Dependencia, la prestación que llega tarde



Recientemente, la actriz Assumpta Serna denunciaba en redes sociales que el funcionamiento de nuestro sistema de dependencia “no es ni humano ni justo”. Le habían concedido 64 horas al mes de ayuda a domicilio para su madre de 100 años -que la precisa 24 horas al día- y ello tras una tardanza de un año para recibir respuesta. Su testimonio, que exponía también otras deficiencias, superó en poco tiempo el millón y medio de reproducciones y dio lugar a la Plataforma Dorada, una iniciativa ciudadana en la que trabaja junto a una veintena de voluntarios para recoger experiencias de familias afectadas, dar visibilidad a esta situación y reclamar soluciones. En pocos días, el formulario habilitado recogió alrededor de 1.500 testimonios. Serna no denuncia un caso aislado, sino un problema estructural que arrastra el sistema desde hace años. 

La Ley de Dependencia, aprobada en 2006, se presentó como el “cuarto pilar del Estado de bienestar”, junto a la sanidad, la educación y las pensiones de Seguridad Social. Su motivación era clara: garantizar que las personas que, por edad, enfermedad o discapacidad, no pueden valerse por sí mismas, reciban una atención adecuada, mediante servicios (ayuda a domicilio, centros de día, residencias, cuidadores…) y prestaciones económicas, conforme a un grado de dependencia previamente valorado. Se trataba de convertir en derecho subjetivo lo que hasta entonces dependía de la caridad familiar o de los muy distintos recursos articulados por cada comunidad autónoma. 

Casi veinte años después, este derecho existe sobre el papel, pero su ejercicio efectivo choca de manera recurrente con una tramitación colapsada, que ni los sucesivos planes ni los cambios normativos han conseguido corregir de forma efectiva y duradera. El tiempo medio de resolución, según el panel del primer semestre de 2026 del propio Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD) del IMSERSO, fue de 314 días, muy por encima del plazo legal de seis meses. Al final de ese período, 152.249 personas estaban pendientes de ver resueltas sus solicitudes. En ese primer semestre de 2026, fallecieron 15.450 personas mientras aguardaban una respuesta: una cada 17 minutos. Esto no es una anomalía coyuntural, sino un funcionamiento crónico que los sucesivos gobiernos estatales y autonómicos arrastran sin afrontar de manera decidida. 

Aquí aparece el sinsentido de fondo: reconocer un derecho subjetivo y no dotarlo de los recursos administrativos necesarios para tramitarlo en plazo equivale en la práctica a vaciarlo de contenido. 

A los tribunales solo llega una pequeña parte de los casos -los que se recurren tras una denegación- por lo que, desde mi experiencia judicial, no me atrevería a diagnosticar si la causa concreta de este problema cronificado es la falta de personal, la propia regulación de los trámites, la organización y gestión deficientes, la infrafinanciación crónica, la simple desidia política o una combinación de todos ellos. Pero el resultado objetivo es incuestionable: una ayuda concebida para responder a una necesidad vital, muchas veces urgente, llega casi siempre tarde y con demasiada frecuencia llega irremediablemente tarde, cuando la persona beneficiaria ha fallecido. Un derecho que se demora hasta ese punto deja de ser una garantía y se convierte en una lotería administrativa, en la que el factor decisivo no es la necesidad de la persona, sino la comunidad autónoma en la que reside. 

Por eso cobra todo el sentido la pretensión que ahora encabeza Assumpta Serna desde la Plataforma Dorada, ese Pacto de Estado por la dependencia que aporte soluciones: financiación adecuada; respeto y excelencia asistencial en los procesos de cuidado; apoyo real a los cuidadores con recursos prácticos, económicos y emocionales; coordinación entre los sistemas de dependencia y de salud; agilización de plazos de valoración y de tramitación; atención continuada de 24 horas para los casos que lo requieran; mayor control sobre las empresas que operan en el sector; y articulación de un frente social común para forzar el compromiso de todos los partidos políticos. El propio diseño competencial de la ley ya reclamaba cooperación entre administraciones, por lo que el planteamiento de reivindicar un Pacto de Estado, más allá de parches coyunturales, en mi opinión resulta acertado. Solo un compromiso global sostenido en el tiempo y blindado frente a ciclos electorales, puede cerrar la brecha entre el derecho que se reconoce sobre el papel y la atención que hoy por hoy miles de familias continúan esperando.

