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Documental Chicas nuevas 24 horas: contra la trata de mujeres

Mabel Lozano es sobradamente conocida como presentadora de programas televisivos y como actriz de televisión y de cine, donde ha trabajado a las órdenes de directores de la talla de Berlanga o Garci. Pero, además, en los últimos años ha llevado a cabo una fecunda labor como directora de documentales que destacan por su calidad y por su compromiso social: Voces (contra la trata de mujeres) (2007), La teoría del espiralismo (2009) sobre deportistas paralímpicas, Las sabias de la tribu (2010) que se acerca a la singular generación de mujeres de la posguerra y Madre (2012) acerca de la maternidad en el siglo XXI. 

Ahora, Mabel vuelve sobre la compraventa de mujeres con fines de explotación sexual en Chicas nuevas 24 horas, un trabajo que se estrenó en el Festival de Cine de Málaga. Yo tuve oportunidad de verla recientemente en la Cineteca de Matadero Madrid. En estos días se está exhibiendo en los cines Zoco de Majadahonda. Y, con imágenes recogidas durante la realización de la película, se ha organizado también una exposición fotográfica que el 23 de septiembre llega a la Casa de América, acompañada por una mesa redonda. 

Chicas nuevas 24 horas nos recuerda que esta esclavitud de nuestros días genera 32.000 millones de dólares, el tercer negocio más lucrativo tras la venta de armas y el narcotráfico, y tiene como víctimas a casi dos millones y medio de personas, de ellas prácticamente el 80 % mujeres y niñas. 

El documental se construye precisamente a partir del contraste de poner en relación un planteamiento de puro negocio rentable con la dramática realidad de la explotación de seres humanos. Seguimos el testimonio real de varias mujeres que fueron sometidas a trata. Y Mabel lo presenta sin caer en la tentación de la recreación sensacionalista o efectista. La realidad que nos muestra es por sí sola elocuente. 

Creo que realmente es mejor no contar mucho más: hay que verlo, sin más. Yo salí verdaderamente impresionado. Y le pasó lo mismo al resto de espectadores que abarrotaron la sala durante los días de proyección en Madrid: absoluto silencio durante la estremecedora película y un significativo y unánime aplauso final. 

En todas sus intervenciones públicas, Mabel Lozano está poniendo el acento en la posibilidad de prevención que existe. El perfil que se busca en los destinos más frecuentes (fundamentalmente, Europa Occidental) es conocido. Y la procedencia de las mujeres sometidas a trata también está muy localizada geográficamente. Por eso, Chicas nuevas 24 horas es, entre otras muchas cosas, una apelación a las conciencias y a la responsabilidad ante una lacra que nos concierne a todos. Un llamamiento a que los poderes públicos y los ciudadanos no sigamos mirando para otro lado.

El cebo... en Las Navas del Marqués

Tomás García Yebra es un periodista y escritor agudo y ocurrente, de prosa ágil y agradable de leer. Nació en Madrid pero está vinculado a un pueblo casi vecino del mío, Las Navas del Marqués (Ávila). 

Como periodista, le había leído en El Semanal, pero hace años descubrí su faceta más literaria con la Historia Secreta de Las Navas del Marqués, que luego tuvo una segunda parte. Contra lo que cabía esperar, el libro no era de interés meramente localista, sino que conseguía que sus retratos y sus relatos pudiesen resultar amenos, interesantes o divertidos a alguien que ni siquiera conociera el pueblo. 

García Yebra escribió también Desmontando a Cela, un libro valiente y con vocación polémica. A lo largo de sus páginas, nos muestra que es compatible ser un grandísimo escritor con desplegar mucha habilidad y pocos escrúpulos a la hora de diseñar eso que ahora se llamaría “marca personal” y generar un negocio en torno a la misma. 

Lo último que leí de él hace un par de veranos -y se lo recomiendo en estos días en que hay más tiempo para la lectura- es El Cebo, un personal homenaje a la mítica película de Ladislao Vajda. 

No conozco a nadie que haya visto El Cebo –y especialmente si fue durante la infancia- que no guarde años después la impresión de sus impactantes imágenes en blanco y negro y su inquietante trama. García Yebra la vio con 9 años.

El autor se da el capricho literario de construir su particular versión de El Cebo en los pinares de Las Navas del Marqués, con escenario y personajes locales, algunos reales, otros imaginarios y sospecho que varias mezclas. Y a continuación, atrapa al lector en una trama llena de guiños y de detalles ingeniosos. 

