Según un informe de la CEPAL y Unicef, tres de cada diez niños argentinos viven en la pobreza. Y, de ellos, uno en situación de pobreza extrema.Que en un país como Argentina, que podría ser la despensa del mundo, haya niños que mueren de hambre, es una trágica paradoja y una auténtica vergüenza.
¿Nos vemos el jueves en una iniciativa solidaria?
Según un informe de la CEPAL y Unicef, tres de cada diez niños argentinos viven en la pobreza. Y, de ellos, uno en situación de pobreza extrema.Que en un país como Argentina, que podría ser la despensa del mundo, haya niños que mueren de hambre, es una trágica paradoja y una auténtica vergüenza.
¿Sabes lo de Varguitas?
Todavía ambuló un rato por el centro, el maletín bajo el brazo, el sombrerito arrugado en la mano, fumando sin tregua. Oscurecía ya y las calles estaban desiertas cuando entró al Hotel Maury y pidió una habitación.
Le alcanzaron una ficha y tuvo la pluma levantada unos segundos donde decía profesión, escribió al fin funcionario. El cuarto estaba en el tercer piso, la ventana daba a un patio interior. Se metió en la bañera y se acostó en ropa interior. Manoseó La ciudad y los perros. Luego apagó la luz. Pero no pudo atrapar el sueño hasta muchas horas después.
Desvelado, permanecía de espaldas, el cuerpo inmóvil, el cigarrillo ardiendo entre los dedos, respirando con ansiedad, los ojos fijos en la sombra oscura de arriba.
El viento hacía tintinear las calaminas del techo y las trombas de agua salpicaban el interior de la vivienda. Era una sola habitación, partida por un biombo de madera y protegida por una empalizada de costales embutidos de piedras y tierra: a un lado estaba el puesto de la Guardia Civil, con un tablón sobre dos caballetes –el escritorio- y un baúl donde se guardaban el libro de registros y los partes del servicio. Al otro, juntos por la falta de espacio, los dos catres. Se alumbraban con lámparas de querosene y tenían una radio de pilas que, si no había desarreglos en la atmósfera, captaba Radio Nacional y Radio Junín. El cabo y el guardia pasaban tardes y noches pegados al aparato, tratando de escuchar las noticias de Lima o de Huancayo. Esa tarde la radio roncaba entrecortada que habían otorgado un importante premio a un literato peruano. “Don Mario, el que perdió las elecciones contra el Chino”, dijo Tomás. Lituma recordó entonces una novela que había leído años atrás, una de militares y putas que le dejó un compañero. Qué don ése de saber contar historias. “Dicen que es buen escritor. Y, además, a mí siempre me pareció buen tipo. Ahora creo que anda viviendo por España”, comentó el cabo. Sentados al pie de una descolorida imagen del Corazon de Jesús –un anuncio de Inca Cola- escucharon llover, varios minutos.
(Los textos originarios son de Mario Vargas Llosa -el juego consiste en averiguar de qué dos obras suyas están extraidos-..., excepto, claro está, los intercalados que más les chirríen, de los que él no tiene ninguna culpa).
(Ilustración: retrato de Vargas Llosa, de Julián Grau Santos).
El vampiro de los pobres

