Hay que ver la enorme capacidad de influencia social que tiene este blog, jajajaja... ¿Será acaso Gallardón lector de La nota discordante?
¿Se acuerdan de la entrada de El carrito de la compra y el autobús? Pues ha sido publicar esa denuncia y resulta que la EMT ha cambiado de inmediato la norma.
Leo hoy en la prensa que, desde octubre, el folleto Muévete mejor en autobús establece nuevas reglas de acceso a los autobuses de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid y concreta algunas de las previamente existentes.
Respecto al asunto que yo planteaba, los carros de la compra, la nueva normativa ahora por fin lo permite expresamente para que no haya dudas, aunque condicionado a la ocupación real o previsible del vehículo, un planteamiento lógico. El folleto dice textualmente:
"Si viajas con carro de la compra, ten en cuenta las siguientes normas:
- El acceso a nuestros autobuses con carros de la compra se realiza por la puerta delantera y está condicionado a la ocupación real del vehículo o la prevista por el conductor.
- Si el autobús no dispone de espacio habilitado para llevar el carro de la compra, éste se situará junto a la plataforma para silla de ruedas, debidamente sujeto y perpendicular al sentido de la marcha, para evitar que se desplace".
En fin, que hay veces, no muchas, que se acaba imponiendo lo razonable frente a lo absurdo. Ahora veremos si los conductores lo aplican y si no abusan de un criterio exagerado en eso de la ocupación prevista...
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Carros de la compra: ahora sí
El carrito de la compra y el autobús
Escribía Juan López de Uralde, director general de Greenpeace España, que en nuestro país consumimos nada menos que 10.500 millones de bolsas de plástico, de las cuales sólo un 10 % aproximadamente se recicla. Sí, no es una errata: 10.500 millones... Ya está bien, ¿no?
En mi caso, las uso luego para residuos, con lo cual nunca compro bolsas de basura específicamente, sino que reutilizo las de los supermercados.
Aun así, tenía previsto comprar una bolsa de tela para las compras pequeñas y un carrito –que hasta ahora no tenía- para las compras un poco más voluminosas.
Como no suelo comprar en grandes superficies, sino en autoservicios medianos cerca de casa, en lugar de venir cargado con seis bolsas de plástico pensaba que el uso de un carrito me lo agradecerían tanto mi espalda como el medio ambiente.
Y ahí empieza mi odisea. Para comprar el carrito sí fui a una gran superficie, porque no había visto que los vendieran en ningún establecimiento cercano. Para ello tomé un autobús –son dos o tres paradas hasta el Carrefour más cercano-.
Compré el carrito, aproveché para comprar algunas cosas más y, como me conozco a mis clásicos por esta primera vez metí la compra en bolsas de plástico antes de introducirla en el carro.
Cuando vaya a comprar de ordinario, puedo ir perfectamente caminando con el carrito, porque me desplazo a un supermercado cercano. Pero ese día había comprado el propio carro y no estaba tan cerca como para regresar andando.
Cuando me dispongo a subir al autobús el conductor me dice:
- No se puede subir con un carrito.
- ¿Por qué? –pregunto, ingenuo de mí.
- Porque no se puede.
- Ya, pero ¿por qué no se puede? -uno, que es así de maniático de los razonamientos.
- Pues porque lo digo yo.
Acabáramos. Otro españolito al que le dan un uniforme y considera que su palabra se convierte en norma de obligado cumplimiento para todos los demás.
- ¿No me va a hacer caso, verdad? –me pregunta él, al ver que no me apeo.
- No.
- Pues ya veremos qué pasa –me amenaza, aunque no sé muy bien con qué.
- Usted haga lo que tenga que hacer. Si es “porque lo digo yo”, no me voy a bajar. Si hay alguna norma, sí.
- Es que sí que hay una norma –ve la luz.
- ¿Y qué norma es ésa?
- Pues una que prohibe subir carritos de compra al autobús- puestos a inventarse la norma le faltó añadir: "carritos de color verde, como el tuyo, espabilao".
- Me conozco las normas de los autobuses y no hay ninguna que diga eso.
- Mírelo, está por ahí atrás.
- Ya lo he mirado muchas veces -dije con seguridad, aunque me lo inventaba-. La única que hace referencia a carros se refiere a carros de bebé y sólo prohíbe subir más de uno simultáneamente o subir uno en momentos de máxima ocupación del vehículo y ahora mismo vamos cuatro gatos. También hay otra norma que prohíbe subir objetos o equipaje que por su volumen puedan molestar a los viajeros, pero aquí ahora hay viajeros que llevan objetos más voluminosos que este carrito y no creo que haya nadie a quien yo vaya a molestar -sí, me puse un poco repelente, pero se lo merecía.
- ¿No se da cuenta de que estamos al lado de un centro comercial y, si permitimos a uno, todo el mundo haría lo mismo? - Eso ya me empezaba a sonar a argumento medio razonable, aunque un tanto rebatible.
- ¿Y si lo pliego? –no hay nada como darles una salida.
- Si lo pliega, entonces sí -repuso aliviado.
- Perfecto, pues me bajo para no molestar si va a entrar alguien, lo pliego y subo de nuevo.
Saco las bolsas de plástico con la compra, las llevo en una mano y llevo el carrito plegado en la otra. Pico mi billete y entro al fondo del vehículo. Ni que decir tiene que de esta forma la compra, con las bolsas depositadas en el suelo y el carro por otro lado, ocupa más espacio y, si el autobús hubiera estado más lleno, molestaría mucho más, pero buscar racionalidad en cómo funcionan las cosas en España es absurdo.