“Diviértete para que se diviertan los demás”, decía Hölderlin. Es la frase que García Yebra ha estampado como declaración de intenciones al comienzo de esta obra. No puede ser más reveladora.

Peter Falk, Colombo


Se va... pero ¿no os parece que en cualquier momento se dará la vuelta y dirá "sólo una cosa más..."?

El secreto de sus ojos


Hay pocos directores de cine de los que me guste todo lo que he visto. Me ha pasado hasta el momento, por ejemplo, con Alejandro Amenábar (Tesis, Abre los ojos, Los otros, Mar adentro…, aunque no he visto todavía Ágora). También con Fernando León de Aranoa (Familia, Princesas, Los lunes al sol…).

Otro de esos directores con los que siempre tengo sensación de acertar cuando voy al cine es el argentino Juan José Campanella: El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia y Luna de Avellaneda están entre mis películas favoritas.

En general, una parte del cine argentino viene demostrando que, sin contar ni de lejos con los recursos de Hollywood se puede obtener, sin embargo, un producto más que digno y de calidad. Y en ello, sobresale Campanella.

En sus trabajos, suele articular un planteamiento moral: el retrato de quien apuesta por sus principios, que por lo general resulta socialmente perdedor y se queda sólo con la íntima satisfacción de haber sido fiel a sí mismo. Y construye siempre la trama sobre dos pilares, el de la emotividad y los sentimientos, por un lado, y el del ingenio y el buen humor, por otro. Quizá por todo eso me gusta, porque con esos ingredientes, con los que tan identificado me siento, cualquier receta que cocine siempre será de mi gusto. Pero es que, por si fuera poco, Campanella realiza sus filmes con buen gusto y buen oficio: lo visual, la interpretación y los diálogos son siempre de gourmet.

El secreto de sus ojos es un ejemplo de ello. Si tuviera que decir algo sobre ella les aseguraría sencillamente que, para mí, esto es el cine. Así, sin más. Palabra, imagen, interpretación.... Y esta envolvente película tiene todo. Tanto que la trama –en esta ocasión semipolicíaca- incluso me parece lo de menos, casi casi una excusa si me apuran, para escenificar lo que importa: el afán de justicia, la lealtad, las relaciones humanas... Sí me quedo con otra de las historias que está, aparentemente en segundo plano: el amor, las decisiones y las indecisiones, lo que pudo haber sido y no fue, las segundas oportunidades... Pero, sobre todo, me quedo con los diálogos chispeantes, deliciosos. Con los planos cuidadísimos, siempre sugerentes. Y con una interpretación sensacional.

Darín, sobresaliente, como es habitual. Con la actriz y cantante Soledad Villamil ni siquiera puedo ser objetivo, a mí me gusta desde que aparece en pantalla. Pero la grata sorpresa esta vez fue un Guillermo Francella colosal: la caracterización, el personaje, las frases, los gestos…

Hay escenas fantásticas. Desde el punto de vista cinematográfico, la secuencia del estadio de fútbol, con una mezcla de imágenes reales y recreación virtual, logradísima. Y, entre las destacables por diálogo e interpretación, yo me acuerdo ahora de una impagable, la del Juez echando la bronca a los dos funcionarios, Benjamín Expósito (Darín) y Pablo Sandoval (Francella), por una pifia investigadora que llevan a cabo sin su consentimiento. Y, sobre todo, de otra absolutamente memorable, cuando Sandoval, con la ayuda de un cliente del bar erudito en fútbol, desentraña algunos datos de unas cartas con esta reflexión: un tipo puede cambiar de casa, de trabajo, de ideología, de religión… pero hay algo que no puede cambiar, no puede cambiar de pasión.

Si yo votara en los Óscar, ni lo dudaría. No les cuento más. Háganme caso, no se la pierdan.

¿El cine, la inteligencia y el humor no son rentables?

Alegando motivos económicos, la Cadena Ser prescindió hace unos meses de su emblemático programa El cine de Lo que yo te diga, después de veinte años de emisión.

Lo que yo te diga es un grupo de periodistas que abordaba la información con humor y que intervino en distintos programas de radio desde la década de los ochenta.

