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Aquellos sabios con boina

Publicado en Diario de Ávila, 30/08/2026.

Sentados junto al antiguo estanco. Fotografía cedida por Alberto Organista y Guillerma Fernández para la exposición El Hoyo de Pinares: Imágenes del ayer (1999) comisariada por Carlos J. Galán

En mi pueblo, durante mi infancia, todos los hombres mayores llevaban una boina negra. Tenía tan interiorizado que esto era siempre así que, siendo muy niño, una vez le espeté a mi padre, caminando por la calle: 

- Papá, y si Franco tiene más de ochenta años, ¿por qué no lleva boina? 

 Después de reír con la ocurrencia, me respondió con otra: 

- Bueno, a veces lleva una boina roja. 

La boina era, en el ámbito rural, una costumbre y un símbolo de identidad. La portaba la práctica totalidad de los que aún todo el mundo llamaba viejos, aunque sin ninguna connotación negativa. No había llegado la sucesión de eufemismos que se desgastaron a gran velocidad: primero ancianos, luego tercera edad y ahora mayores. 

Debajo de aquellas boinas de los hombres y de los pañuelos de las mujeres de mi pueblo se ocultaban muchas cosas. Mucha experiencia vivida, y nada fácil. Mucha educación cívica en el trato con los demás. Poca formación por falta de posibilidades, pero mucha sabiduría sencilla. 

Porque aquellos hombres con boina que en mi niñez paseaban por las calles, se sentaban en los poyos o entraban a los bares a tomar un chato de vino, y aquellas mujeres, con moño y a menudo con pañuelo, que veía también callejear o ir a las tiendas y a los puestos del mercado, sabían. 

Sabían leer el cielo antes de que el parte meteorológico confirmara sus intuiciones, y cuándo iba a helar con solo mirar la luna. Sabían cuándo emigraba la cigüeña y cuándo regresaba a la torre de la iglesia. Sabían qué año había más piñas y cuándo habían tejido las orugas sus capullos. Sabían cuándo había que podar la vid, y sabían hacer el vino sin más termómetro que el gusto ni más receta que la memoria de sus padres. 

Sabían dar los buenos días, decir “gracias”, pedir perdón. Sabían conversar de pie en la calle o sentados a la puerta de sus casas, sin prisa y sin nada que los interrumpiera. Sabían escuchar a sus mayores sin cortarles la palabra, aunque llevaran ya oída la historia veinte veces. Sabían fiar una compra con solo apuntar un nombre en un cuaderno. Sabían mantener su palabra sin más firma que un apretón de manos. 

Conversando en la puerta, fotografía original de Jacinto Herrero, publicada en el libro El Hoyo de Pinares: Imágenes del ayer (1999), de Carlos Javier Galán

Sabían remendar un roto y dar otra vida a una prenda. Sabían cómo aprovechar del cerdo “hasta los andares”. Sabían curar un empacho con manzanilla, un resfriado con leche, miel y limón, o las pequeñas rozaduras infantiles con un beso y un ensalmo. Sabían levantar una pared de piedra que no se caía en cien años. 

Sabían compartir lo poco que poseían con quien tenía menos. Sabían resignarse ante lo que no podían cambiar, y pelear sin descanso por lo que sí. Sabían sacar alegría de las penas, para no cargar con ellas a los demás. A su manera, con sus defectos, con sus virtudes, sabían vivir. 

Habían padecido la crueldad de la guerra, habían sufrido el hambre y la miseria de la posguerra, habían sacado adelante a sus familias, sin hacer alarde de nada, como quien se limita a cumplir una misión. Y, llegado el final de la dictadura, nos dieron el mayor ejemplo de reconciliación, de mirar hacia delante, de pensar en su país, de pensar en las generaciones venideras. 

Si hoy esas nuevas generaciones en el mundo rural tienen títulos universitarios, mayor acceso a la cultura o mejores medios materiales es, en buena medida, por el sacrificio y el legado de aquellos hombres con boina y aquellas mujeres con pañuelo, que auparon sobre sus hombros a sus hijos y permitieron así que estos pudieran hacerlo con sus nietos. Por todo ello, hoy déjenme que me ponga simbólicamente mi boina. Como homenaje, como memoria. Porque sé dónde estoy y dónde quiero ir, pero nunca, ni un solo día, me olvido de dónde vengo.

Jaime Mir

Tuve la fortuna de conocer a Jaime Mir Payá cuando éramos jóvenes universitarios y compartí con él el tiempo de la utopía y de la rebeldía. Desde el minuto uno se convirtió en un referente. Era inteligente, ingenioso, brillante y siempre iba varios pasos por delante de todos. Era como una antorcha y por eso yo le seguía cuando él decía “avancemos por aquí” y también daba media vuelta con él cuando decía “por aquí no hay salida”. 

Hace varios años que ya le tenía algo más perdida la pista, pero la admiración, el afecto, los recuerdos, nunca han desaparecido. Por eso me duele enterarme de su prematura marcha. 

En todo lo que hiciera en estos años no me cabe duda de que habrá dejado una huella enorme y tengo la certeza de que su familia, sus amigos, los que hayan sido sus alumnos, sus compañeros, todos los que le hayan conocido en algún momento, estarán echando ya de menos esa luz. 

Y yo recuerdo con dolor y con cariño enorme a mi compañero de tantas aventuras. Recuerdo pensamientos, proyectos, mil y una anécdotas (espero que me perdonase el hacerme pasar por teléfono por el desvalijador de su vivienda) y vivencias. No cambiamos el mundo, claro. Pero, como a D. Quijote, nadie podrá arrebatarnos la gloria del intento. 

Compartir inquietudes, esbozar sueños, escucharte, leerte, indignarnos juntos ante las injusticias, reír contigo, aprender de ti, de tu creatividad, de tu lucidez, de tu nobleza, fue para mí un honor, querido e inolvidable Jaime.

La risa como herencia

Publicado en Diario de Sevilla, Diario de Cádiz, Diario de Jerez, Europa Sur, Málaga Hoy, Huelva Información, El Día de Córdoba y Granada hoy, 02/01/2024.


En la boda de mi amigo Mario, el cura tuvo la desafortunada ocurrencia de abrir en la homilía una especie de coloquio, dirigiendo preguntas individuales a algunos asistentes sobre el evangelio leído y su aplicación práctica a la vida: el resultado rozó por momentos la tragedia. A ello hay que añadir que confundió reiteradamente el nombre de la novia y, ante la perplejidad de Clara -que así se llamaba de verdad la contrayente-, impartió detalladas instrucciones al novio para que amase a una tal Blanca hasta que la muerte los separase. Como Mario era muy ocurrente, el episodio de lo que bauticé como misa fórum y el error de identidad nos dio juego durante años. 

