El baile y yo


Cuando Bill Clinton impulsó el estudio del genoma humano, estoy seguro de que los científicos detectaron al menos un par de componentes específicamente femeninos; en el cromosoma XX debe de estar lo de tener los pies fríos y lo de que les guste bailar. No falla. De las chicas que he conocido últimamente, la que no ha hecho ballet hace unos años, directamente ha sido coreógrafa y, en todo caso, todas y cada una de ellas tienen invariablemente afición a bailar. Y yo una inevitable tendencia a decepcionarlas.

Por estos lares –no digo yo en el Caribe o en otros sitios- los tíos que bailan no lo hacen por afición propia –salvo raras excepciones- sino con un sentido puramente instrumental. Si a las mujeres no les gustara el baile, ellos por sí mismos ni se lo plantearían, estoy seguro.

Yo otras facultades tendré, no digo yo que no, pero desde luego Dios no me llamó por el camino del baile. Soy como un palo, sin movimiento, sin el menor sentido del ritmo y con años de acreditada torpeza. El título de esta entrada es una excepción: en mi caso los términos baile y yo no suelen ir juntos en una misma frase.

He tenido que padecer, como todos, el arraigado uso social del baile. Tú puedes sobrevivir y desenvolverte en la vida sin saber hacer fotografías, sin saber tocar la guitarra, sin saber hacer raíces cuadradas… pero sin saber bailar vas a tener que afrontar necesariamente situaciones incómodas.

Desde muy jovencillos, ya vivíamos esa escena de que estuvieras en una fiesta charlando animadamente con alguien, o con una chica en un rincón, y el simpático o la simpática de turno se te acercara para decirte que eras un muermo y que te divirtieras, ante tu perplejidad... Qué difícil resultaba que entendieran que, hasta que había venido a darte la plasta, tú te estabas divirtiendo y que en tu caso los conceptos bailar y divertirse no son equivalentes.

En los años en que frecuentábamos discotecas, siempre bromeábamos. Un amigo parecido a mí en esto, ironizaba en cuanto entrábamos: “chico, es que es escuchar la música y se me van los pies…”.

La de veces que habré utilizado la increíble excusa del tobillo torcido para que no sonasen bordes mis negativas, en esas excepcionales ocasiones en que se producía una confluencia astral favorable y por error se acercaba alguna chica.

Estos amigos, C. y F., eran aún peores que yo. Yo al menos alguna vez he puesto cierta intención o me he movido levemente, pero éstos están como anclados al suelo. A F., que creo que en su vida sólo ha bailado una vez y fue el día de su boda, sus amigos, siempre tan atentos, le formamos una cola organizando a todas las chicas que asistieron al banquete, para que aprovecharan esa ocasión única e irrepetible, porque ni antes habían conseguido nunca bailar con él ni era previsible que lo consiguieran después. Nosotros nos pasamos un rato de risas y las numerosas chicas, que formaron cola disciplinadamente ante el asombro de los demás invitados, también, pero creo que él no disfrutó tanto y eso que abreviaba el tiempo que dedicó a cada compañera de baile.

Recuerdo que una chica que me gustaba mucho, una noche me pedía en un pub, una y otra vez, que bailase con ella y yo me iba escaqueando como buenamente podía. Se puso tan absolutamente insistente –y yo no quería ni de coña que terminara pasando de mí- que al final hice un esfuerzo. Y entonces le dio un rapto de sinceridad y, viendo el patio, me dijo: “bueno, mejor no bailes”, así, sin recomendarme luego un psicólogo de guardia ni nada. Como no va a estar uno traumado con estos antecedentes.

Tuve una novieta que era especialmente aficionada a esto del bailoteo y se empeñó en que lo intentara, e incluso pacientemente me enseñó a bailar salsa. Bueno, más ajustado a la realidad sería decir que me enseñó a hacer algo remotamente parecido a bailar algo remotamente parecido a la salsa. En la foto, tomada en algún lugar de Galicia, se la ve empeñada en ello. Y no hay más que ver mi postura y la flexibilidad que muestra mi cuerpo para darse cuenta de que era misión poco menos que imposible. La verdad es que, con todo, su empeño consiguió avances que en cualquier otro serían ridículos pero que en mi caso eran espectaculares. Pero vamos, en cuanto dejé de practicar y no estaba ella ahí para dar instrucciones se me olvidó pronto. Bailar no es como montar en bici, no.

Otra pareja mía descubrió que, si tenía un puntito, al final al menos terminaba moviéndome un poco, pero después de varias ocasiones llegó a la conclusión de que no merecía la pena la inversión para el escaso resultado final.

