Sin Justicia a tiempo no hay derechos



A punto de encarar el último trimestre de 2026, en la Sección de lo Social del Tribunal de Instancia de Sevilla -los antiguos juzgados de lo social- estamos señalando juicios ordinarios para el año 2030: quien presenta hoy una demanda de cantidad o de reconocimiento de derechos sabe que su acto de juicio se celebrará dentro de cuatro años. 

Los datos son tozudos: los módulos que fija el Consejo General del Poder Judicial establecen que cada unidad judicial -antes juzgado, hoy plaza- debería recibir 800 asuntos al año y en Sevilla esa cifra se duplica ampliamente. Solo el sobreesfuerzo personal de quienes trabajamos en esos órganos -que acaba pasando factura en términos de vida personal y familiar y no pocas veces de salud- evita que cada ejercicio consuma dos años enteros de agenda. Pero ni aun así se contiene el retraso, que se ha ido incrementando año tras año. 

Sevilla padece la peor situación, pero no es un caso aislado dentro de Andalucía. En procedimientos ordinarios, Málaga y Almería superan también los veinte meses de espera media, mientras Cádiz y Huelva no se quedan atrás. Y tampoco es un problema privativo de nuestra Comunidad Autónoma: Barcelona y Madrid, por ejemplo, también arrastran tiempos similares en los procesos no preferentes. A esos plazos hay que añadir, en muchos casos, las fases de recursos ante los Tribunales Superiores de Justicia y el Tribunal Supremo, que tampoco escapan al deterioro. 

La situación viene siendo denunciada reiteradamente por las asociaciones judiciales y por los Colegios de la Abogacía y de Graduados Sociales, pero a quien más perjudica no es a los operadores jurídicos, sino a los justiciables, a la ciudadanía que busca amparo en la jurisdicción social. Porque no hablamos de una abstracción estadística. Hablamos de la trabajadora despedida que, si finalmente se declara improcedente su cese, percibirá la indemnización mucho más tarde de cuando la necesitaba o, lo que es peor aún, se determinará su readmisión, que resulta una broma pesada cuando hace años que se tuvo que buscar otro empleo. Hablamos también del trabajador al que no le pagan el salario, de cómo su crédito pierde valor real y capacidad de presión frente a la empresa. De quien impugna una alta médica indebida y debe seguir acudiendo a un trabajo que no se siente en condiciones de afrontar. De quien reclama una incapacidad permanente y sostiene su vida, mientras tanto, sin ingresos y sin certezas. De la familia que ha visto denegado un ingreso mínimo vital y necesita esa prestación para comer ahora, no dentro de varios años. En todos estos casos la Justicia tardía no protege: llega cuando el año está consumado y, a menudo, cuando ya es irreversible. 

Durante años me sorprendía -y me entristecía- que los sindicatos no situasen esta cuestión entre sus reivindicaciones más destacadas, como un problema gravísimo y de imprescindible respuesta. Porque de nada sirven los derechos reconocidos en la ley, ni los obtenidos en la negociación colectiva, ni los conquistados con movilizaciones, si después la tutela judicial llega tarde para protegerlos y hacerlos realidad. 

Por eso mismo, me alegra que Comisiones Obreras haya iniciado una campaña al respecto, con la elaboración de un informe detallado –“Sin Justicia a tiempo no hay derechos”- y el anuncio de actuaciones ante el Ministerio de Justicia, el CGPJ, el Defensor del Pueblo e incluso una reclamación colectiva ante el Comité Europeo de Derechos Sociales. El sindicato denuncia con acierto que se trata de un problema estructural del Estado de Derecho, que la demora erosiona el derecho a un proceso sin dilaciones indebidas, y que la desigualdad territorial hace que su efectividad dependa del código postal donde se ejerce la acción. Ojalá esta denuncia no sea algo puntual y se mantenga como una prioridad sostenida. 

