Cosas de la edad


Creo que estoy pasando la crisis de los cuarenta. No, no me quito un año, es que estoy pasando la crisis de los 40 a los 41: así de rarito que es uno.

Una amiga me dijo una vez que ella había llevado mucho peor los 31 que los 30. Entonces no entendí el porqué, pero ahora ya no me parece algo caprichoso. Es el vértigo de ver que no sólo ha cambiado el dígito de la decena sino que, encima, los de las unidades siguen avanzando implacables, los muy cabrones.

No tuve crisis de los treinta, o al menos no recuerdo haberla tenido, lo que significa que, si la hubo, no debió de ser demasiado importante. Me parece (comprendan que la memoria a partir de los 40 ya no es buena) que las cosas entonces me marchaban razonablemente bien en lo personal y en lo profesional. Tenía un minipiso con hipoteca de importe asumible, despacho compartido que funcionaba de forma aceptable y vivía (por si fuera poco, enamorado) con una chica, que por otro lado tenia 21 años, lo que ya de por sí es una contribución impagable a sentirte joven.

Cuando me cayó la treintena y ella me llevó a ver la magnífica, entrañable y divertida Beautiful Girls (con Timothy Hutton, mi Uma Thurman y la deslumbrante interpretación de una Natalie Portman preadolescente), supe que la fase que reflejaba esa película (la angustia de dejar la etapa de estudiante, las juergas y las pandillas, y el vértigo de pasar página para asumir responsabilidades y compromisos) en realidad yo ya la había atravesado pocos años antes. El pueblo que salía en la pantalla podía ser el mío, los personajes tenían nombres y apellidos en mi vida, y casi todas las situaciones (las frustraciones, las esperanzas, las tentaciones, los espejismos, las inseguridades y, a pesar de todo, los pasos adelante...) también podía aproximadamente identificarlas en mi historia personal. Es cierto que intenté prolongar de forma artificial aquella etapa (en cuanto terminé Derecho me matriculé en otra carrera universitaria), pero luego me fui rindiendo a la evidencia y parece que terminé por asumir la realidad sin demasiados traumas.

Ahora, no sé, no sé... Cumplir los cuarenta es una auténtica putada. Claro que no cumplirlos es peor. Siempre me acuerdo de un señor mayor que me dijo una vez: “La edad debería ser como el juego de 'las siete y media'. Para no pasarte, tendría que ser posible decir en algún momento: me planto”.

Eso hubiera hecho yo, si me hubieran dejado: quedarme en los 39 permanentemente. Creo que no he apurado tanto ninguna cosa en mi vida, hasta el último sorbo. En ocasiones anteriores, si tenía que decir mi edad, sumaba ya un año más cuando se aproximaba la fecha de mi cumpleaños, porque al fin y al cabo ya estaba más cerca, por ejemplo, de los 39 que de los 38. Pero cuando iban a llegar los 40, ni de coña: me aferré a los treinta y tantos como una lapa. Incluso la noche anterior estaba en un pub, eran las doce menos algo y una chica me preguntó mi edad y le dije muy serio que 39. Con un par. Sin más explicaciones ni matices. Al fin y al cabo, por unos minutos no mentía y, en esas circunstancias, ¿quién quiere que le feliciten por cumplir 40?

Cuando llegas a esa edad, se te acaban todas las coartadas para seguir considerándote joven, por mucho que estires los conceptos. Ya puedes tú continuar poniéndote vaqueros, llevando el pelo largo, saliendo por las noches de copas o lo que se te ponga en las narices... No tiene remedio: ya no eres joven. El abono joven de transporte en la Comunidad de Madrid se termina a los 20 (no sé cómo no les dan vergüenza estas cosas a los políticos). Para algunas cosas se considera jóvenes a los menores de 25 años. En otros casos, hasta 30. Y para otras, 35. Pero no hay ninguna clasificación en el mundo mundial -que diría Manolito Gafotas-, por generosa que sea, en la que se considere joven a un tío con 40 tacos cumpliditos.

