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Espinete no existe


Regresa a la escena madrileña Espinete no existe, que alcanza ya su cuarta temporada. Yo fui a verla el año pasado y es un entretenimiento muy recomendable.

Eduardo Aldán, actor y monologuista, al que algunos recordarán por sus intervenciones en el concurso Un, dos tres –aparecía en la subasta y hablaba muy rápido- es el alma mater de este espectáculo de humor y nostalgia.

Eduardo consigue trasladarnos a nuestra infancia (a varias generaciones de espectadores, porque yo creo que hay referencias desde mediados de los años setenta hasta casi los noventa) y hacernos reír. No son poco ambas cosas.

Es un texto ingenioso, donde fundamentalmente reina el buen humor aunque intercala algún toque de ternura. Si les apetece recordar y divertirse, no lo duden y vayan a verlo, lo pasarán bien.

Una comedia española

El mal sabor de boca que me dejaron las expectativas defraudadas por Dos menos, me lo quité volviendo al teatro, claro.

Yasmina Reza (Arte, Un dios salvaje…) nos obsequia con otra interesante obra, que se ha estado representando, bajo la dirección de Silvia Munt, en el teatro Valle Inclán, con lo que este año la autora francesa ha hecho triplete en la escena madrileña. Creo que Una comedia española ha comenzado ahora su gira por otras ciudades.

Cinco actores están ensayando la obra de un joven autor español, Olmo Panero, en una escena sin decorado, entre cajones. De vez en cuando, se intercalan los monólogos de los propios actores, dirigiéndose supuestamente a ese autor que asiste mudo al ensayo. Es como si nos hubiéramos colado en el patio de butacas, sentados junto al escritor, espiando el doble espectáculo: la obra ensayada y las confesiones de los intérpretes. Es el teatro dentro el teatro (no voy a explicar por qué, pero habría que decirlo incluso una vez más: el teatro dentro del teatro dentro del teatro)… Ahí asoma un cóctel de relaciones, de ilusiones, de frustraciones… las que entretejen los personajes, pero también las que aparecen en los pensamientos que, sobre el teatro y la propia vida, expresan en voz alta los actores.

El trabajo de todos (Mònica Randall, Xicu Masó, Ramon Madaula, Maria Molins y Cristina Plazas) es espléndido. Pero, además, cada cual realmente está haciendo al menos dos interpretaciones: la del actor que ensaya y la del personaje de éste en la obra. No hay que perderse ese cambio de registro: a mí me gustó especialmente en Xicu Masó, que da vida a Fernando, el novio de la madre (¿o habría que decir que da vida al actor que da vida a Fernando, el novio de la madre?), pero en todos ellos está muy logrado.

Los diálogos son, en general, buenos, y por momentos brillan en los personajes de la comedia y están repletos de ingeniosos hallazgos en las reflexiones de los actores.

Respecto al montaje, sin ser un entendido (siempre insisto en que ni por asomo pretendo hacer crítica de teatro, sino recoger mis impresiones de simple espectador) me pareció cuidadísimo en todo, desde la iluminación hasta cada detalle escénico. A algún crítico le he leído descalificar que en una pantalla se proyecten primeros planos de los propios intérpretes ya que, según él, distorsionaba. A mí sí me gustó mucho el efecto y me pareció muy bien traido, porque es una especie de juego que subraya el propio planteamiento de la obra. Un juego de espejos que nos ofrece simultáneamente una doble perspectiva y nos acerca la expresividad de los artistas y de sus respectivos personajes.

En este collage de Una comedia española, se puede encontrar teatro inteligente, pinceladas de humor sutil y reflexiones sugestivas. Todo ello con magníficas interpretaciones y con una hábil puesta en escena. Así que, en conjunto, muy recomendable.

