El frágil arte de un gesto sencillo

Una de mis canciones favoritas (para mi gusto, la mejor de todas las buenas que tiene Lluis Llach) es Un núvol blanc.

Ayer decidí hacer tregua en el agobio profesional y me tomé la tarde libre, algo casi inaudito (por contra, había trabajado el fin de semana). Con mi cansancio no sé si aporté mucho a las personas que compartieron su tiempo conmigo, me temo que no. Primero fue comida, té con hierbabuena, conversación y larga (que a mí se me hizo corta) tarde muy agradable con compañía fascinante. Y a continuación una improvisada y cálida cena con otra persona a la que quiero mucho, que representa siempre una estimulante presencia en mi vida y que lo paso muy bien con ella. Y, sin embargo, hoy me ha amanecido un día tristoncillo. Uno de esos días tontos que a todos nos surgen de vez en cuando, con razón o sin razón aparente. Así que ha habido un rato que me apetecía darme el gusto de escuchar una vez más esta preciosa canción. Y seguir construyendo ese nido en mi árbol. Esté o no luego vacío. Siempre con una nube blanca colgada de una rama.

Y he encontrado la canción, además, con esta maravilla de coreografía o escenificación de Tranuites Circus, así que la comparto aquí. Saboreenla, que merece la pena.

Cada vez que siento que “senzillament i com si res, la vida ens dóna i pren paper”, me gusta dejarme envolver por esta hermosa melodía y estas palabras. Creer que “a voltes, el fràgil art d'un gest senzill" puede decir tantas cosas...

"Només així, em deixo que tu em deixis
així només, et deixo que ara em deixis.
Jo tinc, per a tu, un niu en el meu arbre
i un núvol blanc, penjat d'alguna branca".

Costa Rica (IV). Arenal y La Fortuna

A William (un amabilísimo guía naturalista del Parque Nacional del Volcán Arenal, al que era una gozada escuchar) se lo contó su abuelo. Un día oyeron cómo la montaña rugía, les entró el miedo y la familia se marchó del pueblo. Su intuición quizá les salvó la vida.

El 29 de julio de 1968, tras más de cuatro siglos dormido, el volcán Arenal despertó de nuevo. Las estruendosas explosiones dieron origen a ríos de lava que arrasaron dos pueblos, mataron a cerca de ochenta personas y a miles de cabezas de ganado. Lo que hasta ese día habían sido fértiles terrenos de cultivo se convirtió en una extensión de color ceniza.

La situación recuperó la normalidad y, aunque este volcán está todavía entre los diez más activos del mundo, se encuentra diariamente controlado.

A unos kilómetros está el Lago Arenal, un embalse construido en 1979 a partir de una pequeña laguna inicial, anegando varios de los antiguos pueblos. Ocupa más de 80 km2 y se utiliza para abastecimiento de agua y generación de energía hidroeléctrica.


Para llegar a las inmediaciones del volcán se puede acceder por varios senderos, atravesando zonas de precioso bosque tropical. Sólo ya el paseo, entre vegetación espectacular y avistando algunos curiosos animales, merece mucho la pena.






¿Qué hicimos tras encontrar este cartel? Pasar, claro.


El volcán denotaba actividad –se escuchaban fuertes retumbos cada poco tiempo- pero no podíamos ver la posible erupción porque era un día lluvioso y la niebla cubría la cumbre.


El volcán Arenal tiene unos 1.700 metros de altitud. Normalmente emite gases y vapores de agua y, en algunas ocasiones, lanza materiales piroclásticos que son los que aparecen en las fotografías más llamativas de los folletos turísticos y las postales.

Las erupciones han cambiado de dirección en varias ocasiones. Antes los hoteles se construían y anunciaban con vistas a las erupciones del volcán Arenal, pero en la actualidad la orientación de las erupciones es hacia otra cara de la montaña.


La zona de influencia del Volcán y los bosques cercanos están protegidos como Parque Nacional desde 1994.

Una curiosidad: a esta flor los naturales de allí la llaman banderita española por su colorido rojo y amarillo.



Algunos hoteles y establecimientos de estas poblaciones cuentan con piscinas que se nutren normalmente de agua de manantiales volcánicos, por lo que uno puede darse un agradable baño en aguas termales, por ejemplo las procedentes del río Tabacón.

Dentro del Parque, en término municipal de La Fortuna, se encuentra otra maravilla natural: un par de espectaculares saltos de agua. El más grande de ellos es la catarata de La Fortuna, de 70 metros de altura, que cae por un cañón de roca volcánica.

En Tortuguero me había dedicado a explorar las zonas donde los habitantes de allí me decían que se habían detectado cocodrilos (pude ver un perrito al que uno de estos reptiles le había mordido una pata) y a las horas en las que suelen descansar en la orilla de los canales, para intentar fotografiarles. Mi búsqueda fue infructuosa y, finalmente, nos tuvimos que conformar con fotografiarles ya en la zona de Arenal, en una pequeña laguna cercada que había en el complejo de un hotel y que no es, desde luego, su hábitat natural, sino que están ahí en realidad para exponerles a los visitantes.