Bueno, una sí: la de mi despacho, que ahí mando yo y pongo las normas que quiero. Como asesoramos a empresas, Bea, una joven empleada, había asistido a su primera inspección de trabajo. Yo trataba de deducir qué inspector de Ávila la había atendido y ella no recordaba el nombre:

- ¿Era joven? – le pregunté.

Bea mostró entonces dos virtudes: inteligencia y prudencia.

- Hummmm, ¿qué entiendes tú por joven?

Comprendí. Y me partía de risa.

- Vamos a ver, Bea, que te voy a orientar para que tengas futuro en esta empresa: ‘joven’ quiere decir siempre ‘hasta mi edad inclusive’, sea la que sea en cada momento –dije enfatizando, para subrayar el criterio aplicable y que no hubiera dudas.

- Ah, entonces el inspector era joven- dijo ella, también sonriendo.

- Bien, bien, por ahí vamos muy bien...

Pero, claro, sales por la puerta de tu despacho y en la calle ya imperan otras normas que por desgracia no pones tú.

El otro día, tomando unas cañas por La Latina, me preguntó la edad (esta afición cada vez la entiendo menos) mi amiga Silvia. No hizo ningún comentario a mi respuesta, pero eso es lo malo, que antes me decían algo: “pues aparentas menos” o lo que fuera, lo suficiente para ir alimentando, mal que mal, mi baja autoestima. Será paranoia mía, pero me parecía que mi querida Sil, tras enterarse de mi edad, me miraba esa noche como contemplan los visitantes a los dinosaurios en el Museo de Ciencias Naturales, con una mezcla de curiosidad científica y de ternura compasiva.

Otra amiga, Susana (que en esta ocasión es Susana G., porque hay una Susana A., todo un personaje, de la que seguro que hablaré alguna vez. ¿Por qué será que todas las Susanas que he conocido en mi vida tienen el encanto de la insolencia?), remató la faena hace poco. En un acto de crueldad que deberían denunciar enérgicamente los de Amnistía Internacional, me puso delante un espejo, sin encomendarse a Dios ni al diablo. Como a ella no le pago un sueldo, la muy bicho se permite el lujo de la sinceridad:

-Un tío de 40 ó más no es joven, Carlos. Es un madurito. 

Cagüenlaleche. Un madurito. Y sin un mal adjetivo al que aferrarme desesperadamente en la caída. Podía haber dicho de mí que soy un madurito interesante o algo así, que es como darte un puñetazo en el hígado y luego acariciarte el pelo, pero al menos amortigua la sensación... Pues no: resulta que soy un madurito a secas. Mi prima Marisol, que estaba presente y me conoce bien, supo que se acababa de abrir la caja de Pandora:

- Buenoooooo, aquí va a haber sangre...

A Susana le tocó aguantar esa noche una conferencia que pronuncié –háganse una idea- con una jarra de medio litro de cerveza checa delante, sobre el apasionante tema del aumento de la esperanza de vida en nuestro entorno. Mi interesantísima disertación (que en esta ocasión les voy a ahorrar. De nada) se centraba, en síntesis, en el argumento de que si ya no consideramos anciano a uno de 60, que hace unos años sí lo era a todos los efectos, por qué no vamos a poder considerar ahora joven a uno de 40 y que si tal, que si cual y que si Pascual. Me parece que no resulté convincente, pero vaya chapa que le di, no sabía en qué jaleo se metía la pobre...

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.
Como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme el mundo por delante.


Siempre pensé que mientras no me sintiera identificado con estos versos de Jaime Gil de Biedma, la cosa iba bien. Me temo que ahora sí entiendo al poeta. Habrá que asumirlo, seguir caminando, seguir viviendo, seguir aprendiendo cada día...