- Mi pueblo se muere –le comenzó diciendo.
(Fotografía de la vinchuca de una web científica y resto de fotografías de pilarmateo.com).
Tarde de poesía y amistad
El sábado 24 de octubre asistí a la presentación en Madrid de Hambre de vida, el último poemario de Laura Fernández-MacGregor Maza que esta escritora mexicana está dando a conocer en Europa. El volumen, además de la edición impresa, contiene un CD con los textos recitados por la propia autora.
Laura, educadora, apasionada de la lectura y el arte, tiene publicados en México cinco libros de poesía y uno de narrativa breve, y en proyecto una comedia musical. Confieso que no conocía hasta ahora la obra de esta autora, que leeré con interés tras asistir a este evento.
La presentación tuvo lugar en un acogedor y recomendable restaurante, Mestizo, en la calle Recoletos de Madrid (no confundir con el paseo de Recoletos, como nos pasó a dos pringados esa misma tarde, por cierto...).
Acudí al acto por invitación de la persona que había coordinado su organización, mi amiga Virginia Fermoselle, periodista, una gran amante de la literatura y alma máter de la firma Diglosia. Hay muchas personas que organizan eventos con fría eficacia, pero Vir aporta valores añadidos: su interés por la cultura y esa sensibilidad que le lleva a cuidar cada detalle, hasta dar una calidez singular al acto.
Los versos de Laura sobre el amor, la muerte y la vida -como las tres heridas de Miguel Hernández- llegaron al público en las voces del poeta Diego Valverde Villena, actual director de la Feria del Libro de Valladolid, y de la joven actriz Marta Benvenuty, que tiene ya en su haber un buen puñado de interpretaciones destacables en la escena madrileña. Al alimón nos obsequiaron con una magnífica declamación de los poemas de Hambre de vida, acompañados por Julio al piano.
Luego, se hizo entrega a Laura de un cuadro –El diván-que recrea un pasaje de El abanico, uno de los poemas del libro que se presentaba esa tarde. De esa obra pictórica es autor Borja Leonardo, oscense afincado en Barcelona, arquitecto y estudioso de Bellas Artes, que se inició en la pintura desde niño y que ha participado en varias exposiciones y colaborado como ilustrador en revistas culturales.
En el cóctel tuve ocasión de departir brevemente con José Gárate, Presidente de la Fundación Castilnovo, que promueve la amistad hispano-mexicana, y con quien quedamos emplazados para una próxima comida. Y compartí vino y animada charla con escritores, periodistas y otros amigos.
(Fotografías: Sonne)
Galeano en Madrid
Sabe capturar historias. Historias que están en la memoria de la gente o que surgen mirando alrededor, la calle, los campos, los países, las personas. Sabe ponerlas luego negro sobre blanco. Y devolvérnoslas contadas con sus palabras, de forma tal que nos divierten, nos hacen pensar, nos conmueven.
Galeano escapa de cualquier género. Lo que escribe es todo: ensayo, narrativa, poesía… a la vez.
La primera vez que leí sus textos me deslumbró y desde entonces no ha dejado de acompañarme. Con él aprendí que, por más que el horizonte siempre se aleje, la utopía sirve para caminar. Que visto desde arriba el mundo es un mar de fueguitos. Que necesitamos personas que nos enseñen a mirar. Que la imaginación nos salva. Que los nadies sí existen. Que podemos reclamar el derecho al delirio.
Eduardo Galeano vino a Madrid el mes pasado y el 14 de octubre acudí al Auditorio Marcelino Camacho a escucharle. El escritor primero leyó una selección de sus textos y después conversó con el público, contestando algunas de las preguntas previamente recogidas.
Ya me fascina, de entrada, que la rebeldía frente a la injusticia pero desde la poesía y la sensibilidad sea capaz de llenar un local con tan enorme capacidad. Después, es toda una experiencia disfrutar de la voz cálida y la lucidez de este escritor uruguayo que mezcla la lírica y la épica, que aúna la denuncia y la ternura. Por aquí les dejo el video completo de la presentación, por si a alguien le apetece verlo. Galeano adaptó mucho la selección de textos a lo que él creía que podía encajar en el foro al que había sido invitado, el Ateneo Cultural 1º de mayo de CC.OO. de Madrid. (Posiblemente supondrá que los sindicatos españoles de Méndez y Toxo siguen siendo de verdad sindicatos, como en la época de Redondo y Camacho. O sea, de los que existen en otras partes del mundo para defender a los trabajadores y no para que el presidente del gobierno les diga que nunca olvidará que se hayan quedado callados mientras centenares de miles de personas perdían su empleo y que ellos, además, le aplaudan encantados...). A pesar de todo y muy por encima de esto, siempre merece la pena escuchar a Eduardo Galeano. (Por cierto y como curiosidad, en un barrido que hacen antes del comienzo se me ve entre el público, aunque está muy oscuro. Estoy en el extremo de una fila del lado derecho, con mi amiga Virginia).
Duerme, duerme, Negrita...
calla la vida
-Horacio Guarany-