A partir de 1989 se hizo cargo del espacio El cine de Lo que yo te diga donde, cada semana, Carlos López-Tapia, Antonio Martínez, Elio Castro, Juan Zabala y Diana Pérez (antes fue María Guerra), con la participación de la actriz Gloria Núñez y el respaldo de las documentalistas Marisa Bas y Ana Ferreiro, nos daban cuenta de los estrenos cinematográficos con una visión profesional, pero repleta de humor y amenidad.

Cómo olvidar las crónicas de Raimundo Hollywood desde Los Ángeles, o la forma en que conseguían ingeniosamente que –sin imágenes- visualizáramos el Álbum de las estrellas, los gags con los que ilustraban algunas noticias de cine… o la crítica, de la que se encargaba un jovencito psicópata, Teófilo el Necrófilo, al que visitaba un supuesto reportero, Antonio Lavirgen, para recabar su opinión y puntuación sobre los filmes en cartelera. El cine..., además, cubrió cada año mejor que nadie las entregas de los Goya y de los Óscar y los más prestigiosos Festivales Internacionales.

Era un programa de culto, con unos seguidores muy fieles, que se emitía semanalmente los sábados por la tarde a las 17 h. y se repetía luego la madrugada del sábado al domingo a las 3 h.

Al menos continuamos teniéndolos en su web Loqueyotediga.net, pero la supresión del programa radiofónico, el pasado mes de abril, fue una triste noticia para quienes amamos la radio, el cine, la inteligencia y el sentido del humor.

Espero que alguna otra cadena de radio tenga la habilidad de hacer hueco en su programación a un espacio entretenido y de calidad que no debería desaparecer definitivamente.

¿Fue éste?

Según rumores sin confirmar, el policía que liberó al presunto jefe de la banda que asaltó el chalet de José Luis Moreno fue el mismo que aparece como militar romano en esta célebre escena...
Sin embargo, por desgracia el prisionero no era el mismo que en este fragmento de La vida de Brian, porque no rectificó su broma, insistió en que lo suyo era libertad y hoy está suelto... 

¿Y qué quieren? Mejor que me lo tome a guasa, porque si se para uno a pensarlo en serio, es para deprimirse. 

A ver, mi dedicación profesional no guarda relación con el Derecho penitenciario, pero por lo poco que yo sé, la puesta en libertad de una persona que está en prisión, incluso cuando es procedente ponerle en libertad -que en este caso no lo era-, no la hace nunca el policía que está con él en ese momento, quitándole las esposas y dándole una palmadita en el hombro. Un agente no suelta a un recluso por el mero hecho de que el acusado se lo diga o incluso porque le enseñe un papel que le han dado en el Juzgado.

Cuando un interno sale de una cárcel a declarar ante el juez, lo hace esposado y custodiado por las fuerzas y cuerpos de seguridad, que en todo caso tienen la responsabilidad de reintegrarle después a la misma prisión de donde salió. Dicte el juez la orden que dicte, incluso si ésta es de libertad, creo no equivocarme al afirmar que el preso vuelve siempre al punto de partida. Allí se entrega a los responsables del centro penitenciario esa orden judicial, éstos la examinan, comprueban cuál es la situación del interno (si tiene más procesos o condenas pendientes, por ejemplo, que es un detalle de suma importancia) y, si procede, le pondrán oficialmente en libertad. 

El artículo 22 del Reglamento Penitenciario dice que "recibido en el centro el mandamiento de libertad, el director o quien reglamentariamente le sustituya dará orden escrita y firmada al jefe de servicios para que sea cumplimentada por funcionarios a sus órdenes" y muy claramente preceptúa que "antes de que el director extienda la orden de libertad (...), el funcionario encargado de la Oficina de Régimen procederá a realizar una completa revisión del expediente personal del interno, a fin de comprobar que procede su libertad por no estar sujeto a otras responsabilidades". 

Y, en cumplimiento de ese mismo precepto del Reglamento Penitenciario, la puesta en libertad se hace, además, de manera documentada y siguiendo el procedimiento establecido: la citada orden por escrito del director, la comprobación de datos personales y huellas dactilares de la persona a la que se va a liberar, la devolución de sus pertenencias personales y la liquidación y entrega de su peculio de recluso, el acompañamiento hasta la puerta del centro, la diligencia extendida en su expediente personal, la certificación remitida luego a la autoridad judicial... No se hace de palabra en la calle diciéndole "hala, salao, te puedes marchar cuando quieras".

