25 años de abogado


Intervención en el acto de entrega de diplomas por 25 años de colegiación en los VIII Encuentros Internacionales de Madrid, organizados por el Colegio de Abogados de Madrid, 22 de abril de 2016.

Autoridades, Presidenta del Consejo, querida Decana, Junta de Gobierno, compañeros y amigos:

La frase no puede ser más tópica pero tampoco más sincera: es un honor hablar en nombre de los compañeros que cumplen sus 25 años de colegiación. Y lo primero es lo primero: dar las gracias a nuestro Colegio por este gesto de reconocimiento. 

Cuando, recién comenzado mi ejercicio profesional, veía de vez en cuando en el Otrosí la entrega de diplomas a los compañeros que cumplían sus bodas de plata con la profesión, veinticinco años de ejercicio me parecía un horizonte lejanísimo. Ahora que estamos aquí recogiendo ese diploma, podría decir, parafraseando el viejo tango que cantaba Gardel, que es un soplo la vida y que veinticinco años no son nada. 

Pero sí, han transcurrido ya veinticinco años desde aquel día en que acudimos a la calle Serrano para colegiarnos y comenzar nuestro ejercicio profesional. Hoy tenemos más edad, más conocimientos y más experiencia, pero quiero pensar que también persiste en nosotros una parte de aquella joven ilusión con la que empezábamos nuestra andadura en la abogacía. 

No sé si la profesión ha resultado ser como cada cual la suponía. En nuestro imaginario seguro que estaban las grandes películas y series norteamericanas de abogados, pero también esas series más cercanas a nuestra realidad. El año pasado Fran Estévez citaba Turno de Oficio. Yo me acordaba, con el reciente adiós a Ana Diosdado, de Anillos de Oro. Sabíamos que la realidad es diferente del cine y la televisión, pero no sé si éramos conscientes de que la realidad a veces supera a la ficción. 

El caso es que, recogido nuestro carnet profesional, se iniciaba una trayectoria en la que a buen seguro hemos vivido de todo. 

Hemos trabajado mucho. Esto es “marca de la casa”. Decir "abogado" y "muy trabajador" casi es una redundancia.

Con la risa a veces contenida, hemos acumulado a buen seguro un montón de anécdotas. Yo me acordaba estos días cuando fui a uno de mis primeros juicios y le preguntaron a un testigo por las generales de la ley y él explicaba con mucho enfasis: "Sí, señora, soy mu amigo, mu amigo, mu amigo de ése, y mu enemigo, mu enemigo, mu enemigo de aquél". O una señora a la que entregué una sentencia absolutamente improbable, porque habíamos ganado y yo le había anunciado que íbamos perder, que entrábamos a juicio únicamente por su empeño, y no mostró ninguna sorpresa. Y cuando yo le preguntaba "¿por qué estabas tan segura de entrar a juicio?" me dijo: "Carlos, porque tú eres muy buen abogado... Bueno, por eso y porque había consultado a una vidente antes". Y la última, hace apenas unas semanas, una señora que me decía en el despacho: "D. Carlos, a mí me sometieron a la prueba del polígrafo". Yo puse los ojos como platos: "¿En España, me está usted diciendo". "Sí, sí -contestó-, en el juzgado". "¿Y cómo era esa prueba del polígrafo?". "Pues me llevaron allí -me explicó-, me dijeron que tenía que escribir con mi letra y lo iban a comparar con la firma que había en el contrato". "¡Ah, calígrafo". Y me dijo: "Sí... ¿Le estaba volviendo a usted loco, verdad?". 

Hemos recibido resoluciones que nos han producido especial disgusto y hemos recibido sentencias que seguro nos han producido una particular alegría o incluso nos han emocionado, por las dificultades superadas, por el intenso trabajo que quedaba detrás o por el trasfondo humano del asunto. 

No sé las razones de cada cual para elegir esta profesión, pero sí sé que, en medio de muchos sinsabores, también nos da cada día razones para seguir en ella.

Hace siglos, cuando en el Reino de Castilla los jueces se llamaban oidores, los abogados eran los voceros. Porque esa es nuestra tarea: poner voz –que es tanto como decir fundamentos jurídicos, razones, argumentos…- a los intereses y los derechos de quienes confían en nosotros. Así lo contaba el Rey Sabio en las Partidas: “El oficio de los abogados es muy provechoso para ser mejor librados los pleitos (…) Tuvieron por bien los sabios antiguos que fizieron las leyes, que ellos pudieran razonar por otros (...) de guisa que los dueños dellos, por mengua de saber razones, o por miedo, por vergüenza o por no ser usados de los pleytos, no perdieran su derecho". Ésta es la enorme responsabilidad a la que nos dedicamos cada día. 

