que verlo con cierta tranquilidad, sin saturarse. Esto no son los Museos Vaticanos, con centenares de turistas circulando por la Capilla Sixtina mientras tapan la vista de los frescos que hay en las paredes, o el Louvre con decenas de personas agolpadas junto a una Gioconda que apenas se entrevé tras un cristal. Aquí puedes quedarte el tiempo que quieras recreándote frente a las obras de Leonardo, de Donatello, de Miguel Ángel, de Botichelli, de Fra Angelico…, sin que nadie te estorbe ni te apremie. Tampoco la jornada de paso por Florencia es el tipo de visita que yo recomendaría, obviamente, a quienes gustan de explorar el alma de las ciudades, de sentir su cadencia, de observar y compartir sus costumbres durante unos días. Para esos viajeros, charlar con florentinos y con algunos de los numerosos visitantes de todas partes del mundo, vivir durante unos días esta ciudad de cafés y artesanos, de arquitectura y artistas callejeros, de mil sabores por descubrir, de belleza acechando en cualquier esquina, también será sin duda un placer. Para mí desde luego lo fue.En medio de unos cuantos viajes con amigos (algunos de los cuales, como Lleida o Soria he compartido ya en este cuaderno de bitácora y otros contaré próximamente), Florencia fue mi escapada solitaria del pasado verano, aunque luego tuve allí oportunidad de conocer, en esos cinco días, a personas estupendas de las más variadas procedencias.
Florencia es la capital de una región italiana cautivadora –La Toscana-, pero sobre todo –ahí va el primer tópico, aunque cierto- es la cuna del Renacimiento, la ciudad del arte por excelencia. Si ya en los siglos XIII y XIV, vivieron allí creadores de la talla de Giotto, Boccaccio o Dante, por ejemplo, ¿se imaginan una ciudad donde, en el siglo XV y bajo el mecenazgo de los Médicis, convivieran el genio de Leonardo, de Miguel Ángel, de Rafael, de Brunelleschi, de Donatello...?
En origen era sólo un asentamiento de veteranos del ejército de Roma. En años de convulsa historia, fue parte del Imperio romano, luego fue objeto de disputa entre los bizantinos y los ostrogodos -que la gobernaron-, fue conquistada por Carlomagno y en la Edad Media comenzó su etapa comunal. En el siglo XII vivió también la célebre guerra entre los güelfos –partidarios del Papa- y los gibelinos –partidarios del emperador germano-. Pero, a pesar de las disputas internas, Florencia acabó siendo una de las ciudades más prósperas y su moneda propia, el florín, fue un referente para el comercio en toda Europa.En ese escenario, la saga familiar de los Médicis se hace con el poder. En origen, eran una familia de banqueros y mercaderes florentinos. Con su ascenso, gozaron de gran influencia y poder, hasta producir tres Papas, emparentar con las familias reales de Inglaterra y Francia, adquirir títulos nobiliarios y, como digo, gobernar Florencia, impulsando el surgimiento de la eclosión renacentista.
El centro histórico de Florencia está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.El corazón de la ciudad es la plaza del Duomo (la catedral). Iniciada en el siglo XIII, las obras de Santa María del Fiore terminaron en 1436 con la inauguración de la imponente cúpula. Arnolfo di Cambio, Giotto y Talenti fueron sucesivamente los arquitectos de una obra que, sin embargo, debe su fama sobre todo a Filippo Brunelleschi. Confieso que, por mi ignorancia arquitectónica, nunca entiendo con mucha precisión (ni cuando estudié Historia del Arte ni cuando me lo explicaron en Florencia por enésima vez) la solución arquitectónica ideada por el florentino y que pasa por ser una referencia mundial. Brunelleschi diseñó una cúpula autoportante, con un casquete interior con la estructura y otro exterior con la apariencia octogonal que conocemos y lo construyó sin andamiajes, a lo largo de 16 años.

La fachada neogótica del Duomo de Santa María del Fiore, decorada en mármoles blancos, fue realizada por Emilio de Fabris inspirándose en el proyecto inicial. Se adjudicó en un concurso después de que la primitiva fachada fuera demolida por orden del Gran Duque Francisco I de Médicis, para construir otra más acorde con la moda renacentista. En el siglo XIX se instalaron las puertas de bronce. Encima, hay escenas religiosas en los mosaicos de las lunetas, obra de Barabino.
En contraste con la decoración exterior, el interior es sombrío y más bien austero. Es muy grande -153 metros de largo por 130 de ancho- y tiene forma de cruz romana, con una nave central y dos pasillos, divididos por arcos que alcanzan los 23 m. de altura. En el subsuelo se conservan vestigios visitables de los antecedentes del Duomo: la cripta de la iglesia de Santa María Reparata (s. X) y los cimientos de una basílica paleocristiana del siglo V sobre la que se edificó.
Junto al Duomo, se alza la torre del hermoso campanario creado por Giotto.Puede ascenderse a pie tanto a este célebre Campanile (87 metros de altura, 414 escalones) como a la cúpula de Brunelleschi (114 metros de altura exterior y 463 escalones) y, desde cualquiera de los dos lugares, se divisa una magnífica vista de la ciudad. Yo subí al campanario porque desde abajo me daba la errónea sensación óptica de ser más elevado, pero posiblemente sea más aconsejable subir a la cúpula.

Completa el conjunto monumental el Baptisterio, de mármoles policromados y mosaicos de oro, con monumentales puertas de bronce de artistas como Pisano y Ghiberti.El actual Museo de la Ópera del Duomo es un anexo que en origen servía para depositar las esculturas y otros objetos que se retiraban por no ser del gusto imperante en cada época. Allí se conservan algunos tesoros
artísticos de la catedral, maquetas de la cúpula, planos y dibujos. Por ejemplo, son curiosos los proyectos presentadas al concurso que, en el siglo XIX, adjudicó la realización de la nueva fachada. En este museo está una de las Pietá de Miguel Ángel (encontramos otra también en Florencia, en el Museo de la Academia, aunque a mí la que más me impresionó y conmovió es la famosa Piedad que hay en la basílica de San Pedro en el Vaticano).(Fotografías del autor)





Hace unos días estaba en la piel de un personaje con el que disfruté. Casi me atrevería a decir que una especie de Indiana Jones de nuestros días. Cual un De la Quadra Salcedo, volaba en helicóptero por encima de unas inmensas cataratas, navegaba junto a ellas dejándose empapar, las contemplaba escuchando el impresionante ruido del agua al caer desde 80 metros de altura… Conversaba con los guaraníes de una aldea para conocer sus trampas de caza, sus hierbas medicinales y su vida actual. Se sentía como una especie de Amundsen cuando, con grampones en los pies, caminaba por encima de un glaciar cuya pared se alza hasta 60 metros de altura sobre el nivel del lago. Pero luego fue también una especie de escritor bohemio que frecuentaba cálidos cafés, en una ciudad con fascinante personalidad. Un ave nocturna que iba a clubs de jazz, sugestivos restaurantes e incluso a curiosear a alguna milonga. Un intrépido reportero al que permitían, cámara en mano, acceder a estancias no visitables de la Casa de Gobierno. Hasta en las villas miseria le acogían con calidez y esperanza, como si fuera un enviado que pudiera hacer algo para denunciar ante los demás la lacerante situación de la pobreza infantil. El personaje debía tener, además, cierto atractivo personal, porque los amigos le agasajaban con afecto entusiasta, y hasta conquistó algún corazón sin siquiera saber bailar tango.