Y anticipo ya con claridad que, en contra de lo que sostiene el Ministerio de Justicia, las recientes reformas legales -por razones que no caben aquí y que merecerían un artículo específico- no suponen, ni de lejos, una solución a este problema. Hace falta un diálogo sincero con quienes conocemos la situación desde dentro, un acuerdo para un plan de choque que aporte soluciones efectivas. 

Mientras tanto, seguimos trabajando cada día más de lo exigible, con normas ineficientes, con recursos insuficientes, con una digitalización defectuosa y con esa sensación descorazonadora de llegar tarde, de no hacer Justicia a tiempo cuando los ciudadanos que la necesitan la están reclamando.

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Nota.- Aquí se recoge la versión íntegra del artículo incluidas las partes que, por razones de espacio, no se publicaron en los periódicos.

La España que me gustaría



Les confieso una “frikada” personal: me gusta ver la entrega de los premios Princesa de Asturias. Siempre que me es posible, no me pierdo la gala, con una fidelidad que a algunas personas cercanas les resulta incomprensible. La razón es sencilla: durante esas dos horas tengo la sensación de vivir en el país que a mí me gustaría. 

Es un país que enlaza su historia, sus lenguas y sus tradiciones con una mirada ambiciosa al futuro. Contemplo esa continuidad histórica: el viejo título de un reino medieval, que está en nuestras raíces y forma parte de nuestra identidad nacional, sirve, a la vez, para reconocer el talento del siglo XXI allá donde surge. Un país que apuesta -lamentablemente solo por una noche- por la investigación científica como motor de progreso, por la creación artística que hace más pleno al ser humano, por el deporte como escuela de esfuerzo, por la cooperación internacional como vocación. Un país que premia al científico que persigue una vacuna, al escritor que retrata su tiempo, al músico que traspasa fronteras, a la organización humanitaria que trabaja allí donde nadie mira. Un país, en fin, que asume de dónde viene y actualiza ese legado de universalidad. 

Durante ese rato incluso puedo ser testigo de un cierto prestigio internacional: embajadores, premios Nobel, jefes de Estado y de Gobierno, académicos de medio mundo, todos reunidos en Oviedo para reconocer lo mejor de la condición humana. España se convierte en anfitriona del talento universal. Y yo lo disfruto. 

Nunca olvido aquel discurso que pronunció Leonard Cohen al recoger el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 y que conmovió a todos cuantos lo escuchábamos. Emocionante, de una humildad y una hondura infrecuentes, hablando -por supuesto- de Lorca, pero también de la guitarra y del viejo profesor español del que aprendió sus primeros acordes en Montreal: “… Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país. Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra (…), en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra”. Creo que todos mis compatriotas deberían escucharlo detenidamente alguna vez. 

Pero termina el acto, se apagan las luces del Teatro Campoamor y fuera sigue existiendo el mismo país de siempre, que no conoce bien su historia, que no la aprecia, que no se reconcilia con ella. Que se divide en dos bandos sectarios ante casi cualquier cosa, por nimia que sea. Que padece a un extremo que generalmente reniega del patriotismo y a otro que habitualmente lo utiliza como un arma arrojadiza y excluyente. Un país enzarzado continuamente en debates ramplones y coyunturales, que rara vez alza la vista para pensar a largo plazo cómo queremos ser como nación, en sanidad, en educación, en justicia, en ciencia e investigación, en infraestructuras, en modelo energético y ecológico, en modelo de turismo, en nuestro papel en el mundo... 

Esa misma sensación de vivir, por un rato -apenas 90 minutos de vez en cuando- en el país que yo querría la tengo también, sin duda, con las selecciones españolas de fútbol, tanto la masculina como la femenina. 