El viernes por la tarde, sin saber por qué, me vino a la cabeza la canción La Maza, de Silvio Rodríguez (Si no creyera en la locura… si no creyera en la esperanza… si no creyera en mi camino…), pero específicamente la versión cantada por Mercedes Sosa. Y tuve el impulso en ese momento de compartirla con amigos. Quienes vieron el video, debieron de pensar que era mi recuerdo a una persona que en ese momento se debatía entre la vida y la muerte. Pero yo no tenía ni la menor idea. Cuando llegué esa noche a casa, leí en un periódico que Mercedes estaba muy grave y tuve ese escalofrío de lo inexplicable: las intuiciones, los pálpitos, las comunicaciones intangibles, las “casualidades”… Hoy ha muerto La Negra Mercedes Sosa.Desde la primera vez que la escuché en mi vida, me ganó esa fuerza, esa voz vigorosa que hoy se ha apagado. Han sido más de dos décadas en las que sus canciones -como las de otros artistas- han hecho compañía a mis amores, a mis alegrías, a mis penas, a mis rebeldías… Desde que, siendo estudiante, tuve que ahorrar de mi paga semanal para poder comprarme el primer cassette, hasta ese último CD comprado en Argentina en enero pasado, titulado Treinta Años y con una magnífica recopilación de su repertorio: La Maza, María María, Gracias a la vida, Todo cambia, Sólo le pido a Dios, Canción con todos, Años, Alfonsina y el mar, Unicornio, Hermano dame tu mano, Como la cigarra, Si se calla el cantor, Duerme negrito, Dale alegría a mi corazón…
Mercedes no tenía ese vacuo glamour de las estrellas prefabricadas, poseía la elegancia humana de los sencillos, la autenticidad personal. Y una voz caudalosa que cantaba los dolores y las esperanzas de todo un continente.
Esta mañana su familia –su hijo, sus nietos, sus hermanos, sus sobrinos-, decían en un comunicado: “Lo que más feliz le hacía a Mercedes era cantar. Y seguramente ella hubiera querido cantarles también en este final. De modo que así queremos recordarla y así les invitamos a hacerlo con nosotros”. Así la recuerdo yo hoy: cantando.
Malpaís, en Madrid
La amabilísima tica intenta que pueda escuchar el CD, pero no funciona bien su pequeño reproductor de música y, a pesar de sus esfuerzos, no consigue solucionar el problema. Finalmente me mira sonriente y casi me pide un acto de fe: llevéselo, le va a gustar, no se va a arrepentir.se acaban antes del final.
Es este tiempo que llueve y que pasa
y se olvida como la verdad.
Es la ciudad donde no hay direcciones
pero, total, todos saben llegar…
Voy llegando en la distancia,
como un pájaro,
como la primera luz del mes de enero...
(…) Entonces fue que fui
de nuevo un güila correteando en los potreros.
Loco y descamisado me perdí
en un verano por caminos polvorientos.
Sé que tal vez ya no recordarás
los malinches floridos, aquel fuego…
Sé que a veces miro para atrás,
pero es para saber de dónde vengo.
Malpaís aborda en las fantásticas letras de los hermanos Jaime y Fidel Gamboa los temas eternos, las referencias a los recuerdos e imaginarios comunes de los ticos de varias generaciones, al amor y al desamor, con música folk que hunde sus raíces en su tradición musical pero con variadas influencias rock, celtas o caribeñas.
Además de las citadas antes, otras maravillas de esta banda son, por ejemplo, Abril ("Pienso después / cada palabra / para decir / dónde quedaste, /en qué vagón,/ unos meses atrás (…) Puedo tocar/ el aire donde estuvo el dios / benévolo / de tu cuerpo / y repasar los párrafos/ sin terminar…”), esa Contramarea que narra la historia de amor entre una tica y un nica (“Nací sólo para verte llegar a mí”)… Y así hasta completar decenas de fantásticas canciones que les recomiendo.
El alma y el arte
de la artista argentina Patricia Escobar)
-Leonardo Da Vinci-
Patricia Escobar no es una decoradora que aplique simple sentido estético y fría técnica. Es una artista en el sentido que apuntaba el sabio florentino: pone el alma en lo que hace. Por eso, sus creaciones siempre transmiten a quienes las contemplan –o a quienes casi viven dentro de ellas- originalidad, autenticidad, vitalidad.
Como en los verdaderos artistas, la obra de Patricia es inseparable de su personalidad. Cuando afronta el encargo de decorar, por ejemplo, un cuarto para niños, no recurre a esos tópicos que los adultos consideramos motivos infantiles. Piensa en qué le gustaría realmente a la niña que fue, a la niña que quizá de alguna manera sigue siendo. Y le aplica una buena dosis de imaginación, de inventiva, de oficio y de creatividad, hasta conseguir una obra singular.
Porque Patricia además, encara cada trabajo, ya sea un hogar, una biblioteca, un colegio o lo que se le encargue, como algo único e irrepetible. Capta de alguna manera el genius loci, el espíritu que impregna el lugar, o la personalidad de sus moradores, y plasma todo ello en su obra. O da vida ella misma a ese espíritu si es que acaso no existía. Es una creadora originalísima y ocurrente: no trata de reproducir de nuevo, con ligeras variantes, lo previamente experimentado con éxito. Se propone generar algo completamente nuevo, que cobra vida artística ante los ojos de unos destinatarios satisfechos.
En cierta ocasión, una nena había visto entrar por la puerta de su casa a esta decidida pelirroja con su escalera, sus herramientas y sus colores. Y vio como, poco a poco, su cuarto se fue convirtiendo en un lugar donde brotaba la magia en cada rincón. Y un día en que la pequeña viajaba con su abuela en un taxi, no pudo resistirse a compartir con el chofer esta experiencia que la tenía impresionada. Así que de pronto le dijo: “¿Sabe una cosa, señor? ¡En mi casa tenemos ahora un hada!”.