Cuando, en efecto, la muerte nos separó prematuramente a todos de Mario, el sacerdote de su funeral no tuvo a bien obsequiarnos con unas palabras que nos reconfortaran, sino que decidió desplegar un discurso un tanto delirante, plagado de referencias al Apocalipsis. Yo tenía el alma rota, pero pensaba en lo que hubiera dicho mi amigo y no pude evitar abandonar aquella capilla con media sonrisa. Vi que Clara salía también igual: 
 - Te ríes de lo mismo que yo, ¿no? 
Enseguida se nos acercó mi hermana: 
 - Hay que ver qué mala suerte ha tenido Mario con los curas… 

En el funeral de mi abuela, que murió con 100 años, muchos sonreían también cuando hice mención a las típicas frases suyas en las que no daba puntada sin hilo. 

Hace poco falleció en Sevilla, con 103 años, Concepción Góngora, la abuela Conchita de nuestro amigo Jorge -y un poco abuela también de toda la Hermandad del Rocío de Sevilla Sur-, una mujer cariñosa que transmitía alegría. Cuando sus hijos y nietos quieren recordarla, lo hacen con una sevillana, dedicada a su Huelva natal, que le gustaba cantar en los buenos momentos de celebración familiar. Y, entonces, las sonrisas se abren paso entre ojos empañados. 

Hace algunas semanas asistí en Ávila a un Encuentro Eleusino dedicado a la memoria de Fernando Sánchez Dragó. Con su hija Ayanta Barilli como maestra de ceremonias, varios escritores y amigos del homenajeado trazaron un emotivo retrato y abordaron desde distintas perspectivas su amplia obra. Su pareja, la periodista Emma Nogueiro, además de ofrecernos un amoroso testimonio donde la persona se superpuso al personaje, decidió compartir con los presentes un video personal grabado con su teléfono móvil, en el que le daba instrucciones para usar una lavadora y una secadora en su ausencia. El hombre que se las apañó para sobrevivir a mil y una tribulaciones por los cinco continentes, provocó afectuosas carcajadas con una exhibición de inutilidad que, cuando descendía al terreno de lo doméstico, nada tenía que envidiar a Mr. Bean. 

Con una convocatoria de estas características, se corre el riesgo de que la tristeza inunde todas las jornadas. Pero no fue así. Hubo lágrimas, pero también momentos divertidos, como corresponde al legado de alguien que, en su libro El Sendero de la Mano Izquierda, dejó escrito este consejo: “Sonríe siempre, incluso cuando hables por teléfono. La sonrisa se nota en la voz”. 

Con Fernando mantuve amistad durante treinta y siete años, desde que yo era un universitario inquieto, y me sigo riendo con un buen puñado de anécdotas, en medio de multitud de conversaciones interesantes y amenas, comidas fraternas, gestos de generosidad por su parte y no pocas aventuras compartidas, a menudo tan disparatadas como hermosas. 

Cuando tanto cenizo siente la necesidad de contestarnos agriamente en redes sociales desde que apenas hemos dado los buenos días, cuando -también fuera de lo digital- tanta gente amargada se empeña en hacernos -y hacerse- la vida más difícil, cada vez aprecio más a quienes adoptan el buen humor por bandera, a quienes incluso intentan ponerle buena cara al inevitable mal tiempo. Admiro a aquellas personas que, hasta después de muertas, nos siguen contagiando su buena onda, a quienes se las apañan para seguir viviendo en la sonrisa que su recuerdo evoca en los demás.

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Ilustración: Rosell, publicada en los medios del grupo Joly

Sevilla: impresiones de un recién llegado


Publicado en SevillaInfo, 24.09.2018

Tras más de treinta años en la capital de España, tengo ahora un pie –cuando menos- en Sevilla. Por razones que no son difíciles de imaginar, mi vida personal -y progresivamente la profesional- se va mudando aquí.

Sevilla –sé que no les descubro nada- es una ciudad muy diferente a Madrid. Ese rompeolas de las Españas -que decía Antonio Machado-, en la etapa desarrollista de los sesenta y setenta fue diluyendo el madrileñismo hasta convertirlo en algo residualmente castizo. Como es sabido y repetido, pocos de los tres millones de madrileños actuales podrían asegurar serlo de varias generaciones. Por ejemplo, la población de origen abulense en la Comunidad de Madrid -según me aseguraba un ex concejal de la capital- equivale cuantitativamente a la que queda en toda la propia provincia de Ávila, mi tierra natal. El estudiante universitario que fui, el que llegó de su pueblo a Madrid, estará eternamente agradecido a esa ciudad mestiza y acogedora que le proporcionó una impagable sensación de libertad y de hospitalidad que hoy continua.

Creo que fue Julio Camba quien afirmó que para ser madrileño bastaba con bajarse de un tren en la estación de Atocha y comerse un bocadillo de calamares. Con apearte en Santa Justa, irte al centro y pedir unas papas aliñás no apruebas ni el primer cuatrimestre de una asignatura optativa de primer curso de sevillanismo básico. Ni aunque leas a Chaves Nogales mientras saboreas la tapa. Sevilla no sólo no ha diluido su fuerte personalidad histórica, sino que es casi un microcosmos de rasgos singulares que no se parece a ningún otro lugar.

Por fortuna, en Sevilla a nadie se le ha pasado por la cabeza idear un término despectivo –equivalente a charnegos o maketos- para referirse a quienes llegamos desde otras comunidades a vivir y trabajar aquí. Dejando a un lado que no haya sido, históricamente, tierra de inmigración masiva, no existe ningún ánimo de exclusión ni de señalar socialmente ciudadanías de segunda clase por carencia de pedigrí. Siento que quien llega es bienvenido, pero –eso sí- será él quien tenga que ir cogiendo el aire a una ciudad que jamás renunciará a ser ella misma.

En otros lugares, determinadas tradiciones sólo son la repetición de gestos con ánimo folclórico y simbólico. Como dijo Víctor Pradera en otro contexto, aquí tradición no es lo pasado, sino el pasado que sobrevive y tiene virtud de convertirse en futuro. Hace unos meses tuve la experiencia de mi primera Semana Santa sevillana de la mano de una anfitriona inmejorable. Era la primera vez que no estaba ante un ritual que una parte de la población escenifica y el resto presencia, sino ante algo que prácticamente toda la ciudad vive con intensidad.