Pero si hay una situación a la que tengo especial antipatía es a los bailes de las bodas. No puedo con ellos. Yo procuro mantenerme en un lugar discreto, por si acaso. Y aun así a veces no te libras. En estas fotos históricas –por excepcionales- se ve que mi prima Ana se empeñó en sacarme a bailar el día que se casó, alentada por no sé qué mano negra. Ahí estoy yo afrontando la situación como buenamente podía y ella partiéndose de risa ante semejante alarde de inutilidad de un ser humano.

En una ocasión estaba con un amigo en la discoteca en una boda y me dijo que fuéramos a tomar algo a la barra. Nos acababan de servir las copas y llegó su pareja a sacarle a bailar. Cuando yo pensaba que me iba a utilizar a mí como excusa –“acabo de pedir, no voy a dejar aquí a Carlos solo, luego bailamos, cariño” o algo similar- resulta que se fue con ella, como un corderito y sin rechistar, y allí me dejó con la copa, sin siquiera disculparse. No me dio tiempo a reponerme de la primera sorpresa cuando tuve la segunda: al minuto y medio escaso veo que su propia pareja le trae de nuevo del brazo hasta allí y le deposita cariñosamente apoyado en la barra. Y que él se pone a beber otra vez el güisqui en el mismo punto en que lo había dejado. Yo no daba crédito. Su mujer vio mis ojos de sorpresa y me dijo “es que se marea el pobre”, mientras yo asentía seriamente, intentando contener la risa. Él corroboraba la versión: “Chico, esto del pasodoble, con tantas vueltas…”. Cuando se fue ella, no pude por menos que decirle: “Maestro, déjame que me quite el sombrero”. Él se partía de risa y quería hacerme creer que se mareaba de verdad… ya, ya. “Qué jugada, M., lo que hacen las tablas, me has dejado impresionado”, seguía yo diciendo con sincera admiración.

Mi momento culminante fue la boda de mi hermano. Yo me recreaba en la fortuna que suponía no casarse para no tener que bailar el vals ante los ojos de todos los invitados. Los días previos hasta me reí cuando vi a mi sufrido hermano, disciplinadamente con el CD en la mano, que venía de ensayar.

Pero el mismo día de la boda, de repente, me vino una iluminación: vale, el novio y la novia bailan entre sí, los padrinos (padre de la novia y madre del novio) también… hmmm, ¿y quien baila con la madre de la novia? El padre del novio, o sea, el mío, falleció. ¿Quizá el hermano mayor del novio? ¿quizá otro hermano varón? ¿quizá el hermano que no se casa…? Todas las opciones que se me ocurrían me apuntaban a mí invariablemente. Superé el primer escalofrío y me puse como loco a buscar un sustituto con urgencia. Mi cuñado era el idóneo, un ejemplar de raza humana varón ¡¡¡al que le gusta bailar!!! Pásmense. Y lo hace bien. Pero, claro, mi hermana no estaba dispuesta a prestarle ni un ratito y no hay quien pueda con la cabezonería de una mujer. Lo del tobillo ya lo he utilizado tantas veces que no iba a colar. Yo suplicaba con angustia: “pero vamos a ver, haceos una idea, que es que yo no sé ni cómo hay que agarrar a la pareja, cuanto más para saber qué tengo que hacer con los pies cuando suene la música... Al menos enseñadme algo en un momentito…”.

Nadie me tomó en serio, no hubo compasión y no podía tener esa descortesía con Mariví, aunque a lo mejor ella hubiera preferido que sí la tuviera.

Fue lamentable. Ella al principio sonreía y no podía creerse que de verdad no tuviera ni la menor idea de cómo rayos se baila un vals. Al final, terminó hablando de mí en tercera persona, como si yo no estuviera allí enfrente bailando con ella:

- No, si todavía me tira...

En efecto, no había ningún motivo para descartar esa posibilidad.

- Ay, qué mal rato está pasando el pobre...- me compadecía.

Qué cabrón Strauss. ¿Qué más le daba haberlo hecho más corto? Luego en el viaje a Viena me reconcilié con él y ya no se lo tomo en cuenta, porque soy un tío sin rencor, pero la verdad es que en aquel momento le juré odio eterno.

Mientras tanto una amiga -con amigos así, no necesita uno enemigos-, F., se situó allí al lado y grabó detalladamente la escena. Yo le daba un consejo sensato: “F. graba a los novios, que son los protagonistas…”, pero ni caso. Y apretando los dientes intenté otra estrategia: “Anda, graba al menos de cintura para arriba que dé un poco el pego”, y tampoco, la muy bicho filmaba todo el rato mis pies. En su honor tengo que decir que todavía no me ha chantajeado con la amenaza de sacarlo en Youtube o similar, a pesar de que le debo unas cañas desde entonces.