(Imágenes de diversas creaciones de Patricia Escobar para clientes particulares, empresas y varias ediciones de la muestra Casa Foa).
Etiquetas: Argentina, Decoración, Iberoamérica, Nombres propios, Patricia Escobar, Pintura
Gioconda Belli

“Las memorias que guardo de mi infancia y adolescencia ocurrieron en una ciudad que ya no existe, una ciudad que se desplomó en una noche de polvareda e incendios”.
A esa edad creo que aún no nos habían explicado muy bien qué era América o qué era un terremoto. Pero un grupo de niños aprendimos así, recortando diarios y topándonos de bruces con la realidad, algo de periodismo, algo de geografía, algo de geología y algo sobre el dolor.
"Los portadores de sueños sobrevivieron a los
climas gélidos pero en los climas cálidos casi parecían brotar por
generación espontánea.
Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias
torrenciales tuvieron algo que ver con esto,
la verdad es que como laboriosas hormiguitas
estos especímenes no dejaban de soñar y de construir
hermosos mundos,
mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se
llamaban compañeros,
que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban
en las muertes,
se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se
ayudaban en el
arte de querer y en la defensa de la felicidad (…).
Son peligrosos - imprimían las grandes rotativas
Son peligrosos - decían los presidentes en sus discursos
Son peligrosos - murmuraban los artífices de la guerra.
Hay que destruirlos - imprimían las grandes rotativas
Hay que destruirlos - decían los presidentes en sus discursos
Hay que destruirlos - murmuraban los artífices de la guerra.
Los portadores de sueños conocían su poder
por eso no se extrañaban
también sabían que la vida los había engendrado
para protegerse de la muerte que anuncian las
profecías y por eso defendían su vida aun con la muerte.
Por eso cultivaban jardines de sueños
y los exportaban con grandes lazos de colores.
Los profetas de la oscuridad se pasaban noches y días enteros
vigilando los pasajes y los caminos
buscando estos peligrosos cargamentos
que nunca lograban atrapar
porque el que no tiene ojos para soñar
no ve los sueños ni de día, ni de noche” .
La que derribó la tiranía de Somoza. La que intentó esbozar un modelo propio en el que patriotismo, libertad y justicia social no fueran conceptos reñidos entre sí. La que alfabetizó en medio año a medio país. La que comenzó a extender la educación y la sanidad en un territorio lleno de pobreza y entre un pueblo lleno de dignidad. La que intentó reconstruir y vertebrar mínimamente Nicaragua con sus escasos recursos, mientras un vecino del Norte dedicaba muchos más, miles de millones de dólares, al acoso bélico a una experiencia que consideraba peligrosa. La que feneció como consecuencia del sucio chantaje de una guerra impuesta, pero también como consecuencia de sus propios errores, de las corrupciones de algunos dirigentes, que no estuvieron ni remotamente a la altura del esfuerzo colectivo de su pueblo y de la conducta ética de la mayoría de quienes habían sido sus compañeros.Me recuerdo encargando libros a toda la gente que viajaba a Nicaragua o incluso a cualquier otro país de Iberoamérica, me recuerdo alimentando así mi simpatía por los nicas.
Me recuerdo también, triste, el día de la derrota electoral del sandinismo, escuchando en Madrid a la periodista Carmen Sarmiento, en lo que estaba programado como una fiesta y terminó siendo un desfile amargo de soñadores con caras largas.
Un libro donde estaremos felices
o ariscos como gatos discutiendo,
un libro que flote en el tiempo de tu tiempo”.