Voy paladeando -ahora ya a sorbos, tras una primera impresión rayana con el síndrome de Stendhal- el lujo para los cinco sentidos que es esta ciudad. Su arte, su cultura, su patrimonio arquitectónico y pictórico, la historia saliéndote al encuentro a cada paso, su gastronomía, su habla, la particular idiosincrasia de sus gentes… Y no tendría ni por asomo la osadía de intentar definir o describir nada, porque aún tengo que aprenderlo casi todo. Creo que a Sevilla hay que acercarse sencillamente intentando ver y escuchar, ir captando y comprendiendo, con los ojos y el alma abiertos. Y con algo más: respeto. Esa virtud casi olvidada, sustituida -como dice Fernando Sánchez Dragó- por el equívoco sucedáneo de la tolerancia.

En este tiempo ya he aprendido que cuando alguien me dice que no le echo cuentas no tengo que pensar en números. Que los chalecos pueden tener mangas. O que si me recomiendan comprarme unos botines en pleno verano no hay motivos para que me entren sudores fríos… También he asumido resignadamente la condición de malaje que me atribuyen, que le vamos a hacer. Que me añada Eusebio León a sus listados.

En mi profesión de abogado, poco nuevo bajo este sol del Sur. Quizá la única diferencia sean las demoras más prolongadas –aún- que las que sufrimos en Madrid. Pero sigo encontrándome más o menos lo mismo: una judicatura que va desde profesionales magníficos en su conocimiento del Derecho y en su ecuanimidad hasta otros –por fortuna, la excepción- cuyo erróneo sentido de la autoridad pasa por maltratar a mis compañeros; desde abogados ante los que me quitaría el sombrero, por sus conocimientos, por su profesionalidad, por su compañerismo, hasta santones inexplicablemente bien considerados cuyo ánimo de lucro supera con creces a su ética; desde funcionarios diligentes y atentos hasta algunos –también por fortuna minoría- cuya desidia es más que palpable… e, invariablemente –esto no cambia en toda la geografía española-, la falta de medios y el abandono a las que es sometida nuestra maltratada Justicia por todas las Administraciones públicas.

Entre una belleza sin par, me topo también, inevitablemente, con lo feo. En Madrid me cabreaba. En Sevilla me da coraje.

Tears in heaven

Decididamente, hay personas dotadas para el arte. No sólo por la voz, también por la puesta en escena. Hay personas con la sensibilidad y el talento necesarios para crear magia a su alrededor. 

Es una tarde de verano en Madrid. Él entra en el vagón de metro. No dice nada, no se presenta, no da las gracias, no pide perdón...

Lleva música pregrabada con una gran calidad de sonido y, en cuanto el tren echa a andar, comienzan a sonar unos acordes que nos resultan familiares...

Pronto, su voz, sin micro, se apodera de todos, comienza a atraer todas las miradas y todos los oídos.

Él mira sólo al suelo o al techo del tren, no cruza la vista con nadie, como si estuviera viviendo dentro de la música y de las palabras… 

Time can bring you down, 
time can bend your knees, 
time can break your heart, 
have you begging please, begging please… 

Se ha hecho el silencio y nadie permanece indiferente. Es imposible. 

En 1991, Connor, un niño de cuatro años, moría al caer desde el piso 53 del edificio de Nueva York donde vivía su madre. Su padre, Eric Clapton, le dedicó una hermosa canción, Lágrimas en el cielo. 

I must be strong and carry on.
'Cause I know 
I don’t belong here in heaven. 

Esta semana sonó en el metro de Madrid. Al finalizar, todo el vagón entregó unas monedas. Pero el momento era impagable.



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(Ilustración: Metro de Barcelona, de Eclectic Box, tomada de Urban Sketcher Spain)

Esos nuevos verbos...


En cierta oportunidad me correspondió asistir a la revisión de la obra que una empresa, por adjudicación de la Junta de Castilla y León, había ejecutado en un Colegio Público y detectamos serias deficiencias que debían ser subsanadas. Mientras que el director del centro y yo nos negábamos a recibir la obra, la Dirección Provincial de Educación y la constructora nos instaban, de manera insistente, a recepcionarla. 
 
Me notifican una sentencia y el juez que la dicta accede a lo que, según él, yo he peticionado. Hasta ese momento estaba convencido de no haber peticionado nada, sino de haberlo pedido. 
 
En otra ocasión, en un juicio laboral, se discutía si el trabajador había ficcionado una dolencia. A mí, la verdad, me pareció que la había fingido. 
 
Al leer determinadas actas, uno siente deseos de recordarle a su redactor que una transacción se alcanza cuando ambas partes transigen, no cuando transaccionan. 
 
Cómo se echa de menos, también en los juzgados, a Lázaro Carreter y su Dardo en la palabra. La tendencia a inventar nuevos verbos, a partir de sustantivos que ya están relacionados con un verbo preexistente, parece imparable. No sólo en nuestro ámbito, sino en otros muchos: los bancarios, por ejemplo, en vez de abrir cuentas las aperturan y en lugar de cubrir riesgos los coberturan. 
 
Algunas de estas creativas formas verbales (peticionar o transaccionar) han acabado siendo aceptadas por la Real Academia Española aunque por fortuna otras muchas (recepcionar, ficcionar, coberturar, aperturar…) siguen sin estar por ahora en el diccionario. 
 
Se aduce a menudo, en pro de su reconocimiento, ciertas diferencias de connotación. Por ejemplo, recepcionar implicaría, frente a recibir, aceptación y conformidad. Pero creo que esos matices se perciben por el contexto y se deducen del predicado de la frase. Todos entendemos sin dificultad que hay connotaciones muy distintas entre recibir la visita de alguien en tu casa y recibir un insulto, aunque el verbo sea coincidente. La diferencia entre romperse un brazo y romper relaciones diplomáticas se capta perfectamente sin necesidad de inventar un nuevo verbo (¿rupturar relaciones diplomáticas? ¿roturarse un brazo?). 
 
Me temo que, por este camino, en nuestro ámbito terminaremos particionando herencias o -¿por qué no?- se juicionarán los casos. Pero en otros aspectos de la vida, se podrán lecturar libros, operacionar enfermos u opcionar entre varias posibilidades. El campo para estos innovadores de la lengua es inmenso.