Cuando terminó y mientras abandonaba la escena, a esconderme debajo de una mesa, escuché los comentarios ingeniosos que venían de cierto sector del público:

- Carlos, te han eliminado en la primera ronda, como a Romay…

Es que entonces estaba de moda en la tele el concurso Mira quién baila. O un amigo de mi hermano que me preguntó:

- Oye, tú cuando estudiabas eras de los que preparaban los exámenes el día de antes, ¿no?, jajajaja.
- Bueno, R., -dije secándome aún el sudor frío- la verdad es que éste de hoy no lo había preparado ni el día de antes…

Menos mal que en estas situaciones la gente se fija en los novios, lo bien que bailan y lo guapos que van. Quiero creer que no prestaron mucha atención a la escena de al lado. Eso espero.

Buscando fotos mías bailando, que es como buscar incunables, he encontrado un par de ellas más, aparte de las que salen publicadas, pero no las cuelgo porque una cosa es que me guste reírme un poco de mí mismo, y otra llegar a esos extremos. Una es de esa misma boda, pero ya a las mil de la noche. Aparezco con una chica-Zara, ella guapísima y bailando de verdad y yo moviéndome más o menos con la misma soltura que un paquidermo, con el chaleco del odioso chaqué y con un cubata en la mano. Definitivamente, para ocultarla. La otra es un poco menos patética, pero tampoco es como para difundirla sin necesidad: estoy en una discoteca ¡¡¡de Túnez!!! bailando –es un decir, ustedes ya me entienden- con la intrépida S. Creo que sonaba el Summer Love, una canción que me resulta simpática y que mis hermanos y cuñados consideran -con bastante maldad, dicho sea de paso- la sintonía de mis momentos más gloriosos. Ahí la dejo, en esta otra versión, porque el videoclip es mucho más divertido que el de David Tavaré.

Eurocopa 2008: apuntes después de un triunfo


Me avisan de que, según las últimas estadísticas, deben quedar en España tres blogs que no han hablado de la Eurocopa y uno era éste, así que me pongo a ello.

El nuevo Marcelino cuyo decisivo gol se evocará al hacer historia futbolística se llama Fernando Torres. Espero, eso sí, que no haya que estar tomándolo como referencia durante otros cuarenta y tantos años.

Alguien me recordaba hace poco que no había nadie de mi Atleti en la selección.

- Sí, Fernando Torres -contesté
- Torres es del Liverpool
- Perdona, Torres juega ahora en el Liverpool, pero es del Atleti
- Lo dices como si estuviera cedido y no, está traspasado
- Ya, ya, pero yo sé lo que me digo


Se ha demostrado que fue una decisión circunstancialmente buena para ambas partes: Fernando ha crecido en un fútbol inglés que le viene como anillo al dedo, y al Atleti el Kun y otros buenos jugadores le han situado en la Liga de Campeones. Pero identificar a Torres con el Liverpool a mí me suena parecido a identificar a Butragueño con el Atlético Celaya. ¿Torres ex atlético? Sigue siendo patrimonio sentimental de la afición rojiblanca y él es consciente. “Fernando, ésta ha sido, es y será tu casa. Siempre que vengas puedes pasar sin llamar” (Cerezo dixit). Todos los seguidores de la selección española vibraron el domingo con el gol de Torres, pero más que nadie los atléticos: el que marcaba era de la familia, nuestro Niño, al que tenemos ahora haciendo un máster en el Reino Unido.

Y hay otro motivo por el que, aunque no haya ningún jugador del Atleti en la selección, un colchonero puede sentirse plenamente identificado con el combinado nacional. Lo que uno quisiera que los políticos hicieran en el Tribunal Constitucional, en el CGPJ, etc., lo ha hecho Luis Aragonés (tambén patrimonio sentimental rojiblanco) en la selección española: acabar con el sistema de cuotas y elegir a los mejores. No ha llevado a unos cuantos de cada club, procurando que más o menos los grandes estuvieran bien representados. No ha llevado a quienes pudieran parecer las figuras más destacadas de la liga individualmente considerados. Ha formado un equipo. Nada más y nada menos. Ha elegido a los mejores, pero no en abstracto, sino para ese equipo, para unas posiciones, para un equilibrio, para un estilo de juego.

Era una apuesta arriesgada. Luis sufrió una campaña mediática injusta. Cualquier decisión de un seleccionador puede y debe ser discutida por la afición, faltaría más, pero de ahí a convertir en una especie de polémica nacional, durante largo tiempo y hasta el hartazgo, el no llevar a Raúl a la selección hay un largo trecho. Luis no será simpático, exteriorizará poco sus sentimientos, será un tipo todo lo raro que se quiera, pero ¿acaso sus antecesores, Javier Clemente y José Antonio Camacho, excelentes profesionales también, eran modelos de moderación y de ejercicio de las relaciones públicas? La profesionalidad de Luis Aragonés a estas alturas está fuera de toda duda. Ya lo estaba antes de ganar la Eurocopa, pero ahora sencillamente ha dejado sin argumentos a esos detractores interesados que nos dieron una exagerada brasa a todos durante meses cuestionando agriamente al seleccionador.