Bueno, pues tomen buena nota: que hago un llamamiento público, a los seres humanos en general y a las chicas en particular, a que durante los próximos meses y hasta nuevo aviso se abstengan de preguntarme la edad. Tengan piedad y respeten mi período de crisis, por favor. Hay preguntas mejores y se me ocurren mil cosas más interesantes de las que hablar... O mil cosas más interesantes que hacer. A pesar de los cuarenta y uno.

España nace en Perú

¿Siguen ahí? Ya estoy de vuelta. No lo dije en el blog, pero me marchaba unos días fuera de España y me resisto, incluso bajo amenaza de tortura, a escribir en teclados sin tildes y sin eñes. Espero que me disculpen quienes han esperado un poco más de lo normal para ver publicados sus comentarios (en el viaje tardé en encontrar conexión a internet disponible con comodidad y, sobre todo, un hueco de tiempo para conectarme) o quienes hayan entrado buscando actualizaciones que no se producían durante este tiempo. En breve les contaré estas andanzas por algunas ciudades europeas, lugares que merece la pena conocer.

Durante el viaje me entero, con tristeza, de las muertes de Puerta (un joven futbolista del Sevilla al que la noche antes de mi marcha vi derrumbarse en un partido), de Francisco Umbral (no podremos seguir disfrutando en la contraportada de El Mundo de la prosa tan personal del autor de Mortal y Rosa), de la veterana actriz Enma Penella... Me entero también de que han frustrado algún atentado terrorista y, con enorme satisfacción, de que han detenido algún comando de ETA.

Otra pequeña gran noticia llamó también mi atención estos días. En el pueblo de San Clemente (Perú), en medio de las ruinas del terremoto, en un hospital de campaña atendido por voluntarios del SUMMA madrileño, ha nacido una niña. Los padres han decidido que se llamará España. Me emociona leerlo. Porque, cuando tantos se avergüenzan aquí patéticamente de su propia identidad nacional, en ese rinconcito del Perú el nombre de España ha sido elegido, con gratitud, por una familia humilde para su hija. Al otro lado del Atlántico, España significará vida entre tanta muerte, alegría entre tanto dolor, esperanza.


Al parecer -porque he leído versiones contradictorias en distintos medios- el médico que atendió el parto, Yuri Campos, es un peruano ejerciente en España que estaba disfrutando de sus vacaciones y, cuando tuvo conocimiento de lo del terremoto, las interrumpió para marcharse voluntario a su país. Su hijo se quedó sin un paseo a caballo que le había prometido este verano. Si no lo entendió ahora, que supongo que sí, algún día ese pequeño sabrá que tiene motivos para sentirse orgulloso de que su padre aplazase el cumplimiento de esa promesa.

Leo en otro blog el conmovedor relato de un peruano que está viviendo el día a día en aquella zona. No tengo que añadir ningún comentario. Él lo expresa mejor que yo, porque lo siente de cerca y lo vive en su propia carne:

“Más allá del dolor se ubica un espacio propio para la creación, después de la desgracia sobreviene la esperanza, luego del llanto se dibuja en los rostros nuevamente la risa. En este umbral y en medio de tanta destrucción, se alzan, como queriendo decir ‘gracias, hermanos del mundo’, los gritos de ilusión que nos contagia una recién nacida. Es mujer, desde su origen lleva en ella misma el toque divino de la maternidad, será madre un día. La trajo al mundo un brigadista español y en gratitud a él y en honor a otra madre, la Madre Patria, se llamará España.

España ha nacido en medio del dolor. España ha nacido para decirnos que la esperanza no es lo último que se pierde, sino que más bien es para nosotros lo único que no se pierde, ni se perderá jamás. España grita al mundo que estamos vivos para seguir viviendo.

Qué cosas tiene la vida escritas: ante tanta muerte y devastación son ya ocho los nacidos. No sé cuántos son varones y cuántos son niñas, pero han nacido para contarle al mundo que aquí, en mi tierra, no se rinde nadie".