Por cierto, que he leído que están rodando una versión cinematográfica, al parecer titulada Chicas. Nunca se me hubiera ocurrido que esta obra pudiera llevarse al cine. Seguramente se centrará en la comedia en sí, en la trama familiar, pero imagino que, al trasladarla al lenguaje cinematográfico, prescindirá de este atractivo planteamiento poliédrico –ensayo de la obra y contenido de la obra, actores y personajes...- que nos ofrece en su versión teatral.

(Fotografía y video de la web del Centro Dramático Nacional).

Dos grandes actores y un texto flojo


Dos enfermos comparten habitación en una clínica. El médico les anuncia que les queda un corto plazo de vida y ambos toman la decisión de fugarse y emprender una escapada: quieren aprovechar sus últimos días, fuera de las cuatro paredes del centro hospitalario.

El punto de partida de Dos menos, obra teatral escrita por el francés Samuel Benchetrit es, por tanto, sugestivo… Pero el desarrollo posterior me resultó decepcionante. La trama podría plantear reflexión sobre la vida, o podría abordarse desde la ternura, o incluso desde el humor negro… De todo ello hay algunas pinceladas, pero el resultado queda tremendamente superficial, mal resuelto y desaprovechado, para mi gusto. Obviamente no soy crítico teatral, sólo espectador de a pie. Y como espectador no me sentí interesado, ni conmovido, y–salvo momentos muy concretos- tampoco me divertí. No sé si el texto original es así de endeble o si no se ha hecho una buena adaptación del mismo a nuestra particular idiosincrasia.

La obra se había representado con éxito en Francia hace tres años. El año pasado, dos grandes de la interpretación, Héctor Alterio y José Sacristán, se juntaron por vez primera en un escenario para representarla, también con muy buena acogida, en Buenos Aires. Cuando estuve allí en diciembre, había terminado la temporada teatral y no pude verla. Mi hermana ya me aseguró que no me perdía gran cosa, pero hace algunas semanas unos amigos, César y Teresa, me invitaron al Teatro Fernán Gómez de Madrid y… pude confirmar que mi hermana tenía toda la razón.

No hace mucho comentaba aquí que Aitana Sánchez-Gijón y Maribel Verdú habían estado buscando el texto adecuado para coincidir en escena y lo habían conseguido con Un dios salvaje. Es una pena que Alterio y Sacristán no hayan encontrado algo más acorde con su indiscutible calidad interpretativa. Precisamente si la obra no naufraga del todo es por ellos. De El Cid decían Dios qué buen vasallo, si oviera buen señor; pues eso: qué pedazo de actores si representaran un texto a la altura de su talento.

... Y Aitana

Con sólo 16 años, Aitana Sánchez-Gijón destacó en la serie televisiva de Pedro Masó Segunda Enseñanza, aunque empezó a ser más conocida con el largometraje Bajarse al moro (1988).

Un fin de semana, en el año 1989, una amiga, Ana, me llamó para invitarme al teatro:

- Tengo unas entradas que me ha dado mi vecina, que trabaja en el Ministerio de Cultura.
- Pero ¿qué vamos a ver?
- No recuerdo cómo se llama la obra, pero es teatro clásico.
- Bueno, me apunto.


Era El vergonozoso en palacio, de Tirso de Molina. Cuando llegamos al Teatro de la Comedia, vi en la pared el reparto y enseguida me fijé.

- ¿Conoces a esta actriz de ahí, Ana? –dije señalando.
- ¿Aitana Sánchez-Gijón…? Me suena, pero no sé de qué.

Le conté lo que había hecho hasta entonces. Y, por una vez, hice una excepción con mis inexistentes dotes proféticas y acerté en algo:

- Esta chica es buena y además lo tiene muy claro. Va a ser una gran actriz.

Ya entonces le pedí a Aitana una foto dedicada –atrevimiento típico de veinteañero-. La foto era la que reproduzco junto a estas líneas, pero firmada por ella: “A Carlos, con un abrazo muy fuerte de Aitana”. Y, durante esa época final de mi etapa como estudiante, la tenía colgada en la pared, junto con decenas de pósters, encima del ordenador, en el piso alquilado que compartía en Madrid.