A ver si la abuela va a ser una cigarra...

  
Tengo poco tiempo para escribir, pero me parece que Carmen me va a dar el blog hecho...
 
Mi madre le cuenta a mi sobrina un cuento:

- ... Y la hormiga guardaba comida para el invierno, porque luego nieva y no se puede salir. ¿Te acuerdas cuando nevó?
- Sí
- Y entonces la hormiga trabajaba mucho, porque es lo que hay que hacer...
 
Y se despacha con una loa a las supuestas virtudes del trabajo:
 
- ... Como hacen papá y mamá
- Sí
- ¿Ves que papá y mamá se van todos los días a trabajar?
- Y tú abuela, ¿qué haces?
 


Glups.
 
Hala, explícale ahora a una niña de dos años en qué consiste la jubilación...
 

Un regalo de cumpleaños

El 9 de julio fue mi cumpleaños.

- ¿Qué le compramos de regalo a tío Carlos? –le pregunta mi hermana Tere a Carmen (2 años)
- Pocoyó

Entre sus cortos recuerdos, a ella es el regalo que más ilusión le ha hecho, así que está claro que quiere lo mejor para mí, ¿no?

- Es que, como el tío Carlos ya es un poco mayor, a lo mejor no le gusta Pocoyó...
- Vale 
- Entonces ¿qué le compramos?
- Ely

Aplastante el razonamiento. Si no me gusta Pocoyó porque soy mayor, entonces mejor Ely que, como se puede comprobar, es más grande.
- Yo creo que al tío Carlos le gustaría un libro. ¿le compramos un libro, Carmen?
- Vale. De Pocoyó.

Y  así entraron en bucle.

Que alegraba siempre el corazón

No me hubiera gustado estar en la piel de aquellos padres que tuvieron que explicarnos por qué nuestro Fofó había muerto. Los que tuvieron que enfrentarse a aquellas caritas de pena que miraban el televisor en blanco y negro con incomprensión.

- Quiero decirles a todos los niños –declaraba un Gaby al que por vez primera veíamos vestido de otra forma y con lágrimas de verdad- que Fofó no ha muerto, que el que ha muerto hoy es Alfonso Aragón Bermúdez. 

Yo tenía aún nueve años y colgué en mi habitación el póster de mi payaso favorito, que se nos había ido. 

Pero la vida siguió, las canciones siguieron, las sonrisas siguieron. Porque todos sabíamos que, sin temer jamás al frío o al calor, aquel circo daba siempre su función. 

¿A que algunos de los que me leen no son capaces de diferenciar una lagartija de un lagartijo? Los de nuestra infancia sí. 

- ¿Sois capaces?- preguntaría Gaby 
- Somos más que capaces… –aseguraría Miliki.
- ¿Qué sois? 
- Capataces

Es muy fácil. 

- Mira, Gaby, para saber si la lagartija es niña o niño, tú te la colocas en la mano, con la tripita hacia arriba –explicaba Miliki-. 
- Sí 
- Entonces le rascas en la barriga. Y, si se pone contenta, es lagartija
- ¿Y si se pone contento? 
- Entonces lagartijo 

Nos regalaban música con su saxo, su acordeón, su trompeta…, pero también sacaban melodías de vasos con distinto nivel de agua o de mil y un inventos parecidos. En las aventuras le hacían perrerías de todo tipo al Sr. Chinarro, que se tiene el cielo ganado. Y en la canción que cerraba el programa, nos hicieron imaginar una gallina que era un caso singular y un ratón que soñaba ser un gran campeón jugando al ajedrez. 

Aquél era un circo que, ciertamente, alegraba siempre el corazón. 

“Toda fantasía tiene su final –se despedía Emilio Aragón, Miliki, tras presentar uno de sus discos recopilatorios-. Pero en vuestros corazones podéis conservar siempre un gran poder. El poder de transformar lo que os rodea, de inventar mundos, de hacer que las cosas cobren vida. El maravilloso poder de imaginar”. 

No sé cómo será el mundo de mi sobrina y de los niños que crecen ahora. Pero estoy seguro de que los niños de Miliki, los niños de treinta y de cuarenta años, les transmitirán de alguna forma esa misma magia.

Quiero creer que, cuando alguien les pregunte cómo están, los niños de hoy y los de mañana, a pesar de tantas cosas, se podrán seguir desgañitando: 

- ¡Bieeeeeeeeeen! 

 Más fuerte, que no se oye… ¿cómo están ustedeeeees?

(Ilustración: Juan Carlos Martínez, blog Capitán Lugo)

El piropo español, a salvo de la crisis del ladrillo

Uno de los temidos efectos colaterales de la actual crisis económica es que se hubiera podido extinguir el tradicional piropo de albañil. No deberíamos olvidar tampoco la desorientación de los jubilados, sin obras que mirar y vigilar en todo el día. Pero centrémonos hoy en el desolador panorama que se podía haber producido: mujeres pasando delante de obras inactivas, desde las que nadie les dice que eso es carne y no lo que le echa su madre al cocido y todas esas frases tan sutiles e ingeniosas. 

Sin embargo, yo ayer me quedé mucho más tranquilo en este aspecto. Otros gremios han asumido su parte de responsabilidad para que no se pierdan nuestras esencias patrias. 

Sale A. ayer del metro con un precioso vestido de color…(bueno, da igual, de un color así como morado, no voy a acertar de ninguna forma con el nombre porque ella dice que no distingo entre violeta, malva, lila, fucsia, etc., y tiene razón) y al pasar frente a una parada de taxis se escucha un sonoro:

- ¡Ole, ole y ole! 

Mientras un compañero la eleva en la clasificación:

- Esto se merece cinco oles por lo menos. 

Ahí lo tenemos: otro gremio, con no menos solera, el del taxi, saliendo al rescate, cual Banco Central Europeo, de una de nuestras más arraigadas escenas costumbristas. 

Pero lo más sorprendente es un empleado del Banco Santander, que le dice a la misma A., que ha venido morenita de la playa: 

- Me entran ganas de darle un bocao a ese brazo gitano… 

Piropo bancario, un poco flojito (un albañil le hubiera dicho que le comía otra cosa), pero piropo al fin y al cabo. Y un ejemplo de compromiso por parte del empleado de banca, que sabe que su sector tiene mucha responsabilidad en esta crisis. Tiene su mérito, porque una ventanilla no es lo mismo que un andamio: la cercanía a la piropeada, el contexto, la falta de costumbre… Hay que valorar el esfuerzo. 

