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Imaginen una joven gitana que es sometida a malos tratos por su pareja. Enfrentándose al entorno cultural en el que se desenvuelve -donde la mujer tiene un papel subordinado al hombre y se proscribe a quien se atreve a denunciar la violencia de género-, reúne el valor suficiente para no soportar más esa situación y marcharse a otra ciudad con sus hijos.
Pasado el tiempo y cuando cree que ya está todo normalizado, el padre retiene a los menores y no los devuelve tras un fin de semana. Los hijos pasan así a vivir en una ciudad diferente de donde residían y donde estaban escolarizados y, durante más de un año, se les impide tener contacto alguno con su propia madre.
Tras presentar la mujer demanda sobre guarda y custodia, el juez decide sorprendemente otorgársela al padre que los sustrajo.
Aunque considera hecho probado que "de forma unilateral no procedió a la devolución de los menores a su residencia (...), no habiendo permitido contacto con su madre desde entonces", la sentencia afirma que "se considera más conveniente mantener la situación fáctica de los menores, antes que someterles a un nuevo cambio en cuanto a ciudad, núcleo familiar y colegio". Y ello muy a pesar de reconocer incluso que "el padre no es quien se encarga de forma directa e inmediata de sus hijos, desconociendo cuestiones tan esenciales como en qué año se escolarizaron o en qué curso siguen actualmente, siendo su madre y su hermana quien parece ser (sic) que se ocupan de forma adecuada de su cuidado y atención".
A esta polémica resolución judicial, de la que hace poco dio cuenta el diario La Opinión de Zamora y que ha sido ya recurrida por el abogado que se ocupa del caso, dedica la periodista Patricia Costa el interesante reportaje que ha elaborado para Tolerancia Cero de Radio 5-RNE.
En el espacio se recoge el testimonio de la propia madre de los menores, así como de la abuela, también víctima en su día de la violencia de género. Tolerancia Cero, dirigido por Marta Gómez Casas, y que se centra en cuestiones sociales relacionadas con la igualdad, ha considerado oportuno recabar también el parecer de dos profesionales, así que pueden escuchar la opinión que nos merece esta controvertida sentencia a una psicóloga experta en violencia de género, Ana Isabel Gutiérrez Salegui, y a mí como abogado. El programa se emite este sábado 30 de junio a las 21 horas.
Es el primer año que me meto en la aventura de ir yo a una caseta a firmar libros, como ya conté aquí. Como era previsible, no hubo grandes aglomeraciones alrededor, porque poner dedicatorias a libros de gestión como La empresa ante las bajas por incapacidad temporal no es
lo más común... Pero Ana, coautora del libro, y yo, contábamos ya con ello, así que es una experiencia simpática,
siempre que no vayas de solemne ni te la tomes demasiado en serio. Pasamos un buen rato, charlamos con varias personas interesadas en estos temas tan específicos y tuvimos la siempre grata visita de varios amigos. Gracias a todos ellos. Y a nuestras anfitrionas de FC Editorial, Elena y Lucía.
Como el domingo no iba a poder, precisamente porque firmaba yo, me fui el
sábado a pasear por la Feria. Acudía con el firme propósito -absurdo si vas a una Feria del Libro- de no comprar nada
pero, como siempre, piqué y me dejé la pasta que no tenía.
Entre otras varias obras que me traje a casa, comento sólo un par de ellas.
Una es Años lentos(Premio Tusquets de novela 2011), del
guipuzcoano (residente en Alemania) Fernando Aramburu. A ver qué tal. Los peces de la amargura (2006) me impresionó. Mucho más que todos los innumerables
ensayos que se han escrito, este conjunto de relatos me parece lectura obligada
para cualquiera que quiera acercarse a la realidad social del País Vasco. Un
libro que a uno le gustaría que no se hubiera tenido que escribir o que, al
menos, su ficción no se pareciese nada a la realidad… “Comparto tu parecer, Carlos”, dice hoy en un
tweet el autor. Por cierto, un grande de nuestra literatura actual con poca
afluencia en la caseta, mientras cerca hacía cola un montón de gente ante el
último petardo televisivo de turno. Como de costumbre, vamos.