Tras recordar la lucha contra el terrorismo en su patria dice que ahora “la hemos visto florecer nuevamente y estamos dejando lo que nos resta de vida para verla crecer. No nos va a arrebatar ese sueño la adversidad (...). A todos, gracias, gracias con el corazón de peruano”.

Alguien le contará a esta niña un día por qué se llama así, su pequeña historia personal y la de su pueblo. Y le contará que fue una de las primeras alegrías para su familia y para muchas personas en un tiempo de devastación. Le contará una historia de inmenso dolor y de solidaridad, de cómo las personas a veces son capaces de mostrar lo mejor de sí mismas en medio de las peores circunstancias.

Que tu familia y tu país disfruten de tiempos de esperanza. Que seas muy feliz, mi pequeña España-Olenca Rivera.

Piragua en las Hoces del Duratón

Otra sugerencia de escapada muy atractiva: el Parque Natural de las Hoces del Duratón, situado en la zona Oeste de Segovia, a poco más de una hora desde Madrid.

En las inmediaciones de Sepúlveda y Sebulcor, el curso del río Duratón horadó un área de roca caliza, dando origen a esta brecha serpenteante a lo largo de unos 27 kilómetros. En algunas zonas, las escarpadas paredes superan los cien metros de altura, formando un paisaje de singular belleza.

Entre la variada fauna que habita el parque natural, destacan las aves (alimoches, águilas reales, halcón peregrino, cernícalo, etc.) y, muy especialmente, el buitre leonado, que tiene aquí una de sus mayores colonias.

En las hoces hay una prolongada tradición de asentamientos eremíticos. Entre ellos, sobresale el caso de tres hermanos, que llegarían a ser santos: Frutos, Engracia y Valentín, ricos herederos en el siglo VII de la fortuna familiar, que decidieron entregarla a los pobres y marcharon como ermitaños a las orillas del río Duratón, dedicándose por separado a una vida de soledad, oración y penitencia. A San Frutos le atribuye la tradición varios hechos milagrosos durante la invasión musulmana. La ermita que hoy se conserva bajo su advocación agrupa un primitivo cenobio benedictino, al que se añade a partir de 1093 la iglesia en sí, con los ábsides laterales, y que es una de las construcciones románicas más antiguas.

El convento o monasterio franciscano de Nuestra Señora de los Ángeles de la Hoz se alzaba en lo alto de una de las curvas del cañón. La Reina Isabel la Católica contribuyó a su reedificación y consta que Felipe II también lo visitó y dio limosna. Hoy se conservan sus ruinas, con algunos muros en pie.

Hay una parte del cañón en la que está permitida la navegación con piragua. Varias empresas, como Hoces del Duratón S.L. o Naturaltur, ofrecen el servicio de rutas, facilitando equipamiento y monitor. Son aguas mansas y no hay que tener ningún conocimiento especial para atreverse con esta actividad: baste decir que hasta yo he navegado varias veces en piragua de dos plazas o en kayak individual por el Duratón; no hay prueba más concluyente de que está al alcance de cualquiera :-).


En el recorrido en estas embarcaciones se tiene la oportunidad de discurrir por el río, en medio de las hoces, contemplar desde abajo la ermita de San Frutos y los restos del Monasterio de la Hoz y ver muy de cerca los buitres, que anidan en las paredes y que continuamente sobrevuelan el río. Una experiencia espectacular y recomendable.

(Fotografías del autor, excepto la vista panorámica de las hoces, imagen de la web de la Junta de Castilla y León).

Asomándome a Huesca

Visitar una ciudad con un tour organizado es la forma más segura de no conocer esa ciudad, como no se complemente con algo de iniciativa propia. A veces me acuerdo de esos pobres turistas extranjeros a los que enseñan durante el día el Palacio Real, el Museo del Prado, la Cibeles, la Puerta del Sol, las Ventas, el Bernabeu..., y por la noche les llevan en fila a una sesión guiri de un tablao flamenco, y se marchan convencidos de que han conocido Madrid.

