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¿Nos vemos el jueves en una iniciativa solidaria?


Este jueves día 24 de noviembre intervendré, junto con otros compañeros/as, en el acto de presentación de la asociación Solidaridad Hispano-Argentina.

Creo que mucha gente tiene aquí la idea de que la República Argentina no es un país pobre. Y están totalmente en lo cierto. Con lo que produce, podría alimentarse sin duda a muchas más personas de las que lo habitan. Pero sí es un país con gente empobrecida, un país con enormes desigualdades sociales. 

Hace algún tiempo, un grupo de amigos que habíamos viajado a Argentina en distintos momentos, poníamos en común nuestras vivencias, sobre todo en lo que se refiere a esa otra cara de la realidad, la que no conocen los turistas. Cada uno de nosotros había visitado, a través de contactos con voluntarios y activistas de allí, un barrio marginal diferente y los tres habíamos visto lo mismo: miles de personas habitando infravivivendas construidas sobre asentamientos ilegales, población desempleada, sin servicios elementales, y niños con desnutrición, con el horizonte de acabar atrapados en las redes de la droga (el paco), de la desescolarizacion, del trabajo infantil o de  la delincuencia. Los tres habíamos regresado impactados por aquella experiencia.

Según un informe de la CEPAL y Unicef, tres de cada diez niños argentinos viven en la pobreza. Y, de ellos, uno en situación de pobreza extrema.Que en un país como Argentina, que podría ser la despensa del mundo, haya niños que mueren de hambre, es una trágica paradoja y una auténtica vergüenza.

Pero también habíamos conocido algo positivo en aquellos lugares: voluntarios de asociaciones, grupos alternativos, sindicatos, confesiones religiosas, particulares, etc., que ponían todo su esfuerzo y dedicación personal en desarrollar y mantener, en aquellos lugares llenos de miseria, iniciativas esperanzadoras: comedores comunitarios para niños, cooperativas de trabajo, proyectos formativos...

Los tres decidimos desde ese momento tener algo más en común: no quedarnos de brazos cruzados. Y de esa voluntad, y unidos a otras personas que se han ido sumando a ese impulso, ha nacido esta modesta asociación. 

El jueves, en el Bar Restaurante argentino Zaravencia, de Madrid, calle Fernán González núm. 37, a partir de las 19 horas, os lo contamos, en el acto de presentación pública de esta iniciativa de cooperación. 

Me encantaría que os animarais y que nos viéramos por allí. Os esperamos.

¿Sabes lo de Varguitas?

En un café del jirón Azángaro pidió un té con limón, que saboreó muy despacio. Miró de reojo un diario atrasado y en la primera página aparecía la imagen de Vargas Llosa, el escritor. “Ese vivo que se casa siempre con alguien de su familia: así no hay sorpresa”, pensó sonriendo. Lo acercó y comenzó a leer que le habían concedido el Premio Nobel “por su cartografía de las estructuras del poder y por sus aceradas imágenes…”. Cerró el diario. “Estos suecos parece que hablan en sueco hasta cuando se les traduce al castellano”, murmuró entre dientes. Se levantó y al salir dejó de propina el doble de la cuenta. En una librería refugiada en un pasillo del jirón de la Unión, hojeó novelitas de carátulas llameantes y letra manoseada y minúscula, mirando sin ver, hasta que precisamente una del escritor premiado encendió sus ojos, un segundo. La compró y salió.

Todavía ambuló un rato por el centro, el maletín bajo el brazo, el sombrerito arrugado en la mano, fumando sin tregua. Oscurecía ya y las calles estaban desiertas cuando entró al Hotel Maury y pidió una habitación.

Le alcanzaron una ficha y tuvo la pluma levantada unos segundos donde decía profesión, escribió al fin funcionario. El cuarto estaba en el tercer piso, la ventana daba a un patio interior. Se metió en la bañera y se acostó en ropa interior. Manoseó La ciudad y los perros. Luego apagó la luz. Pero no pudo atrapar el sueño hasta muchas horas después.

Desvelado, permanecía de espaldas, el cuerpo inmóvil, el cigarrillo ardiendo entre los dedos, respirando con ansiedad, los ojos fijos en la sombra oscura de arriba.

***

El viento hacía tintinear las calaminas del techo y las trombas de agua salpicaban el interior de la vivienda. Era una sola habitación, partida por un biombo de madera y protegida por una empalizada de costales embutidos de piedras y tierra: a un lado estaba el puesto de la Guardia Civil, con un tablón sobre dos caballetes –el escritorio- y un baúl donde se guardaban el libro de registros y los partes del servicio. Al otro, juntos por la falta de espacio, los dos catres. Se alumbraban con lámparas de querosene y tenían una radio de pilas que, si no había desarreglos en la atmósfera, captaba Radio Nacional y Radio Junín. El cabo y el guardia pasaban tardes y noches pegados al aparato, tratando de escuchar las noticias de Lima o de Huancayo. Esa tarde la radio roncaba entrecortada que habían otorgado un importante premio a un literato peruano. “Don Mario, el que perdió las elecciones contra el Chino”, dijo Tomás. Lituma recordó entonces una novela que había leído años atrás, una de militares y putas que le dejó un compañero. Qué don ése de saber contar historias. “Dicen que es buen escritor. Y, además, a mí siempre me pareció buen tipo. Ahora creo que anda viviendo por España”, comentó el cabo. Sentados al pie de una descolorida imagen del Corazon de Jesús –un anuncio de Inca Cola- escucharon llover, varios minutos.

(Los textos originarios son de Mario Vargas Llosa -el juego consiste en averiguar de qué dos obras suyas están extraidos-..., excepto, claro está, los intercalados que más les chirríen, de los que él no tiene ninguna culpa).

(Ilustración: retrato de Vargas Llosa, de Julián Grau Santos).

El vampiro de los pobres

El triatoma infestans, al que los bolivianos y argentinos, entre otros, conocen como vinchuca, es un insecto de color pardo que, de adulto, alcanza unos dos centímetros y que habita fundamentalmente en el Cono Sur del continente americano.

Es una chinche hematófaga: para desarrollarse, se alimenta de la sangre del hombre y de otros animales. Tiene unos hábitos muy parecidos a los de la cucaracha a la hora de elegir su hábitat y buscar refugios. Durante las horas diurnas, la vinchuca permanece escondida y por la noche es cuando sale de su escondite y se alimenta. Cae sobre el cuerpo de su víctima, aprovechando que generalmente estará dormida, y le inocula una sustancia anestesiante. Después, absorbe durante largo rato –aseguran que incluso veinte minutos- toda la sangre que necesita hasta saciarse. Y, cuando está harta, frecuentemente, defeca allí mismo antes de regresar lentamente a su guarida.

