El Comité Olímpico Español da marcha atrás, así que me parece que los espectadores de los encuentros deportivos seguirán cantando chunda-chunda cuando suene el Himno Nacional.
Antes de comentar qué opinión me parece lo del himno, la necesidad o no de que sea cantado y la letra propuesta, una primera reflexión es que esto de los símbolos nacionales en España es un caso muy peculiar. Cuando viajas por el mundo, te das cuenta de que en casi todas partes la gente tiene asumidos los símbolos que representan a su país. En algunos sitios, con un alarde para mi gusto exagerado, pero en la mayoría con bastante normalidad. Aquí, no.
Escribía una vez Juan Luis Cano (Gomaespuma) que si ves, por ejemplo, a un tipo con una bandera del Real Madrid, automáticamente piensas que será simpatizante del Real Madrid. Pero si ves a un tipo con la bandera de España, automáticamente piensas que será... de derechas.
Prescindo del problema específico de los nacionalismos separatistas (que no es que no se identifiquen con los símbolos españoles, sino que no se identifican con España misma). Me centro en los que sí se sienten españoles pero no se consideran representados por los símbolos nacionales o no se sentirían cómodos utilizando los mismos.
Esta patología nacional hunde sus raíces en varios episodios históricos. La II República cambió la que había venido siendo secularmente bandera española -incluido el período de la I República, en el que se mantuvo-. Esto provoca que, cuando estalla la guerra civil, los dos bandos no se identifican con una misma bandera nacional. Exactamente lo mismo pasó con el Himno, pues durante la II República el Himno de Riego sustituyó a la Marcha Real o Marcha Granadera. Y, finalmente, resulta que la restauración de la que había sido bandera española y del que había sido himno nacional durante siglos vino de la mano del bando nacional primero y de la dictadura franquista después, lo que condicionó muy negativamente su aceptación común.
Con ese antecedente, durante generaciones, media España no ha identificado esa bandera y ese himno con la nación, sino con un régimen, lo que provoca un serio problema de sentimientos.
Pero alguna solución habrá que darle, ya que -salvo el escudo- los símbolos no se cambiaron con la llegada de la democracia y no parece que haya otros que tengan mayor raigambre histórica o que susciten mayor consenso popular.
La izquierda española tuvo en sus manos haberlo resuelto, quizá lo tiene aún, promoviendo su uso y su aceptación de forma didáctica y evitando que sean patrimonializados por ciertos sectores. Porque a mi juicio no tiene tanta importancia cuáles sean en concreto los símbolos elegidos, si llevan una franja de un color o de otro, si las notas musicales son unas u otras, pero sí tiene cierta trascendencia política, sociológica y de homologación internacional que no seamos un caso único y extraño, y que haya unos símbolos comunes que nos representen a todos.
Repásese cualquier país que haya sufrido una dictadura: Chile, Argentina, Cuba, etc. Aunque los regímenes intentaron apropiarse de los símbolos del país, la oposición no renunció a ellos y los utilizó también como propios.
Santiago Carrillo decía que en alguna ocasión llegaron a plantearse en el PCE clandestino haber sacado a los trabajadores a manifestarse masivamente en la calle por las libertades portando banderas rojigualdas, porque eso hubiera descolocado a los grises en primera instancia y al propio aparato político franquista finalmente. Qué pena que no lo hicieran, porque hubiera contribuido a mostrar que la bandera era de todos y no del régimen, y porque uno de los grandes males políticos de este país, en mi opinión, es precisamente la carencia de sentido nacional en la izquierda, que se pueda tener un sentimiento de españolidad y a la vez un cierto sentido de la justicia social y que no parezca que ambos son incompatibles.
Y esta patológica costumbre de identificar la patria con determinadas formulaciones políticas está muy arraigada en la calle. Con ocasión de las encuestas que hacían estos días sobre la letra del himno, vi que en un video de la edición digital de El País salía una señora diciendo: “Lo de 'Viva España' a mí no me gusta, es que yo soy republicana”, que a mí me sono igual que “no me gusta mucho la velocidad, yo soy más de comer tocino”. ¿Qué pasa, que no se puede ser republicano y español a la vez? Está claro que siempre me toca ser un bicho raro. ¿No se puede gritar un viva a tu país si no eres monárquico? Que se lo digan a los franceses, o a los norteamericanos, o a centenares de pueblos del mundo…, que pueden vitorear a su nación cuando les place y a la vez son inequívocamente republicanos.