Conocer una ciudad no es sólo ver unos cuantos monumentos. Es sumergirse en sus paisajes, sus gentes, sus costumbres, sus ritmos, sus rincones, respirar el aire de sus calles... No digo que sea fácil. Pero sin duda es mucho más atractivo.

Estoy convencido de que la mejor forma de acercarse a un lugar –siempre que se pueda- es ir de la mano de un buen anfitrión local. Si ello no es posible, pues informarse primero –libros, internet...- y después callejear, dando también un margen a la intuición, vivir la ciudad, dejarse empapar por ella.

Hace poco estuve en Huesca. Fue apenas un fin de semana fugaz, una visita incompleta, una primera aproximación, con posibilidad de ver muy pocas cosas, por lo que este comentario no son más que unas pinceladas. Sería por mi parte absurdo pretender que conozco Huesca, a la que sólo me ha asomado brevemente, por vez primera. Pero también estoy seguro de que, a pesar de estas limitaciones, en ese poco tiempo pude captar mejor el alma y el sabor de la ciudad que algunos turistas víctimas de esos recorridos organizados. Y es que en este caso tenía una anfitriona de lujo, la periodista Virginia Fermoselle (un besazo, Vir), una oscense que no sólo conoce, sino que vive su ciudad natal.

La Huesca actual, con cerca de 49.000 habitantes, es heredera de la Olscan ibera, de la Osca de los romanos y de la Wasqa musulmana, incorporada al Reino de Aragón en el siglo XII.

Tiene una hermosísima catedral, gótica aunque con restauraciones y añadidos posteriores. Tanto la fachada como las naves interiores resultan impresionantes para el visitante.

En la misma plaza está el Ayuntamiento, edificio renacentista que tiene en la fachada una galería y dos torres laterales. Por la ciudad, hay otras muchas iglesias de interés arquitectónico y artístico. Se pueden recorrer a pie las calles del casco viejo, que dan una idea de la disposición de la ciudad originaria y que atesoran historia en cada rincón.

El Museo Provincial incluye en sus actuales dependencias el lugar donde, en el palacio de los Reyes de Aragón, sucedieron los hechos de la Campana de Huesca -¿historia? ¿leyenda?-, que supuso la decapitación de varios nobles que desobedecían el poder real de Ramiro II, episodio representado también en un cuadro que se conserva en el Ayuntamiento.

En las inmediaciones de la ciudad, además de numerosos parajes naturales que merecen la pena, hay varias ermitas, y se recorta la imagen del castillo de Montearagón. No hablo de la provincia, de los pueblos, de los paisajes, de los Pirineos... porque materia tan amplia y fascinante excedería con mucho el objeto de este comentario.

Pañoleta verde al cuello, toda la ciudad de Huesca se vuelca en agosto –¡¡¡y de qué forma!!!- con las fiestas de San Lorenzo (santo que dicen nacido allí). Los festejos laurentinos (a los que no me pude quedar, y bien que lo sentí) dan comienzo con un concurridísimo y muy animado chupinazo, cuentan con mairalesas de los distintos barrios (una especie de reinas de las fiestas pero de raíz tradicional) e incluyen en su amplio programa de actos una feria taurina de prestigio, la procesión y la popularísima figura de los danzantes, además de verbenas, actuaciones, competiciones y actividades variadas.

Como anécdota, observé que el cartel de fiestas, que reproduzco –no elegido por concurso, sino directamente encargado por el consistorio-, esa especie de dibujo infantil de un conejo con la pañoleta verde, parecía no haber gustado a casi nadie en Huesca. Pude confirmarlo días más tarde de mi regreso, al oír que, en el chupinazo, la multitud gritaba “ese conejo es una mierda”. Compruébenlo ustedes mismos:


Entre los locales de ocio que me dio tiempo a disfrutar, tengo que destacar el café Botánica, un magnífico caserón con original decoración, regentado por nuestro amigo Miguel Ángel, y que tiene dependencias tanto de restaurante –en plan mesón, con raciones- como de cafetería, terracita en el buen tiempo y bar de copas. Si de copas se trata, no debemos olvidar tampoco el acogedor y animado Pentagrama. Y en modo alguno hay que dejar de pasar por la sala Edén, que tiene una amplia oferta que va desde el café de la tarde hasta conciertos en directo por la noche.