Hasta no hace demasiado tiempo no se permitía tampoco subir carritos de bebé, hasta que la protesta de una ciudadana y su eco en los medios consiguió que la EMT se lo plantease y lo regulara. Así que no sé si escribir a Miguel Sebastián, ese simpar ministro y singular ex-candidato a la alcaldía de la capital que soluciona la eficiencia energética de todo el país quitándose la corbata en el parlamento. Seguro que de esto podría hacer una auténtica cruzada contra el Ayuntamiento madrileño, por antiecológico, puesto que obliga a la gente a utilizar vehículo privado –más contaminante- en vez de transporte público cuando van a la compra, o bien a tener que comprar con bolsas de plástico –también más contaminantes- en vez de con carrito.
(Fotografía: Pamplona, de Hireen, de la galería Creative Commons de Flickr).
En mi caso, las uso luego para residuos, con lo cual nunca compro bolsas de basura específicamente, sino que reutilizo las de los supermercados.
Aun así, tenía previsto comprar una bolsa de tela para las compras pequeñas y un carrito –que hasta ahora no tenía- para las compras un poco más voluminosas.
Como no suelo comprar en grandes superficies, sino en autoservicios medianos cerca de casa, en lugar de venir cargado con seis bolsas de plástico pensaba que el uso de un carrito me lo agradecerían tanto mi espalda como el medio ambiente.
Y ahí empieza mi odisea. Para comprar el carrito sí fui a una gran superficie, porque no había visto que los vendieran en ningún establecimiento cercano. Para ello tomé un autobús –son dos o tres paradas hasta el Carrefour más cercano-.
Compré el carrito, aproveché para comprar algunas cosas más y, como me conozco a mis clásicos por esta primera vez metí la compra en bolsas de plástico antes de introducirla en el carro.
Cuando vaya a comprar de ordinario, puedo ir perfectamente caminando con el carrito, porque me desplazo a un supermercado cercano. Pero ese día había comprado el propio carro y no estaba tan cerca como para regresar andando.
Cuando me dispongo a subir al autobús el conductor me dice:
- No se puede subir con un carrito.
- ¿Por qué? –pregunto, ingenuo de mí.
- Porque no se puede.
- Ya, pero ¿por qué no se puede? -uno, que es así de maniático de los razonamientos.
- Pues porque lo digo yo.
Acabáramos. Otro españolito al que le dan un uniforme y considera que su palabra se convierte en norma de obligado cumplimiento para todos los demás.
- ¿No me va a hacer caso, verdad? –me pregunta él, al ver que no me apeo.
- No.
- Pues ya veremos qué pasa –me amenaza, aunque no sé muy bien con qué.
- Usted haga lo que tenga que hacer. Si es “porque lo digo yo”, no me voy a bajar. Si hay alguna norma, sí.
- Es que sí que hay una norma –ve la luz.
- ¿Y qué norma es ésa?
- Pues una que prohibe subir carritos de compra al autobús- puestos a inventarse la norma le faltó añadir: "carritos de color verde, como el tuyo, espabilao".
- Me conozco las normas de los autobuses y no hay ninguna que diga eso.
- Mírelo, está por ahí atrás.
- Ya lo he mirado muchas veces -dije con seguridad, aunque me lo inventaba-. La única que hace referencia a carros se refiere a carros de bebé y sólo prohíbe subir más de uno simultáneamente o subir uno en momentos de máxima ocupación del vehículo y ahora mismo vamos cuatro gatos. También hay otra norma que prohíbe subir objetos o equipaje que por su volumen puedan molestar a los viajeros, pero aquí ahora hay viajeros que llevan objetos más voluminosos que este carrito y no creo que haya nadie a quien yo vaya a molestar -sí, me puse un poco repelente, pero se lo merecía.
- ¿No se da cuenta de que estamos al lado de un centro comercial y, si permitimos a uno, todo el mundo haría lo mismo? - Eso ya me empezaba a sonar a argumento medio razonable, aunque un tanto rebatible.
- ¿Y si lo pliego? –no hay nada como darles una salida.
- Si lo pliega, entonces sí -repuso aliviado.
- Perfecto, pues me bajo para no molestar si va a entrar alguien, lo pliego y subo de nuevo.
Saco las bolsas de plástico con la compra, las llevo en una mano y llevo el carrito plegado en la otra. Pico mi billete y entro al fondo del vehículo. Ni que decir tiene que de esta forma la compra, con las bolsas depositadas en el suelo y el carro por otro lado, ocupa más espacio y, si el autobús hubiera estado más lleno, molestaría mucho más, pero buscar racionalidad en cómo funcionan las cosas en España es absurdo.
Hasta no hace demasiado tiempo no se permitía tampoco subir carritos de bebé, hasta que la protesta de una ciudadana y su eco en los medios consiguió que la EMT se lo plantease y lo regulara. Así que no sé si escribir a Miguel Sebastián, ese simpar ministro y singular ex-candidato a la alcaldía de la capital que soluciona la eficiencia energética de todo el país quitándose la corbata en el parlamento. Seguro que de esto podría hacer una auténtica cruzada contra el Ayuntamiento madrileño, por antiecológico, puesto que obliga a la gente a utilizar vehículo privado –más contaminante- en vez de transporte público cuando van a la compra, o bien a tener que comprar con bolsas de plástico –también más contaminantes- en vez de con carrito.
(Fotografía: Pamplona, de Hireen, de la galería Creative Commons de Flickr).
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