Estaba yo convaleciente en casa de una leve enfermedad, alguna gripe o algo parecido, supongo. Era finales de los ochenta, creo recordar. Me dispuse a pasar el tiempo leyendo. Busqué entre los libros que tenía pendientes y tomé uno que alguien me había traído de un viaje a Argentina. Era una novela de una autora nicaragüense, Gioconda Belli, y se titulaba La mujer habitada.
Al libro le tomé un cariño especial. Una amiga que buscaba en mi biblioteca lecturas para tomar prestadas se llevó aquella edición. Le conté lo que significaba para mí, le advertí que no estaba aún publicada aquí, que por favor me la devolviera una vez leida. Luego se la reclamé varias veces… No la recuperé.
Novelas con la misma prosa poética que tiñe cuanto hace.Magnífica poesía erótica, o humorística, o comprometida…, siempre vital.
La voz de Gioconda no ha dejado ya de estar presente en mi vida desde aquel encuentro con su literatura…
Y he seguido con interés, muchas veces desde la coincidencia y algunas desde la discrepancia, sus opiniones políticas y sociales, comprobando en todo caso cómo ha seguido siendo fiel no a siglas algunas sino a ese mismo sentido de apuesta por la libertad y de rebelión contra las injusticias que descubrí años atrás leyéndola por vez primera.
"Me he vuelto alfarera
y he creado vasijas para guardar momentos.
Me he soltado en tormenta
y trueno y lloro de rabia por no tenerte cerca,
en viento me he cambiado,
en brisa, en agua fresca
y azoto, mojo, salto
buscándote en el tiempo
de un futuro que tiene
la fuerza de tu fuerza."
Fue en la Casa de América de Madrid, con ocasión de los actos de Vivamérica. Por cierto, ese festival -y no un desfile militar- representa una forma más adecuada de celebrar los lazos de la hispanidad, es decir, todo eso que nos une hoy, que es mucho y deberíamos cuidar y potenciar más, por encima de la visión crítica que nos pueda merecer cómo se produjo el proceso histórico.
Gioconda había dado una magnífica conferencia, a la que no pude asistir por motivos profesionales, pero que luego he tenido ocasión de leer en el Facebook: La sonrisa de la poesía.
Pero sí pude ir a un recital poético dedicado a voces de la literatura femenina de Iberoamérica, presentado por Julia Escobar (por cierto, su blog La quimera y esta Nota discordante comparten la condición de bitácoras recomendadas en el blog de Fernando Sánchez Dragó) y en el que participaron, junto a Gioconda, la colombiana Piedad Bonnet, la cubana María Elena Cruz Varela y la chilena Elvira Hernández.
Además de disfrutar con la lectura de poemas, me sorprendieron anecdóticamente dos cosas. Una, la cantidad de público. Yo pensaba que la poesía sólo nos interesaba a cuatro y parece que al menos nos interesa a un par de centenares. Y otra la juventud de muchos de los asistentes españoles e iberoamericanos (una elevada densidad de chicas guapas por metro cuadrado), porque también pensaba que la gente joven hoy no leía poesía.
Cuando terminó el recital, me acerqué a la mesa. Como a continuación había un concierto en el mismo lugar -el Anfiteatro Gabriela Mistral-, Julia Escobar nos pidió a todos que nos fuéramos a la cafetería, así que le dije a Gioconda que la iba a perseguir hasta allá (“sí, persígueme”, dijo sonriendo), caminamos hacia el lugar (casi imposible conversar en el trayecto porque la iban parando y saludando a cada paso) y cuando llegamos la atraqué a punta de libro (“esos son los mejores atracos”, aseguró) y le pedí que me firmara El infinito en la palma de la mano, mi ejemplar ya leído y otro nuevo que era el regalo de cumpleaños para una amiga, Virginia.