Ya sé que es escaso lo que cuento, forzosamente incompleto, que me dejo mil cosas importantes de Huesca sin reseñar... Pero estuve apenas un día y medio, ¿qué quieren? A mí me supo a poco... pero me supo muy bien. El día después tenía auténtico mono. En fin, que habrá que volver...

Adiós a la catedral

En mi primer comentario, a propósito del terremoto en Perú, describiendo algunas características de la zona afectada, aseguraba “la reserva de Paracas incluye tanto espacios y ecosistemas terrestres como marinos, con acantilados y formaciones rocosas muy vistosas, entre las que se encuentra la célebre 'catedral' ”. Debí decir “se encontraba”. Porque en sus inmediaciones se situó precisamente el epicentro del seísmo y la catedral se vino abajo, tal y como confirmaron el fin de semana los medios informativos.

Sin duda, lo daños más importantes de esta catástrofe son las pérdidas humanas y lo prioritario es atender ahora a las familias que se han quedado sin casa, socorrer a quienes precisan alimentos, agua potable o atención sanitaria. Pero ello no obsta para constatar con tristeza la pérdida también de esta belleza natural, formada hace millones de años. El viento y el mar la esculpieron, y ahora la propia fuerza de la naturaleza también la ha destruido. La catedral era un icono turístico de Perú, enclavado dentro de la Reserva Nacional de Paracas, declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad.

Dejo aquí constancia con la foto superior –desgraciadamente ya irrepetible-, que saqué hace dos años en mi viaje a Perú, de cómo era esta escultura natural, y con unas imágenes televisivas de cómo ha quedado tras la destrucción.

Otras célebres formaciones pétreas, como el fraile, también han resultado dañadas. Parece, sin embargo, que las misteriosas líneas de Nazca que existen en el desierto, no se han visto afectadas.

¿Mala suerte?

En enero de 2005, justamente después del tsunami que castigó el Sudeste asiático, publiqué en el diario digital Avila Red un artículo de opinión titulado ¿La mala suerte de los pobres? Lo rescato ahora, al hilo del reciente seísmo en Perú, porque creo que, salvando las distancias, hay una buena parte de la reflexión que puede ser válida. Es cierto que en el hermano país andino sí hay un Estado más organizado; pobre, pero más estructurado y con algo más de presencia en la tragedia (aunque llegó antes el presidente Alan García que la ayuda necesaria). Es cierto también que el terremoto era tan fuerte que hubiera tirado no sólo las infraconstrucciones en las que muchas familias viven sino también edificios convencionales y, de hecho, derribó las iglesias de Pisco y de Ica, por lo que he visto en las fotografías de los medios informativos. Pero creo que sigue siendo válida, en términos generales, la llamada de atención sobre el hecho de que un sistema económico mundial tremendamente injusto agrava a veces las consecuencias de todas estas catástrofes, por más que su origen sea un fenómeno natural. Por ejemplo, no imagino un terremoto en un país desarrollado donde los heridos siguieran muchas horas después sin hospitalizar, donde días más tarde siguiera habiendo problemas de abastecimiento de agua potable o donde muchos afectados continuaran días después durmiendo en plena calle.



"¿LA MALA SUERTE DE LOS POBRES?


Desgraciadamente, la realidad en estos últimos años sigue empeñada en que incorporemos a nuestro vocabulario de uso corriente palabras que hubiera sido mejor seguir sin conocer, desde 'chapapote' a 'tsunami'. Más de cien mil muertos en el Sudeste asiático han vestido de luto la despedida de un ya de por sí suficientemente negro 2004. Para quienes nada humano nos es ajeno, para quienes, en materia de vida y de dignidad, no distinguimos entre razas o nacionalidades, la lejanía geográfica no implica que nuestro dolor sea menor ante una tragedia de estas proporciones.