En fin, que a mí las exaltaciones patrioteras no me gustan, los nacionalismos de todo signo me repelen, pero me parece que esto no está reñido con asumir con normalidad tu pertenencia a una colectividad nacional, con su pasado, con su cultura y –sería lo deseable- con su proyecto de futuro compartido. Porque la pertenencia a un país no es anecdótica, determina muchos aspectos de tu carácter, de tus costumbres, del modelo de convivencia en el que te mueves… Y todos los países tienen unos símbolos para identificarse. No hay que sacralizarlos de forma fanática o exagerada, pero tampoco hay que prescindir de ellos, insisto en que deberían ser un signo de normalidad.
De hecho, en la vida cotidiana, los símbolos, los logos, las sintonías, etc. se usan con frecuencia y sin problemas. Los utilizan los clubes deportivos, las asociaciones de todo tipo, las empresas, los grupos musicales, las tribus urbanas, las marcas comerciales… Y resulta verdaderamente esperpéntico que no se puedan usar con normalidad los símbolos de tu país, pero sólo los de tu país, porque sí se pueden utilizar los de colectividades más grandes o más pequeñas. Si vas a una manifestación del 1º de mayo con una bandera europea, no pasa nada. Si vas con una bandera de Asturias, de Murcia o de Andalucía, tampoco. Pero si apareces con una bandera de España, es decir, la que representa a todos los trabajadores de este país, te mirarán como si fueses un bicho raro al que se le hubiese ido la pinza. Y eso no pasa en ningún lugar del mundo: los trabajadores franceses, alemanes, peruanos o ecuatorianos, por decir algunos, sí usan su bandera nacional sin reparos.
La verdad es que estaría bien que la derecha no hiciera un uso patrimonial de los símbolos nacionales, pero estaría mucho mejor que la izquierda hiciera un uso normal de los símbolos nacionales. Porque, por mucho que la derecha quisiera apropiárselos, si la izquierda no renunciase de facto a ellos, como hace, el problema posiblemente no existiría y los españoles seríamos normales en esto.
Bueno, y tras esta introducción, que no hubiera sido necesaria en cualquier otro lugar, pero que en España parece que sí lo es, en otra entrada daré mi parecer en concreto sobre el himno y sobre las letras que se han barajado.
Lo del himno (I). La patología de los símbolos en España
Ángel González
Poseía esa envidiable magia de poner los sentimientos en palabras y de hacer sencillo lo profundo.
Durante el franquismo, aquellos malos tiempos para la lírica, fue poeta de lo social, junto con la notable y fecunda generación poética de José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma o José Ángel Valente, entre otros. Más tarde, nos obsequió con los versos de amor que antes no había podido escribir, como decía Paco Ignacio Taibo, “por falta de tiempo y sobra de conciencia”.
Leer por vez primera a Ángel González fue para mí un gozoso descubrimiento. Después, esa poesía la he podido saborear en muchas circunstancias. Tengo siempre por casa, nunca demasiado guardada, una antología personal que publicó Visor con el título A todo amor, que incluía una grabación con la voz del autor. También me gusta escuchar el maravilloso disco que grabó el poeta al alimón con Pedro Guerra, La palabra en el aire.
En ese CD se incluye uno de sus poemas más conocidos, Me basta así:
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida
con tu propia
luz (…).
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento…
Ángel González nos deja otras muchas creaciones inolvidables (Ayer, Cumpleaños, esa ingeniosa Contra-Orden que oponía la poesía a las prohibiciones, ese A veces en que escribir un poema se parecía a un orgasmo, el Dato Biográfico tan visitado por cucarachas, su Inventario de lugares propicios al amor que está pegado en algunos vagones del metro de Madrid, Porvenir, Introducción a las fábulas para animales, esa maravilla que es La vida en juego...), pero si tuviera que quedarme con uno solo de sus poemas, elegiría sin duda éste, en el que retrata ese largo amor que algunas personas son capaces de mantener toda su vida y que incluso les trasciende:
Largo es el arte; la vida en cambio corta
como un cuchillo.
