En una entrada anterior opinaba que un tour organizado es una mala opción para visitar una ciudad. Pero, cuando no queda más remedio -por decisión de grupo, por escasez de tiempo o por cualquier otro motivo-, ¿qué es lo mejor que te puede pasar? Pues que te toque en suerte un guía como Javier.
Bueno, Javier no era exactamente eso –contábamos con guías locales en cada ciudad- sino, de alguna manera, quien acompañaba y coordinaba, el encargado de los detalles organizativos por parte del operador mayorista. Pero la impresión que daba era totalmente distinta. Parecía algo así como un amigo o conocido que tuvieras en una ciudad europea, alguien medio bohemio –que fuera profesor de universidad, o escritor, o algo parecido- y al que fueses a visitar después de mucho tiempo, y te contara cosas y te ofreciera pistas para descubrir y disfrutar la ciudad. Inteligente, irónico hasta la mordacidad, provocador, culto, Javier intentó que fuéramos un poco menos con la actitud gregaria y cómoda del turista y un poco más con la curiosidad del viajero… Si yo hubiera llevado una grabadora, me habría dado hecha la crónica del viaje.
Bueno, Javier no era exactamente eso –contábamos con guías locales en cada ciudad- sino, de alguna manera, quien acompañaba y coordinaba, el encargado de los detalles organizativos por parte del operador mayorista. Pero la impresión que daba era totalmente distinta. Parecía algo así como un amigo o conocido que tuvieras en una ciudad europea, alguien medio bohemio –que fuera profesor de universidad, o escritor, o algo parecido- y al que fueses a visitar después de mucho tiempo, y te contara cosas y te ofreciera pistas para descubrir y disfrutar la ciudad. Inteligente, irónico hasta la mordacidad, provocador, culto, Javier intentó que fuéramos un poco menos con la actitud gregaria y cómoda del turista y un poco más con la curiosidad del viajero… Si yo hubiera llevado una grabadora, me habría dado hecha la crónica del viaje.
“A ver, ¿todos lleváis un plano? –se aseguraba-, ¿hay alguien que no lleve un plano? Bien, pues entonces dobladlo y lo guardáis. Olvidaos de él. Ya habéis hecho una visita panorámica, así que ya conocéis los sitios que ‘hay que ver’. Ahora, os aconsejo que aprovechéis esta tarde para poneros a caminar sin rumbo definido y que descubráis que, fuera de la Viena que se enseña, la ciudad sigue. Y que hay otra Viena que ya no es de los turistas sino de los vieneses”.
Con los Habsburgo, Viena fue la capital del mayor imperio del mundo; hoy, Viena es la capital de una pequeña república centroeuropea. Sin embargo, si piensas encontrar una ciudad con aire decadente, no será esa la sensación que percibas, o al menos no fue mi caso. Viena es una ciudad orgullosa de su historia -que asoma a cada paso-, pero muy acoplada a su realidad actual. Una ciudad bien organizada, que funciona y que parece estar habitada por personas con una dosis alta de educación cívica.
Al encontrarte con la historia de Austria, de paso te reencuentras con parte de nuestra propia historia. Al fin y al cabo, los Habsburgo –en España simplemente los Austrias- fueron la dinastía reinante en nuestro país durante dos siglos, hasta que Felipe V y los Borbones se impusieron en la guerra de sucesión. Resulta simpático enterarte de que allí, cuando alguien no entiende una cosa, no le suena a chino como a nosotros, sino que le está pareciendo español. Y esa expresión popular es debida a que Fernando I (hermano del emperador Carlos y nieto por tanto de Fernando el Católico) había nacido y se había criado en España, apenas hablaba alemán cuando llegó a reinar en Austria, y se presentó allí con una corte de consejeros españoles con los que nadie conseguía entenderse.
Al encontrarte con la historia de Austria, de paso te reencuentras con parte de nuestra propia historia. Al fin y al cabo, los Habsburgo –en España simplemente los Austrias- fueron la dinastía reinante en nuestro país durante dos siglos, hasta que Felipe V y los Borbones se impusieron en la guerra de sucesión. Resulta simpático enterarte de que allí, cuando alguien no entiende una cosa, no le suena a chino como a nosotros, sino que le está pareciendo español. Y esa expresión popular es debida a que Fernando I (hermano del emperador Carlos y nieto por tanto de Fernando el Católico) había nacido y se había criado en España, apenas hablaba alemán cuando llegó a reinar en Austria, y se presentó allí con una corte de consejeros españoles con los que nadie conseguía entenderse.
