Creo que estoy pasando la crisis de los cuarenta. No, no me quito un año, es que estoy pasando la crisis de los 40 a los 41: así de rarito que es uno.
Una amiga me dijo una vez que ella había llevado mucho peor los 31 que los 30. Entonces no entendí el porqué, pero ahora ya no me parece algo caprichoso. Es el vértigo de ver que no sólo ha cambiado el dígito de la decena sino que, encima, los de las unidades siguen avanzando implacables, los muy cabrones.
No tuve
crisis de los treinta, o al menos no recuerdo haberla tenido, lo que significa que, si la hubo, no debió de ser demasiado importante. Me parece (comprendan que la memoria a partir de los 40 ya no es buena) que las cosas entonces me marchaban razonablemente bien en lo personal y en lo profesional. Tenía un
minipiso con hipoteca de importe asumible, despacho compartido que funcionaba de forma aceptable y vivía (por si fuera poco, enamorado) con una chica, que por otro lado tenia 21 años, lo que ya de por sí es una contribución impagable a sentirte joven.

Cuando me cayó la treintena y ella me llevó a ver la magnífica, entrañable y divertida
Beautiful Girls (con Timothy Hutton,
mi Uma Thurman y la deslumbrante interpretación de una Natalie Portman preadolescente), supe que la fase que reflejaba esa película (la angustia de dejar la etapa de estudiante, las juergas y las pandillas, y el vértigo de pasar página para asumir responsabilidades y compromisos) en realidad yo ya la había atravesado pocos años antes. El pueblo que salía en la pantalla podía ser el mío, los personajes tenían nombres y apellidos en mi vida, y casi todas las situaciones (las frustraciones, las esperanzas, las tentaciones, los espejismos, las inseguridades y, a pesar de todo, los pasos adelante...) también podía aproximadamente identificarlas en mi historia personal. Es cierto que intenté prolongar de forma artificial aquella etapa (en cuanto terminé Derecho me matriculé en otra carrera universitaria), pero luego me fui rindiendo a la evidencia y parece que terminé por asumir la realidad sin demasiados traumas.
Ahora, no sé, no sé... Cumplir los cuarenta es una auténtica putada. Claro que no cumplirlos es peor. Siempre me acuerdo de un señor mayor que me dijo una vez: “La edad debería ser como el juego de 'las siete y media'. Para no pasarte, tendría que ser posible decir en algún momento: me planto”.
Eso hubiera hecho yo, si me hubieran dejado: quedarme en los 39 permanentemente. Creo que no he apurado tanto ninguna cosa en mi vida, hasta el último sorbo. En ocasiones anteriores, si tenía que decir mi edad, sumaba ya un año más cuando se aproximaba la fecha de mi cumpleaños, porque al fin y al cabo ya estaba más cerca, por ejemplo, de los 39 que de los 38. Pero cuando iban a llegar los 40, ni de coña: me aferré a los treinta y tantos como una lapa. Incluso la noche anterior estaba en un pub, eran las doce menos algo y una chica me preguntó mi edad y le dije muy serio que 39. Con un par. Sin más explicaciones ni matices. Al fin y al cabo, por unos minutos no mentía y, en esas circunstancias, ¿quién quiere que le feliciten por cumplir 40?
Cuando llegas a esa edad, se te acaban todas las coartadas para seguir considerándote joven, por mucho que estires los conceptos. Ya puedes tú continuar poniéndote vaqueros, llevando el pelo largo, saliendo por las noches de copas o lo que se te ponga en las narices... No tiene remedio: ya no eres joven. El abono joven de transporte en la Comunidad de Madrid se termina a los 20 (no sé cómo no les dan vergüenza estas cosas a los políticos). Para algunas cosas se considera jóvenes a los menores de 25 años. En otros casos, hasta 30. Y para otras, 35. Pero no hay ninguna clasificación en el mundo mundial -que diría Manolito Gafotas-, por generosa que sea, en la que se considere joven a un tío con 40 tacos cumpliditos.