En esas heces del insecto habita un parásito, el trypanosoma cruzi. Si la víctima de la vinchuca, como es habitual, se rasca consciente o inconscientemente su picadura, en numerosas ocasiones se estará inoculando ese parásito.

El tripanosoma viaja por el torrente sanguíneo hasta encontrar alojamiento en tejidos musculares o nerviosos. Durante años, a veces décadas, la presencia del microscópico invasor puede ser asintómatica: la persona infectada no será consciente de que lo tiene dentro. Pero cuando se afinca en las células del esófago, del colon, de los nervios, del cerebro, del corazón… se reproduce y forma colonias que agrandan los órganos, que los necrosan o que los obturan, pudiendo causar importantes trastornos o, cuando son órganos vitales, la muerte. Una muerte repentina de alguien que ni siquiera parecía estar enfermo. Esta enfermedad es conocida como el mal de Chagas, por el médico brasileño que lo descubrió.

El mal de Chagas afecta principalmente a los sectores más pobres de las sociedades iberoamericanas, a quienes habitan en infraviviendas, cuyas precarias características constructivas e higiénicas propician la presencia habitual de vinchucas.

Los expertos calculan que 25 millones de personas pueden estar afectadas por el mal de Chagas. Y que esta enfermedad es culpable de unas 50.000 muertes cada año. Las estadísticas son, sin embargo, poco fiables, por las peculiaridades de la enfermedad y por las personas a las que afecta. En muchas ocasiones la infección pasa desapercibida durante largo tiempo. Y las causas de muchas muertes de indígenas por insuficiencias cardiacas no llegarán nunca a ser correctamente diagnosticadas.

¿Ustedes conocían el mal de Chagas? He preguntado a gente cercana y absolutamente nadie había oído hablar de esta enfermedad. (Bueno, una sí, que apenas comencé a describir la vinchuca enseguida me dijo: “el mal de Chagas”. Pero créanme que la Portentillo no cuenta: es un caso único que deformaría la estadística). Por descontado, yo no tenía ni la más vaga idea de la existencia del mal de Chagas hasta que oí una entrevista en la cadena Ser que despertó mi curiosidad y realmente me impresionó.

¿Y esto no les da que pensar? 25 millones de afectados, más de un centenar de muertos cada día... ¿y nunca hemos oído siquiera hablar del mal de Chagas?

Compárenlo ahora con el montaje, alarmista y posiblemente interesado, en torno a la gripe A, una enfermedad comparativamente leve. Desde su aparición, 13.000 muertes en todo el mundo (unas 230 en España). Sólo nuestro país compró nada menos que treinta y siete millones de dosis de vacunas, gastando unos doscientos setenta millones de euros. A eso súmenle el coste de estudios, campañas de prevención (por calificarles ingenuamente con la denominación oficial), programas, etc. Decididamente, vivimos en un mundo donde nos manipulan a través de la información, donde hay intereses muy poderosos e influyentes y donde hay víctimas de primera y de última.

Con todo lo que se ha creado en torno a la gripe A, los laboratorios del mundo se han embolsado miles de millones de euros. Con el mal de Chagas, con ese silencioso genocidio, con esta especie de SIDA de los pobres, todos miran para otro lado… ¿por qué investigar, por qué fabricar fármacos para quiénes no pueden pagarlos?



Pilar Mateo es una científica valenciana. Su padre era propietario de una empresa de pinturas y ella se licenció en Ciencias Químicas y se dedicó a la investigación en ese campo. Esta española comenzó, a partir de su tesis doctoral, a investigar sobre la posibilidad de una pintura insecticida.

Los insecticidas convencionales tienen efectos muy limitados en el tiempo, pero ella acabó dando con la fórmula para fabricar una pintura con microcápsulas de insecticida cuyo efecto duraba dos años.

La doctora Pilar Mateo posiblemente podría haberse hecho muy rica con su patente, para combatir en todo el mundo las cucarachas, las chinches… Pero se cruzó en su camino Cleto Cáceres, un médico boliviano que había visto como el mal de Chagas afectaba a los indígenas y que había venido becado a Valencia para hacer un máster:

- Mi pueblo se muere –le comenzó diciendo.

Pilar Mateo consiguió un convenio con la Generalitat valenciana y con el gobierno boliviano para suministrar su pintura a precio de costo y se fue a poner personalmente en marcha un programa destinado a pintar las viviendas de los guaraníes y protegerles de la vinchuca.

Pilar quedó atrapada por la realidad que vio. Desde entonces y durante años, ha removido Roma con Santiago para implicar a sectores políticos y sociales, a los dirigentes y los pueblos indígenas, para vencer supersticiones entre quienes creían que la vinchuca era símbolo de fortuna o resistencias entre quienes desconfiaban, para vencer los recelos de los poderosos y de sus miserables intereses... Pilar se hizo una más con los indígenas de Bolivia, México y Argentina y acabó implicándose, no sólo contra el mal de Chagas, sino en la lucha contra la miseria y por la dignidad.

El vampiro de los pobres (La esfera de los libros, 2010) narra esta interesantísima y conmovedora historia, la de las víctimas del mal de Chagas y la de quienes le han plantado cara. Charo González Casas, periodista y escritora, ha escrito un libro humanísimo, terrible y hermoso. O quizá ha puesto negro sobre blanco, de forma muy acertada, el libro que cada día están escribiendo Pilar Mateo y sus gentes. Los beneficios que obtiene la doctora por esta publicación los destina al pueblo guaraní boliviano. No les cuento más: léanlo.

(Fotografía de la vinchuca de una web científica y resto de fotografías de pilarmateo.com).

Tarde de poesía y amistad

El sábado 24 de octubre asistí a la presentación en Madrid de Hambre de vida, el último poemario de Laura Fernández-MacGregor Maza que esta escritora mexicana está dando a conocer en Europa. El volumen, además de la edición impresa, contiene un CD con los textos recitados por la propia autora.

Laura, educadora, apasionada de la lectura y el arte, tiene publicados en México cinco libros de poesía y uno de narrativa breve, y en proyecto una comedia musical. Confieso que no conocía hasta ahora la obra de esta autora, que leeré con interés tras asistir a este evento.

La presentación tuvo lugar en un acogedor y recomendable restaurante, Mestizo, en la calle Recoletos de Madrid (no confundir con el paseo de Recoletos, como nos pasó a dos pringados esa misma tarde, por cierto...).

Acudí al acto por invitación de la persona que había coordinado su organización, mi amiga Virginia Fermoselle, periodista, una gran amante de la literatura y alma máter de la firma Diglosia. Hay muchas personas que organizan eventos con fría eficacia, pero Vir aporta valores añadidos: su interés por la cultura y esa sensibilidad que le lleva a cuidar cada detalle, hasta dar una calidez singular al acto.