En fin, sensación de alivio, como comprenderán ustedes. La crisis, que tantas cosas se ha llevado por delante, no va a privarnos del piropo de toda la vida. Otros sectores se reciclan y toman el relevo. Ya podrían haberlo hecho así nuestros políticos con el empleo. 

Por cierto, A., que no te falte mi cuota y que el sector de la abogacía arrime también el hombro. Hala, a vencer la timidez, Carlos, y a soltar burradas. Una pequeña selección de finos piropos de albañil que te dedico, que sé que te gustan:

- El cipote de tu padre es mejor que el cincel de Miguel Ángel, pa haber hecho semejante escultura.

- Estás tan buena que te comería con ropa y todo aunque me pasara un mes cagando trapos.

- Chavalota, haría contigo más cosas que McGyver en Bricomania. 

- Si tú fueras Bollycao me comeria hasta el cromo. 

- Tienes unos ojos...que te comería to’l coño. 

Al más puro estilo, como se ve ;-)

Recuerdo a un hombre luchador


Creo que es de Jean Cocteau la frase “lo consiguieron porque no sabían que era imposible”. Algo así habría que aplicar a los vecinos de mi pueblo, El Hoyo de Pinares, en la lucha que mantuvieron entre 1995 y 2002 para lograr que la Educación Secundaria Obligatoria se impartiera en la localidad.

El mapa escolar que diseñó el Ministerio (PSOE) y que compartía la Junta de Castilla y León (PP), preveía que, con la progresiva implantanción del sistema establecido en la LOGSE, la oferta educativa en el municipio se limitase hasta los 12 años y que, a partir de esa edad, tuvieran ya que salir diariamente fuera de la localidad. Teníamos población escolar suficiente y un edificio que previsiblemente se quedaría vacío. Los padres no se resignaron y protagonizaron una rebelión cívica que hoy todavía me sigue pareciendo impresionante y aleccionadora. Porque lo difícil no era movilizarse masivamente. Lo complicado era mantener y dosificar inteligentemente esa movilización durante años, dar en cada momento el paso preciso, conseguir que los dos grandes partidos se implicaran a nivel local en esta reivindicación sin tirarse los trastos a pesar de las presiones que recibieran de sus “superiores”, y jugar la baza más adecuada en cada fase de un proceso largo y complejo.


Para ello, en una asamblea popular decidimos crear la Coordinadora en Defensa de la Enseñanza Obligatoria en El Hoyo de Pinares, que, encabezada siempre por madres y padres de alumnos para garantizar su independencia, agrupó a representantes políticos municipales de todos los signos, a representantes del centro educativo y a asociaciones locales en un objetivo común. Todos trabajamos con rigor y dedicándole muchas horas a lo largo de años: recogimos firmas, presentamos fundadas alegaciones al mapa escolar, remitimos informes y estudios a las autoridades, tuvimos una marcada presencia en los medios de comunicación, protagonizamos numerosos gestos reivindicativos, nos encerramos en la Dirección Provincial de Educación, mantuvimos infinidad de reuniones, nos manifestamos en El Hoyo de Pinares, en Ávila, en Valladolid y en Madrid… y llegamos incluso a practicar una sonada abstención masiva en unas elecciones generales. Conseguimos que los mismos políticos que no nos tomaban en serio al principio se sentaran finalmente a escucharnos y a dialogar. Hoy, El Hoyo de Pinares tiene un C.E.O., Centro de Educación Obligatoria, una tipología novedosa donde se imparten la Primaria y la Secundaria Obligatoria y los niños del pueblo no tienen que salir a estudiar fuera hasta los 16 años.


Yo personalmente no me olvido nunca de todas y cada una de las personas que formaron parte de aquella Coordinadora. Contábamos con el respaldo de todo el pueblo, que fue decisivo, pero sólo desde dentro se tiene una idea real de lo que supuso aquel trabajo y aquella lucha, para gente normal, de a pie, que no éramos expertos en nada, unos pequeños David que nos enfrentábamos a poderosos Goliat. Los que formamos parte de aquel empeño vivimos muchas cosas juntos, momentos amargos, dudas, decisiones difíciles, alegrías y mil y una anécdotas.

Entre los integrantes de la Coordinadora, estaba Luis Ayuso, un joven de la localidad, casado, padre de dos hijos (que luego fueron tres, mientras estábamos embarcados en la lucha), que como el resto se había comprometido para defender el futuro educativo de su pueblo. Al igual que sus compañeros, le robó tiempo a sus quehaceres personales y profesionales (en su caso, a su familia, a su negocio de fontanería y calefacción…) para aportar su apoyo a una lucha que sin duda mereció la pena.

Nos conocíamos antes -como es lógico tratándose de un pueblo- pero con ocasión de esa iniciativa se estrechó mucho la relación. Luis fue compañero en aquella aventura, fue cliente de mi asesoría hasta que no pudo ejercer su actividad por motivos de salud y fue, por encima de todo ello, amigo.

En el trato que tuvimos fui descubriendo a una persona trabajadora, luchadora, íntegra, respetuosa y afectuosa. Era serio y responsable en todo lo que acometía. Se implicaba socialmente en los asuntos públicos. Se comportaba con una coherencia admirable. Tenía, además, esa rarísima virtud de decir todo a la cara: tanto si te tenía que echar una bronca merecida como si te tenía que felicitar. Y ambas cosas las sabía hacer sin perder su sonrisa.

Hace ya muchos meses, a Luis le falló el corazón. A él, que tanto corazón, del otro, del de los buenos sentimientos, había derrochado con los demás. Nos vimos algún tiempo después del infarto y estuvimos hablando. Luego, en estos meses, charlamos un par de veces por teléfono y su gente más cercana me mantenía informado. La última vez que vi a Montse, su mujer, me prometí a mí mismo ir en breve al pueblo a visitarle. No fue ya posible. Quiero pensar que él, por aquello del afecto que sabe que le tenía, me lo habrá perdonado. Pero creo que yo no me lo perdonaré nunca.

El lunes 13 de agosto me llamaron para darme la noticia de que había muerto mientras le intentaban trasplantar un corazón compatible que había llegado.

Es muy duro y muy triste tener que decir adiós a un amigo. Lo es más si sólo tiene 48 años. Y mucho más aún cuando nos deja una buena persona.