Pero nada ya ahora
-ni siquiera la muerte, por su parte
inmensa-
podrá evitarlo:
exento, libre,
como la niebla que al romper el día
los hondos valles del invierno exhalan,
creciente en un espacio sin fronteras
este amor ya sin mí te amará siempre.
La niña y los músicos
De muy pequeña, ya pedía a su padre que pusiera música en el coche y ella sola memorizaba enseguida las letras y las iba cantando, con su lengua de trapo que no podía ir al mismo ritmo que la propia canción.
Cuando ahora escucha, por ejemplo, un coro, se acerca con curiosidad infantil y observa atentamente a sus componentes, como si buscara dónde se esconde la clave de que puedan producir esos sonidos que a ella le cautivan.
Como todos los niños, Cris tiene su punto travieso, aunque sólo ha heredado una milésima parte del lado gamberro de su padre. Es inteligente, avispada y tiene un corazón de oro.
Llevábamos unos días en Moscú y ella había ido recogiendo todos los kopeks que encontraba por la calle. Los ciudadanos rusos desprecian esta moneda fraccionaria, que es una centésima parte del rublo y que, por tanto, sería equivalente aproximadamente a 0’03 céntimos de euro. Pero a Cristina le hace ilusión hallar monedas en el suelo, las recoge y las va guardando, haciendo de vez en cuando recuento, no sé si por simple colección o pensando en llegar a comprarse algo.
Está atardeciendo y vamos dando una vuelta por la ciudad. Entramos al metro y, caminando por un pasillo, encontramos a unos músicos callejeros, un cuarteto de cámara interpretando música clásica. Nos detenemos apenas un instante para ver qué dirección debemos seguir, pero Cristina se para y decide enseguida cuál va a ser su butaca de primera fila: se sitúa en el suelo frente a los músicos, completamente entregada.
Nosotros la observamos a prudente distancia. Los músicos ríen. Los transeúntes se paran a mirarla y comentan entre sí… Pero ella sigue ajena por completo a su alrededor, absorta, sólo concentrada en la música y sin perder atención ni un instante.
Cuando terminan su interpretación, Cristina aplaude, se levanta muy decidida y, sin que nadie le diga nada, saca del bolsillo su pequeño tesoro y echa un puñado de kopeks a los músicos.
Éstos se miran y sonríen con ternura. Son apenas unos céntimos, pero sin duda serán las monedas más sinceras y valiosas que recauden ese día.
Recuerdos navideños y antinavideños
Las navidades de mi infancia eran geniales, como las de casi todo el mundo. ¿Qué niño se resistiría a aceptar con entusiasmo un programa que incluye vacaciones escolares de casi veinte días, dulces, aguinaldo, ambiente festivo en casa y en la calle y, como mágica guinda, regalos traídos por unos Magos desde el Oriente?
Hasta que tuve nueve años, más o menos, mi familia nunca comía o cenaba junta en todo el año, por motivos de trabajo. Sólo en esos días fantásticos se producía el milagro de sentarnos todos a la misma mesa.
Inolvidable ese belén naif que poníamos en casa, en el que los personajes, en lugar de tener los rostros tan solemnes de otros nacimientos, tenían una cara infantil y sonriente, en un escenario que construíamos con musgo y papel de plata.
Y nuestro árbol de navidad a mí me parecía el más original del mundo, porque usábamos un cactus muy grande –como los de las películas del Oeste- que tenía mi madre, al que adornábamos con cintas y bolas de colores casi en cada pincho.
Entrañable también la tradición de que mis primos vinieran a casa en Nochevieja después de cenar y estrenasen el año fumándose unos puros con mi padre y riéndonos juntos con las ocurrencias de Ángel y Domingo.