Los versos de Laura sobre el amor, la muerte y la vida -como las tres heridas de Miguel Hernández- llegaron al público en las voces del poeta Diego Valverde Villena, actual director de la Feria del Libro de Valladolid, y de la joven actriz Marta Benvenuty, que tiene ya en su haber un buen puñado de interpretaciones destacables en la escena madrileña. Al alimón nos obsequiaron con una magnífica declamación de los poemas de Hambre de vida, acompañados por Julio al piano.

Luego, se hizo entrega a Laura de un cuadro –El diván-que recrea un pasaje de El abanico, uno de los poemas del libro que se presentaba esa tarde. De esa obra pictórica es autor Borja Leonardo, oscense afincado en Barcelona, arquitecto y estudioso de Bellas Artes, que se inició en la pintura desde niño y que ha participado en varias exposiciones y colaborado como ilustrador en revistas culturales.

En el cóctel tuve ocasión de departir brevemente con José Gárate, Presidente de la Fundación Castilnovo, que promueve la amistad hispano-mexicana, y con quien quedamos emplazados para una próxima comida. Y compartí vino y animada charla con escritores, periodistas y otros amigos.

Pero para mí una de las gozadas de la tarde, sin duda, fue tener ocasión de conocer y saludar a Roberto Alifano, que intervino en la presentación. (Precisamente con él aparezco en la foto, junto con Virginia y con Francisco Javier Redondo Jordán, bloguero, escritor a punto de editar sus primeras obras y webmaster de sanchezdrago.com). Alifano, persona muy interesante y afectuosa, es autor de una docena de poemarios, una extensa obra que se inició en 1967 con De sueños y caminantes hasta llegar en 2006 a Cantos al amor maravilloso. En Chile trató a Pablo Neruda y fue el encargado, recién depuesto Allende, de pronunciar las palabras de despedida en el entierro del poeta, por lo que fue detenido y expulsado del país por los golpistas. En su Argentina natal, Alifano se convirtió durante una década en la mano derecha y los ojos de Jorge Luis Borges y, fruto de esa colaboración profesional, vieron la luz, entre otros muchos trabajos, traducciones de Robert Louis Stevenson, Herman Hesse y Lewis Carroll. Sobre la obra y el perfil personal del gran autor argentino ha publicado varios volúmenes, entre ellos Conversaciones con Borges, Borges, biografía verbal y El humor de Borges. Colaborador habitual de prensa americana y europea, con varios premios literarios y distinciones en su haber, Roberto es el actual secretario de la Sociedad Argentina de Escritores y, desde 1988, dirige la prestigiosa revista Proa, fundada precisamente por Jorge Luis Borges en 1922. A pesar de toda esta trayectoria que resumo, Roberto es hombre sencillo y sumamente accesible, sin rastro alguno de divismo. Fue un placer compartir con él cerveza, grata conversación ¡…y hasta alguna milonga borgiana! Brindo desde ahora por un reencuentro.

(Fotografías: Sonne)

Galeano en Madrid

“Pensé que conocía unas cuantas historias buenas para contar a los demás, y descubrí, o confirmé, que escribir era lo mío (…). Aquella noche me di cuenta de que yo era un cazador de palabras. Para eso había nacido”.
Eduardo Galeano sabe utilizar como pocos la magia de la palabra.

Sabe capturar historias. Historias que están en la memoria de la gente o que surgen mirando alrededor, la calle, los campos, los países, las personas. Sabe ponerlas luego negro sobre blanco. Y devolvérnoslas contadas con sus palabras, de forma tal que nos divierten, nos hacen pensar, nos conmueven.

Galeano escapa de cualquier género. Lo que escribe es todo: ensayo, narrativa, poesía… a la vez.

La primera vez que leí sus textos me deslumbró y desde entonces no ha dejado de acompañarme. Con él aprendí que, por más que el horizonte siempre se aleje, la utopía sirve para caminar. Que visto desde arriba el mundo es un mar de fueguitos. Que necesitamos personas que nos enseñen a mirar. Que la imaginación nos salva. Que los nadies sí existen. Que podemos reclamar el derecho al delirio.

Eduardo Galeano vino a Madrid el mes pasado y el 14 de octubre acudí al Auditorio Marcelino Camacho a escucharle. El escritor primero leyó una selección de sus textos y después conversó con el público, contestando algunas de las preguntas previamente recogidas.

Ya me fascina, de entrada, que la rebeldía frente a la injusticia pero desde la poesía y la sensibilidad sea capaz de llenar un local con tan enorme capacidad. Después, es toda una experiencia disfrutar de la voz cálida y la lucidez de este escritor uruguayo que mezcla la lírica y la épica, que aúna la denuncia y la ternura.
Por aquí les dejo el video completo de la presentación, por si a alguien le apetece verlo. Galeano adaptó mucho la selección de textos a lo que él creía que podía encajar en el foro al que había sido invitado, el Ateneo Cultural 1º de mayo de CC.OO. de Madrid. (Posiblemente supondrá que los sindicatos españoles de Méndez y Toxo siguen siendo de verdad sindicatos, como en la época de Redondo y Camacho. O sea, de los que existen en otras partes del mundo para defender a los trabajadores y no para que el presidente del gobierno les diga que nunca olvidará que se hayan quedado callados mientras centenares de miles de personas perdían su empleo y que ellos, además, le aplaudan encantados...). A pesar de todo y muy por encima de esto, siempre merece la pena escuchar a Eduardo Galeano. (Por cierto y como curiosidad, en un barrido que hacen antes del comienzo se me ve entre el público, aunque está muy oscuro. Estoy en el extremo de una fila del lado derecho, con mi amiga Virginia).
(Fotografías del autor).

Duerme, duerme, Negrita...

Si se calla el cantor
calla la vida
 
-Horacio Guarany-
El viernes por la tarde, sin saber por qué, me vino a la cabeza la canción La Maza, de Silvio Rodríguez (Si no creyera en la locura… si no creyera en la esperanza… si no creyera en mi camino…), pero específicamente la versión cantada por Mercedes Sosa. Y tuve el impulso en ese momento de compartirla con amigos. Quienes vieron el video, debieron de pensar que era mi recuerdo a una persona que en ese momento se debatía entre la vida y la muerte. Pero yo no tenía ni la menor idea. Cuando llegué esa noche a casa, leí en un periódico que Mercedes estaba muy grave y tuve ese escalofrío de lo inexplicable: las intuiciones, los pálpitos, las comunicaciones intangibles, las “casualidades”… Hoy ha muerto La Negra Mercedes Sosa.

