Publicado en Diario de Sevilla, Diario de Cádiz, Diario de Jerez, Europa Sur, Málaga Hoy, Huelva Información, El Día de Córdoba, Granada Hoy y Jaén Hoy, 05/09/2026.
Les confieso una “frikada” personal: me gusta ver la entrega de los premios Princesa de Asturias. Siempre que me es posible, no me pierdo la gala, con una fidelidad que a algunas personas cercanas les resulta incomprensible. La razón es sencilla: durante esas dos horas tengo la sensación de vivir en el país que a mí me gustaría.
Es un país que enlaza su historia, sus lenguas y sus tradiciones con una mirada ambiciosa al futuro. Contemplo esa continuidad histórica: el viejo título de un reino medieval, que está en nuestras raíces y forma parte de nuestra identidad nacional, sirve, a la vez, para reconocer el talento del siglo XXI allá donde surge. Un país que apuesta -lamentablemente solo por una noche- por la investigación científica como motor de progreso, por la creación artística que hace más pleno al ser humano, por el deporte como escuela de esfuerzo, por la cooperación internacional como vocación. Un país que premia al científico que persigue una vacuna, al escritor que retrata su tiempo, al músico que traspasa fronteras, a la organización humanitaria que trabaja allí donde nadie mira. Un país, en fin, que asume de dónde viene y actualiza ese legado de universalidad.
Durante ese rato incluso puedo ser testigo de un cierto prestigio internacional: embajadores, premios Nobel, jefes de Estado y de Gobierno, académicos de medio mundo, todos reunidos en Oviedo para reconocer lo mejor de la condición humana. España se convierte en anfitriona del talento universal. Y yo lo disfruto.
Nunca olvido aquel discurso que pronunció Leonard Cohen al recoger el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 y que conmovió a todos cuantos lo escuchábamos. Emocionante, de una humildad y una hondura infrecuentes, hablando -por supuesto- de Lorca, pero también de la guitarra y del viejo profesor español del que aprendió sus primeros acordes en Montreal: “… Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país. Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra (…), en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra”. Creo que todos mis compatriotas deberían escucharlo detenidamente alguna vez.
Pero termina el acto, se apagan las luces del Teatro Campoamor y fuera sigue existiendo el mismo país de siempre, que no conoce bien su historia, que no la aprecia, que no se reconcilia con ella. Que se divide en dos bandos sectarios ante casi cualquier cosa, por nimia que sea. Que padece a un extremo que generalmente reniega del patriotismo y a otro que habitualmente lo utiliza como un arma arrojadiza y excluyente. Un país enzarzado continuamente en debates ramplones y coyunturales, que rara vez alza la vista para pensar a largo plazo cómo queremos ser como nación, en sanidad, en educación, en justicia, en ciencia e investigación, en infraestructuras, en modelo energético y ecológico, en modelo de turismo, en nuestro papel en el mundo...
Esa misma sensación de vivir, por un rato -apenas 90 minutos de vez en cuando- en el país que yo querría la tengo también, sin duda, con las selecciones españolas de fútbol, tanto la masculina como la femenina.
Durante el reciente Mundial de fútbol celebrado este verano, en los propios estadios de otro continente, en las plazas de las ciudades españolas y ante los televisores, millones de personas de distintas edades, ideas, condiciones, se identificaban con un mismo país. Con los símbolos comunes que lo representan, sin complejos y sin esa relación patológica que tan a menudo tenemos con ellos. Un pueblo plural y diverso se unía. Sobre el terreno de juego o desde el banquillo, nueve catalanes, tres andaluces, tres vascos, dos madrileños, dos valencianos, dos navarros, dos canarios, un gallego, un extremeño y un español nacido en Francia escuchaban abrazados el himno de España y, acto seguido, sumaban sus talentos en pos de un mismo objetivo colectivo y ambicioso. Y lo conseguían, llenándonos de orgullo y de entusiasmo.
Puebla dibujó una viñeta en la que se veía de espaldas a esos jugadores abrazados y alguien decía: “¿os dais cuenta de hasta dónde puede llegar España jugando en equipo?”. Y añadía: “… y no hablo solo de fútbol”. Leí también a una persona en las redes sociales algo así como que la mayoría de las selecciones nacionales representan lo que sus países son, pero que la nuestra representa lo que España debería ser. Ojalá algún día nos diéramos cuenta de ello y ese mismo país, que reconozco en tan pocas y excepcionales ocasiones, apareciera con más frecuencia en el día a día. Nos daría muchas alegrías.
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