Yo creo que España, por su calidad y su juego, ya mereció mejor fortuna en el pasado Mundial de fútbol. En torneos por eliminatorias, influye la suerte, tenemos que ser conscientes. Aun desplegando la selección el mismo juego brillante del que hemos disfrutado estos días, hubiera bastado con que Casillas no hubiera parado un penalti, por ejemplo, para que la historia se hubiera repetido y ahora estuviéramos lamentándonos otra vez de la maldición de cuartos.

Pero, aunque la suerte influya, España no sólo ha ganado la Eurocopa, sino que ha sido la mejor, sin duda. La selección más goleadora, la selección menos goleada, Casillas el portero menos goleado, Villa el jugador más goleador, Xavi el mejor jugador del torneo según la UEFA… Y sobre todo, ha desarrollado un juego propio, con estilo y con brillantez, un juego que enamora. Uno no sufría hasta el último segundo una larga agonía, sino que se quedaba con ganas de seguir viendo jugar a España. Eliminaron al campeón de Europa, al campeón del mundo… Yo me quedo con ganas de verles jugar contra Argentina o contra Brasil. ¿Y para cuándo dicen que es el próximo mundial? Me parece que antes, el año próximo, disputarán la Copa Confederaciones contra los campeones de América, Oceanía…

Más cosas. Chapeau por Cuatro. No tengo ninguna simpatía por el grupo Prisa, pero la profesionalidad y la calidad hay que reconocerla donde esté. Durante años, y sin dudar de la categoría de sus profesionales, TVE retransmitió competiciones con frialdad institucional. Y Cuatro ha logrado hacerlo con calor popular. Lo del set en Colón hasta convertir en un símbolo la plaza, un éxito. Lo del lema Podemos, un hallazgo. Lo de la retransmisión coral, participativa, ingeniosa, simpática, otro acierto.

Me encantaron también los gestos, de una plantilla jovencísima, pero consciente de que no han salido de la nada. La pequeña venganza histórica que situó la camiseta de Arconada, veinte años después, delante de las narices de Platini recogiendo la medalla de campeón. El recuerdo al Dr. Genaro Borrás o al jugador del sevilla Antonio Puerta, detalles de grandeza.

Y, finalmente, estos días de la selección para mí han sido una metáfora de lo que humildemente me gustaría que fuera mi país. No por la omnipresencia de simbolismo, que a mí eso me parece lo de menos. No soy nacionalista –de nada, tampoco nacionalista español- y, por tanto, las orgías rojigualdas, los Manolos con bombos, los toros de Osborne, y las banderas pintadas en la cara o colgadas en todos los balcones no me disgustan –al contrario- pero no me hacen tampoco sentir ningún orgasmo. Ya he dicho en alguna ocasión que lo que gustaría es que se utilizasen y asumieran los símbolos nacionales con normalidad, o sea, ni con profusión y excesos avasalladores unos días, ni que desaparezcan a continuación sumergidos en históricos complejos verdaderamente patológicos. A mi me gusta lo que simboliza la selección por otra cosa: porque en ella jugaban un Iker, un Pepe, un Rubén y un Fernando madrileños; un Andrés y un Raúl valencianos; un Álvaro castellanoleonés; un Sergio, un Xavi, un Fernando, un Carles, un Joan y un Cesc catalanes; un Andrés castellanomanchego; un David y un Santi asturianos; un David canario; un Xabi vasco; un Carlos, un Sergio, un Daniel y un Juanito andaluces; y, algo que es muy significativo de nuestra nueva realidad social, un Marcos de origen brasileño. Todos con sus peculiaridades, pero abrazados escuchando el himno, dándose ánimos, tejiendo lazos de amistad y convivencia, unidos en un mismo equipo, con un mismo objetivo y arropados sin distinciones por toda la afición de punta a punta del país. ¿Quién se acuerda ahora de esos ridículos políticos aldeanos que mostraban unos días antes sus preferencias por Rusia? Los jóvenes que salieron en Bilbao a festejar el triunfo de la selección -algo que debería ser normal pero que supone un desafío a la cotidiana dictadura del miedo- tienen mi abrazo más afectuoso. Y qué gozada que el nombre de España se corease en cada ciudad, en cada barrio y en cada rincón con tantos acentos distintos. Pues así me gustaría a mí que fuera mi país, como estos días parecía por momentos: diverso y plural pero unido, abierto e integrador, con un sugestivo proyecto nacional compartido.

(Fotografía: El Mundo.es).

Aquella tarde, aquella noche...