En su enfermedad, Luis fue tan luchador hasta el final como lo había sido en toda su vida. Lástima que él, que había ganado tantas batallas, perdiera ésta. Sólo por mala suerte. Porque coraje, fuerza y ánimo no le faltaron.

El otro día pensaba que sus hijos, Diego, David y Esther, que han padecido la desgracia de perderle tan pronto, sin embargo pueden sentirse unos privilegiados por haberle tenido como padre.

Le vamos a echar mucho de menos.

(Las fotografías de la reunión de la Coordinadora y de la cabecera de una manifestación son de Manuel Tabasco, corresponsal de Diario de Ávila en El Hoyo de Pinares. En la manifestación Luis va en la pancarta de delante y yo, que era concejal de educación, iba en la de atrás, una norma que nos habíamos marcado: los padres de alumnos en primera línea y los "políticos" locales en segunda fila).

Anuncio

Como hoy es -otra vez- mi cumpleaños, y se me pasa el tiempo muy deprisa, y como hay transiciones que parecen interminables, y como no acabo de pasar del todo páginas antiguas para escribir las nuevas, mucho más estimulantes, publico aquí este anuncio, sobre lo que más necesito ahora imperiosamente, tomándole prestados versos a Mario Benedetti:

Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
qué hacer con él

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso (...)
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste (...)

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

Y a todos los que no pueden darme ese tiempo que me falta, pero me dan siempre su comprensión, su apoyo, su cariño, o me regalan de vez en cuando una sonrisa, una cerveza compartida, un abrazo o unas palabras, gracias por estar ahí.

(Ilustración: Phil Couzens)

Mi Feria del Libro 2012

Es el primer año que me meto en la aventura de ir yo a una caseta a firmar libros, como ya conté aquí. Como era previsible, no hubo grandes aglomeraciones alrededor, porque poner dedicatorias a libros de gestión como La empresa ante las bajas por incapacidad temporal no es lo más común... Pero Ana, coautora del libro, y yo, contábamos ya con ello, así que es una experiencia simpática, siempre que no vayas de solemne ni te la tomes demasiado en serio. Pasamos un buen rato, charlamos con varias personas interesadas en estos temas tan específicos y tuvimos la siempre grata visita de varios amigos. Gracias a todos ellos. Y a nuestras anfitrionas de FC Editorial, Elena y Lucía.


Como el domingo no iba a poder, precisamente porque firmaba yo, me fui el sábado a pasear por la Feria. Acudía con el firme propósito -absurdo si vas a una Feria del Libro- de no comprar nada pero, como siempre, piqué y me dejé la pasta que no tenía.

Entre otras varias obras que me traje a casa, comento sólo un par de ellas.

Una es Años lentos (Premio Tusquets de novela 2011), del guipuzcoano (residente en Alemania) Fernando Aramburu. A ver qué tal. Los peces de la amargura (2006) me impresionó. Mucho más que todos los innumerables ensayos que se han escrito, este conjunto de relatos me parece lectura obligada para cualquiera que quiera acercarse a la realidad social del País Vasco. Un libro que a uno le gustaría que no se hubiera tenido que escribir o que, al menos, su ficción no se pareciese nada a la realidad… “Comparto tu parecer, Carlos”, dice hoy en un tweet el autor. Por cierto, un grande de nuestra literatura actual con poca afluencia en la caseta, mientras cerca hacía cola un montón de gente ante el último petardo televisivo de turno. Como de costumbre, vamos.


No tienen que ver con su libro, pero me han venido ahora a la mente y no me resisto a compartirlos por su lucidez, unos párrafos de uno de los magníficos artículos de Fernando Aramburu en El Cultural. Los leí hace tiempo, pero lamentablemente conservan plena vigencia. Se refieren a la comodidad de tener un pack ideológico, que evita tener que pensar uno mismo. Me hubiera gustado firmarlo yo:

“El ciudadano actual, informatizado y televidente, con poco tiempo para el ejercicio apacible de la matización, ha derivado en un ser de opiniones. Leo al columnista asiduo, escucho al radiocontertulio habitual, y me quedo boquiabierto. Para la bomba en un mercado de Bagdad, para el último accidente ferroviario, para el escote de la ministra, para todo disponen ellos de una opinión rápida y tajante que, además, consideran digna de ser comunicada, con la que tal vez estén sinceramente de acuerdo. Entonces me siento abrumado, solo, inferior, y no porque me falten brazos para cargar sobre la espalda un costal de opiniones ni me prive de esparcirlas a voleo como los congéneres aludidos, a menudo sin darme cuenta.

Es otra cosa. Es que yo con frecuencia no opino lo mismo que yo. O sea, que disiento de mí, no sé si me explico. Me enzarzo en discusiones durante las cuales abrazo certidumbres distintas, incluso opuestas; soy a un tiempo o sucesivamente de derechas, de izquierdas y de centro; me escondo bajo la cama para no ofender a nadie; me callo por prudencia y a continuación no me callo por que no me tilden de medroso, aunque seguro que lo soy, y concluyo, en fin, diciéndome que me convendría poner orden en el cerebro empezando otra vez por los presocráticos.

Un método infalible para ahorrarse la molestia de la duda y el trabajo de llevarse la contraria consiste, según me han dicho, en acogerse a una ideología. Las ideologías funcionan como las vacas lecheras. Basta con apretar la ubre teórica para llenar el lebrillo de argumentos. Es la mar de cómodo. Lees un programa electoral, un manifiesto, un texto sagrado, y sabes a qué atenerte hasta el final de tus días, donde te espera el paraíso celestial, la utopía consumada o simplemente el limbo de los que siempre tienen razón.

Me topé días atrás con un pasaje perspicaz en un libro de Luis Goytisolo (…) En esto agarra Goytisolo y se pregunta, como quitándome la palabra de la boca, para qué hay que tener una ideología. Ahí estamos, maestro. Como no sea para dominar o que nos dominen, para qué someter a una explicación general de los fenómenos del mundo nuestras intuiciones particulares, tan volubles, tan inciertas, tan inconsistentes. No es lo mismo pensar que creer”.

Amén.


Y el otro libro que compré, Ecuador, una nueva edición ampliada de poesía reunida de Benjamín Prado. 

- Pero si yo creo que este libro ya te lo firmé, Carlos...
- Jajaja, que no, joder, que fue 'Marea humana'...