Y el día 6, el ritual: despertar a mis padres muy de mañana para enseñarles eso que nos habían dejado los Reyes mientras ellos, somnolientos, fingían sorpresa. Y encontrar aquellos mensajes de los Reyes Magos en los que comprobábamos, asombrados, el gran conocimiento que tenían de lo que habíamos hecho –¡ay, esos pajes mágicos que siempre te vigilaban sin que te percataras!-. Y también cómo, con una letra sospechosamente parecida a la de mi padre –aunque entonces no nos diésemos cuenta de ello-, Sus Majestades nos enseñaban, año a año, la lección impagable de ser un poco mejores personas, de que nada era de nadie y todo debíamos compartirlo, y de que no siempre nos traían lo que habíamos pedido porque a veces ellos consideraban que otros juegos nos vendrían mejor aunque ahora no nos diéramos cuenta. Y nosotros sin rechistar y sin una queja, porque que para eso eran Reyes sabios y lo que traían era de regalo, no se admitían reclamaciones. Y luego a media mañana, a visitar a mi abuela, y a mis tíos, donde también los Magos nos dejaban siempre algo.
Con la adolescencia y la juventud, ya no me gustaban las navidades. Los Reyes Magos casi se habían olvidado de nosotros y todo lo demás había perdido mucha magia. Pero, además, el ambiente consumista de estas fechas tan señaladas, la hipocresía colectiva y esa sensación de tener que divertirse por obligación me estomagaban. Y, bueno, que ya desde entonces tenía vocación de nota discordante.
En Kilómetro Cero, la revista cultural que editábamos en el pueblo, dedicamos un número a la navidad, con un artículo a favor, que escribió Nuria, y un artículo en contra que escribí yo. Todavía lo tengo por ahí, despotricando punto por punto, sobre todo lo que no me gustaba de la navidad: la lotería que no me tocaba, los villancicos que me parecían estridentes, el champán que me daba dolor de estómago hoy y de cabeza mañana, la falsedad de tantas felicitaciones, el bombardeo de anuncios, el olvido al que me sometían los Reyes Magos…
Con todo, en aquella época resultaron divertidas algunas salidas en pandilla, y algunos ligues en Nochevieja fueron momentos dulces.
Unas navidades, mi amigo Mario, mi hermana Tere y yo decidimos montar un festival en el pueblo. Reclutamos a más gente joven, que participó con entusiasmo y creatividad. Mario y yo escribimos una obra de teatro –qué pena que no hayamos conservado el guión- en la que imaginábamos que el nacimiento de Jesús se producía en el actual Belén y la noticia llegaba a la sociedad de aquel momento. Por la obra pasaban una familia medio normal, el presidente norteamericano (creo que Reagan), un político español (que era un trasunto de Fraga, la diana favorita entonces para nuestros dardos por lo caricaturesco que nos parecía…) y una niña, que al final era quien encarnaba el sentimiento más auténtico. La obra pretendía ser crítica con el consumismo navideño y yo ahora la recuerdo –supongo que con la deformación del tiempo- como ingenua, disparatada, irreverente e ingeniosa. Junto con la representación teatral, hubo también música, canciones, trucos… y yo me empeñé en leer un poema.
No tenía remedio. Allí me planté en medio del escenario, sentado en un taburete y delante de un micrófono y leí el más hermoso y triste poema que conozco sobre la Navidad, uno de Alfonso López Gradolí.
tantas cosas perdidas, rostros, frases sueños,
unos nombres que fueron.
Creo que nadie me escuchó y tengo la sensación aún hoy de que todo el mundo estaba hablando mientras yo leía. Pero a mí, con dieciocho años, me daba igual, porque me bastaba con que alguien, en algún rincón de la última fila, pudiera estar percibiendo la belleza de aquellas palabras. O quizá ni eso, era lo que me pedía el alma, y a esa edad uno es asombrosamente atrevido.
El poema hablaba de ausencias. Y no sé por qué me sentía prematuramente identificado con aquellos versos. Al final, llegó esa otra navidad, la navidad que ya no fue blanca, la navidad que cambió las cosas, la navidad presentida en el poema. Aquella Nochevieja que sabía la última, mi padre, gravemente enfermo, me daba sus últimos consejos para cuando él no estuviera, mientras un nudo en la garganta no me dejó articular palabra ni decirle nada, en lo que fue sin duda el trago más duro de toda mi vida. Por la noche, cuando terminamos de cenar y mi hermano fue el primero en ir a verle a su dormitorio, le dijo que se encontraba “bien, aunque me sentía un poco solo” y le ordenó: “mira a ver, que en la librería habrá unos puros para cuando vengan tus primos”. Mis primos, dadas las circunstancias, no tenían intención de venir a festejar nada y menos a fumar delante de mi padre. Hubo que llamarles para que hicieran de tripas corazón y vinieran un año más a ver a su tío, al que el cáncer se iba a llevar pocos días después.