La cosa no consiste en que el juez entregue al propio preso o a los agentes que le custodian un auto de puesta en libertad (siempre referida exclusivamente a la causa que él instruye, que la situación exacta de las demás no necesariamente la conoce ni tiene por qué conocerla) y los mismos policías que le han llevado al Juzgado le digan: "Bueno, majete, pues no hace falta ni que recojas tus pertenencias en la cárcel, te puedes ir desde aquí... ¿o te viene mejor que te acerquemos a algún sitio? Ah, no te olvides de que el juez te ha dicho que vuelvas dentro de quince días, ¿eh?", mientras el preso asiente conteniendo las lágrimas de la risa.

En fin, que el presunto capo Astrit Bushi debió de empezar a correr como una centella en cuanto dobló la primera esquina, antes de que se dieran cuenta de tan monumental error. Todavía a estas alturas no se lo creerá. Pero los ciudadanos tenemos motivos para indignarnos con este espectáculo lamentable que ha puesto en la calle a una persona que, muy probablemente, sea un peligrosísimo delincuente.

... Y Aitana

Con sólo 16 años, Aitana Sánchez-Gijón destacó en la serie televisiva de Pedro Masó Segunda Enseñanza, aunque empezó a ser más conocida con el largometraje Bajarse al moro (1988).

Un fin de semana, en el año 1989, una amiga, Ana, me llamó para invitarme al teatro:

- Tengo unas entradas que me ha dado mi vecina, que trabaja en el Ministerio de Cultura.
- Pero ¿qué vamos a ver?
- No recuerdo cómo se llama la obra, pero es teatro clásico.
- Bueno, me apunto.


Era El vergonozoso en palacio, de Tirso de Molina. Cuando llegamos al Teatro de la Comedia, vi en la pared el reparto y enseguida me fijé.

- ¿Conoces a esta actriz de ahí, Ana? –dije señalando.
- ¿Aitana Sánchez-Gijón…? Me suena, pero no sé de qué.

Le conté lo que había hecho hasta entonces. Y, por una vez, hice una excepción con mis inexistentes dotes proféticas y acerté en algo:

- Esta chica es buena y además lo tiene muy claro. Va a ser una gran actriz.

Ya entonces le pedí a Aitana una foto dedicada –atrevimiento típico de veinteañero-. La foto era la que reproduzco junto a estas líneas, pero firmada por ella: “A Carlos, con un abrazo muy fuerte de Aitana”. Y, durante esa época final de mi etapa como estudiante, la tenía colgada en la pared, junto con decenas de pósters, encima del ordenador, en el piso alquilado que compartía en Madrid.

Las personas que venían por casa observaban una foto firmada por una chica a quien no siempre conocían y a menudo me preguntaban: “¿Quién es ésta?”... Así que yo siempre bromeo diciendo que admiradores más apasionados tendrá, pero más antiguos que yo no creo, porque incluso tenía que explicar quién era ella...

Recuerdo que, en los comienzos de las televisiones privadas, Juanjo Menéndez la entrevistó en un magazine nocturno que presentaba en Antena 3. La palabra famoso, que hasta entonces había sido un adjetivo (actor famoso, cantante famoso…) ya estaba empezando a convertirse lamentablemente en un sustantivo (un famoso). Aitana explicaba su vocación, sus ganas de ser cada día mejor en su profesión… Y por eso, entre otras cosas, me cayó muy bien la frescura y la brillantez de aquella jovencilla que no quería ser una famosa, sino que quería ser actriz, nada más. Y nada menos.

Cuando la eligieron para protagonizar La Regenta me dije: “vaya, ya nadie me volverá a preguntar quién es la de la foto”.

Luego vinieron, en una deslumbrante carrera, además de trabajos en teatro y televisión, magníficas interpretaciones en cine como El pájaro de la felicidad, Boca a boca, La ley de la frontera, la camarera del Titanic, Yerma, Volaverunt, Celos, La puta y la ballena, La carta esférica…

Cuando protagonizó, junto a Keanu Reeves, Un paseo por las nubes, de Alfonso Arau, estoy seguro de que pudo haber dado prioridad a la conquista de Hollywood, pasando por aceptar cierto tipo de papeles limitados, irse dando a conocer allí… Pero Aitana parece que seguía con ese sueño de veinteañera: no aspiraba a ser una estrella, sino a ser cada día mejor actriz. Y tuvo las santas narices de volver a España, fundar su propia compañía de teatro, Strion, y montar La gata sobre el tejado de zinc.

