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La trampa del consumidor

Publicado en SevillaInfo, 02.11.2018.

No, no nos lo preguntaron así. No nos dijeron: ¿le parece a usted bien que una tripulación de avión con base en España esté obligada a fingir ser residente en Irlanda para que su empresa pueda aplicarles peores condiciones laborales? No recabaron nuestra opinión sobre imponer a los trabajadores del comercio discrecionalmente turnos partidos, flexibles y rotatorios que impiden cualquier organización de su vida personal y familiar. Nadie nos pidió parecer sobre la posibilidad de desmantelar los talleres de confección textil en España para fabricar en Asia en condiciones infrahumanas. O sobre acabar con el pequeño comercio en su conjunto, para luego revivirlo a duras penas con inmigrantes chinos que trabajan jornadas interminables de lunes a domingo. Ni sobre poblar todos los sectores de falsos autónomos, privados de derechos laborales y pagándose su propia cotización a la Seguridad Social… 

Lo que nos preguntaron tácitamente fue: ¿quieren tener billetes de avión más baratos? ¿quieren poder comprar todos los días de la semana, cuando les venga bien, durante doce horas? ¿quieren adquirir ropa o calzado a precios más económicos?... Y nosotros apoyamos activa o pasivamente todas esas medidas, sin tener claras -o sin querer ver- sus consecuencias últimas. 

El truco está en que nos hacen mirar sólo con las gafas de consumidores. Y provocan que perdamos la otra perspectiva, la de productores. Porque todos adquirimos productos o servicios, pero también todos, de alguna forma, elaboramos, vendemos u ofertamos. Y de las condiciones en que se adquiera nuestro producto o se preste nuestro servicio dependen indirectamente nuestras propias condiciones de trabajo. Eso haría imprescindible buscar un equilibrio, si no queremos engañarnos a nosotros mismos y ser una sociedad cada vez más empobrecida. 

Me comentaba un primo mío que, cuando comenzó a trabajar, recién titulado, su primer sueldo fue de 170.000 ptas. Los ingenieros como él estaban entonces valorados y bien retribuidos. Hoy un joven ingeniero de nuevo ingreso en su empresa cobra aproximadamente lo mismo, 1.000 euros, pero más de un cuarto de siglo después. ¿De qué nos sirve pagar precios más reducidos si nuestros salarios bajan a la par? Lo importante no son los precios en términos absolutos, sino cuál sea nuestro poder adquisitivo. 

Yo fruncí el ceño cuando en alguna ciudad europea a las cinco de la tarde me encontraba todo cerrado. Pero enseguida me di cuenta de que me sobrepondría a esa incomodidad si, a cambio, yo también pudiera disponer de mi vida personal a partir de esa hora, en lugar de salir del despacho cada día después de las ocho de la tarde. 

Equilibrio. Esa es la clave. Qué sacrificio estamos dispuestos a asumir como trabajadores entendiendo que eso nos beneficia como consumidores. Y viceversa: de qué ventaja podemos prescindir como consumidores, sabiendo que mejorará nuestras condiciones de trabajo. 

Como sociedad, no nos importó aquello que afectase a los controladores aéreos porque eran unos privilegiados. Ni a los estibadores, esa especie de casta arcaica y antieuropea. Ni a los taxistas, unos señores muy antipáticos… Ahora, piensen por un momento en el tópico que acompaña en la opinión pública a su sector, sea cual sea: periodistas, farmacéuticos, abogados, fontaneros, mecánicos de vehículos, empleados de banca, agentes de seguros, comerciales, funcionarios… Tal vez cuando la precarización nos alcance, como en el poema de Martin Niemöller ya no quede nadie para apoyarnos.

Intervención en Hoy por hoy de la Cadena Ser sobre precariedad laboral

Hoy por hoy, Cadena Ser, 02.06.2017

Precariedad laboral

BECARIOS, SUBCONTRATADOS Y TEMPORALES: ASÍ LOGRARON PRECARIZAR NUESTRO HOTEL

La industria del turismo supone un 11,2 % del Producto Interior Bruto

Marisol Rojas. Madrid.

Martín trabajó 41 años en un hotel de Madrid. Juan llegó más tarde, pero pasó 12 años ayudando en la recepción, echando una mano con el mantenimiento y haciendo de mozo de equipajes. Los dos tenían contrato fijo, pero el hotel optó por una estrategia que implicaba sustituir a su plantilla por jóvenes baratos y precarios. Los números lo demuestran: de un equipo con 50 personas en nómina, ahora quedan poco más de una decena.

Los caminos para deshacerse de ellos fueron diferentes. El que le tocó a Martín fue un atajo en toda regla. Tenía que cuidar de su madre, pero no le permitieron conciliar. La estrategia le funcionó al hotel, porque él no vio otra salida que marcharse cuando la vida se le hizo imposible. La empresa se ahorró su despido.

A Martín le enseñaron la puerta de salida cuando ya estaba en marcha una estrategia que pasaba por tener mano de obra compuesta por becarios, empleados de ETT y subcontratas. La preocupación de los trabajadores fue a más, temían ir cayendo uno a uno. Fue entonces cuando Juan decidió dar el paso y presentarse como representante sindical: "Cuando ves las barbas de tu vecino mojar, pon las tuyas a remojar. Yo veo que mi director fuera, la jefa de recepción fuera, trabajadores y compañeros míos que eran profesionales como la copa de un pino, fuera. Yo ya sabía que estaba sentenciado". Le echaron antes de que pudiera llegar a representar a sus compañeros.

Consiguió un buen acuerdo gracias a su abogado, Carlos Galán, que además preside la Sección de Derecho Laboral del Colegio de Abogados de Madrid. Los testimonios de Juan y Martín son el fiel reflejo de una tendencia que afecta a trabajadores de muchos sectores: "En construcción se abusaba mucho de los trade, los autónomos económicamente dependientes; en el sector servicios abundan los falsos autónomos y en la industria hay mucha subcontratación, más o menos fraudulenta, que roza los límites legales. En todos los sectores ha habido esa tendencia". Su repaso a los sectores productivos y su experiencia profesional le hacen llegar a una conclusión qu se ha convertido en realidad en muchos hogares: "Cualquier persona que durante esta crisis haya perdido su empleo y haya conseguido recuperarlo, habrá podido comprobar que no se recuperan las condiciones anteriores. Todo el mundo ha experimentado en carne propia que es es muy difícil volver a las condiciones que se tenía en el anterior empleo".

Martín ya ha conseguido jubilarse, Juan tiene otro empleo. A su manera, se sienten afortunados porque comparan su situación con la de sus excompañeros. "Hay compañeros que tienen hipotecas y a los que a lo mejor les tienen que quitar la casa. Compañeros que llevan en paro dos, tres o cuatro años. Algunos han tenido que dejar Madrid para irse a vivir al pueblo", dice Juan, que no puede ocultar su enfado al pensar en la vida actual de sus antiguos colegas. "Son de esa gente que se ha dejado la vida por las empresas, pero como eres un número y les importas un pimiento".