Las personas que venían por casa observaban una foto firmada por una chica a quien no siempre conocían y a menudo me preguntaban: “¿Quién es ésta?”... Así que yo siempre bromeo diciendo que admiradores más apasionados tendrá, pero más antiguos que yo no creo, porque incluso tenía que explicar quién era ella...

Recuerdo que, en los comienzos de las televisiones privadas, Juanjo Menéndez la entrevistó en un magazine nocturno que presentaba en Antena 3. La palabra famoso, que hasta entonces había sido un adjetivo (actor famoso, cantante famoso…) ya estaba empezando a convertirse lamentablemente en un sustantivo (un famoso). Aitana explicaba su vocación, sus ganas de ser cada día mejor en su profesión… Y por eso, entre otras cosas, me cayó muy bien la frescura y la brillantez de aquella jovencilla que no quería ser una famosa, sino que quería ser actriz, nada más. Y nada menos.

Cuando la eligieron para protagonizar La Regenta me dije: “vaya, ya nadie me volverá a preguntar quién es la de la foto”.

Luego vinieron, en una deslumbrante carrera, además de trabajos en teatro y televisión, magníficas interpretaciones en cine como El pájaro de la felicidad, Boca a boca, La ley de la frontera, la camarera del Titanic, Yerma, Volaverunt, Celos, La puta y la ballena, La carta esférica…

Cuando protagonizó, junto a Keanu Reeves, Un paseo por las nubes, de Alfonso Arau, estoy seguro de que pudo haber dado prioridad a la conquista de Hollywood, pasando por aceptar cierto tipo de papeles limitados, irse dando a conocer allí… Pero Aitana parece que seguía con ese sueño de veinteañera: no aspiraba a ser una estrella, sino a ser cada día mejor actriz. Y tuvo las santas narices de volver a España, fundar su propia compañía de teatro, Strion, y montar La gata sobre el tejado de zinc.

Cuando ha hecho otras cosas diferentes de su trabajo interpretativo, también han guardado relación con ese mundo: presentar en TVE Días de Cine o aceptar el reto de sustituir a José Luis Borau al frente de una todavía incipiente Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas.

Aitana me parece una persona muy inteligente y tenaz. He seguido su trayectoria y tengo con ella, además, coincidencia generacional (es un par de años menor que yo). Escuchándola en entrevistas me identifico en lo esencial con muchos de sus planteamientos vitales. Me gusta también ese celo con el que ha logrado proteger su vida privada, con la que jamás ha comerciado ni remotamente. Y valoro toda su historia de superación y esfuerzo, de querer hacer bien su trabajo, de seguir deseando aprender cada día.

No sé si sabré explicar bien una impresión que yo tengo; tal vez, además, me esté equivocado porque yo no soy un experto, soy un mero espectador. Creo que Aitana no posee esa versatilidad cuasifísica que algunos actores parecen tener. Actores que pueden caracterizarse de forma que apenas se encuentran coincidencias de apariencia e impresión entre uno y otro personaje que representan, o que pueden cambiar su timbre de voz con facilidad… Aitana tiene un rostro personal que siempre está, enmarcado por las ropas o el peinado que sea, pero está ahí. Y si Aitana intentase fingir otra voz sonaría a impostura. Y, sin embargo, no poseyendo esa versatilidad natural, no ha caído en lo que les pasa a algunos actores, que siempre parecen estar haciendo el mismo papel: el de sí mismos. A base de esfuerzo, de caracterización psicológica del personaje, de talento interpretativo, Aitana consigue ser una excelente actriz.

La verdad es que sigo manteniendo hoy la admiración y simpatía que hace veinte años me despertó aquella chiquilla que, con convicción y desparpajo, apostaba por su vocación. Y me hacía ilusión saludarla personalmente alguna vez.