También en los alrededores de ese establecimiento hotelero encontramos al curioso basilisco, casi mimetizado con el color de la vegetación. Este animal es otra especie de lagarto, similar a las iguanas, aunque más esbelto y con unas características crestas en su lomo.


(Fotografías del autor).

Héroes anónimos

Me han dejado sin palabras el amor y la entrega reflejados en este video que me han enviado.


Nosotros, mientras, atentos a las apasionantes polémicas familiares de Andrés Pajares y su troupe. Por ejemplo.

Recordaba la tarde anterior...

... las palabras, los detalles, la complicidad recién nacida... Y caminaba por la calle sonriendo a todo el mundo sin darse cuenta. Los demás le miraban pensando por qué irá sonriente este imbécil. Pero esta mañana le daban igual esos demás.


(Fotografía: Pareja de bicicletas, Travesía Uruguay 2006, de Es, de la galería de imágenes Creative Commons de Flickr).

¿Somos lo que jugamos?

De pequeño yo tenía mucha tendencia a hacer el payaso. O sea, como de mayor. Tendría unos cuatro años cuando, acompañado con una guitarrilla de juguete, cantaba, por ejemplo, María Isabel, de Los Payos -manda narices la cosa- y me mosqueaba si mis padres y mis tíos no aplaudían y, cuando por fin me hacían caso, doblaba el espinazo y decía muy ceremonioso “gracias, gracias”. También era el autor de unos tebeos manuscritos, llenos de cuentos, dibujos, historietas, chistes, pasatiempos..., que igualmente estaba obligada a leer mi familia (qué cruz, los pobres)… Y a veces me disfrazaba y me convertía en el payaso Trompetilla, un personaje de mi creación…


Pero uno de mis juegos más recurrentes era el de las oficinas, claramente imitando a mi padre. Mi oficina, repleta siempre de papeles, estaba montada en el desván (el sobrao dicen en mi pueblo) de la casa de mi abuela. Y allí jugaba a veces solo, a veces con mi hermana Tere y mi primo Raúl, a atender al público que iba a aquella oficina.


Cuando iba a ver a mi padre a su trabajo, siendo yo un renacuajo, le escuchaba atentamente lo que él hablaba con otros mayores. Y luego intentaba reproducir en mi pequeña oficina esas conversaciones: “Dña. Felipa, esta cartilla que usted me trae está extraviada”. Y yo lo decía con enfado. Me molaba esa palabra, tenía que ser algo muy grave y, en consecuencia, yo echaba la bronca con toda la razón a Dña. Felipa. Mi prima Teresa, que era unos años mayor que yo y estaba por allí ese verano, me corregía: “¿Cómo te la va a traer si dices que está extraviada? ¿Tú sabes lo que quiere decir 'extraviada'?”. Yo negaba con la cabeza. “Pues quiere decir que se ha perdido. Tienes que elegir otra palabra”.

Años después, yo lo recuerdo, claro. Pero lo asombroso es que Teresa se acuerda con todo lujo de detalles. Hasta de Dña. Felipa. Me parto.

Ella sostiene ahora que padezco la maldición de haber acabado trabajando en un despacho, agobiado de papeles, por haber jugado de pequeño a las oficinas.

Estos días, cuando miro el montón de declaraciones de la renta, de demandas, de escrituras… me pregunto por qué no me daría a mí por jugar a ser un millonario mecenas, un explorador que viajaba por todo el mundo o el superhéroe que rescataba a la chica guapa.

(Fotografía: Juan Bautista Galán.
Ahí estaba yo en la terraza de nuestro bar escribiendo y dibujando un cuento que se llamaba La Loca, por el que luego me dieron un premio en un concurso de la Editorial Pascal. Me he fijado que a la loca protagonista del cuento la pintaba con un embudo en la cabeza y un calcetín de cada color...).

Libros, amistad, vida

Hay días que no pasarán a tu pequeña historia personal, que no dejan ninguna huella. Nunca te escucharás a ti mismo preguntando, por ejemplo: "¿recuerdas aquel día en que te levantaste, tomaste un café, te pasaste toda la mañana haciendo gestiones en Hacienda y en el banco y luego te fuiste a casa a comer?”. Pero sí te podrías escuchar diciéndole a un buen amigo: “¿te acuerdas de aquel día que comimos conejo con Dragó y nos partimos de risa, y que luego tú y yo terminamos hasta las mil por Latina, y me contaste que… y yo te conté lo de…?”.

El de ayer fue uno de esos días llenos de cosas que dejan huella, de muchas cosas para recordar. Desde la mañana a la noche.

La semana anterior había ido por la Feria del Libro, como cada año. En una tarde lluviosa, compré varias cosas, entre ellas un libro de Lorenzo Silva sobre Marruecos (muy afectuoso el escritor, al que el año pasado dediqué una pequeña entrada en el blog y me contestó) y la última novela de David Trueba. Y pasé a saludar a Fernando Sánchez Dragó, recién regresado de su viaje por Arizona, y así concertar una comida.