Ya nunca me reconcilié con las navidades. Supongo que sólo los hijos te reconcilian con ellas tiempo después.
Los siguientes años, las fiestas y la ilusión tenían ya nombre vasco de mujer. Y mis mejores recuerdos son cuando me decían “te ha traído un detallito el Olentzero”, o cuando nos íbamos a Bilbao y los carteles te deseaban “zorionak eta urte berri on”, cuando paseábamos en vísperas de Reyes por el botxito iluminado hasta llegar al Arenal, y me encantaba cómo cada rincón que formase parte de su vida pasaba a ser parte de la mía. También recuerdo con especial cariño aquella Nochevieja en que la nieve nos dejó atrapados en Madrid y los dos solos en casa, tuvimos una cena improvisada a toda prisa que a mí me pareció maravillosa.
Cuando ya no tuve pareja, cenaba con mi familia en Nochebuena y Nochevieja y luego me escapaba a vivir los Reyes con mis amigos Mario y Clara, a revivir aquella vieja ilusión ahora en los ojos de su hija, Cristina.
En los últimos años, tras la cena familiar de Nochebuena, me marcho de viaje fuera de España. Ahora la mejor opción me parece aprovechar estos días para desconectar, porque viajar es una de las cosas que más me divierte. Pero es verdad, por qué no reconocerlo, que esos viajes tienen también mucho de huida.
Porque ya no tengo esa maravillosa inconsciencia de los dieciocho años, ese valor para salir al escenario de la vida y, sin importarme nadie ni nada, recitar otra vez aquellos versos de Gradolí:
Hoy te recuerdo
como nunca pensé podría hacerlo...
Buenos y felices por decreto
El título podría servir perfectamente para reflexionar sobre estas fechas que se nos avecinan, pero no va por ahí.
Cada vez más, nuestros políticos actúan como si las leyes por sí solas pudieran cambiar las cosas. No es que ellos lo crean así, sería demasiada ingenuidad. Sucede, seguramente, que han llegado a la conclusión de que, como resolver problemas complejos es a su vez complejo, resulta más vendible y electoralmente más rentable promulgar una ley. Cuando se quieran evaluar los resultados de la misma, ya habrá transcurrido un plazo razonable, con lo cual habrá ocasión para renovar la confianza electoral, para echar la culpa a los ciudadanos (esos señores que no compran conejo en Navidad y que dejan un euro de propina cuando toman café, los muy irresponsables), para que la gente se haya distraído en otras cuestiones... o para huir hacia delante promulgando una nueva ley que sustituya a la anterior.
Yo sí creo que las leyes son necesarias para cambiar las cosas, pero no suficientes. La realidad es más compleja y, como señala el artículo 9.2 de la Constitución, los poderes públicos tienen la obligación de promover condiciones, buscar efectividad, remover obstáculos, incidir socialmente…Como eso es indudablemente difícil, los políticos se quedan en la mera proclamación formal de derechos, obligaciones y principios.
¿Que en España hay una cifra de accidentes laborales exagerada? Pues, en vez de hacer que se cumplan las normas de seguridad, se aprueban sucesivas reformas que las aumenten y, de paso –esto es una afición que no falla- que incrementen todo lo posible la burocracia. Muchos empresarios y muchos trabajadores siguen sin cumplir medidas elementales, pero todas las empresas tienen más papeles en sus estanterías por si llega un inspector.
¿Que hay inmigración ilegal, porque el sistema económico mundial fomenta la emigración forzosa de quienes no tienen cubiertas ni sus necesidades básicas? Pues sacamos una norma que legaliza a los que hay y que dice: es la última vez, hasta aquí hemos llegado, regularizamos a éstos pero ya queda prohibido que entren más, ¿eh? Y como todo el mundo sabe, no ha vuelto a entrar nadie ilegalmente en España desde entonces y el problema de los sin papeles quedó resuelto.