Durante el reciente Mundial de fútbol celebrado este verano, en los propios estadios de otro continente, en las plazas de las ciudades españolas y ante los televisores, millones de personas de distintas edades, ideas, condiciones, se identificaban con un mismo país. Con los símbolos comunes que lo representan, sin complejos y sin esa relación patológica que tan a menudo tenemos con ellos. Un pueblo plural y diverso se unía. Sobre el terreno de juego o desde el banquillo, nueve catalanes, tres andaluces, tres vascos, dos madrileños, dos valencianos, dos navarros, dos canarios, un gallego, un extremeño y un español nacido en Francia escuchaban abrazados el himno de España y, acto seguido, sumaban sus talentos en pos de un mismo objetivo colectivo y ambicioso. Y lo conseguían, llenándonos de orgullo y de entusiasmo. 

Puebla dibujó una viñeta en la que se veía de espaldas a esos jugadores abrazados y alguien decía: “¿os dais cuenta de hasta dónde puede llegar España jugando en equipo?”. Y añadía: “… y no hablo solo de fútbol”. Leí también a una persona en las redes sociales algo así como que la mayoría de las selecciones nacionales representan lo que sus países son, pero que la nuestra representa lo que España debería ser. Ojalá algún día nos diéramos cuenta de ello y ese mismo país, que reconozco en tan pocas y excepcionales ocasiones, apareciera con más frecuencia en el día a día. Nos daría muchas alegrías.

Aquellos sabios con boina

Publicado en Diario de Ávila, 30/08/2026.

Sentados junto al antiguo estanco. Fotografía cedida por Alberto Organista y Guillerma Fernández para la exposición El Hoyo de Pinares: Imágenes del ayer (1999) comisariada por Carlos J. Galán

En mi pueblo, durante mi infancia, todos los hombres mayores llevaban una boina negra. Tenía tan interiorizado que esto era siempre así que, siendo muy niño, una vez le espeté a mi padre, caminando por la calle: 

- Papá, y si Franco tiene más de ochenta años, ¿por qué no lleva boina? 

 Después de reír con la ocurrencia, me respondió con otra: 

- Bueno, a veces lleva una boina roja. 

La boina era, en el ámbito rural, una costumbre y un símbolo de identidad. La portaba la práctica totalidad de los que aún todo el mundo llamaba viejos, aunque sin ninguna connotación negativa. No había llegado la sucesión de eufemismos que se desgastaron a gran velocidad: primero ancianos, luego tercera edad y ahora mayores. 

Debajo de aquellas boinas de los hombres y de los pañuelos de las mujeres de mi pueblo se ocultaban muchas cosas. Mucha experiencia vivida, y nada fácil. Mucha educación cívica en el trato con los demás. Poca formación por falta de posibilidades, pero mucha sabiduría sencilla. 

Porque aquellos hombres con boina que en mi niñez paseaban por las calles, se sentaban en los poyos o entraban a los bares a tomar un chato de vino, y aquellas mujeres, con moño y a menudo con pañuelo, que veía también callejear o ir a las tiendas y a los puestos del mercado, sabían. 

Sabían leer el cielo antes de que el parte meteorológico confirmara sus intuiciones, y cuándo iba a helar con solo mirar la luna. Sabían cuándo emigraba la cigüeña y cuándo regresaba a la torre de la iglesia. Sabían qué año había más piñas y cuándo habían tejido las orugas sus capullos. Sabían cuándo había que podar la vid, y sabían hacer el vino sin más termómetro que el gusto ni más receta que la memoria de sus padres. 

Sabían dar los buenos días, decir “gracias”, pedir perdón. Sabían conversar de pie en la calle o sentados a la puerta de sus casas, sin prisa y sin nada que los interrumpiera. Sabían escuchar a sus mayores sin cortarles la palabra, aunque llevaran ya oída la historia veinte veces. Sabían fiar una compra con solo apuntar un nombre en un cuaderno. Sabían mantener su palabra sin más firma que un apretón de manos. 