Cuando ha hecho otras cosas diferentes de su trabajo interpretativo, también han guardado relación con ese mundo: presentar en TVE Días de Cine o aceptar el reto de sustituir a José Luis Borau al frente de una todavía incipiente Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas.

Aitana me parece una persona muy inteligente y tenaz. He seguido su trayectoria y tengo con ella, además, coincidencia generacional (es un par de años menor que yo). Escuchándola en entrevistas me identifico en lo esencial con muchos de sus planteamientos vitales. Me gusta también ese celo con el que ha logrado proteger su vida privada, con la que jamás ha comerciado ni remotamente. Y valoro toda su historia de superación y esfuerzo, de querer hacer bien su trabajo, de seguir deseando aprender cada día.

No sé si sabré explicar bien una impresión que yo tengo; tal vez, además, me esté equivocado porque yo no soy un experto, soy un mero espectador. Creo que Aitana no posee esa versatilidad cuasifísica que algunos actores parecen tener. Actores que pueden caracterizarse de forma que apenas se encuentran coincidencias de apariencia e impresión entre uno y otro personaje que representan, o que pueden cambiar su timbre de voz con facilidad… Aitana tiene un rostro personal que siempre está, enmarcado por las ropas o el peinado que sea, pero está ahí. Y si Aitana intentase fingir otra voz sonaría a impostura. Y, sin embargo, no poseyendo esa versatilidad natural, no ha caído en lo que les pasa a algunos actores, que siempre parecen estar haciendo el mismo papel: el de sí mismos. A base de esfuerzo, de caracterización psicológica del personaje, de talento interpretativo, Aitana consigue ser una excelente actriz.

La verdad es que sigo manteniendo hoy la admiración y simpatía que hace veinte años me despertó aquella chiquilla que, con convicción y desparpajo, apostaba por su vocación. Y me hacía ilusión saludarla personalmente alguna vez.

Ese tipo de situaciones son un auténtico cortazo porque, como ya comenté en otra ocasión, hay una asimetría entre tu actitud (que es la de estarte encontrando con alguien que te resulta conocido, que ha estado de alguna forma presente en tu vida y que te ha hecho pasar buenos ratos) y la de la celebridad en cuestión (que lógicamente se está encontrando con un completo desconocido).

Tenía dos vías para que alguna vez me la presentaran. Mi amigo Fernando Sánchez Dragó tiene excelente relación con la familia Sánchez-Gijón. Y otro amigo es su primo, Enrique Carbonell Sánchez-Gijón, hermano de Pablo Carbonell. A los dos se lo había insinuado en alguna ocasión, aunque parece que sin suficiente insistencia.

El otro día iba a ir con unas amigas a ver Un dios salvaje, como ya he comentado, y a Enrique, que anda por las Américas, le pedí, mensajeándole por internet, un favor que tal vez, como él decía, fuera absurdo. El diálogo fue algo parecido a esto:

- Venga, tío, mándale un correo o un sms diciéndole que si le importa que pasemos a saludarla por su camerino...
- Tú pásate, que seguro que no le molesta. Y le das recuerdos míos.
- Pero que no, que me va a dar palo y al final no iré. Qué te cuesta decírselo: si te dice que sí, pues ya nos espera y es todo menos frío y, si no la apetece, pues nos ahorramos el trago.
- Mira, Carlos, es absurdo que yo le envíe un mensaje desde Brasil para decirle que un admirador tímido quiere verla. Anda, anda, pásate sin más, preséntate y dile que soy el primo que más la quiere.


Asistimos a la representación, nos reímos, aplaudimos a rabiar… y de pronto apareció Maribel Verdú con una pequeña tarta para Aitana, y los espectadores le cantamos el Cumpleaños Feliz.

Decidí entonces que no procedía pasar por su camerino. Al ser su cumpleaños, seguro que estaría de celebración con sus compañeros y que tendría planes después. Pero cuando salíamos y ya nos marchábamos, les comenté a mis compañeras la conversación con Enrique y entonces alguna de ellas me animó a volver.

Así que allí que nos plantamos. Saludamos a Aitana y, de paso, a Pablo Carbonell, que también estaba y se asomó al escuchar que yo nombraba a su hermano. Eso sí: lo de que Enrique es el primo que más la quiere lo tuve que decir cuando se distrajo Pablo…

Aitana, efectivamente, se iba a su fiesta de cumpleaños, y la pobre tuvo que aguantar un momentito a una pandilla de espontáneos saludándola y felicitándola. Y, a pesar de todo, estuvo amabilísima y simpática.