¿Que existe un problema de malos tratos en el ámbito familiar? Pues se promulga una Ley de Violencia de Género y asunto arreglado. Las víctimas siguen aumentando, pero ¿para qué vamos a cuestionarnos otros aspectos –educativos, sociales, informativos...- si ya tenemos una ley?
¿Que existe una atención insuficiente a las personas en situación de dependencia? Pues hacemos una Ley de Dependencia y en paz. A fecha de hoy, casi un año después, sigue sin cumplirse, pero nadie lo denuncia. Este año sólo hubiera cubierto a los dependientes severos -a pesar de que la publicidad nos hace creer que afecta a todos- pero es que, incluso respecto a esos grandes dependientes, no se están resolviendo las solicitudes presentadas ni concediendo aún las ayudas y el año está a punto de terminar. No conozco a ningún solicitante que, desde el mes de abril en que se abrió el plazo de solicitud, haya recibido ni un solo céntimo en las dos comunidades autónomas donde me suelo desenvolver. Pero, exceptuando a los propios afectados, lo que le llega a la mayor parte de la gente es una bonita campaña publicitaria del Gobierno diciendo que ahora los dependientes tienen ya la vida resuelta.
¿Que la discriminación por razón de sexo sigue manifestándose en muchos ámbitos? Pues nada, una Ley de Igualdad y todo solucionado. Junto con algunas medidas muy positivas (permiso de paternidad, cambios en la maternidad, etc.) se incluyen un montón de declaraciones meramente literarias y algunas ocurrencias paritarias, y eso se vende ante la opinión pública como un avance que ha terminado con siglos de desigualdad familiar y laboral.
En esta línea, ayer el Congreso decidió terminar con los malos tratos a menores. Es que están lanzados. El Código Civil decía que los padres podrían “corregir razonable y moderadamente a los hijos”. Según el Gobierno, eso era una puerta abierta al maltrato. No salgo de mi asombro: o yo no entiendo el castellano o no veo esa puerta por ningún lado. Y, desde luego, ningún Juzgado interpreta ese precepto como legitimador del maltrato. El maltrato infantil ya está claramente prohibido y castigado en el Código Penal, no hace falta modificar la ley para que sea así. Lo que hay que hacer es establecer medidas para cumplirla y aplicarla. Ayer, tras amplio debate, se ha suprimido esa frase. ¿Esto quiere decir que los padres ya no podrán corregir razonable y moderadamente a los hijos? No entiendo nada.
Así que, además de resolver de un plumazo la siniestralidad laboral, la inmigración ilegal, la violencia doméstica, las carencias de los dependientes y la discriminación a la mujer, como guinda de la legislatura acabamos de solucionar también por ley el maltrato a menores. Otro problema menos. Qué afortunados somos con legisladores tan eficaces.
Para el año que viene espero que los que salgan elegidos prohíban por ley la infelicidad, el dolor, la enfermedad o incluso el aburrimiento. Serían también avances históricos.
Cada vez me parece más razonable uno de los consejos que D. Quijote le daba a Sancho Panza cuando éste era gobernador de la Ínsula Barataria: “No hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y cumplan, que las pragmáticas que no se guardan es lo mismo que si no lo fuesen”.
(Ilustración: Pablo Egea Palomares, Justicia de los Reyes. Banco gratuito de Imágenes del CNICE-Ministerio de Educación).
Tía Ana
En mi vida de estos últimos días, mis asuntos particulares se siguen superponiendo a los que pudieran tener interés general. Imagino que a muchos lectores del blog no les dirán nada estas historias tan personales, pero no sería fiel a lo que pienso y a lo que siento, a lo que ahora ocupa mi mente y mi corazón, si hablase de otras cosas. Lo malo es que, si ayer era la celebración de un cumpleaños especial, hoy lamentablemente es una vivencia triste.
Tío Juan y tía Ana eran nuestros familiares que vivían en Zaragoza. En realidad, tío Juan era primo hermano de mi padre, ya fallecido. En muchas familias a nuestro parentesco no lo llamarían tío sino primo, pero para nosotros siempre han sido nuestros tíos. Por un lado, porque mi padre y él eran primos hermanos de doble vínculo, o sea, sus padres fueron dos hermanos que se casaron con dos hermanas, los Galán y las Estévez. Pero, sobre todo, porque, desde que tío Juan quedó pronto huérfano, siempre habían vivido puerta con puerta, se habían tratado como si fueran hermanos y habían estado estrechamente unidos.