Comencé a leerla con ciertas dudas: me parecía, a priori, una historia ya demasiado conocida –desde la Biblia a Mark Twain- como para que pudiera sorprenderme o decirme algo nuevo. Pero no sólo no me defraudó, sino que me encantó.
Gioconda recrea este mito del Génesis con su brillante prosa poética. Y sabe imaginar y describir como nadie esa sensación del ser humano que carece de experiencia, esa impresión de primera vez ante todo: ante el alimento, ante el frío, ante la noche, ante la maternidad… La sensación de descubrir el dolor y el gozo, el miedo a lo desconocido y la esperanza: la vida humana.
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas (…).
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas(..).
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser”.
La que a mí me escribió: “Para Carlos, con manzanas e higos”.
Y la que abre el propio libro: “A las víctimas anónimas de la guerra de Irak. En algún lugar de esas tierras, entre el Tigris y el Éufrates, hubo una vez un Paraíso”.

Gioconda, novelista. Premiada por El infinito en la palma de la mano:
(Todas las citas en cursiva son textos de Gioconda Belli, procedentes de la conferencia La sonrisa de la poesía, de diversos poemas, de El país bajo mi piel, memorias de amor y de guerra y de El infinito en la palma de la mano) .
Etiquetas: Gioconda Belli, Historia, Iberoamérica, Libros, Nombres propios, Poesía, Política
Aquella tarde, aquella noche...
De los viajes que he hecho hasta ahora, el de Perú ha sido el más apasionante, el más variado, el más completo. Algunos amigos aseguran que hay un antes y un después en mi vida tras ese viaje. Yo no estoy tan seguro, no sé si realmente me cambió en algo, pero es indudable que lo evoco con un cariño muy especial. Es el viaje más largo que he hecho –veintidós días, creo recordar-, la primera vez que viajaba sin pareja en mucho tiempo (con la incertidumbre de cómo lo vas a llevar), la primera vez que hacía no diré un viaje aventura, que tiene mucho de tópico, pero digamos que un viaje menos convencional. Y el destino fue un país fascinante, con muchos países en uno –montaña, desierto, selva, islas, ciudades históricas, pequeños pueblos…-, con una carga histórica y de naturaleza impresionante y con una gente acogedora y llena de encantos. Un amigo –y una sola persona puede, a veces, ser mayoría- me ha propuesto que, además de los viajes que hago ahora, refleje en el blog de vez en cuando algunos de estos viajes retrospectivos. Si hay ocasión, quizá le haga caso.
Pero no quería hablar hoy de viajes pasados. Sólo quería evocar sencillamente un par de escenas que me han venido a la memoria muchas veces desde entonces. Aquel amanecer en Machu Picchu me erizó la piel, el vuelo del cóndor sobre el cañón del Colca no te puede dejar indiferente, la parada en la isla de los Uros en el lago Titicaca, aquella noche con la comunidad de habitantes de la pequeña y misteriosa Taquile, los impresionantes paseos nocturnos por la selva amazónica en Puerto Maldonado, la excursión a ver caimanes en el río, sobrevolar en avioneta las líneas de Nazca, aquellas tardes y noches embrujadoras en Cuzco, donde me hubiera quedado… fueron todas experiencias inolvidables. Pero no son ésas, curiosamente, las escenas que me han venido a la memoria, no, son otras mucho más sencillas.
Los días que íbamos a ir al cañón del Colca, tomábamos como base de operaciones el pueblo de Chivay, que estaba precisamente celebrando sus fiestas locales, con una curiosa mezcolanza de la herencia hispano-cristiana y de los ritos indígenas.
Por la tarde, después de dar un paseo por esta pequeña población, me paré en la puerta de la iglesia. En una pequeña plazoleta, el joven cura hacía de animador de la fiesta y, micrófono en ristre, era el conductor de una serie de juegos para los más pequeños de la localidad. ¿Jugaban a la Wii? No, no se había inventado, pero hubiera dado igual que ya se hubiera inventado. El juego consistía en que los niños llevaban atados a los tobillos unos globos. Había que conseguir el reto de pisar el mayor número posible de globos a los demás y que te pisaran el menor número posible de los tuyos. ¿El premio era una play station o, al menos, una bicicleta? No, el premio era, como anunció el cura, una fantástica caja de lápices de colores. Creo que tardaré en ver por aquí en algún niño –si es que lo consigo- una cara de felicidad como las que contemplé esa tarde, el rato que me convertí en un espectador más de aquella sencilla fiesta popular. Rostros risueños entre los que ganaron los lapiceros de colores y entre quienes nada más –¡nada menos!- se diviertieron participando en sus juegos y en su fiesta. La moraleja no hace falta explicitarla mucho, pero quizá alguna vez encontremos un término medio entre la miseria extrema a la que tenemos condenados a unos y nuestro consumismo absurdo que nos llevará ahora a todos a cambiar al Blu-Ray y tirar inevitablemente a la basura millones de reproductores de DVD –lo viviremos en breve, lo verán-, el generar necesidades artificiales que terminan de alguna forma por esclavizarnos. El utilizar a las personas –de aquí y de allí- como combustible para la economía. Se puede ser feliz con menos, se puede ser feliz de otras formas.
Y por la noche, hubo otra parada en el mismo pueblo y algunos aprovecharon para visitar la vieja y destartalada iglesia, que estaba abierta porque acababa de terminar alguna celebración nocturna. El templo, por mucho que te esforzaras en apreciar el detalle, creo que se visitaba en cinco minutos, así que a continuación yo me fui solo, a mi bola, y me acerqué a una plazoleta cercana. Allí las familias habían sacado mesas y sillas a la calle, con comida. Y calentaban una especie de ponche característico, que no recuerdo ya cómo se llamaba ni con qué estaba hecho. Todos se intercambiaban, charlaban, compartían... En cuanto me vieron solo y curioseando, enseguida varias familias me fueron invitando a que me acercara a sus mesas y me uniera a su cena. Me fueron presentando a sus gentes, me explicaron el sentido de su fiesta, en qué consistían sus tradiciones, cómo era su vida por allí… Un padre me dijo que su hijo jugaba muy bien al fútbol y que podía ser una estrella, que por favor me lo llevara conmigo a España. No conocía aún a Petón y no sé si me perdí a la figura que me hubiera solucionado mi vida, pero me conmovía aquel padre que quería solucionársela a su hijo, quería ofrecerle algo mejor. Y me lo decía absolutamente en serio, como si yo tuviera mucho poder o me pudiera llevar a su hijo escondido en una maleta sin papeles. El ponche estaba hervido, así que no había riesgo, y allí compartí una noche ciertamente entrañable. No sabía especialmente rico, pero a mí sí me dejó –paradojas de la vida- muy buen sabor. Llegaba la hora de marcharme y mientras me despedía -gracias por todo, amigos- me pareció que aquella conversación y aquella bebida compartida, ofrecida de corazón, habían sido más enriquecedoras que cualquier monumento que hubiera podido visitar.
(Fotografías del autor)
Costa Rica (y V). Playa Tambor
En la última fase del viaje, partimos en barco hacia Playa Tambor y en la travesía vimos muchas aves, como este pelícano:

En el barco, entabló conmigo amable e interesante conversación un californiano que reivindicaba con naturalidad y sentido común lo que debería ser la hispanidad: me hubiera gustado que le escucharan algunos de mis compatriotas.
Como decía al comenzar la serie, yo me uní a un viaje ya programado por amigos. Si hubiera dependido de mi gusto individual, hubiera preferido otras opciones en lugar de Playa Tambor, pero se trataba de combinar los intereses de todos (hay que recordar, por ejemplo, que con nosotros viajaba una niña) y la última etapa estaba diseñada para disfrutar de playa y descanso. En esta zona, Barceló ha levantado uno de sus macrohoteles de todo incluido, así que se trataba de colocarse la pulserita y aprovechar los servicios del complejo.
Cuando se construyó el hotel Tambor Beach, justamente al lado de la playa (algo que a mí siempre me ha parecido una barbaridad aquí y en todas partes) los grupos ecologistas locales denunciaron que Barceló había drenado un manglar y que había retirado arena del lecho de un río, provocando erosión. La cadena hotelera española fue multada con 14.000 dólares, una cifra insignificante para el volumen de la inversión, y el proyecto se redujo en parte sobre lo previsto, pero su ejecución continuó adelante. Los ecologistas consideraron que había connivencia entre Barceló y el propio gobierno costarricense. Posteriormente, se han producido más denuncias por contaminación de ríos con aguas residuales.
Cuando se levantan complejos de este tipo en medio de una naturaleza virgen, invadiéndola en parte, la propia naturaleza que rodea al hotel acaba asomándose por dónde puede. Así, miren este garró (una especie de iguana):

O por ejemplo, esta ardilla, que se dedicó una mañana a robar la fruta a los bañistas:


Aunque masificado, como suele ser común en este tipo de complejos, el hotel estaba muy bien en cuanto a instalaciones, no cabe duda. Y el servicio del personal costarricense a mí me pareció atento e impecable. Simplemente que no es el modelo de desarrollo por el que apuesto ni es el modelo de ocio que más me gusta.
Tocaron, por tanto, días tranquilos, de periódico o libro, piscina, mar, cervecita… Yo me di incluso a la relajación y me obsequié con un masaje tropical que me dejó nuevo.Aunque, eso sí, nos apuntamos también a todas las actividades posibles. Por ejemplo, a montar en quad.
En ese paseo, en el que yo iba de paquete y en el que Clara demostró su pericia en la conducción por terrenos más que complicados, nos encontramos también algunos monos en los árboles:

De las actividades del hotel, lo que más me gustó –para sorpresa mía en primer lugar, que nunca la había probado- fue la moto acuática. Ya tengo alternativa propia durante las largas sesiones de baños y sol cuando comparta viaje con aficionados a la playa.
En la tarde del 31 de diciembre, justamente cuando en España se recibía al nuevo año y se tomaban las uvas, nosotros estábamos disfrutando de un fantástico paseo a caballo por una playa del Pacífico. Para mí no hay color.