De los viajes que he hecho hasta ahora, el de Perú ha sido el más apasionante, el más variado, el más completo. Algunos amigos aseguran que hay un antes y un después en mi vida tras ese viaje. Yo no estoy tan seguro, no sé si realmente me cambió en algo, pero es indudable que lo evoco con un cariño muy especial. Es el viaje más largo que he hecho –veintidós días, creo recordar-, la primera vez que viajaba sin pareja en mucho tiempo (con la incertidumbre de cómo lo vas a llevar), la primera vez que hacía no diré un viaje aventura, que tiene mucho de tópico, pero digamos que un viaje menos convencional. Y el destino fue un país fascinante, con muchos países en uno –montaña, desierto, selva, islas, ciudades históricas, pequeños pueblos…-, con una carga histórica y de naturaleza impresionante y con una gente acogedora y llena de encantos. Un amigo –y una sola persona puede, a veces, ser mayoría- me ha propuesto que, además de los viajes que hago ahora, refleje en el blog de vez en cuando algunos de estos viajes retrospectivos. Si hay ocasión, quizá le haga caso.

Pero no quería hablar hoy de viajes pasados. Sólo quería evocar sencillamente un par de escenas que me han venido a la memoria muchas veces desde entonces. Aquel amanecer en Machu Picchu me erizó la piel, el vuelo del cóndor sobre el cañón del Colca no te puede dejar indiferente, la parada en la isla de los Uros en el lago Titicaca, aquella noche con la comunidad de habitantes de la pequeña y misteriosa Taquile, los impresionantes paseos nocturnos por la selva amazónica en Puerto Maldonado, la excursión a ver caimanes en el río, sobrevolar en avioneta las líneas de Nazca, aquellas tardes y noches embrujadoras en Cuzco, donde me hubiera quedado… fueron todas experiencias inolvidables. Pero no son ésas, curiosamente, las escenas que me han venido a la memoria, no, son otras mucho más sencillas.

Los días que íbamos a ir al cañón del Colca, tomábamos como base de operaciones el pueblo de Chivay, que estaba precisamente celebrando sus fiestas locales, con una curiosa mezcolanza de la herencia hispano-cristiana y de los ritos indígenas.


Por la tarde, después de dar un paseo por esta pequeña población, me paré en la puerta de la iglesia. En una pequeña plazoleta, el joven cura hacía de animador de la fiesta y, micrófono en ristre, era el conductor de una serie de juegos para los más pequeños de la localidad. ¿Jugaban a la Wii? No, no se había inventado, pero hubiera dado igual que ya se hubiera inventado. El juego consistía en que los niños llevaban atados a los tobillos unos globos. Había que conseguir el reto de pisar el mayor número posible de globos a los demás y que te pisaran el menor número posible de los tuyos. ¿El premio era una play station o, al menos, una bicicleta? No, el premio era, como anunció el cura, una fantástica caja de lápices de colores. Creo que tardaré en ver por aquí en algún niño –si es que lo consigo- una cara de felicidad como las que contemplé esa tarde, el rato que me convertí en un espectador más de aquella sencilla fiesta popular. Rostros risueños entre los que ganaron los lapiceros de colores y entre quienes nada más –¡nada menos!- se diviertieron participando en sus juegos y en su fiesta. La moraleja no hace falta explicitarla mucho, pero quizá alguna vez encontremos un término medio entre la miseria extrema a la que tenemos condenados a unos y nuestro consumismo absurdo que nos llevará ahora a todos a cambiar al Blu-Ray y tirar inevitablemente a la basura millones de reproductores de DVD –lo viviremos en breve, lo verán-, el generar necesidades artificiales que terminan de alguna forma por esclavizarnos. El utilizar a las personas –de aquí y de allí- como combustible para la economía. Se puede ser feliz con menos, se puede ser feliz de otras formas.

Y por la noche, hubo otra parada en el mismo pueblo y algunos aprovecharon para visitar la vieja y destartalada iglesia, que estaba abierta porque acababa de terminar alguna celebración nocturna. El templo, por mucho que te esforzaras en apreciar el detalle, creo que se visitaba en cinco minutos, así que a continuación yo me fui solo, a mi bola, y me acerqué a una plazoleta cercana. Allí las familias habían sacado mesas y sillas a la calle, con comida. Y calentaban una especie de ponche característico, que no recuerdo ya cómo se llamaba ni con qué estaba hecho. Todos se intercambiaban, charlaban, compartían... En cuanto me vieron solo y curioseando, enseguida varias familias me fueron invitando a que me acercara a sus mesas y me uniera a su cena. Me fueron presentando a sus gentes, me explicaron el sentido de su fiesta, en qué consistían sus tradiciones, cómo era su vida por allí… Un padre me dijo que su hijo jugaba muy bien al fútbol y que podía ser una estrella, que por favor me lo llevara conmigo a España. No conocía aún a Petón y no sé si me perdí a la figura que me hubiera solucionado mi vida, pero me conmovía aquel padre que quería solucionársela a su hijo, quería ofrecerle algo mejor. Y me lo decía absolutamente en serio, como si yo tuviera mucho poder o me pudiera llevar a su hijo escondido en una maleta sin papeles. El ponche estaba hervido, así que no había riesgo, y allí compartí una noche ciertamente entrañable. No sabía especialmente rico, pero a mí sí me dejó –paradojas de la vida- muy buen sabor. Llegaba la hora de marcharme y mientras me despedía -gracias por todo, amigos- me pareció que aquella conversación y aquella bebida compartida, ofrecida de corazón, habían sido más enriquecedoras que cualquier monumento que hubiera podido visitar.