En circunstancias así, vemos la grandeza de las corrientes de solidaridad entre los seres humanos. Y vemos también la cruz de la moneda: la mezquindad de algunos gestos, como ciertas entidades bancarias que están cobrando comisión por ingresar donativos en las cuentas de ayuda humanitaria. El mismo estilo inconfundible de mercaderes que comparten con esas cadenas de televisión que se lucran con la publicidad contratada durante la emisión de telemaratones benéficos, que tan buena audiencia les suelen reportar.


No falta en estas ocasiones quien, en los medios informativos o en las conversaciones de la calle, se lamenta -tanto en este maremoto, como en anteriores terremotos, volcanes, huracanes o tormentas tropicales…- de cómo el destino se ceba, encima, con los países menos desarrollados, con las personas más pobres del planeta… ¿Seguro? Obviamente, los fenómenos meteorológicos o geológicos no obedecen a ninguna conjura del capitalismo internacional pero ¿realmente nos hemos llegado a creer que la magnitud que alcanzan sus efectos en estos países es pura casualidad?


Mucho nos tememos que esa apelación a un azar que se ensaña precisamente con los más desfavorecidos, forma parte de un engaño permanente a la población del Norte rico. Para tranquilizar nuestras conciencias y para no poner en evidencia a quienes, careciendo precisamente de conciencia, manejan los hilos de la economía mundial. Un engaño que trata siempre de ocultar la cara más criminal de un sistema socioeconómico injusto a escala planetaria.


Es el mismo engaño que nos presenta el subdesarrollo de ciertas naciones como una fatalidad, como una característica poco menos que cultural o geográficamente intrínseca a ciertas latitudes. Una pobreza de la que nadie tiene la culpa o, si acaso, la tienen sus propias víctimas. Una realidad de miseria material, sanitaria, educativa… que sólo se asoma a nuestro primer mundo acomodado con ocasión de las campañas caritativas, o cuando nos alcanzan esas indeseables salpicaduras que, para el capitalismo occidental, son la inmigración o la deslocalización empresarial.


Es también el mismo engaño que se empeña en revestir de verdad demográfíca, científicamente indiscutible, eso que Eduardo Galeano llama lúcidamente 'propaganda sobre las ventajas de no nacer', en países cuya densidad de población –en contra de lo que quiere hacérsenos creer- y, sobre todo, cuyo aprovechamiento de recursos, están muy por debajo de nuestros niveles.


Esa misma falacia es la que silencia en estos días que no es la naturaleza quien se comporta con más crueldad con los países pobres que con los ricos. La destrucción material y la pérdida de vidas humanas alcanzan proporciones gigantescas, no por casualidad, en aquellos lugares donde los sistemas de alerta, de evacuación, de seguridad, de construcción muy especialmente, de protección civil, de intervención… están a años luz de los nuestros. ¿De verdad consiguen los propagandistas del sistema que no nos demos cuenta de algo tan elemental?


¿En España podría haber un maremoto? Supongo que es teóricamente posible pero me atrevo a asegurar –cruzo los dedos para no tener que comprobarlo nunca- que los sistemas de alerta a la población hubieran funcionado de otra forma, que no habría existido el mismo nivel de destrucción material en las edificaciones que aquí no son tan 'de papel', que la población no daría esa sensación de estar completamente abandonada a su suerte y en las imágenes veríamos el despliegue de policías, personal sanitario, ejército o bomberos que apenas hemos visto en Asia…


Y, sobre todo, que nuestra principal preocupación posiblemente no sería hoy, como en estos momentos les sucede a nuestros hermanos de otro continente, algo tan sencillo como conseguir comida, medicinas o agua potable para que la gente no siga muriendo cuando ya han pasado varios días desde que se produjo el maremoto."