Me sorprende mucho que se acuerde de mí todavía, después de casi cinco años. Coincidimos como invitados en un programa de televisión, se supone que de antagonistas en el debate. No le conocía hasta entonces y yo pensaba que, a priori, tenía varios ingredientes para haberme caído mal… pero me cayó estupendamente. Benjamín es un tipo muy inteligente, hábil, divertido y encantador en el trato. Y un interesante y notable escritor, en su poesía, en sus ensayos y en sus novelas.  

Aquí le tienen, atreviéndose en una noche sabinera del Galileo, con Pancho Varona y compañía. Se le perdona que cante aproximadamente igual de bien que yo... Porque su talento no es como vocalista: él es nada menos que el autor de este pedazo de letra, Esta noche contigo.

Cultura Inquieta


Apenas tratas a ciertas personas, percibes que poseen una innata capacidad para generar ideas y hacerlas realidad. Gente con inquietud, con creatividad, con imaginación, con dotes de liderazgo o de organización. Juan Yagüe, a quien conocí en mi etapa universitaria, es una de esas personas.

Perdida casi la pista, tenía sólo alguna vaga referencia, por algún amigo común, de que era propietario de un local en Getafe que albergaba múltiples actividades, tertulias, presentaciones, conciertos… pero llevábamos mucho tiempo sin contacto personal.

No sabía con precisión qué andaba haciendo Juan. Pero, eso sí, tenía la absoluta certeza de que, fuese lo que fuese, sería interesante, merecería la pena.

No me equivocaba.

El verano pasado, ese amigo común me propuso ir a un concierto a Getafe y allí coincidimos. Pude dar un rápido abrazo a Juan, que andaba de acá para allá ultimando detalles y, al reencontrarnos años después, casi sin cruzar palabras, tuve esa sensación del “decíamos ayer” de Fray Luis, que tanto tiene que ver con las afinidades y las complicidades.

Juan es ahora alma y promotor de Cultura Inquieta, un Festival de Música y Artes Visuales que ofrece talleres, mesas redondas, exposiciones, teatro, proyecciones de cine y documentales…, como actividades complementarias de lo que constituye el centro de su propuesta: un atractivo programa musical.

Yo disfruté, en concreto, del fantástico concierto de The Excitements, un grupo catalán que suena a años cincuenta –rhythm&blues, soul…-, con una sólida banda y con la voz y la fuerza escénica de Koko, mozambiqueña de nacimiento, española de adopción y norteamericana por los referentes musicales y culturales entre los que ha vivido largo tiempo en Los Ángeles.



Supongo que lo ideal es hacer eventos aunando buen criterio y mucho presupuesto. Pero, cuando ambas cosas no pueden ir unidas, es más importante lo primero que lo segundo. De hecho, hay algunos que se han empeñado en darnos reiterado ejemplo práctico de cómo, con mucho presupuesto, se pueden organizar auténticos bodrios. Y Cultura Inquieta cada año muestra cómo, con poco presupuesto, se puede conseguir una programación de notable calidad. Y, además, asequible para los castigados bolsillos de todos los públicos.

El pasado 17 de mayo presentaron en la Sala Caracol de Madrid su programa para el Festival 2012. Confieso que no les di ni un gramo de modesta publicidad para no contraprogramarme a mí mismo, porque ese día era la presentación de nuestro libro sobre bajas laborales y ya entiendo yo que no hay color... Ahora lo reconozco: han vuelto a conseguir un cartel que suena sumamente atractivo. En el encantador claustro del Hospitalillo de San José de Getafe estaremos en alguno de los conciertos de este verano.

Pero, aunque el Festival sea el punto central de su actividad, a lo largo del año Cultura Inquieta no para.

De hecho, tengo especial interés personal en que Juan me explique cómo ha conseguido clonarse o tener el don de la ubicuidad. Cómo se puede andar por Madrid, Barcelona y Londres a la vez y no estar loco. Bueno, o sí. Pero cómo se puede estar en tanto sitios tan activamente.

La web de Cultura Inquieta, su Twitter, su página de Facebook, su revista Inquieta Magazine… nos dan constantes pistas de cómo disfrutar de la imaginación, de la belleza, de la originalidad. Siempre desde el eclecticismo, desde una concepción del arte que no acepta fronteras infranqueables entre disciplinas o estilos, desde una estimulante y mágica heterodoxia.

Les pongo sólo tres ejemplos, para abrir boca, para que se hagan una muy leve idea.

Gracias a Cultura Inquieta, siguiendo sus sugerencias, conocí la colección Pencil versus camera de Ben Heine: 


O esta impresionante escultura del francés Bruno Catalano:


O los increibles escenarios en que se desarolla el Festival Ópera en el Lago en Bregenz (Austria):


Y también supe que es posible crear nubes en una habitación, o arroparse con el mar para dormir... Pero les dejo que lo comprueben ustedes mismos.

Muy recomendable hacerse amigo en cualquier red social de una iniciativa que tiene los ojos bien abiertos para descubrirnos sugerentes propuestas y compartirlas.

El equipo de Cultura Inquieta nos demuestra, además, que se puede disfrutar de las artes incluso sin ser entendido, sólo caminando con la mente y el corazón abiertos. Que no es obligatorio adoptar una pose engolada ni gafapasta para saber aquello que te hace pensar o que te hace sentir.

Ellos definen perfectamente lo que les mueve: en Cultura Inquieta nos dedicamos -aseguran- básicamente a divertirnos, a emocionarnos. 

Que sigan.

Aitona

¿Existirá en euskera algo parecido al verbo castellano acompañar? Yo hoy querría estar a cientos de kilómetros, despidiendo a un hombre al que no conocí. ¿O sí? A veces conocemos a alguien a través de lo ojos de los demás, a través de las palabras de las personas a las que queremos.

Agur Jaunak.


(Fotografía: Playa de Deba. De la web de Zumardi Pentsioa).

Puedo

"No he fracasado. He encontrado diez mil fórmulas que no funcionan".
-Benjamin Franklin-

Tomo carrera, hago un esfuerzo, salto un gran obstáculo y, antes de que pueda mostrarme satisfecho, me topo con otro que ni siquiera veía. 

Miro mi agenda y me siento como en un parchís: en esta casilla me puede comer la angustia, en esta otra hoy estoy seguro. 

Reinventarse es un proceso difícil, pero apasionante. 

Lo malo es cuando la puerta del pasado no cierra bien del todo. 

Los únicos asideros vitales firmes no son cosas, ni trabajos, ni actividades...: tienen siempre nombre. 