Como era evidente que tenía prisa, se libró de tener que soportar el kit completo del admirador pesado: conversación tópica, autógrafos, “preséntanos a tus compañeros de reparto” y todo eso… Lo dejamos reducido a una felicitación y una foto. Así que aquí está la actriz con el friki que se coló en su camerino esa noche y con Nuria, Toñi y Silvia, las secuaces que le acompañaban.

(La primera fotografía está obtenida de la galería Creative Commons de Flickr. De la segunda no sé la autoría, pero es la misma que me regaló en su día dedicada. Y la nuestra nos la hizo Papin Lucadamo, el esposo de Aitana).

Libros, amistad, vida

Hay días que no pasarán a tu pequeña historia personal, que no dejan ninguna huella. Nunca te escucharás a ti mismo preguntando, por ejemplo: "¿recuerdas aquel día en que te levantaste, tomaste un café, te pasaste toda la mañana haciendo gestiones en Hacienda y en el banco y luego te fuiste a casa a comer?”. Pero sí te podrías escuchar diciéndole a un buen amigo: “¿te acuerdas de aquel día que comimos conejo con Dragó y nos partimos de risa, y que luego tú y yo terminamos hasta las mil por Latina, y me contaste que… y yo te conté lo de…?”.

El de ayer fue uno de esos días llenos de cosas que dejan huella, de muchas cosas para recordar. Desde la mañana a la noche.

La semana anterior había ido por la Feria del Libro, como cada año. En una tarde lluviosa, compré varias cosas, entre ellas un libro de Lorenzo Silva sobre Marruecos (muy afectuoso el escritor, al que el año pasado dediqué una pequeña entrada en el blog y me contestó) y la última novela de David Trueba. Y pasé a saludar a Fernando Sánchez Dragó, recién regresado de su viaje por Arizona, y así concertar una comida.


Aprovechando que se pasa tres fines de semana firmando en la Feria del Libro mañana y tarde, ya tenemos instituida como tradición la de quedar uno de esos sábados a comer por la zona con un grupo de amigos. Normalmente la cita es en casa de Miguel, que vive por allí, y así estamos más tranquilos, evitando que nadie esté con la antena puesta desde la mesa de al lado. Pero ayer esta opción no podía ser y comimos en un restaurante asturiano, La Hoja-La Fueya. Buena comida, buena sobremesa y buena compañía.

Conversación vibrante, interesante y divertidísima: toros –inevitable José Tomás-, literatura, sexo (esto fue, qué casualidad, lo que más despertó el interés de Carlos V.), televisión, cine, política, viajes… Y risas, muchas risas.

Carlos V. estaba con el punto y tuvo intervenciones triunfales. Todavía estoy intentando recordar lo que soltó sobre su admiración por Jordi Hurtado (el presentador del concurso Saber y Ganar) porque era partiente, no tenía absolutamente ninguna relación con lo que estábamos hablando y nos dejó a todos perplejos. Pero el caso es que a él le gustaba Jordi Hurtado y quiso aportar este dato imprescindible.

De las mil anécdotas de Fernando, compartiré aquí dos de las que se pueden contar. La primera vino a propósito de que él no deja indiferente a nadie y que tiene muchos seguidores entusiastas pero también, como es evidente, una legión de gente a la que le cae mal. Resulta que Dragó tiene un amigo con cierto parecido físico a él. Una vez le contaba que se le acercó un tipo en un bar y le dijo:

- ¿Tú eres Sánchez Dragó?
- No
–le aclaró.
- Pues te acabas de librar de dos hostias…

La otra es una historia de bookcrossing de las que complacen al autor del libro y de las que Jung hubiera analizado en caso de haberla conocido. Llegó Fernando a un hotel -no recuerdo en qué ciudad del mundo- y encontró un libro que algún huésped anterior había dejado en la habitación. Para su sorpresa, era su propia novela El camino del corazón. La dedicatoria: “Para quien tenga la suerte de encontrarlo…”. Impagable para un escritor.

Tres horas y pico después, ya sin ningún comensal más en el restaurante, Fernando se fue a seguir firmando libros y el resto continuamos la animada sobremesa.