Conversando en la puerta, fotografía original de Jacinto Herrero, publicada en el libro El Hoyo de Pinares: Imágenes del ayer (1999), de Carlos Javier Galán

Sabían remendar un roto y dar otra vida a una prenda. Sabían cómo aprovechar del cerdo “hasta los andares”. Sabían curar un empacho con manzanilla, un resfriado con leche, miel y limón, o las pequeñas rozaduras infantiles con un beso y un ensalmo. Sabían levantar una pared de piedra que no se caía en cien años. 

Sabían compartir lo poco que poseían con quien tenía menos. Sabían resignarse ante lo que no podían cambiar, y pelear sin descanso por lo que sí. Sabían sacar alegría de las penas, para no cargar con ellas a los demás. A su manera, con sus defectos, con sus virtudes, sabían vivir. 

Habían padecido la crueldad de la guerra, habían sufrido el hambre y la miseria de la posguerra, habían sacado adelante a sus familias, sin hacer alarde de nada, como quien se limita a cumplir una misión. Y, llegado el final de la dictadura, nos dieron el mayor ejemplo de reconciliación, de mirar hacia delante, de pensar en su país, de pensar en las generaciones venideras. 

Si hoy esas nuevas generaciones en el mundo rural tienen títulos universitarios, mayor acceso a la cultura o mejores medios materiales es, en buena medida, por el sacrificio y el legado de aquellos hombres con boina y aquellas mujeres con pañuelo, que auparon sobre sus hombros a sus hijos y permitieron así que estos pudieran hacerlo con sus nietos. Por todo ello, hoy déjenme que me ponga simbólicamente mi boina. Como homenaje, como memoria. Porque sé dónde estoy y dónde quiero ir, pero nunca, ni un solo día, me olvido de dónde vengo.

Enrique Ortiz Sierra, in memoriam

Publicado en Diario de Sevilla, Diario de Cádiz, Diario de Jerez, Europa Sur, Málaga Hoy, Huelva Información, El Día de Córdoba, Granada Hoy, Diario de Almería y Jaén Hoy, 05/03/2026.

Panorama / Cultura / Obituario 
El pasado 22 de febrero falleció a los 59 años el abogado y poeta de origen granadino en el Monte del Pilar, en la localidad madrileña de Majadahonda

Nos conocimos por el Derecho, claro. Pero él, de forma casi desapercibida, se las arreglaba para llevarte al territorio de la poesía y de la música.

Fueron dos de sus grandes pasiones, junto con disfrutar de su gente querida y correr por parajes de montaña. Precisamente en el Monte del Pilar de la localidad madrileña de Majadahonda -al que a menudo nos permitía asomarnos con sus fotografías- es donde terminó su camino hace unos días. Dolorosamente, para tantos como le queríamos. Podría decir también que inesperadamente, porque casi siempre la muerte nos pilla con el paso cambiado: él sabía muy bien cómo «nos aferramos a ese sueño insomne / de que mañana habrá otro mañana».

Enrique Ortiz Sierra había nacido en Granada y acababa de cumplir 59 años. Tenía una asesoría de empresas y despacho jurídico en la Comunidad de Madrid y soy testigo de que en su labor profesional era garantía de seriedad y responsabilidad. Ahora que tantos venden puro humo en redes sociales, él representaba justamente lo contrario: se conducía con rigor, con mucho trabajo, con profesionalidad…, pero apenas se daba importancia. En el trato con los demás, sobresalía su enorme generosidad: ennoblecía la palabra «compañero».