Aprovechando que se pasa tres fines de semana firmando en la Feria del Libro mañana y tarde, ya tenemos instituida como tradición la de quedar uno de esos sábados a comer por la zona con un grupo de amigos. Normalmente la cita es en casa de Miguel, que vive por allí, y así estamos más tranquilos, evitando que nadie esté con la antena puesta desde la mesa de al lado. Pero ayer esta opción no podía ser y comimos en un restaurante asturiano, La Hoja-La Fueya. Buena comida, buena sobremesa y buena compañía.

Conversación vibrante, interesante y divertidísima: toros –inevitable José Tomás-, literatura, sexo (esto fue, qué casualidad, lo que más despertó el interés de Carlos V.), televisión, cine, política, viajes… Y risas, muchas risas.

Carlos V. estaba con el punto y tuvo intervenciones triunfales. Todavía estoy intentando recordar lo que soltó sobre su admiración por Jordi Hurtado (el presentador del concurso Saber y Ganar) porque era partiente, no tenía absolutamente ninguna relación con lo que estábamos hablando y nos dejó a todos perplejos. Pero el caso es que a él le gustaba Jordi Hurtado y quiso aportar este dato imprescindible.

De las mil anécdotas de Fernando, compartiré aquí dos de las que se pueden contar. La primera vino a propósito de que él no deja indiferente a nadie y que tiene muchos seguidores entusiastas pero también, como es evidente, una legión de gente a la que le cae mal. Resulta que Dragó tiene un amigo con cierto parecido físico a él. Una vez le contaba que se le acercó un tipo en un bar y le dijo:

- ¿Tú eres Sánchez Dragó?
- No
–le aclaró.
- Pues te acabas de librar de dos hostias…

La otra es una historia de bookcrossing de las que complacen al autor del libro y de las que Jung hubiera analizado en caso de haberla conocido. Llegó Fernando a un hotel -no recuerdo en qué ciudad del mundo- y encontró un libro que algún huésped anterior había dejado en la habitación. Para su sorpresa, era su propia novela El camino del corazón. La dedicatoria: “Para quien tenga la suerte de encontrarlo…”. Impagable para un escritor.

Tres horas y pico después, ya sin ningún comensal más en el restaurante, Fernando se fue a seguir firmando libros y el resto continuamos la animada sobremesa.

Tras una intensa tarde, dos supervivientes del grupo inicial, Carlos V. y yo, acabamos por Latina en una noche de cubatas y confidencias, dando un completísimo repaso a las tres heridas de Miguel Hernández, la de la muerte, la de la vida y la del amor. Tocaba puesta en común y brindis de despedida, antes de su viaje a Argentina.

Si entablo conversación con algún desconocido en un bar de copas, generalmente no es un tío, normalmente más bien será una desconocida. Pero ayer hubo una excepción. A un chico muy jovencillo le estaban dibujando una caricatura y, mientras el artista le captaba sus rasgos con acierto, nosotros le habíamos ido haciendo algunos comentarios en plan viejos-mirando-una-obra. Más tarde vi que su panda estaba formada por cuatro chicos y una chica y que, obviamente, ella le gustaba. Bueno, a él, a los otros tres, a mí y a todos los demás que estaban en el pub... Al pasar le dije alguna frase cómplice y a partir de ahí resultó muy divertido. Yo creo que le apetecía compartirlo con alguien, porque eso no se lo cuenta a sus amigos (y rivales) y tampoco a la propia chica, y cuando se puso a hablar conmigo era como escucharme a mí mismo casi con veinte años menos. Qué risa me pasé con sus comentarios y qué familiares me resultaban. Era inteligente, ingenioso… y tímido. Descubrí que, con sus historias con las chicas, se había sentido identificado con las mismas películas que yo. Para mi sorpresa, me recitó algunas frases de Gabino Diego cuando está enamorado de Ariadna Gil en Los peores años de nuestra vida. Pero, para su sorpresa, yo las recordaba todas, porque habré visto también esa peli unas tropecientas veces. Él no conocía otra de Martínez Lázaro, Amo tu cama rica ("antes de encontrar a Sara, sólo había conocido dos tipos de mujeres: las interesantes... y las que se interesaban por él"), que es como el catón en estos temas de los tímidos y las mujeres, así que se la recomendé vivamente. En cuanto aparezca Pere Ponce en la pantalla se verá reflejado. Mientras todos seguían tonteando con la piba, ésta nos miraba de reojo viendo que su amigo y yo nos partíamos de risa hablando. Me fui, le dejé con la chica y le deseé mucha suerte. No sé cómo se llamaba él, pero perfectamente se podría haber llamado Carlos.

Al llegar a casa de madrugada, caí rendido. Esta mañana he amanecido con resaca y con un gato plácidamente dormido encima de mí. Prefiero otro tipo de despertares, la verdad. Pero no está mal levantarte con el recuerdo de tantos detalles para guardar, que me resultan (como los llamaría cierta persona llena de encanto) retales vitales de magia.

(Fotografías: Clara Montero)