Viena es la música. Seguramente no hay otra ciudad en todo el mundo donde se viva la música con esta intensidad y esta pasión, donde esté tan presente en lo cotidiano. Todos los días hay varios conciertos en decenas de sitios, encuentras monumentos que hacen alusión a compositores, hay muchas tiendas especializadas (por cierto, a mí tendrían que prohibirme entrar a las tiendas de música y de libros aunque yo quisiera, igual que a otros no les dejan entrar al bingo)… La corte vienesa promocionó la música, y compositores como el alemán Beethoven, el húngaro Haydn o el austriaco Mozart desarrollaron en Viena su carrera en el siglo XVIII. Pero también fueron vieneses, ya en el siglo XIX, Schubert, Mahler o Strauss, el gran creador de los más conocidos valses. Además de la Ópera de Viena, la ciudad acoge prestigiosas salas de conciertos como el Musikverein –donde la Filarmónica de Viena ofrece el célebre concierto de Año Nuevo-, el Burgtheater, el Konzerthaus y otros muchos.Viena son, también, los cafés. Los viejos cafés como sitio de encuentro social, de tertulia… “¿Qué café es recomendable en Viena –nos informaba Javier-, cuál es bueno? La respuesta es: cualquiera”. “Ahora bien –advertía- aquí, cuando la gente va al café, va sin prisas, a hablar del vecino y de lo que surja. ¿Y qué pasa si uno tiene prisa? Pues que no va al café. Al camarero no se le llama ni se le chista. Él te ha visto, nota tu presencia. Ya vendrá”. “Yo tengo un pequeño truco –compartía con nosotros- cuando quiero dedicarle al café cuarenta y cinco minutos y no hora y media. Consiste en pedir la cuenta a la vez que te sirven el café. El camarero te mirará con lástima, pensando ‘qué asco de vida lleva este hombre’, pero te la traerá…”.
En la Viena medieval encontramos la Catedral de San Esteban, con un interior impresionante y un exterior llamativo, aunque muy deteriorado, falto de una restauración y limpieza a fondo.Enfrente, un edificio moderno: la Haas-Haus, una torre asimétrica de vidrio y mármol, que resultó controvertida en su momento. Es un centro comercial cuya planta baja alberga… un Zara. Supongo que la firma española despliega esa estrategia para darse a conocer: es inevitable encontrársela en lugares o edificios emblemáticos de todas las capitales europeas donde vayas.
Entre los museos vieneses, destacan el de Artes Aplicadas (MAK) y el de Historia del Arte (KHM), que están ubicados en edificios gemelos, uno frente al otro.
El entorno del Ayuntamiento –donde luego se instala el célebre mercado navideño- para nosotros fue punto de referencia permanente. En agosto se celebra una especie de feria gastronómica internacional, con casetas de diversos países, y a la vez se ofrece en el interior del edificio municipal algún evento –conciertos clásicos, ballet, musicales contemporáneos…- que proyectan en una gran pantalla exterior. Convertimos la zona en nuestro lugar habitual de cena. Lo mismo nos dábamos a las salchichas y cerveza alemanas, que probábamos ricos postres de todo el mundo, pero las opciones incluían desde platos orientales hasta comida mexicana. Se podía también españolear, porque había un puesto con una supuesta paella, un supuesto gazpacho, una supuesta sangría… aunque no nos atrevimos a probarlo por si acaso los productos era tan españoles como los que atendían el puesto.Hay muchísimos más sitios que visitar dando un paseo por la ciudad: el Teatro –en cuya fachada aparecen tres nombres: Calderón de la Barca, Shakespeare y Molière-, el Palacio Real o el edificio del Parlamento, en el que el gusto de los emperadores imitaba el arte romano…

Entre los sitios de visita obligada está el Belvedere, un palacio que hoy es museo, con una parte dedicada al arte medieval y barroco y otra amplia colección de arte contemporáneo, que incluye el conocido cuadro El Beso de Klimt.

Pero entre los palacios vieneses sobresale Schömbrunn, ampliado por orden de la emperatriz María Teresa y claramente inspirado en el Versalles francés. Se pueden visitar los laberínticos jardines y algunas de las dependencias interiores, para apreciar el arte y la decoración. También incluye una exposición permanente de carruajes de la familia imperial.