(Fotografías del autor)

Pepín Bello, Petón y La desesperación del té


Hace unas semanas, fuimos a la presentación de La desesperación del té, libro escrito por José Antonio Martín Otín, más conocido como Petón. Ex jugador de fútbol (si me tuviera físicamente a su alcance, me daría una colleja por lo de ex, porque cree que la condición de futbolista imprime carácter y no se pierde nunca), asesor deportivo (entre otros, de nuestro Fernando Torres; y yo estoy convencido de que la categoría humana y la madurez mental de un futbolista que era millonario desde muy jovencillo y corría todos los riesgos de no ser ni de lejos cómo es, en alguna medida se debe a la influencia de su representante), periodista (es o ha sido colaborador de la Ser, de Cuatro, de TVE, de Antena 3 TV, de Antena Aragón, de As, de Heraldo de Aragón…), escritor… Y amigo: compañero de más de una aventura disparatada, noble y quijotesca, de algunas animadas tertulias y de más de una fraterna cerveza.

La desesperación del té es un libro que nace de las conversaciones que su autor mantuvo durante seis años con José Bello Lasierra. Fallecido recientemente, en enero de 2008, a los 103 años de edad, Pepín Bello fue el aglutinante de amistades surgidas en la Residencia de Estudiantes –Buñuel, Lorca, Dalí…- y que en buena medida fructificarían en lo que luego fue la generación del 27.

Algún profesor universitario había escrito despectivamente que Pepín Bello lo único que hizo en toda su vida fue tomar cerveza y no trabajar. La frase, desde luego, no responde a la verdad. Pero Carlos Vara y yo bromeábamos recordando esa sentencia:

- ¡Y el tipo lo dice en tono despectivo! ¡Como si no tuviera mérito!
- Hombre, pasar la vida bebiendo cerveza y sin trabajar, demuestra una gran habilidad. Sólo eso ya sería un motivo de admiración por el personaje. A ti y a mí, por lo pronto, nos falta la mitad…
 Dimos un abrazo a Petón y, aprovechándonos del enchufe, Carlos Cardesa y yo le pedimos que nos firmase el libro antes de comenzar el acto, para no esperar luego cola.


Introdujo el acto Paco González, compañero del autor en los programas deportivos de la Cadena Ser, quién subrayó la capacidad intelectual y la calidad humana de Petón, su carácter polifacético e inquieto. Teve Bello, sobrino de Pepín, transmitió la felicitación y la bendición familiar. El editor, Manolo Ramírez, expresó la satisfacción de Pre-Textos por contar en su catálogo con este magnífico libro y poder difundirlo. Fernando Anaya, abogado, poeta (sí, las dos palabras pueden estar en la misma frase, incrédulos; incluso, por lo que cuenta Petón, compartiéndola con otras como bonhomía, nobleza o generosidad), esbozó certeramente el sentido de esta obra. Principal impulsor del proyecto, es precisamente una de las personas a quien Petón dedica este libro: A Fernando Anaya, de la amistad, el verso.

(Tengo que hacer un paréntesis inevitable. Al entrar al acto se me fue la vista a un lateral de la primera fila y pensé: cómo se parece aquella chica de allí a Lola Baldrich. Hasta que Petón dio paso a la lectura de la primera página del libro y entonces escuché su voz… Sigo con admiración y cariño a esta actriz desde que yo era estudiante de Derecho, poco más o menos. Es conocida sobre todo por su trabajo en televisión –Médico de Familia, Compañeros…-, pero ha hecho también cine y, sobre todo, mucho y buen teatro. Quienes la conocen, dicen que es persona encantadora. A mí siempre me ha parecido una estupenda actriz, pero aún poco aprovechada para lo que podría dar de sí. Aunque yo no tenga ni idea de esto, es una mera intuición de espectador. Quizá algún día le darán un papel completamente distinto que le permita demostrar otras potencialidades y sorprenderá. Esa tarde, también fue un regalo esa inesperada presencia de Lola).

Y luego, el autor. A Petón siempre es una gozada escucharle. Es uno de los mejores retratistas que conozco, pero no con el pincel sino con la palabra. Da igual que esté hablando de un futbolista histórico en El Larguero o de Pepín Bello en la presentación de este libro. Capta la leyenda, salta de la anécdota a la categoría y de la categoría a la anécdota… pero también traza magistralmente los rasgos definitivos y no pocas veces atrapa el alma del retratado.