Me gusta este oficio, entre otras cosas, porque la ética no es opcional. No es una apuesta individual del profesional, sino que es norma. La ética es esencia misma de la abogacía. No sólo estamos obligados a aplicar buena praxis en los aspectos técnico-jurídicos: como en el caso de la Medicina y otros, nuestro Código Deontológico nos obliga a mucho más. En nuestro caso, se consagra y protege esa especial relación de confianza cliente-abogado, el secreto profesional, la independencia e incluso el compañerismo, algo que no deberíamos olvidar. 

De ahí la importancia de los Colegios Profesionales como salvaguarda de esas señas de identidad. Todas las alternativas a los Colegios son peligrosas y mucho menos deseables: en un extremo, la mercantilización absoluta de la profesión; en el otro, que ese necesario control se ejerciera desde el intervencionismo de los poderes públicos, con mengua de nuestra independencia. Nuestros Colegios representan la autorregulación de la profesión, desde la libertad y desde la responsabilidad, y por ello tenemos que defenderlos y cuidarlos, por interés de los profesionales, pero también por garantía de los ciudadanos y por el bien común de la sociedad. 

Me vais a permitir un pequeño desahogo personal. Yo no vengo de una estirpe de abogados. Vengo de una familia de clase media, modesta, de un pequeño pueblo de Ávila, El Hoyo de Pinares. Mi padre era funcionario y mi madre tenía un pequeño comercio. Los dos, que por distintas circunstancias no habían podido pasar más allá de los estudios primarios, se empeñaron en que los tres hermanos pudiéramos tener acceso a los estudios universitarios y trabajaron años sin descanso para ello. Hoy mi hermana es médico, mi hermano ingeniero y yo abogado. Mis padres estaban convencidos de que esas carreras, elegidas por nosotros, eran el mejor patrimonio que podían brindarnos. Y no es verdad. Eso es lo segundo mejor. Lo primero es que con su ejemplo nos enseñaron a ser buenas personas. 

Cuando terminé la carrera mis padres recibieron la invitación para ir a un acto de graduación. Creo que les hacía ilusión. Cuando me lo dijeron, yo, afectado por una especie de fiebre iconoclasta muy veinteañera, les dije que no tenía pensado ir. No me di cuenta entonces de que para ellos, que no habían estado en el día a día del aula y que no iban a estar tampoco en el día a día del despacho y de los tribunales, aquello era como la pequeña ventana para asomarse a un logro que era también suyo. Hoy mi padre ya no puede estar aquí, aunque espero que de alguna forma pudiera sentirse orgulloso. Pero mi madre sí está y, aunque sea con veinticinco años de retraso, hoy ella se puede sacar esa espinita y yo le puedo dar las gracias. 

Decía que era un desahogo personal, pero quizá no es tan personal, porque, salvando las circunstancias, vosotros compartiréis un sentimiento parecido, de gratitud hacia las personas cercanas. A quienes están aquí acompañándonos y a quienes no han podido venir pero están de corazón. A nuestros padres, parejas, hijos, hermanos, amigos… A esas personas a las que hemos robado tanto tiempo, a esas personas que se han alegrado con cada uno de nuestros avances, a quienes nos han dado ánimos en los momentos de desaliento, a quienes han estado ahí a nuestro lado. Estoy seguro de que no me equivoco al hablar en nombre de todos si os digo que este diploma es también vuestro. 

Felicidades a los compañeros que tienen ese mérito de haber cubierto 50 años de ejercicio profesional. 

A quienes hoy habéis jurado como abogados, felicidades, mucho ánimo y muchos éxitos. Dos consejos: 

- Haced vida colegial. Como dije antes, estar colegiado no es un mero trámite, el Colegio es garantía de la libertad del abogado y de los valores de nuestra profesión. Tenéis un área de empleo, un departamento de turno de oficio, una biblioteca magnífica, un Centro de Estudios para actualizarnos permanentemente que ha cumplido treinta años de buen hacer y que el año pasado formó a nada menos que 25.000 alumnos, unas secciones donde podéis compartir experiencias con compañeros de vuestras mismas especialidades o circunstancias profesionales... Los que empezáis, tenéis un Grupo de Abogados Jóvenes y una Sección de Iniciación que os acompaña en vuestros primeros pasos. El Colegio se está esforzando por estar cada día más cercano al colegiado, no hagáis dejación vosotros de vuestro derecho y vuestro deber de participar, porque el Colegio de Abogados es vuestro, es nuestro. 

- No perdáis nunca esa especie de cuidado artesanal del principio: por mucho tiempo que pase y muchos casos que llevéis, no los convirtáis nunca en un número. Haced de cada caso algo singular, poned en cada uno de ellos lo mejor de vuestra capacidad y de vuestro oficio. Caso a caso, como ese “partido a partido” que constituye la filosofía del mejor entrenador del mundo... ¿verdad, Sonia? 

Y a vosotros, mis compañeras y compañeros que compartís conmigo este diploma, enhorabuena por 25 años de independencia, de esfuerzo, de constancia, de superación, de sinsabores y de éxitos. Por 25 años de dedicación a esta profesión, exigente pero apasionante, ingrata pero hermosa. Felicidades.

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