Desde la primera vez que la escuché en mi vida, me ganó esa fuerza, esa voz vigorosa que hoy se ha apagado. Han sido más de dos décadas en las que sus canciones -como las de otros artistas- han hecho compañía a mis amores, a mis alegrías, a mis penas, a mis rebeldías… Desde que, siendo estudiante, tuve que ahorrar de mi paga semanal para poder comprarme el primer cassette, hasta ese último CD comprado en Argentina en enero pasado, titulado Treinta Años y con una magnífica recopilación de su repertorio: La Maza, María María, Gracias a la vida, Todo cambia, Sólo le pido a Dios, Canción con todos, Años, Alfonsina y el mar, Unicornio, Hermano dame tu mano, Como la cigarra, Si se calla el cantor, Duerme negrito, Dale alegría a mi corazón…

Mercedes no tenía ese vacuo glamour de las estrellas prefabricadas, poseía la elegancia humana de los sencillos, la autenticidad personal. Y una voz caudalosa que cantaba los dolores y las esperanzas de todo un continente.

Esta mañana su familia –su hijo, sus nietos, sus hermanos, sus sobrinos-, decían en un comunicado: “Lo que más feliz le hacía a Mercedes era cantar. Y seguramente ella hubiera querido cantarles también en este final. De modo que así queremos recordarla y así les invitamos a hacerlo con nosotros”. Así la recuerdo yo hoy: cantando.



Malpaís, en Madrid

San José de Costa Rica, enero de un recién estrenado 2008. Entro en una pequeño establecimiento y me atiende una costarricense encantadora (valga la redundancia). Me pregunta en qué me puede ayudar y le digo que suelo llevarme música de los lugares adonde viajo y que si me puede aconsejar, porque no tengo ni idea de qué música se hace allí.

Charlamos un rato sobre mis gustos, curioseamos lo dos por la tienda y, finalmente, se decide a recomendarme, sin dudarlo, que me lleve un disco de Malpaís grabado en vivo. Se extraña de que no conozca a este grupo, porque me cuenta que allí son un auténtico fenómeno nacional, pero yo jamás había oído hablar de ellos.

La amabilísima tica intenta que pueda escuchar el CD, pero no funciona bien su pequeño reproductor de música y, a pesar de sus esfuerzos, no consigue solucionar el problema. Finalmente me mira sonriente y casi me pide un acto de fe: llevéselo, le va a gustar, no se va a arrepentir.

Lástima que no pueda darle las gracias. Malpaís me acompañó a partir de ahí en muchos momentos e incluso me sirvió de música de fondo en este blog para mis entradas dedicadas a Costa Rica.

La de la ciudad de San José, la ilustré en su momento con la música de Rosa de un día:

Es este valle donde las historias
se acaban antes del final.
Es este tiempo que llueve y que pasa
y se olvida como la verdad.
Es la ciudad donde no hay direcciones
pero, total, todos saben llegar…
(...) Es el café que te huele a milagro,
sol de unas tardes de nunca acabar (...)
Es el destino de tanto amigos
que naufragaron sin llegar al mar.
La ilusión de que un día se pueda
y la certeza de que se podrá...



Y el texto introductorio de todo ese viaje, con la preciosa canción Cómo un pájaro, por la que luego incluso algunos lectores me preguntaban:

Voy llegando en la distancia,
como un pájaro,
como la primera luz del mes de enero...
(…) Entonces fue que fui
de nuevo un güila correteando en los potreros.
Loco y descamisado me perdí
en un verano por caminos polvorientos.
Sé que tal vez ya no recordarás
los malinches floridos, aquel fuego…
Sé que a veces miro para atrás,
pero es para saber de dónde vengo.



Malpaís dicen que es una playa “agreste y olvidada” de la península de Nicoya que dio nombre a esta formación, con un notable plantel de músicos que provienen de la canción, del jazz y de la música clásica.

Malpaís aborda en las fantásticas letras de los hermanos Jaime y Fidel Gamboa los temas eternos, las referencias a los recuerdos e imaginarios comunes de los ticos de varias generaciones, al amor y al desamor, con música folk que hunde sus raíces en su tradición musical pero con variadas influencias rock, celtas o caribeñas.

Además de las citadas antes, otras maravillas de esta banda son, por ejemplo, Abril ("Pienso después / cada palabra / para decir / dónde quedaste, /en qué vagón,/ unos meses atrás (…) Puedo tocar/ el aire donde estuvo el dios / benévolo / de tu cuerpo / y repasar los párrafos/ sin terminar…”), esa Contramarea que narra la historia de amor entre una tica y un nica (“Nací sólo para verte llegar a mí”)… Y así hasta completar decenas de fantásticas canciones que les recomiendo. 



Hoy Malpaís, en gira por España, visita precisamente Madrid y esta noche actuará en la Sala Galileo Galilei. Si no me surge ningún inconveniente de última hora, desde luego tengo intención de estar allí y disfrutar con sus palabras cálidas, con su buena música y con los recuerdos imborrables de ese pequeño e increible país de la pura vida, donde tan acogido me sentí. Bienvenidos, amigos.

El alma y el arte

(Texto original escrito a modo de prólogo para la web oficial
de la artista argentina Patricia Escobar)


“Donde el alma no trabaja junto con las manos, ahí no hay arte”
-Leonardo Da Vinci-
Patricia Escobar no es una decoradora que aplique simple sentido estético y fría técnica. Es una artista en el sentido que apuntaba el sabio florentino: pone el alma en lo que hace. Por eso, sus creaciones siempre transmiten a quienes las contemplan –o a quienes casi viven dentro de ellas- originalidad, autenticidad, vitalidad.

Como en los verdaderos artistas, la obra de Patricia es inseparable de su personalidad. Cuando afronta el encargo de decorar, por ejemplo, un cuarto para niños, no recurre a esos tópicos que los adultos consideramos motivos infantiles. Piensa en qué le gustaría realmente a la niña que fue, a la niña que quizá de alguna manera sigue siendo. Y le aplica una buena dosis de imaginación, de inventiva, de oficio y de creatividad, hasta conseguir una obra singular.

Porque Patricia además, encara cada trabajo, ya sea un hogar, una biblioteca, un colegio o lo que se le encargue, como algo único e irrepetible. Capta de alguna manera el genius loci, el espíritu que impregna el lugar, o la personalidad de sus moradores, y plasma todo ello en su obra. O da vida ella misma a ese espíritu si es que acaso no existía. Es una creadora originalísima y ocurrente: no trata de reproducir de nuevo, con ligeras variantes, lo previamente experimentado con éxito. Se propone generar algo completamente nuevo, que cobra vida artística ante los ojos de unos destinatarios satisfechos.

En cierta ocasión, una nena había visto entrar por la puerta de su casa a esta decidida pelirroja con su escalera, sus herramientas y sus colores. Y vio como, poco a poco, su cuarto se fue convirtiendo en un lugar donde brotaba la magia en cada rincón. Y un día en que la pequeña viajaba con su abuela en un taxi, no pudo resistirse a compartir con el chofer esta experiencia que la tenía impresionada. Así que de pronto le dijo: “¿Sabe una cosa, señor? ¡En mi casa tenemos ahora un hada!”.