En mi inventario de libros que me hayan hecho reír hay algunos. De libros que me hayan hecho llorar, también. Pero sólo consigo recordar una ocasión en la que un mismo libro, tras hacerme reír con ganas, consiguió emocionarme unas páginas más adelante. Lo había escrito Petón. Nació de una deuda moral que sentía su autor y de una admiración que compartimos. Era un libro iconoclasta contra los tópicos de uno y otro lado. Un libro interesante, valiente y cariñoso. Se llama El hombre al que Kipling dijo sí.

Este otro libro está hecho de distinto barro pero con las mismas manos. Y se nota. Divertido el capítulo del artista sin obra (Pepín y Buñuel tienen un hijo y lo llaman Hamlet), emocionante el final (Lo siento, amigos, he de morirme), certero y tierno el Epílogo para Manuel. Pepín Bello llevaba más medio siglo contando sus amistades, sus visiones y sus andanzas. Pero el rasgo diferenciador de esta obra es, precisamente, que no se trata de un mero libro de conversaciones, transcritas desde el rigor frío del historiador o desde la corrección aséptica del periodista. Está escrito desde la brillantez en el planteamiento pero también desde el calor humano. Hay historias y anécdotas que Pepín ya había contado en multitud de ocasiones antes. Pero hay algunas que no y que Petón consigue arrancarle con ese clima de cordialidad y confianza que crea de forma natural. Hay otras que cobran una nueva perspectiva, o a las que se añade un dato o un matiz sugestivo. Pero, sobre todo, el libro capta muy bien lo intangible: el tono, el ambiente, el espíritu, los sentimientos.... Lo que yo decía: el alma.

El único pero que se me ocurre poner al libro es si, quizá, no hubiera sido más claro utilizar distinta tipografía o una sistemática más clara y homogénea al diferenciar lo que constituye testimonio del propio Pepín del resto del texto. Y otro pero, en este caso inevitable: que ojalá Pepín hubiera vivido más años y hubiera charlado aún más con el autor.

Por lo demás, la obra es una delicia. Por sus páginas desfila la magia de Federico García Lorca (“arrebatador, un ciclón, deslumbrante”), Luis Buñuel (“teníamos una manera alegre y disparatada de entender la vida, teníamos curiosidad y desparpajo”), Salvador Dalí (o Pepín avisando a los demás: “el catalanito ése que viste como si fuera Becquer es un pintor de campeonato. Acabo de ver sus trabajos tirados por el suelo y os digo que este muchacho es un fenómeno”), y Rafael Alberti (“fuimos muy amigos desde el primer minuto”, “sólo podía ser artista”).

Y también Ignacio Sánchez Mejías (“una amistad definitiva llamada a marcar mi vida”), la nobleza de Julián Besteiro (“había entendido el mal de España y le dolía más que su tuberculosis”), José Antonio Primo de Rivera (y su amistad con Lorca: “en el drama vital que era España entonces, me atrevo a sostener, estoy seguro, que la única persona que podía comprender a Federico en toda su gigantesca extensión era José Antonio”), Melchor Rodríguez (y la frase más escuchada, pero la que más y mejor le define: “de ese hombre sé lo más importante: que me salvó la vida”)... Y Santiago Ramón y Cajal, Fernando Giner de los Ríos, Pío Baroja, José Ortega y Gasset, Manuel de Falla, Ramón Gómez de la Serna, Antonio Garrigues, Gabriel Celaya, Samuel Ros, José María Hinojosa, Mercedes Fórmica, Fernando Villalón, Luis Cernuda, Ernest Hemingway, Ramón J. Sender, Luis Miguel Dominguín, Ava Gadner, Lucía Bosé…

Pero La desesperación del té (27 veces Pepín Bello) no es sólo un viaje que nos permita conocer más a una generación singular, escuchando a quien tejió algunos de sus más profundos y a veces invisibles lazos. Es, sobre todo, un canto a la creatividad, a la amistad y a la vida.

Aportaciones históricas, un enfoque inteligente y hermoso, prosa poética, ironía, buen humor y sensibilidad. Por desgracia, ya no tendremos más la palabra cálida de Pepín. Pero se queda uno con ganas del próximo libro de Petón.

(Fotografías: Macarena García Oliver)

Costa Rica (y V). Playa Tambor

En la última fase del viaje, partimos en barco hacia Playa Tambor y en la travesía vimos muchas aves, como este pelícano:


En el barco, entabló conmigo amable e interesante conversación un californiano que reivindicaba con naturalidad y sentido común lo que debería ser la hispanidad: me hubiera gustado que le escucharan algunos de mis compatriotas.