Mis tíos no tuvieron hijos, por lo que a todos sus sobrinos nos trataban con un cariño muy especial. Vivían en Zaragoza -la ciudad de mi tía- y venían todos los años a El Hoyo de Pinares (Ávila) -el pueblo de mi tío y el nuestro-, a pasar el verano.
Durante cada temporada estival, a lo largo de toda nuestra infancia, tío Juan y tía Ana eran nuestros acompañantes para ir a bañarnos a la piscina y en mil y una historias más.
Fomentaban, además, nuestros juegos, nuestra imaginación y nuestra creatividad. Por ejemplo, recuerdo que tío Juan organizaba una especie de concurso literario entre nosotros, en el que los sobrinos –individualmente o por grupos- escribíamos e ilustrábamos un relato. Al final todos recibíamos algún premio de distinto contenido –a la redacción, a la imaginación, a los valores humanos…-.
Nos traían siempre algún regalo, generalmente libros. A ellos les debo, entre otras muchas cosas impagables, el haber alentado mi afición a la lectura y buena parte de mi curiosidad intelectual.
Mi tío es muy aficionado a la fotografía y todos los veranos hacía muchas fotos. Al cabo de los años, tiene sin duda el álbum más completo de toda nuestra historia familiar. Por ejemplo, la foto de mi hermana Tere de niña que ilustraba la entrada anterior la hizo él, como tantas y tantas otras de una parte de nuestra vida que ahora podemos visualizar y de la que, de otra forma, no habría ningún testimonio gráfico y sólo estaría en nuestra memoria.
Mi hermano se llama precisamente como él, Juan Bautista, por esa cercanía y cariño que siempre han tenido nuestras familias.
La mañica tía Ana, siendo novia –o quizá ya joven esposa- de mi tío había sido a veces confidente de mi padre, esa amiga a quien le contaba amores, inquietudes, ilusiones o frustraciones.
Era también la persona creativa y habilidosa que nos regalaba a todos uno de los preciosos esmaltes que ella misma elaboraba, con el escudo de nuestras titulaciones universitarias cada vez que un sobrino se iba graduando.
Mi tía tenía también una curiosa y amplia colección de esas cucharillas -normalmente de plata aunque no siempre- que suele haber con los escudos de países o ciudades. En mis viajes, en los que cuento en el blog y en algunos otros anteriores, siempre que veía la cucharita con el escudo del lugar se la traía. Dado su grave estado de salud, ya no resultó oportuno ni tenía mucho sentido entregarle la última. Ahí anda, pues, de acá para allá en mi maleta, como sin saber dónde diablos quedarse, la cuchara con el escudo de Viena que ya nunca podré regalarle.
Esta noche ha muerto tía Ana. Si tuviera que resaltar un par de ideas sencillas pero esenciales, sin duda destacaria la larga historia de amor que han protagonizado mi tío Juan y ella, y también diría que fue lo más importante que se puede llegar a ser en la vida: una buena persona.
Hace unos años, cuando publiqué mi libro de recopilación de fotografías antiguas de nuestro pueblo, Imágenes del Ayer, les regalé un ejemplar a mis tíos con una dedicatoria. No la recuerdo literalmente, pero puse algo muy parecido a esto: "Cada verano se repetía una misma historia. Alguien decía '¡han venido tío Juan y tía Ana!' y ya había unos niños revoltosos corriendo como locos a encontrarse con vosotros. En vuestra maleta siempre nos traíais como regalo algunos libros, las fotos del año anterior y mucho cariño. Ahora, tantos años después, soy yo quien os regala un libro, unas fotos y también todo mi cariño".
Dentro de apenas unas horas saldremos hacia Zaragoza, para acompañarla en su último viaje al pueblo. Esta vez ya no vendrá con una maleta con libros y con fotos. Pero nos consta, lo hemos palpado y sentido estos días, que, en cada uno de sus últimos pensamientos, siguió manteniendo el cariño de siempre. El mismo con el que nosotros ahora, dolorosamente, tenemos que despedirla.
(Foto: tía Ana en la boda de Juan y Ruth, agosto 2006).

