, se dedicó a ejercer la diplomacia. Porque alguien tendría que explicarle a la entusiasta censora sevillana que Agustín de Foxá fue embajador durante el franquismo como también lo había sido durante la Segunda República, sencillamente porque era su profesión: diplomático de carrera.

Al régimen nunca le gustó la actitud de Foxá, sus maneras, su imparable ironía. Entre las mil y una anécdotas, reales o apócrifas, que se cuentan sobre él, dicen que el Cuñadísimo Serrano Suñer le recriminó en cierta ocasión su humor corrosivo, por irrespetuoso:

- Agustín, ya sé que no lo haces con mala intención, pero el resultado, viniendo de ti, es demoledor. Piénsalo. Nos estamos jugando una España pobre y desgastada por una guerra y nosotros lo que buscamos es un Imperio.

Foxá cuando oyó lo del Imperio no pudo reprimirse:

- Eh, eh, Ramón, que te juro que este último chiste no es mío...

El franquismo prefirió siempre tener lejos a un personaje tan imprevisible, tan inmanejable: Roma, Helsinki, Buenos Aires… Telegrama del Ministerio: “Vuestra Ilustrísima ha sido destinado a la embajada de España en Tegucigalpa”. Respuesta de Foxá al Subsecretario: "Honradísimo. ¿Dónde coño está eso?”. Durante su estancia como agregado cultural en Italia su incontrolado genio y su incontrolado ingenio provocaron un conflicto con el entonces influyente cuñado de Mussolini, el conde Galeano Ciano, del que se decía que su mujer le era infiel. Ciano encontró a Foxá entregado a una de sus aficiones, beber whisky, y le criticó el exceso:

- A usted, Foxá, le va a matar el alcohol.
- Y a usted Marcial Lalanda –replicó como una centella el diplomático poco diplomático.

De esta forma se definió Foxá a sí mismo: “Gordo. Con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo. Poético pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana. Mi virtud: la imaginación. Mi defecto: la pereza”.

Foxá da para una auténtica antología de frases ingeniosas, gamberras, irreverentes. “Uno de los problemas de España –aseguró una vez- es que siempre hemos ido detrás de los curas. O con un cirio o con un garrote”. Su definición del Frente de Juventudes: “Unos niños vestidos de gilipollas, detrás de un gilipollas vestido de niño”. Un día, en una cena organizada por el ministro Alberto Martín Artajo en el Palace, Foxá se emborrachó, se le cayó una moneda y, al recogerla, ante el estupor de los presentes, se puso a cantar con la música del pasodoble Francisco Alegre: “En las monedas hay una cara / que yo no puedo aguantar. / Francisco Franco y olé,/ Francisco Franco y olá”. Martín Artajo optó por marcharse.

Era un indisimulado bon vivant. En una entrevista de César González Ruano (otro periodista y escritor peligroso al que también habría que censurar con más decisión, sra. Medrano) declaró: “Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad lo fue de la revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro”.

Foxá cultivó el teatro en verso, con Cui-Ping-Sing o El beso a la bella durmiente, y el teatro en prosa, con Baile en capitanía y Gente que pasa. Escribió poesía -El toro, la muerte y el agua, El almendro y la espada, El gallo y la muerte…-. Pero su obra más destacada fue, sin duda, Madrid de corte a checa, para muchos una de las mejores novelas ambientadas en la guerra civil. El diario El Mundo la incluyó en su colección de las 100 mejores creaciones de la narrativa en español del siglo XX. Es un relato adscrito a uno de los dos bandos, como era lógico en ese momento, pero hoy se puede leer contextualizada, como una de las piezas de un rompecabezas plural. Y se puede leer también desde lo literario. Como La Forja de un rebelde de Arturo Barea, como el Homenaje a Cataluña de Orwell, como La fiel infantería de Rafael García Serrano, como Réquiem por un campesino español de Ramón J. Sender… Lo increíble es que algunos sigan, setenta años después, adscritos todavía a uno de los bandos de aquella guerra que libraron sus abuelos. Y prohíban hablar sobre Foxá, el poeta que ya entonces no entendía mucho de líneas divisorias o de trincheras: 

Una línea de tierra nos separa.
Pero estamos tan lejos…
Para llegar hasta vosotros, trenes,
rutas extrañas, playas extranjeras
y, sin embargo, hermanos enemigos,
¡qué cerca nuestra sangre!, que aclararon
las mismas frutas, que encendieron, roja,
primaveras y labios parecidos.