No tienen que ver con su libro, pero me han venido ahora a la
mente y no me resisto a compartirlos por su lucidez, unos párrafos de uno de los magníficos
artículos de Fernando Aramburu en El Cultural. Los leí hace
tiempo, pero lamentablemente conservan plena vigencia. Se refieren a la comodidad de tener un pack
ideológico, que evita tener que pensar uno mismo. Me hubiera gustado firmarlo
yo:
“El ciudadano actual, informatizado y televidente, con poco
tiempo para el ejercicio apacible de la matización, ha derivado en un ser de
opiniones. Leo al columnista asiduo, escucho al radiocontertulio habitual, y me
quedo boquiabierto. Para la bomba en un mercado de Bagdad, para el último
accidente ferroviario, para el escote de la ministra, para todo disponen ellos
de una opinión rápida y tajante que, además, consideran digna de ser
comunicada, con la que tal vez estén sinceramente de acuerdo. Entonces me
siento abrumado, solo, inferior, y no porque me falten brazos para cargar sobre
la espalda un costal de opiniones ni me prive de esparcirlas a voleo como los
congéneres aludidos, a menudo sin darme cuenta.
Es otra cosa. Es que yo con frecuencia no opino lo mismo que yo. O sea, que
disiento de mí, no sé si me explico. Me enzarzo en discusiones durante las
cuales abrazo certidumbres distintas, incluso opuestas; soy a un tiempo o
sucesivamente de derechas, de izquierdas y de centro; me escondo bajo la cama
para no ofender a nadie; me callo por prudencia y a continuación no me callo
por que no me tilden de medroso, aunque seguro que lo soy, y concluyo, en fin,
diciéndome que me convendría poner orden en el cerebro empezando otra vez por
los presocráticos.
Un método infalible para ahorrarse la molestia de la duda y el trabajo de
llevarse la contraria consiste, según me han dicho, en acogerse a una
ideología. Las ideologías funcionan como las vacas lecheras. Basta con apretar
la ubre teórica para llenar el lebrillo de argumentos. Es la mar de cómodo.
Lees un programa electoral, un manifiesto, un texto sagrado, y sabes a qué
atenerte hasta el final de tus días, donde te espera el paraíso celestial, la
utopía consumada o simplemente el limbo de los que siempre tienen razón.
Me topé días atrás con un pasaje perspicaz en un libro de Luis Goytisolo (…) En esto agarra Goytisolo y se pregunta, como quitándome la palabra de la boca,
para qué hay que tener una ideología. Ahí estamos, maestro. Como no sea para
dominar o que nos dominen, para qué someter a una explicación general de los
fenómenos del mundo nuestras intuiciones particulares, tan volubles, tan
inciertas, tan inconsistentes. No es lo mismo pensar que creer”.
Amén.
Y el otro libro que compré, Ecuador, una nueva
edición ampliada de poesía reunida de Benjamín Prado.
- Pero si yo creo que este libro ya te lo firmé, Carlos...
- Jajaja, que no, joder, que fue 'Marea humana'...
Me sorprende mucho que se acuerde de mí todavía, después de
casi cinco años. Coincidimos como invitados en un programa de televisión, se supone que de antagonistas en el debate. No le conocía hasta entonces y yo pensaba que, a priori, tenía varios ingredientes
para haberme caído mal… pero me cayó estupendamente. Benjamín es un tipo muy inteligente,
hábil, divertido y encantador en el trato. Y un interesante y notable escritor, en
su poesía, en sus ensayos y en sus novelas.
Aquí le tienen, atreviéndose en una noche sabinera del
Galileo, con Pancho Varona y compañía. Se le perdona que cante aproximadamente
igual de bien que yo... Porque su talento no es como vocalista: él es nada menos que el autor de este pedazo de letra, Esta noche contigo.