(Imágenes de diversas creaciones de Patricia Escobar para clientes particulares, empresas y varias ediciones de la muestra Casa Foa).

Gioconda Belli


“No voy a reclamar para mi país, Nicaragua, el premio para el más azotado y sufrido del continente americano, porque siendo un país latinoamericano la competencia es feroz (…). Somos un país de sobrevivientes, sobrevivientes de las catástrofes, pero también de las esperanzas malogradas.”
 
Nicaragua es una pequeña (y dicen que linda: sueño con comprobarlo un día cercano) nación de Centroamérica, un pueblo que fue ejemplo de superación, un David frente a un Goliat, un singular país donde los héroes nacionales son un guerrillero y un puñado de poetas. 


“Las memorias que guardo de mi infancia y adolescencia ocurrieron en una ciudad que ya no existe, una ciudad que se desplomó en una noche de polvareda e incendios”.
 
Tenía yo seis años cuando supe de la existencia de Nicaragua. Y de qué forma. A un maestro de mi pueblito abulense se le ocurrió encargarnos en la escuela que, por equipos de trabajo, hiciéramos unos murales sobre el terremoto que acababa de devastar Managua, para luego colocarlos en el aula.

A esa edad creo que aún no nos habían explicado muy bien qué era América o qué era un terremoto. Pero un grupo de niños aprendimos así, recortando diarios y topándonos de bruces con la realidad, algo de periodismo, algo de geografía, algo de geología y algo sobre el dolor.


"Los portadores de sueños sobrevivieron a los
climas gélidos pero en los climas cálidos casi parecían brotar por
generación espontánea.
Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias
torrenciales tuvieron algo que ver con esto,
la verdad es que como laboriosas hormiguitas
estos especímenes no dejaban de soñar y de construir
hermosos mundos,
mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se
llamaban compañeros,
que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban
en las muertes,
se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se
ayudaban en el
arte de querer y en la defensa de la felicidad (…).
Son peligrosos - imprimían las grandes rotativas
Son peligrosos - decían los presidentes en sus discursos
Son peligrosos - murmuraban los artífices de la guerra.
Hay que destruirlos - imprimían las grandes rotativas
Hay que destruirlos - decían los presidentes en sus discursos
Hay que destruirlos - murmuraban los artífices de la guerra.
Los portadores de sueños conocían su poder
por eso no se extrañaban
también sabían que la vida los había engendrado
para protegerse de la muerte que anuncian las
profecías y por eso defendían su vida aun con la muerte.
Por eso cultivaban jardines de sueños
y los exportaban con grandes lazos de colores.
Los profetas de la oscuridad se pasaban noches y días enteros
vigilando los pasajes y los caminos
buscando estos peligrosos cargamentos
que nunca lograban atrapar
porque el que no tiene ojos para soñar
no ve los sueños ni de día, ni de noche” .

Nicaragua volvería a estar presente en mi vida varias décadas después, cuando seguí, desde el interés, desde el cariño, desde la solidaridad y luego desde la decepción, la más hermosa de las revoluciones contemporáneas.

La que derribó la tiranía de Somoza. La que intentó esbozar un modelo propio en el que patriotismo, libertad y justicia social no fueran conceptos reñidos entre sí. La que alfabetizó en medio año a medio país. La que comenzó a extender la educación y la sanidad en un territorio lleno de pobreza y entre un pueblo lleno de dignidad. La que intentó reconstruir y vertebrar mínimamente Nicaragua con sus escasos recursos, mientras un vecino del Norte dedicaba muchos más, miles de millones de dólares, al acoso bélico a una experiencia que consideraba peligrosa. La que feneció como consecuencia del sucio chantaje de una guerra impuesta, pero también como consecuencia de sus propios errores, de las corrupciones de algunos dirigentes, que no estuvieron ni remotamente a la altura del esfuerzo colectivo de su pueblo y de la conducta ética de la mayoría de quienes habían sido sus compañeros.

Me recuerdo encargando libros a toda la gente que viajaba a Nicaragua o incluso a cualquier otro país de Iberoamérica, me recuerdo alimentando así mi simpatía por los nicas.

Me recuerdo también, triste, el día de la derrota electoral del sandinismo, escuchando en Madrid a la periodista Carmen Sarmiento, en lo que estaba programado como una fiesta y terminó siendo un desfile amargo de soñadores con caras largas.

“… Y haré un libro desafiante y bello para vos.
Un libro donde estaremos felices
o ariscos como gatos discutiendo,
un libro que flote en el tiempo de tu tiempo”.

 
Estaba yo convaleciente en casa de una leve enfermedad, alguna gripe o algo parecido, supongo. Era finales de los ochenta, creo recordar. Me dispuse a pasar el tiempo leyendo. Busqué entre los libros que tenía pendientes y tomé uno que alguien me había traído de un viaje a Argentina. Era una novela de una autora nicaragüense, Gioconda Belli, y se titulaba La mujer habitada.

Durante los siguientes días, esta obra, encuadrada en lo que se ha llamado realismo mágico, me cautivó. La lírica y la épica se unían en un relato que sospecho tenía mucho de la vida de su autora. La vida de alguien que, junto con el amor, encuentra también algo inesperado: una realidad que va empujándola al compromiso ético, a la insurrección frente a la injusticia. En las páginas de la novela asomaba una voz interior que representaba la compleja historia de liberación de un pueblo, asomaban las dudas y esa progresiva toma de conciencia que lleva a la implicación personal, a la entrega a los demás, rebelándose contra el destino y persiguiendo un sueño por construir.

Al libro le tomé un cariño especial. Una amiga que buscaba en mi biblioteca lecturas para tomar prestadas se llevó aquella edición. Le conté lo que significaba para mí, le advertí que no estaba aún publicada aquí, que por favor me la devolviera una vez leida. Luego se la reclamé varias veces… No la recuperé.

Cuando por fin la publicaron en España salió en Txalaparta y no quise comprarla por motivos éticos (con esta editorial tengo un problema personal: ellos no tienen claros algunos conceptos elementales, tales como que asesinar no está bien, y yo sí tengo claro que no quiero darles ni un céntimo). Por fin, años después la publicaron en Ediciones Salamandra y así pude comprar de nuevo el libro para tenerlo. Pero, como el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, haciendo las mismas advertencias… lo he vuelto a prestar.

"Soy la mujer que piensa.
Algún día
mis ojos
encenderán luciérnagas."


Leí después otras novelas y saboreé a menudo su poesía.