Entre medias, abrazos claros y abrazos borrosos. Y el regalo de unos ojillos azules y traviesos, que gatean hacia ti con una sonrisa y que son la vida misma. 

Hay buenas noticias que tardan en llegar, pero por fortuna siempre están por delante. Hay malas noticias que no acaban de irse, pero por fortuna van quedando atrás. 

Al fin, cuando llega la noche, toca descansar escuchando la lluvia. A la mañana siguiente, levantarse y repetir como un mantra: puedo.

Dos bastones

Mi abuela Elisa guardaba en su casa algunos objetos personales de su marido y ahora, tras la muerte de ella, las hijas decidieron sortearlos entre los cuatro nietos varones como recuerdo.

- ¿Y a mí qué me ha tocado? -le pregunto a mi madre con curiosidad.
- Un bastón.

Y entonces mi mente se remonta en el tiempo.

***

Mi abuelo Heliodoro murió cuando yo tendría unos ocho años. Era el encargado del cuidado y mantenimiento de Fomento Pecuario en Ávila, unas instalaciones del Ministerio de Agricultura.

Dentro del complejo se ubicaba un laboratorio de sanidad animal, en el que trabajaban varios veterinarios. En los establos se guardaban sementales de toros, creo que de raza charolais. En alguna etapa recuerdo que hubo cerdos. Creo que también llegó a haber ovejas -aunque yo no lo conocí-. Y mi abuela tenía sus gallinas y sus patos. En la temporada de la Parada Hípica abulense, venían cada año un brigada y varios reclutas del ejército y se alojaban también allí. Y, si se lo pedía mi abuelo, me subían a uno de sus caballos. Como yo veía animales de todo tipo, aumenté por mi cuenta la fauna del lugar, trayendo unos peces que cogí con una redecilla en el cercano río Adaja y que pasaron a vivir, bajo mi estrecha vigilancia, en un pilón de agua sin clorar que se situaba en el centro del patio superior. También había muchos árboles frutales. Y un columpio que mi abuelo había colgado en la rama más grande de un viejo árbol... Ir a la casa de mis abuelos en vacaciones era, para un niño, pasar el verano en la mejor granja escuela del mundo.

De Heliodoro recuerdo que criaba pájaros, fumaba tabaco de liar (por supuesto, usaba encendedor de mecha) y leía aquellas novelas del Oeste que firmaban Marcial Lafuente Estefanía y Silver Kane. A veces me decía que le acompañara a hacer gestiones a la Dirección Provincial de Agricultura o a algún encargo por el centro de Ávila y, antes de regresar, me compraba tebeos en la librería del Grande. 

Yo tendía a imitarle. Por ejemplo, él era muy aficionado a la carpintería, tenía maquinaria y buen equipamiento, y se fabricaba algunos de sus propios muebles. Así que me tuvo que acabar regalando un juego de carpintería infantil con metro, serrucho, martillo... todo de plástico.

Mi abuelo se había hecho un bastón de madera, cuya empuñadura era una cabeza de perro, tallada a navaja con todo detalle. Y había regalado a sus yernos unos parecidos. Y, cómo no, le dije que me hiciera un bastón como el suyo. 

- Así que tú también quieres uno...

Asentí con la cabeza.

- Ven.

Entonces pacientemente buscó conmigo una pequeña rama de árbol con forma adecuada. Y luego me talló a navaja una cabeza de perro, pintó la lengua en rojo, lo barnizó e improvisó detalles. El resultado era un bastoncillo que no llegaba a cincuenta centímetros de altura.

Pero yo paseaba al lado de mi abuelo, con mi bastón en miniatura, más ufano que Antonio Gala. Una escena impagable. 

***

- Éste es el bastón que te ha tocado- me dice mi madre mostrándomelo.

Enseguida busco a su "hijo pequeño", que aún conservaba. Treinta y tantos años después, los dos bastones vuelven a estar juntos. 

El azar de un sorteo me ha hecho recordar. Y sonreír con ternura.

Achaques

- ¿No te parece que tengo este pie por aquí más hinchado que el otro?
- Es un juanete
- ¿¿¿¿Cómo que un juanete???? -pregunto horrorizado.
- Sí, cariño, es un juanete de los de toda la vida.
- ¡Juanetes!... Pero ¿cómo voy a tener yo juanetes, si eso es una cosa que en mi pueblo tenían las amigas de mi abuela, señoras de más de ochenta años?
- Victoria Beckham tiene juanetes.
- Pero esto se podrá operar o algo, ¿no?... Y digo yo, ¿qué consecuencias tiene?
- Que te molestarán algunos zapatos, por ejemplo... A ver si te vas a traumatizar porque te diga que tienes juanetes...
- ¡Pero como no me voy a traumatizar...! Esto marca el principio del fin, estoy con un pie en la tumba... Un pie con juanete, además. 
- Jajajajaja, qué exagerado eres, anda...

Tú estás acostumbrado durante años a que casi todo se cura. La gripe, la faringitis, los resfriados... se pasan en pocos días. Se te cae un diente y al principio te sale otro sin más; luego te ponen una endodoncia y ya está. Tienes una herida, cicatriza y listo. Se rompe un hueso, te escayolan y, poco tiempo después, a correr. Incluso una hernia, un apendicitis o qué sé yo, se operan y Santas Pascuas. 

Pero, a partir de cierta edad, parece que las cosas llegan para quedarse, las muy cabronas: el reuma, la próstata, la gota...

Recuerdo que tendría yo poco más de treinta años -en la más tierna juventud, por tanto, no me lo discutan- y le comento a mi hermana médico: 

- Últimamente me cruje aquí cuando me levanto después de estar un rato sentado.
- Es el menisco.
- ¿Y cómo se soluciona?
- Pues nada, normalmente convives con ello y, sólo en determinados casos, se opera.
- Pero ¿cómo que convives con ello? ¿ya el resto de mi vida tengo que escuchar un crujido cada vez que me ponga de pie?

Yo es que llevo fatal esto de hacerse mayor, no sé si se nota. Además, juanetes suena muy vulgar, no te puedes ni siquiera dar importancia. 

Y estoy en un mar de dudas: ¿Puedo seguir dando un bote cuando el Atleti marque un gol? ¿Me van a entrar las aletas para el snorkel? ¿Es posible subir una montaña con juanetes? Si me persigue un policía por apoyar al 15-M, ¿me alcanzará por culpa de los juanetes? Esto es un sinvivir. ¿Alguien con juanetes en la sala?

(Fotografía del autor. Koh Samui, 2009).