Agustín de Foxá se adhirió políticamente a una de las facciones del momento, sí. ¿Y qué? Eso no empaña la calidad artística que pueda tener o no tener. Alberti escribió poemas a lo más granado del totalitarismo criminal de su época, pero es un poeta como la copa de un pino y sólo un cenutrio discutiría su legado literario. ¿Qué miope renunciaría a que en su vida estuvieran presentes los versos de amor de Neruda por el hecho de que éste hiciera en una época apología del estalinismo? Foxá ni siquiera tuvo nunca un compromiso político intenso. No era, por descontado, un represor. Era un espíritu libre, muy particular, dispuesto a reírse de casi todo, hasta de sí mismo. Creo no perder si apuesto a que fue un buen tipo, incapaz de matar una mosca.

Este autor estaba algo peor que censurado: olvidado. Condenado por la dictadura silenciosa de lo políticamente correcto. Sometido al ostracismo, como tantos otros. Si se hubiera celebrado ese acto de homenaje, sólo un puñado de personas hubiera tenido noticia del mismo. Pero la prohibición expresa ha rescatado la figura de este escritor. Ayer, decenas de columnas periodísticas hablaban de Foxá. Muchas gracias, doña Josefa, por censurarlo, por decirnos lo que podemos y no podemos leer. Yo, por lo pronto, voy a redescubrir en estos días su más famosa novela. Y voy a volver a encontrarme con su poesía: 

Y pensar que, después de que yo muera,
aún surgirán mañanas luminosas
que, bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida.

Muchas personas que hace unas semanas no habían oído hablar nunca de Foxá, tendrán ahora interés por conocerle, gracias a esta prohibición. Si yo fuera responsable de Planeta o de Ciudadela -que creo recordar que son las últimas editoriales que publicaron Madrid de corte a checa- me apresuraría a reeditarla con una faja en la solapa que dijese: El escritor prohibido por el Ayuntamiento de Sevilla.

Si continúa con ahínco esta tarea de censura, la concejala Dña. Josefa Medrano podría aspirar a recibir el año próximo el Premio Fomento de la Lectura que le acaban de dar los editores a Las noches blancas de mi amigo Dragó.

Prohíban, por favor, señores censores, prohíban mucho más. Díganle a todo el mundo lo que no debe leer, los autores proscritos, aquellos a los que no puede rendirse nunca homenaje literario. Censuren, por favor, expresa y contundentemente, a otros peligrosísimos "fascistas" de parecido pelaje. A Eugenio D’Ors, el inolvidable Xenius, el filósofo brillante, el periodista…, prohíbannos disfrutar de su talento, por favor. A Dionisio Ridruejo, el hombre íntegro que vivió su evolución democrática con honradez, casi siempre arrimándose al sol que menos calentaba en cada momento, y dejándonos los poemas del Cuaderno de Rusia o En la soledad del tiempo, su delicioso Diario de una tregua, sus Casi unas memorias… A Rafael Sánchez Mazas, cuya peripecia inspiró a Javier Cercas Soldados de Salamina, y que dejó escritas La vida nueva de Pedrito de Andía o Rosa Kruger, además de numerosos y buenos versos. Al poeta Luis Felipe Vivanco, autor de Cantos de primavera, Tiempo de dolor, Memoria de la plata… Al desconocidísimo y atormentado Samuel Ros de El hombre de los medios abrazos o Los vivos y los muertos. Al falangista catalán Luys Santa Marina, su poesía, sus novelas históricas…. Y, cómo no, a Rafael García Serrano; díganle a todos que La ventana daba al río, Los ojos perdidos, Cuando los dioses nacían en Extremadura… son altamente nocivas, que La gran esperanza es un panfleto que insulta la versión única y obligatoria de la historia, que su soberbio Diccionario para un macuto está contraindicado para el discurso dominante...

Sigan prohibiendo, por favor. Lo prohibido nos sabe muchísimo mejor.