Ese tipo de situaciones son un auténtico cortazo porque, como ya comenté en otra ocasión, hay una asimetría entre tu actitud (que es la de estarte encontrando con alguien que te resulta conocido, que ha estado de alguna forma presente en tu vida y que te ha hecho pasar buenos ratos) y la de la celebridad en cuestión (que lógicamente se está encontrando con un completo desconocido).

Tenía dos vías para que alguna vez me la presentaran. Mi amigo Fernando Sánchez Dragó tiene excelente relación con la familia Sánchez-Gijón. Y otro amigo es su primo, Enrique Carbonell Sánchez-Gijón, hermano de Pablo Carbonell. A los dos se lo había insinuado en alguna ocasión, aunque parece que sin suficiente insistencia.

El otro día iba a ir con unas amigas a ver Un dios salvaje, como ya he comentado, y a Enrique, que anda por las Américas, le pedí, mensajeándole por internet, un favor que tal vez, como él decía, fuera absurdo. El diálogo fue algo parecido a esto:

- Venga, tío, mándale un correo o un sms diciéndole que si le importa que pasemos a saludarla por su camerino...
- Tú pásate, que seguro que no le molesta. Y le das recuerdos míos.
- Pero que no, que me va a dar palo y al final no iré. Qué te cuesta decírselo: si te dice que sí, pues ya nos espera y es todo menos frío y, si no la apetece, pues nos ahorramos el trago.
- Mira, Carlos, es absurdo que yo le envíe un mensaje desde Brasil para decirle que un admirador tímido quiere verla. Anda, anda, pásate sin más, preséntate y dile que soy el primo que más la quiere.


Asistimos a la representación, nos reímos, aplaudimos a rabiar… y de pronto apareció Maribel Verdú con una pequeña tarta para Aitana, y los espectadores le cantamos el Cumpleaños Feliz.

Decidí entonces que no procedía pasar por su camerino. Al ser su cumpleaños, seguro que estaría de celebración con sus compañeros y que tendría planes después. Pero cuando salíamos y ya nos marchábamos, les comenté a mis compañeras la conversación con Enrique y entonces alguna de ellas me animó a volver.

Así que allí que nos plantamos. Saludamos a Aitana y, de paso, a Pablo Carbonell, que también estaba y se asomó al escuchar que yo nombraba a su hermano. Eso sí: lo de que Enrique es el primo que más la quiere lo tuve que decir cuando se distrajo Pablo…

Aitana, efectivamente, se iba a su fiesta de cumpleaños, y la pobre tuvo que aguantar un momentito a una pandilla de espontáneos saludándola y felicitándola. Y, a pesar de todo, estuvo amabilísima y simpática.

Como era evidente que tenía prisa, se libró de tener que soportar el kit completo del admirador pesado: conversación tópica, autógrafos, “preséntanos a tus compañeros de reparto” y todo eso… Lo dejamos reducido a una felicitación y una foto. Así que aquí está la actriz con el friki que se coló en su camerino esa noche y con Nuria, Toñi y Silvia, las secuaces que le acompañaban.

(La primera fotografía está obtenida de la galería Creative Commons de Flickr. De la segunda no sé la autoría, pero es la misma que me regaló en su día dedicada. Y la nuestra nos la hizo Papin Lucadamo, el esposo de Aitana).

Un dios salvaje

Dos matrimonios se reúnen para ver cómo afrontan el incidente protagonizado por sus hijos, en el que uno de ellos, al sentirse insultado, le ha roto al otro dos dientes con un palo.

Éste es el planteamiento del que parte Un dios salvaje, la obra a la que asistí la semana pasada en el Teatro Alcázar de Madrid, junto con tres compañeras de trabajo y amigas.

Un reparto de lujo -Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero- da vida con mucho talento a los personajes de esta historia.