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Ilustración: dibujo de Rosell, original del artículo.  

El día que el Papa se acordó de los pobres de El Hoyo

Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel 2026 de El Hoyo de Pinares.

NUESTRO PUEBLO, EN UNA BULA DE GREGORIO XIII 


No todos los pueblos pueden afirmar que su nombre haya sido citado por un Papa en un documento solemne. Nosotros, sí: uno de los desconocidos tesoros que se esconden entre los legajos del Archivo Municipal de El Hoyo de Pinares es un traslado (copia notarial autorizada) de una bula pontificia que fue emitida, desde su Sede Apostólica de Roma, por el Papa Gregorio XIII. Un texto que, con su caligrafía procesal en la parte castellana y su letra cancilleresca romana en la parte de latín eclesiástico, nos revela un capítulo muy interesante de la historia religiosa, social y económica de nuestro pueblo en el siglo XVI. 

¿QUIÉN FUE EL PAPA GREGORIO XIII? 

Para situar el escrito en su época, es imprescindible recordar la figura del pontífice que estampó en este documento su sello de plomo (se describe en nuestro traslado que la firma del Papa figura en el original sub plumbo, es decir, bajo el plomo, en un «pergamino con sello de plomo en hilos de seda colorada y amarilla»). 

Ugo Boncompagni, elegido papa en 1572 con el nombre de Gregorio XIII, fue uno de los grandes líderes de la Contrarreforma católica frente al protestantismo. Impulsó con firmeza los acuerdos adoptados en el Concilio de Trento, promoviendo la formación del clero y la fundación de colegios como el Colegio Romano, germen de la actual Universidad Gregoriana. 

Pero si por algo ha pasado a la posteridad en la historia universal este pontífice es por instaurar la medición del tiempo que aún hoy rige en la mayor parte del mundo, conocida en su honor como Calendario Gregoriano. En octubre de 1582 -apenas tres meses después de firmar el documento que afecta a El Hoyo de Pinares- el Papa quiso ajustar el desfase que el antiguo Calendario Juliano (denominación que aludía a Julio César) tenía con respecto al sol. Además de cambiar la regulación de los años bisiestos, mediante la bula Inter Gravissimas corrigió el desajuste acumulado: ese año se eliminaron de golpe diez días del almanaque. Tras el jueves 4 de octubre de 1582, al día siguiente fue viernes 15 de octubre de 1582. Ese salto de fechas, por cierto, coincidió con la muerte de nuestra santa abulense más universal, Teresa de Jesús. 
LAS BULAS PONTIFICIAS: LA PALABRA DEL PAPA

El documento que comentamos pertenece a la tipología de las bulas pontificias (del latín bulla, que designaba precisamente la medalla o sello circular de plomo que colgaba del documento). Se trata de decretos papales solemnes dirigidos a resolver asuntos administrativos, nombramientos eclesiásticos o concesiones de rentas y privilegios. 

Esta concreta bula está datada por Gregorio XIII en San Pedro de Roma a fecha 7 de julio de 1582 («Anno incarnationis Dominicae Millesimo Quingentesimo Octegesimo Secundo, nonas Julii»), el undécimo año de su pontificado. 

Por lo que respecta a su contenido, debemos tener en cuenta que la Santa Sede administraba los beneficios eclesiásticos de toda la Cristiandad. En esta bula, el Papa interviene para autorizar el relevo al frente del Archipresbiterado de Pinares y fijar una pensión para el cesante. 