Tras una intensa tarde, dos supervivientes del grupo inicial, Carlos V. y yo, acabamos por Latina en una noche de cubatas y confidencias, dando un completísimo repaso a las tres heridas de Miguel Hernández, la de la muerte, la de la vida y la del amor. Tocaba puesta en común y brindis de despedida, antes de su viaje a Argentina.

Si entablo conversación con algún desconocido en un bar de copas, generalmente no es un tío, normalmente más bien será una desconocida. Pero ayer hubo una excepción. A un chico muy jovencillo le estaban dibujando una caricatura y, mientras el artista le captaba sus rasgos con acierto, nosotros le habíamos ido haciendo algunos comentarios en plan viejos-mirando-una-obra. Más tarde vi que su panda estaba formada por cuatro chicos y una chica y que, obviamente, ella le gustaba. Bueno, a él, a los otros tres, a mí y a todos los demás que estaban en el pub... Al pasar le dije alguna frase cómplice y a partir de ahí resultó muy divertido. Yo creo que le apetecía compartirlo con alguien, porque eso no se lo cuenta a sus amigos (y rivales) y tampoco a la propia chica, y cuando se puso a hablar conmigo era como escucharme a mí mismo casi con veinte años menos. Qué risa me pasé con sus comentarios y qué familiares me resultaban. Era inteligente, ingenioso… y tímido. Descubrí que, con sus historias con las chicas, se había sentido identificado con las mismas películas que yo. Para mi sorpresa, me recitó algunas frases de Gabino Diego cuando está enamorado de Ariadna Gil en Los peores años de nuestra vida. Pero, para su sorpresa, yo las recordaba todas, porque habré visto también esa peli unas tropecientas veces. Él no conocía otra de Martínez Lázaro, Amo tu cama rica ("antes de encontrar a Sara, sólo había conocido dos tipos de mujeres: las interesantes... y las que se interesaban por él"), que es como el catón en estos temas de los tímidos y las mujeres, así que se la recomendé vivamente. En cuanto aparezca Pere Ponce en la pantalla se verá reflejado. Mientras todos seguían tonteando con la piba, ésta nos miraba de reojo viendo que su amigo y yo nos partíamos de risa hablando. Me fui, le dejé con la chica y le deseé mucha suerte. No sé cómo se llamaba él, pero perfectamente se podría haber llamado Carlos.

Al llegar a casa de madrugada, caí rendido. Esta mañana he amanecido con resaca y con un gato plácidamente dormido encima de mí. Prefiero otro tipo de despertares, la verdad. Pero no está mal levantarte con el recuerdo de tantos detalles para guardar, que me resultan (como los llamaría cierta persona llena de encanto) retales vitales de magia.

(Fotografías: Clara Montero)

Rafael Azcona

Fíjense si soy nota discordante que hasta tengo buena opinión del cine español.

Pero si borráramos de la historia del séptimo arte en nuestro país todas las películas en las que ha participado de una u otra forma Rafael Azcona, no sé si tendría esa misma opinión, porque esa historia se vería seriamente empobrecida.

Desde El pisito (1959) hasta la aún inédita Los girasoles ciegos (precisamente estaba yo leyendo estos días esa novela), Azcona es, casi con total seguridad, la persona más importante de nuestro cine.

Hombre peculiar, discreto, sencillo, inteligente, ocurrente, buen escritor, con una increíble capacidad para tratar desde el ingenio los tipos y las situaciones cotidianas. En Hollywood hubiera sido todo un personaje.

No se le echará de menos en estrenos, actos, premios y saraos, sencillamente porque no iba. Pero se le echará de menos en los personajes, en los diálogos, en las situaciones, en las tramas… Se echará de menos su extraordinario talento cuando nos sentemos ante la pantalla grande.

Adiós a Fernando Fernán Gómez

Uno de los grandes de la escena. Más allá de lo anecdótico –el mal carácter que alguna vez demostró- debería quedar lo importante: voz personalísima, calidad intelectual, sensibilidad literaria y artística, una trayectoria inmensa y un trabajo incomparable. Era buen escritor, excelente guionista y director de cine y, sobre todo, magnífico actor en todos los géneros. Si hubiera nacido, por ejemplo, en Norteamérica, apuesto a que tendría varios óscar en la estantería de su casa y a que estaría universalmente reconocido. Las cualidades y la capacidad de Fernán Gómez no tienen nada que envidiar a las de ninguno de los nombres más venerados del cine mundial.