Y por la noche una fiesta para recibir al nuevo año, con su suelta de globos, su baile, su cuenta atrás a la americana y todo eso, aunque a diferencia de lo que pasa en las películas no me tocó justamente al lado ninguna chica guapa a quien besar. El año que se iba había sido particularmente duro llevándose a Ángel, a Isabel, a Ana… y yo no estaba muy de humor. Si me escapo de la Nochevieja española no es porque me apetezca mucho integrarme tampoco en la Nochevieja tica. Pero me pareció que no tenía escapatoria. En fin, si no puedes vencer a tu enemigo únete a él, así que al final me rendí y participé. Siempre hay algo que agradecer y algo que celebrar. Por ejemplo, más de 25 años de amistad:

Fue una estancia grata, en un país fantástico y con una compañía sensacional. Cuando regresábamos, unos días más tarde, el mar y el cielo nos obsequiaban con esta imagen de despedida:

Costa Rica (IV). Arenal y La Fortuna
A William (un amabilísimo guía naturalista del Parque Nacional del Volcán Arenal, al que era una gozada escuchar) se lo contó su abuelo. Un día oyeron cómo la montaña rugía, les entró el miedo y la familia se marchó del pueblo. Su intuición quizá les salvó la vida.
El 29 de julio de 1968, tras más de cuatro siglos dormido, el volcán Arenal despertó de nuevo. Las estruendosas explosiones dieron origen a ríos de lava que arrasaron dos pueblos, mataron a cerca de ochenta personas y a miles de cabezas de ganado. Lo que hasta ese día habían sido fértiles terrenos de cultivo se convirtió en una extensión de color ceniza.
La situación recuperó la normalidad y, aunque este volcán está todavía entre los diez más activos del mundo, se encuentra diariamente controlado.
A unos kilómetros está el Lago Arenal, un embalse construido en 1979 a partir de una pequeña laguna inicial, anegando varios de los antiguos pueblos. Ocupa más de 80 km2 y se utiliza para abastecimiento de agua y generación de energía hidroeléctrica.

Para llegar a las inmediaciones del volcán se puede acceder por varios senderos, atravesando zonas de precioso bosque tropical. Sólo ya el paseo, entre vegetación espectacular y avistando algunos curiosos animales, merece mucho la pena.

¿Qué hicimos tras encontrar este cartel? Pasar, claro.

El volcán denotaba actividad –se escuchaban fuertes retumbos cada poco tiempo- pero no podíamos ver la posible erupción porque era un día lluvioso y la niebla cubría la cumbre.
El volcán Arenal tiene unos 1.700 metros de altitud. Normalmente emite gases y vapores de agua y, en algunas ocasiones, lanza materiales piroclásticos que son los que aparecen en las fotografías más llamativas de los folletos turísticos y las postales.
Las erupciones han cambiado de dirección en varias ocasiones. Antes los hoteles se construían y anunciaban con vistas a las erupciones del volcán Arenal, pero en la actualidad la orientación de las erupciones es hacia otra cara de la montaña.

La zona de influencia del Volcán y los bosques cercanos están protegidos como Parque Nacional desde 1994.
Una curiosidad: a esta flor los naturales de allí la llaman banderita española por su colorido rojo y amarillo.

Algunos hoteles y establecimientos de estas poblaciones cuentan con piscinas que se nutren normalmente de agua de manantiales volcánicos, por lo que uno puede darse un agradable baño en aguas termales, por ejemplo las procedentes del río Tabacón.Dentro del Parque, en término municipal de La Fortuna, se encuentra otra maravilla natural: un par de espectaculares saltos de agua. El más grande de ellos es la catarata de La Fortuna, de 70 metros de altura, que cae por un cañón de roca volcánica.


También en los alrededores de ese establecimiento hotelero encontramos al curioso basilisco, casi mimetizado con el color de la vegetación. Este animal es otra especie de lagarto, similar a las iguanas, aunque más esbelto y con unas características crestas en su lomo.