Novelas con la misma prosa poética que tiñe cuanto hace.

Magnífica poesía erótica, o humorística, o comprometida…, siempre vital.

La voz de Gioconda no ha dejado ya de estar presente en mi vida desde aquel encuentro con su literatura…

Y he seguido con interés, muchas veces desde la coincidencia y algunas desde la discrepancia, sus opiniones políticas y sociales, comprobando en todo caso cómo ha seguido siendo fiel no a siglas algunas sino a ese mismo sentido de apuesta por la libertad y de rebelión contra las injusticias que descubrí años atrás leyéndola por vez primera.

"Me he vuelto alfarera
y he creado vasijas para guardar momentos.
Me he soltado en tormenta
y trueno y lloro de rabia por no tenerte cerca,
en viento me he cambiado,
en brisa, en agua fresca
y azoto, mojo, salto
buscándote en el tiempo
de un futuro que tiene
la fuerza de tu fuerza."


Hace pocos días por fin cumplí un pequeño sueño personal y, casi veinte años después de aquel deslumbramiento que me causó su primera novela, pude saludarla personalmente.

Fue en la Casa de América de Madrid, con ocasión de los actos de Vivamérica. Por cierto, ese festival -y no un desfile militar- representa una forma más adecuada de celebrar los lazos de la hispanidad, es decir, todo eso que nos une hoy, que es mucho y deberíamos cuidar y potenciar más, por encima de la visión crítica que nos pueda merecer cómo se produjo el proceso histórico.

Gioconda había dado una magnífica conferencia, a la que no pude asistir por motivos profesionales, pero que luego he tenido ocasión de leer en el Facebook: La sonrisa de la poesía.

Pero sí pude ir a un recital poético dedicado a voces de la literatura femenina de Iberoamérica, presentado por Julia Escobar (por cierto, su blog La quimera y esta Nota discordante comparten la condición de bitácoras recomendadas en el blog de Fernando Sánchez Dragó) y en el que participaron, junto a Gioconda, la colombiana Piedad Bonnet, la cubana María Elena Cruz Varela y la chilena Elvira Hernández.

Además de disfrutar con la lectura de poemas, me sorprendieron anecdóticamente dos cosas. Una, la cantidad de público. Yo pensaba que la poesía sólo nos interesaba a cuatro y parece que al menos nos interesa a un par de centenares. Y otra la juventud de muchos de los asistentes españoles e iberoamericanos (una elevada densidad de chicas guapas por metro cuadrado), porque también pensaba que la gente joven hoy no leía poesía.

Cuando terminó el recital, me acerqué a la mesa. Como a continuación había un concierto en el mismo lugar -el Anfiteatro Gabriela Mistral-, Julia Escobar nos pidió a todos que nos fuéramos a la cafetería, así que le dije a Gioconda que la iba a perseguir hasta allá (“sí, persígueme”, dijo sonriendo), caminamos hacia el lugar (casi imposible conversar en el trayecto porque la iban parando y saludando a cada paso) y cuando llegamos la atraqué a punta de libro (“esos son los mejores atracos”, aseguró) y le pedí que me firmara El infinito en la palma de la mano, mi ejemplar ya leído y otro nuevo que era el regalo de cumpleaños para una amiga, Virginia.



“Eva pensó con nostalgia en la luz y quietud del Jardín. En la eternidad. Recordó el reposo de su ánimo, los pensamientos simples de su mente ajena al sobresalto, al llanto, a la angustia o a la rabia; aquel flotar leve de hoja sobre la superficie del agua.
- Si no hubiésemos comido la fruta –dijo ella mirándolo a los ojos- yo jamás habría probado un higo o una ostra. No habría visto al fénix resurgir de sus cenizas. No había conocido la noche. No reconocería que me siento sola cuando te vas, ni habría sentido cómo mi cuerpo tan frío aun en medio del incendio se llenó de calor apenas oí que me llamabas. Seguiría viéndote desnudo sin que me turbaras. Nunca habría sabido cuánto me gusta cuando te deslizas como pez dentro de mí para inventar el mar.
- Y yo no habría sabido que no me gusta que tengas hambre. Me parece cruel verte palidecer y no hacer nada por evitarlo. Yo no decidí que las cosas fueran así, Eva. Yo aprendo de lo que veo a mi alrededor.”
 
El infinito en la palma de la mano es la última novela que ha publicado y con la que ganó el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. Es el mágico relato de nuestros orígenes, la vida de Adán y Eva.

Comencé a leerla con ciertas dudas: me parecía, a priori, una historia ya demasiado conocida –desde la Biblia a Mark Twain- como para que pudiera sorprenderme o decirme algo nuevo. Pero no sólo no me defraudó, sino que me encantó.


Gioconda recrea este mito del Génesis con su brillante prosa poética. Y sabe imaginar y describir como nadie esa sensación del ser humano que carece de experiencia, esa impresión de primera vez ante todo: ante el alimento, ante el frío, ante la noche, ante la maternidad… La sensación de descubrir el dolor y el gozo, el miedo a lo desconocido y la esperanza: la vida humana. 
 
"Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas (…).
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas(..).
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser”.

Gioconda, la de siempre, brillante, creativa, la mujer amante de la belleza y rebelde ante la injusticia, asoma hasta en las dedicatorias.

La que a mí me escribió: “Para Carlos, con manzanas e higos”.

Y la que abre el propio libro:
“A las víctimas anónimas de la guerra de Irak. En algún lugar de esas tierras, entre el Tigris y el Éufrates, hubo una vez un Paraíso”.

Dejo una selección de audiovisuales para que puedan escucharla.
 
Gioconda, poeta. Sueño con sofá y Carga cerrada (dedicado a Nicaragua, "mi hombre con nombre de mujer"):


Gioconda, novelista. Premiada por El infinito en la palma de la mano:


Gioconda, comprometida y luchadora. Leyendo en la calle una declaración del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), contra la pretensión de reducir el castigo penal a la violencia sexual:


(Todas las citas en cursiva son textos de Gioconda Belli, procedentes de la conferencia La sonrisa de la poesía, de diversos poemas, de El país bajo mi piel, memorias de amor y de guerra y de El infinito en la palma de la mano) .

Aquella tarde, aquella noche...

De los viajes que he hecho hasta ahora, el de Perú ha sido el más apasionante, el más variado, el más completo. Algunos amigos aseguran que hay un antes y un después en mi vida tras ese viaje. Yo no estoy tan seguro, no sé si realmente me cambió en algo, pero es indudable que lo evoco con un cariño muy especial. Es el viaje más largo que he hecho –veintidós días, creo recordar-, la primera vez que viajaba sin pareja en mucho tiempo (con la incertidumbre de cómo lo vas a llevar), la primera vez que hacía no diré un viaje aventura, que tiene mucho de tópico, pero digamos que un viaje menos convencional. Y el destino fue un país fascinante, con muchos países en uno –montaña, desierto, selva, islas, ciudades históricas, pequeños pueblos…-, con una carga histórica y de naturaleza impresionante y con una gente acogedora y llena de encantos. Un amigo –y una sola persona puede, a veces, ser mayoría- me ha propuesto que, además de los viajes que hago ahora, refleje en el blog de vez en cuando algunos de estos viajes retrospectivos. Si hay ocasión, quizá le haga caso.