Como decía al comenzar la serie, yo me uní a un viaje ya programado por amigos. Si hubiera dependido de mi gusto individual, hubiera preferido otras opciones en lugar de Playa Tambor, pero se trataba de combinar los intereses de todos (hay que recordar, por ejemplo, que con nosotros viajaba una niña) y la última etapa estaba diseñada para disfrutar de playa y descanso. En esta zona, Barceló ha levantado uno de sus macrohoteles de todo incluido, así que se trataba de colocarse la pulserita y aprovechar los servicios del complejo.

Cuando se construyó el hotel Tambor Beach, justamente al lado de la playa (algo que a mí siempre me ha parecido una barbaridad aquí y en todas partes) los grupos ecologistas locales denunciaron que Barceló había drenado un manglar y que había retirado arena del lecho de un río, provocando erosión. La cadena hotelera española fue multada con 14.000 dólares, una cifra insignificante para el volumen de la inversión, y el proyecto se redujo en parte sobre lo previsto, pero su ejecución continuó adelante. Los ecologistas consideraron que había connivencia entre Barceló y el propio gobierno costarricense. Posteriormente, se han producido más denuncias por contaminación de ríos con aguas residuales.

Cuando se levantan complejos de este tipo en medio de una naturaleza virgen, invadiéndola en parte, la propia naturaleza que rodea al hotel acaba asomándose por dónde puede. Así, miren este garró (una especie de iguana):



O por ejemplo, esta ardilla, que se dedicó una mañana a robar la fruta a los bañistas:


O los animales que, por la noche, acudían a las inmediaciones del hotel atraidos por los restos de comida (algo igualmente perjudicial, puesto que les hace cambiar sus hábitos, les hace ingerir productos químicos no naturales, etc.). A este mapache ni le gusté yo ni le gustó nada el flash de la cámara, cuando le fotografié en la oscuridad comiéndose una patata frita:


Aunque masificado, como suele ser común en este tipo de complejos, el hotel estaba muy bien en cuanto a instalaciones, no cabe duda. Y el servicio del personal costarricense a mí me pareció atento e impecable. Simplemente que no es el modelo de desarrollo por el que apuesto ni es el modelo de ocio que más me gusta.

Tocaron, por tanto, días tranquilos, de periódico o libro, piscina, mar, cervecita… Yo me di incluso a la relajación y me obsequié con un masaje tropical que me dejó nuevo.

Aunque, eso sí, nos apuntamos también a todas las actividades posibles. Por ejemplo, a montar en quad.

En ese paseo, en el que yo iba de paquete y en el que Clara demostró su pericia en la conducción por terrenos más que complicados, nos encontramos también algunos monos en los árboles:


De las actividades del hotel, lo que más me gustó –para sorpresa mía en primer lugar, que nunca la había probado- fue la moto acuática. Ya tengo alternativa propia durante las largas sesiones de baños y sol cuando comparta viaje con aficionados a la playa.

En la tarde del 31 de diciembre, justamente cuando en España se recibía al nuevo año y se tomaban las uvas, nosotros estábamos disfrutando de un fantástico paseo a caballo por una playa del Pacífico. Para mí no hay color.

Lo compartí con algunos amigos, mientras les felicitaba el año y, en vez de alegrarse, no sé por qué recibí algunos insultos y noté un poquito de resquemor, como dicen en Los Serrano. Y es que la envidia no es buena… :-)


Mira que, como conté en otra ocasión, yo viajo para huir un poco de las navidades, pero el hotel montó un belén viviente para ambientar.


Y por la noche una fiesta para recibir al nuevo año, con su suelta de globos, su baile, su cuenta atrás a la americana y todo eso, aunque a diferencia de lo que pasa en las películas no me tocó justamente al lado ninguna chica guapa a quien besar.

El año que se iba había sido particularmente duro llevándose a Ángel, a Isabel, a Ana… y yo no estaba muy de humor. Si me escapo de la Nochevieja española no es porque me apetezca mucho integrarme tampoco en la Nochevieja tica. Pero me pareció que no tenía escapatoria. En fin, si no puedes vencer a tu enemigo únete a él, así que al final me rendí y participé. Siempre hay algo que agradecer y algo que celebrar. Por ejemplo, más de 25 años de amistad:


Fue una estancia grata, en un país fantástico y con una compañía sensacional. Cuando regresábamos, unos días más tarde, el mar y el cielo nos obsequiaban con esta imagen de despedida:

(Fotografías del autor, de Mario Marín y de Clara Montero).

I can't take my eyes off you

Uno no siempre está donde tendría que estar. Y estos meses son la caña; menos mal que ya queda menos.

El sitio donde estoy: en el despacho, trabajando.

El sitio donde debería estar esta noche: en la Casa de Campo en la actuación de Marlango. Por ejemplo.

Así que, después de haber hecho declaraciones de la renta y algunas otras cosas, me concedo -y comparto- este premio de consolación -como hice ya con Noa- de escuchar un momento a Leonor Watling y su banda (la grabación es malilla pero...):