Inicialmente todo es extrema corrección, compostura y buenas maneras en la conversación. Tanto que, ya desde el principio, se respira el artificio y la falsedad. A lo largo de la representación, las caretas, la urbanidad y las formas van cayendo. Y hasta qué punto. No sólo asomarán los auténticos pensamientos de fondo, sino los secretos inconfesables de cada cual, los reproches y la agresividad, en una batalla de todos contra todos, en la que los aliados cambian a cada momento y los adultos demuestran ser mucho peores que los niños que se habían peleado.

Comedia, sí, y además divertidísima, pero también con un poso para la reflexión. Como pasaba con El Método Grönholm. No en vano, el autor de esta última, Jordi Garcerán, es quien ha adaptado Le dieu du carnage, de Yasmina Reza (la autora de Arte), mientras que Tamzin Townsend, que dirigió El Método... en Madrid, dirige también ahora Un dios... Claro que yo creo que Tamzin últimamente lo dirige casi todo...

Las dos actrices protagonistas deseaban desde hace tiempo trabajar juntas en teatro. Parece ser que Maribel Verdú vio la obra en Francia, se lo comentó a Aitana Sánchez-Gijón y así eligieron este texto para un fructífero encuentro profesional.

Muy recomendable. Y hay poco tiempo, creo que sin posibilidad de prórroga, porque Aitana y Maribel tienen otros compromisos artísticos. No se la pierdan, disfrutarán con la trama y con la interpretación y seguro que se reirán.

Por cierto, la noche de teatro terminó, antes de las cañas de rigor, con una guinda fantásica: estuvimos con Aitana Sánchez-Gijón en su camerino. Pero eso merece que lo cuente en una entrada aparte...

(Fotografía descargada del dossier disponible en la web del Teatro Alcázar).

Jamming

Otra recomendación teatral y de humor, y ésta la hago con entusiasmo, porque me voy a convertir en decidido propagandista de esta gente entre mis amigos y conocidos.

Magda tuvo la buena idea de llevarnos a ver anoche a Jamming, una compañía que se dedica a la improvisación teatral y que actúa todas las semanas en la sala Tis de Lavapiés, que últimamente es mi barrio favorito en Madrid (¿verdad, May?).

Jamming está integrado por cuatro actores, todos sensacionales y complementarios entre sí: Paula Galimberti, Juanma Díez, Joaquín Tejada y Lolo Diego, junto con el responsable de la música y los efectos sonoros, José Carralero, que en realidad también forma parte de la improvisación.


El público participa indirectamente con sus sugerencias: todos los asistentes escriben en unas tarjetas lo que quieran: una palabra, una frase… y esas tarjetas se van utilizando a lo largo del espectáculo aleatoriamente. En algunos momentos serán el título de una improvisación. En otras ocasiones serán expresiones que los intérpretes tendrán que encajar como parte de un diálogo que mantenga cierto sentido (aunque, con lo que escribe la gente, a veces el surrealismo está servido). Por el propio bien de los actores, mis tarjetas no salieron: una ponía simplemente Abstención y la otra ponía Estás más seco que el ojo de tía Pericona, pero les aseguro que las que salieron no desmerecían en nada.

Cada improvisación, además, se adaptará -también dejando actuar al azar en cada caso a la hora de elegir- a lo que sus autores llaman estilos, que a veces son géneros (ciencia ficcioning, aventuring, erotiquing, musicaling…) pero que a veces son algo más concreto y tan partiente como almodovaring, versing, cine argentining…

Cada función es, por tanto, irrepetible. La estructura del espectáculo y ciertos recursos que utilizan sus protagonistas se mantienen, pero el contenido concreto es único cada día.

Los actores son fantásticos en cuanto a las dotes interpretativas y a las cualidades de adaptación pero, sobre todo, destacan en su capacidad de improvisación, su imaginación, su ingenio. A mí todavía me duele de reirme anoche.

Les dejo una muestra, que es una improvisación estilo abrevianding, en la que la misma historia la van reduciendo progresivamente en tiempo de duración. Da una idea del tono, pero no es lo mismo: en vivo y en directo este tipo de espectáculos gana muchísimo, porque es cómo realmente se vive de cerca esa sensación de presenciar algo que no está escrito, que se está haciendo ante nuestros ojos. Háganme caso, vayan a verlos y déjense sorprender, lo pasarán bien.