En contraste con esta Viena histórica, entre el canal del Danubio y el barrio de Landstrabe, encontramos algunas construcciones concebidas por Friedensreich Hunderwasser y ejecutadas bajo la dirección del arquitecto Josef Kravina, entre las que destacan las Huntderwasser-Haus

Hunderwasser fue pintor, una especie de discípulo de Gaudí interesado por el medio ambiente y por la arquitectura, nacido en 1928 y muerto en el año 2000. Las Huntderwasser-Haus son unas casas verdaderamente singulares y originales que a mí me fascinaron. Pretenden un diálogo entre naturaleza y arquitectura. Las plantas que crecen en las fachadas y en el interior hacen que el edificio luzca aspecto diferente en cada estación del año, verde intenso en primavera, amarillo o rojizo en otoño… Las viviendas tienen una zona peatonal delante y están pintadas de vivos colores: cada vivienda interior tiene su propio color exterior. Las superficies grises marcan zonas comunes: escaleras, pasillos, salas de juegos para los niños, el llamado jardín de invierno interior… Los suelos interiores no son planos, sino que recrean las formas del suelo natural de los bosques. El contraste entre la reproducción de una parte de la fachada del antiguo edificio y la nueva y colorista construcción con la que se mezcla, simboliza muy gráficamente esa conexión entre la Viena clásica y esta Viena vanguardista. Los habitantes de estas casas pagan pequeñas rentas razonables (comparando sueldos austríacos con sueldos españoles y alquileres austriacos con alquileres españoles te entra depresión) y sólo hay unos inquilinos que no pagan en efectivo: los árboles, que crecen desde el interior hacia el exterior de la casa y que pagan con su utilidad produciendo oxígeno, purificando el aire y adornando. Hay multitud de elementos figurativos, como columnas, bolos, ladrillos antiguos, restos de azulejos… Teóricamente, cada inquilino puede pintar la fachada desde su ventana hasta donde le alcance el brazo y puede pintar también lo que quiera en las escaleras interiores y los pasillos. Enfrente, está el Village, que tiene diseño similar y estaba pensado originariamente para ser el Mercado del barrio, pero que ha acabado convertiéndose en un conjunto de tiendas de souvenirs.
El Prater es un área campestre y recreativa, que era el antiguo coto de caza imperial. Entre estanques y pequeños bosques, hay un parque de atracciones, con la noria más antigua que queda en Europa, del siglo XIX (no seré yo quien se suba ahí).
La parte más moderna de Viena es la Ciudad de las Naciones Unidas, donde, en cuatro grandes torres de oficinas, se alojan distintos servicios de la ONU. Allí cerquita teníamos el magnífico hotel recién inaugurado en el que nos alojábamos y que fue una auténtica lotería.
La guinda de la visita a la ciudad, como no podía ser de otra forma, fue comprar entradas para un concierto de música. Se celebró en la Ópera de Viena y corrió a cargo de la Orquesta Mozart, una formación integrada por músicos de otras prestigiosas orquestas que se han agrupado para cultivar e interpretar la obra de este genial compositor austriaco. Tienen la peculiaridad de que actúan con vistosos trajes del siglo XVIII y suelen ofrecer un repertorio de los denominados de Academia Musical, esto es, sólo fragmentos de las composiciones más conocidas. Disfrutamos como enanos viendo la Ópera por dentro y escuchando desde uno de sus palcos los acordes de la Sinfonía 40, la Pequeña Música Nocturna… y los cantos de D. Giovanni, La Flauta Mágica o Las bodas de Fígaro. Pero, como estamos en Viena y los músicos saben que muchos de los asistentes son extranjeros, la orquesta añadió fuera de programa, entre el entusiasmo del público, un final que no era de Mozart, sino el mismo que todos recordamos del Concierto de Año Nuevo: El Danubio Azul y la Marcha Radetzky. Una experiencia deliciosa, de las que no olvidas. 
Yo al final me fotografié con una de las colaboradoras de la orquesta, ella con traje de época.
Pero, como mis compañeras de viaje, Marisol y Susana, son unas envidiosillas, al ver que yo me hacía una foto con esta chica tan guapa, ellas corrieron a hacerse otra con este chico tan… simpático. 
En fin, que no hay color.
Próxima estación: Praga. ¿Me acompañan?
(Fotografías del autor y de Marisol Nieto)