 

Como poeta, un joven Enrique Ortiz Sierra tuvo un comienzo fructífero. Su primer poemario publicado, Tormenta alrededor de una fotografía (Diputación de Granada, 1991) obtuvo el Premio de Poesía Andaluza Villa de Peligros. En 1992 la Dirección General de Juventud de Andalucía le distinguió con el Premio Gustavo Adolfo Bécquer de Literatura Juvenil, en la modalidad de poesía, por Descubrimiento de la lentitud (Junta de Andalucía, 1992). Y ese mismo año, con solo 26 de edad, obtuvo un Accésit del prestigioso premio Adonais con Extraño abordaje (Ediciones Rialp, 1993), una mirada a distintas experiencias humanas, desde la doble perspectiva de la sombra y de la luz. «Procuré -contaba-, en paseos al anochecer en Granada, sobre todo en los meses de verano de 1991, que el primer verso fuese regalado (fruto de intuición, inspiración, suerte) (…) y el resto trabajado como un espejo entre partes».

Después, dejó de publicar. Sus libros de juventud los atribuía a «necesidades biográficas» y bromeaba diciendo que «por lo visto, desde 1992 no me ha pasado nada». Al final de su último poemario editado, se había propuesto la tarea de seguir expresando ese extraño abordaje de vivir «desde el artificio más hermoso que existe: un poema». Pero llevaba ya tres décadas escribiendo solo algunas piezas sueltas y trabajando en un proyecto que iba cociendo a fuego lento. En sus redes decía ahora que ya estaba ultimando Lecciones de cosas. No sé si esta obra habrá quedado inconclusa (apenas unos días antes de su muerte escribía «la tarde se ha esculpido en tachones»), pero ojalá no permanezca inédita.

 

En 2021, el creador de la firma @lamalagamoderna, Diego Ríos Padrón, y él hicieron un maravilloso «sujétame el cubata» en Instagram y en lo que aún se llamaba Twitter: acordaron que Enrique seleccionaría cada día del año un poema, de distintos autores, y Diego se ocuparía de caligrafiarlo e ilustrarlo con sus pinceles. La tarea de éste era más laboriosa y a veces se le acumulaba, pero al final cumplieron con 365 poemas ilustrados. Para quienes seguimos aquella aventura, el año fue más hermoso al menos durante un rato cada día.

 

Estos últimos tiempos, Quique participaba en un proyecto municipalista, Vecinos por Majadahonda. Era su manera de implicarse en mejorar la comunidad en la que vivía.

 

En su forma de conducirse en la vida practicaba costumbres que antes sonaban clásicas y hoy son casi revolucionarias. Por ejemplo, la virtud del respeto: era siempre exquisito. O la capacidad de escuchar, impresionante. Y era palpable cómo -rara avis- se alegraba sinceramente con los éxitos de los demás.

 

En ese sentido, recuerdo su felicitación, de corazón y no como un mero cumplido, por mi paso de la abogacía a la judicatura. Y será imposible olvidar cómo estuvo siempre al tanto de Raquel y de mí como pareja, acompañando desde la distancia, con visible cariño, cada uno de nuestros pasos.

No tuvimos una amistad íntima o un trato frecuente, pero era siempre cercano y afectuoso. Se las apañaba para que no nos perdiéramos la pista, para tender puentes entre afines, de lo que dan fe los mensajes que he leído a muchos de sus compañeros de toda España. Y era una persona inspiradora, a quien hubiera confiado con los ojos cerrados cualquier cosa, en lo profesional o en lo personal.

 

Produce una tristeza profunda que se nos marche alguien de corazón limpio, una persona que, a su alrededor, en su pequeña parcela, siempre hizo el mundo mejor.


Se nos quedan, querido Enrique, muchas conversaciones inacabadas, incluso algunas por iniciar, tal vez alrededor de esa «hoguera de siempre / donde cada uno diga, mire, / pronuncie / los recodos de su dolor, / el sosegado júbilo / de su camino». Aquí seguimos Raquel y yo heridos, apenados, recordándote, pero celebrando haberte conocido. Intentando, como tú, que «este breve hábito de estar aún vivos / nos colme de sentir que hemos vivido».


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Ilustraciones: fragmento del poema Tema de Trabajo, de Enrique Ortiz, ilustrado por Diego Ríos Padrón. Portada de Extraño Abordaje. Imagen de Enrique Ortiz Sierra, de la web de su despacho. 