Bueno, una sí: la de mi despacho, que ahí mando yo y pongo las normas que quiero. Como asesoramos a empresas, Bea, una joven empleada, había asistido a su primera inspección de trabajo. Yo trataba de deducir qué inspector de Ávila la había atendido y ella no recordaba el nombre:
- ¿Era joven? – le pregunté.
Bea mostró entonces dos virtudes: inteligencia y prudencia.
- Hummmm, ¿qué entiendes tú por joven?
Comprendí. Y me partía de risa.
- Vamos a ver, Bea, que te voy a orientar para que tengas futuro en esta empresa: ‘joven’ quiere decir siempre ‘hasta mi edad inclusive’, sea la que sea en cada momento –dije enfatizando, para subrayar el criterio aplicable y que no hubiera dudas.
- Ah, entonces el inspector era joven- dijo ella, también sonriendo.
- Bien, bien, por ahí vamos muy bien...
Pero, claro, sales por la puerta de tu despacho y en la calle ya imperan otras normas que por desgracia no pones tú.
El otro día, tomando unas cañas por La Latina, me preguntó la edad (esta afición cada vez la entiendo menos) mi amiga Silvia. No hizo ningún comentario a mi respuesta, pero eso es lo malo, que antes me decían algo: “pues aparentas menos” o lo que fuera, lo suficiente para ir alimentando, mal que mal, mi baja autoestima. Será paranoia mía, pero me parecía que mi querida Sil, tras enterarse de mi edad, me miraba esa noche como contemplan los visitantes a los dinosaurios en el Museo de Ciencias Naturales, con una mezcla de curiosidad científica y de ternura compasiva.
Otra amiga, Susana (que en esta ocasión es Susana G., porque hay una Susana A., todo un personaje, de la que seguro que hablaré alguna vez. ¿Por qué será que todas las Susanas que he conocido en mi vida tienen el encanto de la insolencia?), remató la faena hace poco. En un acto de crueldad que deberían denunciar enérgicamente los de Amnistía Internacional, me puso delante un espejo, sin encomendarse a Dios ni al diablo. Como a ella no le pago un sueldo, la muy bicho se permite el lujo de la sinceridad:
-Un tío de 40 ó más no es joven, Carlos. Es un madurito.
Cagüenlaleche. Un madurito. Y sin un mal adjetivo al que aferrarme desesperadamente en la caída. Podía haber dicho de mí que soy un madurito interesante o algo así, que es como darte un puñetazo en el hígado y luego acariciarte el pelo, pero al menos amortigua la sensación... Pues no: resulta que soy un madurito a secas. Mi prima Marisol, que estaba presente y me conoce bien, supo que se acababa de abrir la caja de Pandora:
- Buenoooooo, aquí va a haber sangre...
A Susana le tocó aguantar esa noche una conferencia que pronuncié –háganse una idea- con una jarra de medio litro de cerveza checa delante, sobre el apasionante tema del aumento de la esperanza de vida en nuestro entorno. Mi interesantísima disertación (que en esta ocasión les voy a ahorrar. De nada) se centraba, en síntesis, en el argumento de que si ya no consideramos anciano a uno de 60, que hace unos años sí lo era a todos los efectos, por qué no vamos a poder considerar ahora joven a uno de 40 y que si tal, que si cual y que si Pascual. Me parece que no resulté convincente, pero vaya chapa que le di, no sabía en qué jaleo se metía la pobre...
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.
Como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme el mundo por delante.
Siempre pensé que mientras no me sintiera identificado con estos versos de Jaime Gil de Biedma, la cosa iba bien. Me temo que ahora sí entiendo al poeta. Habrá que asumirlo, seguir caminando, seguir viviendo, seguir aprendiendo cada día...
Bueno, pues tomen buena nota: que hago un llamamiento público, a los seres humanos en general y a las chicas en particular, a que durante los próximos meses y hasta nuevo aviso se abstengan de preguntarme la edad. Tengan piedad y respeten mi período de crisis, por favor. Hay preguntas mejores y se me ocurren mil cosas más interesantes de las que hablar... O mil cosas más interesantes que hacer. A pesar de los cuarenta y uno.