Si tienen madre, llévenla a verla

Tengo a Belén, mi habitual compi de asistencia al teatro, absorbida por su inacabable tesis doctoral, así que andaba yo desconectado últimamente de la cartelera teatral de Madrid.

Pero, cuando vi que estrenaban Seis clases de baile en seis semanas, pensé que era una excelente oportunidad para invitar a mi madre. Aunque viene con frecuencia por Madrid, hacía mucho tiempo que no iba a ver una obra de teatro. Lola Herrera siempre le ha parecido una excelente actriz y le cae bien. Y, por si fuera poco, es fiel seguidora de Mira quién baila, para que se hagan una idea. Así que la ocasión era que ni pintada. Reservé entradas y fuimos mi hermana, ella y yo. En efecto, no me equivoqué: la encantó.

Cuando gente cercana a mí me preguntaba después si me había parecido buena, yo les decía que sí, que sin duda lo es. Y cuando me preguntaban si a mí me había gustado, les decía que bueno, que en fin, que vaya… Y no me entendían mucho.

Yo esa diferencia la veo muy clara, es la que hay entre lo más o menos objetivo y lo completamente subjetivo. Hay películas, obras de teatro, composiciones musicales o libros que son buenos, que tienen calidad, que están bien hechos... pero que, por el género, por la temática o por la causa que sea, a ti no te llegan, no te acaban de convencer. ¿No les ha pasado a ustedes, que alguna película universalmente reconocida no les gustó, o que alguna pieza musical prestigiosa les resulta cargante, o que un libro que está considerado obra maestra no consiguieron acabarlo…? Pues eso. Hay cosas buenas que a ti -por cómo eres tú, por los intereses, aficiones o gustos que tienes- no te van del todo.

Seis clases de baile en seis semanas, de Richard Alfieri, está bien escrita. No creo que sea una obra maestra, pero los personajes están bien definidos y los diálogos se sostienen. Tiene momentos muy logrados y algunos ingeniosos. Es tierna a ratos, muy divertida en otros.

Los actores están muy bien. La interpretación de Lola Herrera, como siempre, fantástica. Y de Juanjo Artero –al que todos mentalmente identificamos de forma inevitable con su personaje televisivo de El Comisario- se pueden destacar dos cosas: una, que cambia completamente de registro y hace su papel estupendamente; y otra, que no desmerece en la escena al lado de Dña. Lola. No son poco ambos datos.

El juego que da el baile como hilo conductor de la historia, y la puesta en escena en general, me parece que están muy bien. La directora es Tamzin Townsend, la misma de El Método Grönholm o de Gorda.

Quien se sienta siquiera levemente identificado con alguno de los personajes –la mujer mayor insatisfecha por las emociones reprimidas en un ambiente conservador, o el joven a la defensiva que tiene sensación de fracaso vital-, sin duda conectará con la obra. Y, con independencia de esto, cualquiera que tenga afición por el baile, también la disfrutará. Si se juntan ambas cosas, hasta le darán ganas de salir al escenario a bailar con ellos.

Con mi acreditada torpeza, no tengo una relación precisamente idílica con el baile y por tanto no me evoca situaciones bonitas de mi vida. Tampoco me veo, hoy por hoy, en la piel de ninguno de los dos personajes. De ahí que yo no conectara con la trama y la viese con más distancia. Pero insisto en que la obra está bien.

No sé si esta vez me habré conseguido explicar… pero la idea es ésa. A mí no me entusiasmó, pero me pareció buena en conjunto –texto e interpretación- y, desde luego, no me aburrió en absoluto.

Así que, si tienen cerca a alguien a quien le pueda gustar la temática o que sienta el baile, ni lo duden, llévenle. Lo pasará bien.