Acto público de entrega de la credencial de Cronista Oficial de la Villa de El Hoyo de Pinares


El viernes 26 de septiembre de 2025 me fue entregada la credencial de Cronista Oficial de la Villa de mi pueblo, El Hoyo de Pinares, en un emotivo acto en la Plaza de España, con carácter previo al Pregón de apertura de las Fiestas patronales de San Miguel Arcángel.


El alcalde, David Beltrán, explicó los motivos de esta distinción y afirmó que había "llevado la cultura de El Hoyo de Pinares por bandera". 


La credencial de cronista me fue impuesta por el Vicealcalde, Antonio Pablo, y posteriormente se me entregó un ejemplar enmarcado por el Diputado responsable de Cultura de la Diputación Provincial de Ávila, Javier González. 




En mi intervención, tuve palabras de agradecimiento para los proponentes de esta iniciativa y para toda la Corporación que la aprobó por unanimidad. Expliqué en qué consiste la figura del cronista, con referencia a los orígenes ancestrales de la figura. Afirmé que la recibía "como un honor y también como un compromiso", el de seguir contando la historia de mi tierra y de sus gentes. Quise dar las gracias por su apoyo a mi familia. Y cité a cuatro personas que han sido fundamentales en toda mi labor de recuperación de la historia: a Alipio García, quien me abrió las puertas del libro de las fiestas; a Manuel Tabasco, quien lo hizo con las páginas del Diario de Ávila; a mi amigo el historiador Paco Ortiz, por sus lecciones particulares de historia, de paleografía y de archivística; y a Pedro Grande, por toda la información y el apoyo que me ha proporcionado. Por último, pedí ayuda a los vecinos cuando haga llamamientos en las redes sociales para recabar los imprescindibles testimonios orales que permiten recuperar nuestra memoria como pueblo.

Vídeo de la entrega de la credencial y de mi intervención: 


Maestros que dejaron huella

Publicado en el Programa de Fiestas de San Miguel, de El Hoyo de Pinares, septiembre 2025.


Decía Nelson Mandela que la educación es el arma más poderosa que se puede usar para cambiar el mundo. También, añado yo, a más pequeño nivel, para cambiar los pueblos. 

El Ayuntamiento publica con frecuencia en sus redes lo que llama #TalentoHoyanco, personas de nuestra localidad que destacan en distintas facetas personales o profesionales. Estoy seguro de que existe muchísimo más talento oculto, que tal vez solo conocen las personas más cercanas, de gente que brilla hoy en numerosos quehaceres.

El crecimiento formativo y cultural que, generación tras generación, se ha ido experimentando en El Hoyo de Pinares no hubiera sido posible sin muchas circunstancias y sin algunas contribuciones imprescindibles. Por supuesto, sin los cambios sociales que se han producido a nivel global. Por descontado también, sin el mérito de los propios interesados que han desarrollado esas trayectorias dignas de elogio. Pero no sería justo dejar de lado dos factores que han contribuido de forma importante. 

El primero, que nunca debemos olvidar, es el sacrificio y el esfuerzo de quienes los precedieron: los padres y madres que quisieron para sus hijos las oportunidades que ellos no habían podido tener. 

Y el segundo, sin duda, la labor de los docentes. Esos maestros que dejaron huella y a los que este año queremos recordar en nuestras Fiestas. Cuando la Escuela quedó atrás hace tiempo, descubrimos que nuestras aficiones e incluso nuestras vocaciones tienen a menudo un nombre propio. Años más tarde, cuando disfrutamos con la música o con la literatura, cuando amamos la naturaleza, cuando nos interesa la ciencia, la historia o la informática, cuando practicamos la fotografía, cuando tenemos afición al deporte…, somos capaces de reconocer detrás al maestro o la maestra que nos inculcó por vez primera esa inquietud, que nació en nuestra etapa escolar, a veces incluso de forma desapercibida. 