Pero no quería hablar hoy de viajes pasados. Sólo quería evocar sencillamente un par de escenas que me han venido a la memoria muchas veces desde entonces. Aquel amanecer en Machu Picchu me erizó la piel, el vuelo del cóndor sobre el cañón del Colca no te puede dejar indiferente, la parada en la isla de los Uros en el lago Titicaca, aquella noche con la comunidad de habitantes de la pequeña y misteriosa Taquile, los impresionantes paseos nocturnos por la selva amazónica en Puerto Maldonado, la excursión a ver caimanes en el río, sobrevolar en avioneta las líneas de Nazca, aquellas tardes y noches embrujadoras en Cuzco, donde me hubiera quedado… fueron todas experiencias inolvidables. Pero no son ésas, curiosamente, las escenas que me han venido a la memoria, no, son otras mucho más sencillas.

Los días que íbamos a ir al cañón del Colca, tomábamos como base de operaciones el pueblo de Chivay, que estaba precisamente celebrando sus fiestas locales, con una curiosa mezcolanza de la herencia hispano-cristiana y de los ritos indígenas.


Por la tarde, después de dar un paseo por esta pequeña población, me paré en la puerta de la iglesia. En una pequeña plazoleta, el joven cura hacía de animador de la fiesta y, micrófono en ristre, era el conductor de una serie de juegos para los más pequeños de la localidad. ¿Jugaban a la Wii? No, no se había inventado, pero hubiera dado igual que ya se hubiera inventado. El juego consistía en que los niños llevaban atados a los tobillos unos globos. Había que conseguir el reto de pisar el mayor número posible de globos a los demás y que te pisaran el menor número posible de los tuyos. ¿El premio era una play station o, al menos, una bicicleta? No, el premio era, como anunció el cura, una fantástica caja de lápices de colores. Creo que tardaré en ver por aquí en algún niño –si es que lo consigo- una cara de felicidad como las que contemplé esa tarde, el rato que me convertí en un espectador más de aquella sencilla fiesta popular. Rostros risueños entre los que ganaron los lapiceros de colores y entre quienes nada más –¡nada menos!- se diviertieron participando en sus juegos y en su fiesta. La moraleja no hace falta explicitarla mucho, pero quizá alguna vez encontremos un término medio entre la miseria extrema a la que tenemos condenados a unos y nuestro consumismo absurdo que nos llevará ahora a todos a cambiar al Blu-Ray y tirar inevitablemente a la basura millones de reproductores de DVD –lo viviremos en breve, lo verán-, el generar necesidades artificiales que terminan de alguna forma por esclavizarnos. El utilizar a las personas –de aquí y de allí- como combustible para la economía. Se puede ser feliz con menos, se puede ser feliz de otras formas.

Y por la noche, hubo otra parada en el mismo pueblo y algunos aprovecharon para visitar la vieja y destartalada iglesia, que estaba abierta porque acababa de terminar alguna celebración nocturna. El templo, por mucho que te esforzaras en apreciar el detalle, creo que se visitaba en cinco minutos, así que a continuación yo me fui solo, a mi bola, y me acerqué a una plazoleta cercana. Allí las familias habían sacado mesas y sillas a la calle, con comida. Y calentaban una especie de ponche característico, que no recuerdo ya cómo se llamaba ni con qué estaba hecho. Todos se intercambiaban, charlaban, compartían... En cuanto me vieron solo y curioseando, enseguida varias familias me fueron invitando a que me acercara a sus mesas y me uniera a su cena. Me fueron presentando a sus gentes, me explicaron el sentido de su fiesta, en qué consistían sus tradiciones, cómo era su vida por allí… Un padre me dijo que su hijo jugaba muy bien al fútbol y que podía ser una estrella, que por favor me lo llevara conmigo a España. No conocía aún a Petón y no sé si me perdí a la figura que me hubiera solucionado mi vida, pero me conmovía aquel padre que quería solucionársela a su hijo, quería ofrecerle algo mejor. Y me lo decía absolutamente en serio, como si yo tuviera mucho poder o me pudiera llevar a su hijo escondido en una maleta sin papeles. El ponche estaba hervido, así que no había riesgo, y allí compartí una noche ciertamente entrañable. No sabía especialmente rico, pero a mí sí me dejó –paradojas de la vida- muy buen sabor. Llegaba la hora de marcharme y mientras me despedía -gracias por todo, amigos- me pareció que aquella conversación y aquella bebida compartida, ofrecida de corazón, habían sido más enriquecedoras que cualquier monumento que hubiera podido visitar.

(Fotografías del autor)

Costa Rica (y V). Playa Tambor

En la última fase del viaje, partimos en barco hacia Playa Tambor y en la travesía vimos muchas aves, como este pelícano:


En el barco, entabló conmigo amable e interesante conversación un californiano que reivindicaba con naturalidad y sentido común lo que debería ser la hispanidad: me hubiera gustado que le escucharan algunos de mis compatriotas.

Como decía al comenzar la serie, yo me uní a un viaje ya programado por amigos. Si hubiera dependido de mi gusto individual, hubiera preferido otras opciones en lugar de Playa Tambor, pero se trataba de combinar los intereses de todos (hay que recordar, por ejemplo, que con nosotros viajaba una niña) y la última etapa estaba diseñada para disfrutar de playa y descanso. En esta zona, Barceló ha levantado uno de sus macrohoteles de todo incluido, así que se trataba de colocarse la pulserita y aprovechar los servicios del complejo.

Cuando se construyó el hotel Tambor Beach, justamente al lado de la playa (algo que a mí siempre me ha parecido una barbaridad aquí y en todas partes) los grupos ecologistas locales denunciaron que Barceló había drenado un manglar y que había retirado arena del lecho de un río, provocando erosión. La cadena hotelera española fue multada con 14.000 dólares, una cifra insignificante para el volumen de la inversión, y el proyecto se redujo en parte sobre lo previsto, pero su ejecución continuó adelante. Los ecologistas consideraron que había connivencia entre Barceló y el propio gobierno costarricense. Posteriormente, se han producido más denuncias por contaminación de ríos con aguas residuales.

Cuando se levantan complejos de este tipo en medio de una naturaleza virgen, invadiéndola en parte, la propia naturaleza que rodea al hotel acaba asomándose por dónde puede. Así, miren este garró (una especie de iguana):



O por ejemplo, esta ardilla, que se dedicó una mañana a robar la fruta a los bañistas:


O los animales que, por la noche, acudían a las inmediaciones del hotel atraidos por los restos de comida (algo igualmente perjudicial, puesto que les hace cambiar sus hábitos, les hace ingerir productos químicos no naturales, etc.). A este mapache ni le gusté yo ni le gustó nada el flash de la cámara, cuando le fotografié en la oscuridad comiéndose una patata frita:


Aunque masificado, como suele ser común en este tipo de complejos, el hotel estaba muy bien en cuanto a instalaciones, no cabe duda. Y el servicio del personal costarricense a mí me pareció atento e impecable. Simplemente que no es el modelo de desarrollo por el que apuesto ni es el modelo de ocio que más me gusta.

Tocaron, por tanto, días tranquilos, de periódico o libro, piscina, mar, cervecita… Yo me di incluso a la relajación y me obsequié con un masaje tropical que me dejó nuevo.

Aunque, eso sí, nos apuntamos también a todas las actividades posibles. Por ejemplo, a montar en quad.

En ese paseo, en el que yo iba de paquete y en el que Clara demostró su pericia en la conducción por terrenos más que complicados, nos encontramos también algunos monos en los árboles:


De las actividades del hotel, lo que más me gustó –para sorpresa mía en primer lugar, que nunca la había probado- fue la moto acuática. Ya tengo alternativa propia durante las largas sesiones de baños y sol cuando comparta viaje con aficionados a la playa.

En la tarde del 31 de diciembre, justamente cuando en España se recibía al nuevo año y se tomaban las uvas, nosotros estábamos disfrutando de un fantástico paseo a caballo por una playa del Pacífico. Para mí no hay color.

Lo compartí con algunos amigos, mientras les felicitaba el año y, en vez de alegrarse, no sé por qué recibí algunos insultos y noté un poquito de resquemor, como dicen en Los Serrano. Y es que la envidia no es buena… :-)


Mira que, como conté en otra ocasión, yo viajo para huir un poco de las navidades, pero el hotel montó un belén viviente para ambientar.


Y por la noche una fiesta para recibir al nuevo año, con su suelta de globos, su baile, su cuenta atrás a la americana y todo eso, aunque a diferencia de lo que pasa en las películas no me tocó justamente al lado ninguna chica guapa a quien besar.

El año que se iba había sido particularmente duro llevándose a Ángel, a Isabel, a Ana… y yo no estaba muy de humor. Si me escapo de la Nochevieja española no es porque me apetezca mucho integrarme tampoco en la Nochevieja tica. Pero me pareció que no tenía escapatoria. En fin, si no puedes vencer a tu enemigo únete a él, así que al final me rendí y participé. Siempre hay algo que agradecer y algo que celebrar. Por ejemplo, más de 25 años de amistad:


Fue una estancia grata, en un país fantástico y con una compañía sensacional. Cuando regresábamos, unos días más tarde, el mar y el cielo nos obsequiaban con esta imagen de despedida:

(Fotografías del autor, de Mario Marín y de Clara Montero).

Costa Rica (IV). Arenal y La Fortuna

A William (un amabilísimo guía naturalista del Parque Nacional del Volcán Arenal, al que era una gozada escuchar) se lo contó su abuelo. Un día oyeron cómo la montaña rugía, les entró el miedo y la familia se marchó del pueblo. Su intuición quizá les salvó la vida.

El 29 de julio de 1968, tras más de cuatro siglos dormido, el volcán Arenal despertó de nuevo. Las estruendosas explosiones dieron origen a ríos de lava que arrasaron dos pueblos, mataron a cerca de ochenta personas y a miles de cabezas de ganado. Lo que hasta ese día habían sido fértiles terrenos de cultivo se convirtió en una extensión de color ceniza.

La situación recuperó la normalidad y, aunque este volcán está todavía entre los diez más activos del mundo, se encuentra diariamente controlado.

A unos kilómetros está el Lago Arenal, un embalse construido en 1979 a partir de una pequeña laguna inicial, anegando varios de los antiguos pueblos. Ocupa más de 80 km2 y se utiliza para abastecimiento de agua y generación de energía hidroeléctrica.


Para llegar a las inmediaciones del volcán se puede acceder por varios senderos, atravesando zonas de precioso bosque tropical. Sólo ya el paseo, entre vegetación espectacular y avistando algunos curiosos animales, merece mucho la pena.






¿Qué hicimos tras encontrar este cartel? Pasar, claro.


El volcán denotaba actividad –se escuchaban fuertes retumbos cada poco tiempo- pero no podíamos ver la posible erupción porque era un día lluvioso y la niebla cubría la cumbre.


El volcán Arenal tiene unos 1.700 metros de altitud. Normalmente emite gases y vapores de agua y, en algunas ocasiones, lanza materiales piroclásticos que son los que aparecen en las fotografías más llamativas de los folletos turísticos y las postales.

Las erupciones han cambiado de dirección en varias ocasiones. Antes los hoteles se construían y anunciaban con vistas a las erupciones del volcán Arenal, pero en la actualidad la orientación de las erupciones es hacia otra cara de la montaña.


La zona de influencia del Volcán y los bosques cercanos están protegidos como Parque Nacional desde 1994.

Una curiosidad: a esta flor los naturales de allí la llaman banderita española por su colorido rojo y amarillo.



Algunos hoteles y establecimientos de estas poblaciones cuentan con piscinas que se nutren normalmente de agua de manantiales volcánicos, por lo que uno puede darse un agradable baño en aguas termales, por ejemplo las procedentes del río Tabacón.

Dentro del Parque, en término municipal de La Fortuna, se encuentra otra maravilla natural: un par de espectaculares saltos de agua. El más grande de ellos es la catarata de La Fortuna, de 70 metros de altura, que cae por un cañón de roca volcánica.

En Tortuguero me había dedicado a explorar las zonas donde los habitantes de allí me decían que se habían detectado cocodrilos (pude ver un perrito al que uno de estos reptiles le había mordido una pata) y a las horas en las que suelen descansar en la orilla de los canales, para intentar fotografiarles. Mi búsqueda fue infructuosa y, finalmente, nos tuvimos que conformar con fotografiarles ya en la zona de Arenal, en una pequeña laguna cercada que había en el complejo de un hotel y que no es, desde luego, su hábitat natural, sino que están ahí en realidad para exponerles a los visitantes.


También en los alrededores de ese establecimiento hotelero encontramos al curioso basilisco, casi mimetizado con el color de la vegetación. Este animal es otra especie de lagarto, similar a las iguanas, aunque más esbelto y con unas características crestas en su lomo.


(Fotografías del autor).