Repite acertadamente Ever Garrison que un maestro es una brújula que activa los imanes de la curiosidad, el conocimiento y la sabiduría en sus alumnos. Es como una semilla que no se ve en el momento, pero que germina con el tiempo. 

La Escuela no solo nos proporciona conocimientos -de hecho, muchos de esos datos sabemos que se nos acabarán olvidando- sino que debe aportar algo más: una ambición por saber, una conciencia del valor del conocimiento, un espíritu crítico que es cada vez más necesario ante las facilidades tecnológicas de manipulación y la avalancha de información, donde resulta difícil distinguir lo verdadero de lo falso. 

Hoy ya no tenemos que recurrir a los pesados tomos de la Espasa o la Larousse para consultar datos, porque pulsando apenas una tecla tenemos acceso a una cantidad inmensa de ellos. Pero las herramientas personales, para saber cómo buscar en internet o cómo preguntar a la inteligencia artificial, para manejar luego esa información, para asimilarla, para ser capaces de relacionar conceptos, de descubrir constantes, de dotar de sentido a todo lo que nos llega, no te las da ninguna máquina. Las adquirimos nosotros y, en ese proceso, los maestros son figuras me atrevería a decir que cada vez más importantes. 

Tampoco se aprenden a golpe de click otras cosas, como los valores o la experiencia práctica. El compañerismo, la ética, el esfuerzo, la superación, el trabajo en equipo, la convivencia con la persona que es diferente a nosotros…, nada de eso lo encontraremos en Google ni en Chat GPT. 

Creo que todos recordamos con cariño los años pasados en las Antiguas Escuelas o en el nuevo edificio del Colegio de abajo. Pero lo más importante es lo que allí se sembró en nosotros. Las distintas generaciones hemos ido conociendo a docentes vocacionales que se han relevado en las aulas de El Hoyo de Pinares. No quiero mencionar en este texto a ninguno, tampoco a los que yo recuerdo con mayor gratitud y afecto, porque sería injusto con los que dejase sin citar, como aquellos otros de épocas que yo ya no he conocido de forma directa. 

Los docentes de los años setenta, los de mi etapa escolar, fueron los maestros de la transición, los que nos hicieron apreciar el valor de la convivencia plural, los que nos enseñaron a caminar por unas libertades recién estrenadas. Los docentes de los ochenta y los noventa hicieron su labor de preparar a niños y niñas para una sociedad en constante proceso de cambio. Los del siglo XXI, han tenido que orientar a las generaciones más recientes en un mundo ya digital, donde las tecnologías de la información y la comunicación han cobrado un protagonismo antes inimaginable. 

Queremos recordar a todos los que, a lo largo de los años, pusieron su esfuerzo, su vocación, al servicio de la enseñanza en El Hoyo de Pinares. A quienes desempeñaron su profesión con cariño y con entrega y han dejado en el pueblo un recuerdo imborrable. 

Especialmente a quienes se implicaron en hacer algo más de lo obligatorio, quienes sabían que también se educa fuera del aula -en el patio, en las pistas deportivas, en las calles…-, a quienes se mojaron socialmente, interactuaron con las familias, acompañaron en esos viajes y excursiones que nunca se olvidan, impulsaron medios de comunicación de nuestra comunidad educativa (nosotros siempre recordamos El Escolar de mi época o más tarde aquella querida Radio Piñón, pero luego vinieron otros), organizaron jornadas culturales o promovieron actividades de lo más diverso. 

El Ayuntamiento ha querido que, en la víspera de nuestras Fiestas de San Miguel, el pregón de apertura sirva de esta ocasión para que todo un pueblo homenajee a sus educadores. Para que sus distintas generaciones los recuerden y les expresen gratitud. Se me ocurren pocos gestos más acertados, más hermosos, más justos. Allí estaremos.