Un archipresbiterado era una demarcación eclesiástica que agrupaba a varias parroquias bajo la supervisión de un archipresbítero (término que literalmente significa primer presbítero, es decir, sacerdote principal). El Archipresbiterado de Pinares articulaba la atención religiosa y la recaudación de los diezmos y rentas de los templos de la comarca, adscrita a la diócesis de Ávila. En algunos artículos anteriores ya nos hemos referido a esta misma institución con su nombre más usual en castellano, el Arciprestazgo de Pinares (archipresbiterado, del latín Archipresbyteratus, es su nombre culto, que usan las bulas papales y el Derecho Canónico). Estaba formado por catorce localidades, y El Hoyo fue su cabecera durante aproximadamente tres siglos, sucediendo en esa condición al desaparecido pueblo de Villalba de Pinares. Todo esto convertía a la iglesia hoyanca en un punto neurálgico que posiblemente obtendría importantes ingresos, tanto por la recaudación parroquial como por la gestión de sus tierras y bienes, dinero que el Papa, a través de esta bula, se encargó en parte de redistribuir. 
EL NUEVO TEMPLO Y LA AYUDA A LOS POBRES DEL PUEBLO

El Doctor Juan de Miranda, quien luego sería canónigo de la Catedral de Oviedo, renuncia al cargo de archipresbítero de nuestra comarca en favor de Martín de Dios, que procede de la diócesis de Calahorra y es Bachiller en Teología. En compensación, el pontífice concede al primero una pensión vitalicia de 250 ducados de oro, calculados a razón de 375 maravedíes por cada ducado, y que debía cobrar en la villa de Madrid en dos plazos, por Navidad y por la festividad de San Juan. 

Sin embargo, la parte más interesante y que atañe directamente a la historia de nuestro municipio reside en el destino del resto del dinero que se obtenía en la parroquia, ya en esa época bajo la advocación de San Miguel Arcángel. 

El Papa dispone expresamente en la misma bula que, de las rentas eclesiásticas que se recauden en nuestra localidad, además de retribuir al antiguo archipresbítero Miranda, se reserven dos partidas fundamentales por un importe total de 24 ducados. 

La primera, para la fábrica del templo («pro fabrica dictae ecclesiae»): la cantidad de 8 ducados anuales, pagadera en octubre de cada año, debía ser destinada a la edificación y mantenimiento de la iglesia. Este dato posee un extraordinario valor histórico, porque la construcción de nuestro templo herreriano es prácticamente coetánea, dado que se alzó en ese mismo siglo. No tenemos aún con exactitud la fecha pero, si no se encontraba en la fase final de su edificación, se habría terminado pocos años antes. El dinero destinado desde Roma para su «fábrica» serviría así para pagar a cuantos levantaron los muros que hoy contemplamos o bien para su acondicionamiento interior y su mantenimiento. 

La segunda partida, se destinaba a la beneficencia local: la suma de 16 ducados anuales debía ser distribuida, por disposición del Papa, entre los vecinos más necesitados de nuestra localidad. En el texto latino se aprecia cómo se nombra a nuestro pueblo y se indica la finalidad del dinero: «...pro pauperibus dicti loci El Hoyo ad arbitrium Archipresbyteri et officialium eiusdem loci Alcaldes nuncupatorum pro tempore existentium distribuendi...» (que, traducido al castellano, sería aproximadamente: para los pobres de dicho lugar de El Hoyo, para ser distribuidos al arbitrio del Archipresbítero y de los oficiales de dicho lugar llamados Alcaldes que lo sean en ese momento...) 
¿POR QUÉ TENEMOS UN TRASLADO NOTARIAL DE LA BULA? 

Como la bula de Gregorio XIII disponía que los alcaldes de El Hoyo tenían potestad para intervenir en el reparto del dinero destinado a los pobres, parece claro que las autoridades locales quisieron más tarde, ya fallecido el Papa, hacer valer sus derechos frente a los responsables eclesiásticos. De hecho, en el ejemplar que se conserva en el Ayuntamiento de nuestra villa existe un curioso añadido, una anotación marginal cuya literalidad es elocuente: «Ojo el papa dio la limosna». 

Habían pasado nueve años desde que Gregorio XIII dictó la bula -y ya le había sucedido en el trono de San Pedro el Papa Sixto V-, cuando un representante de nuestro pueblo, llamado Miguel Herradón, se desplazó personalmente hasta la ciudad de Zamora -donde a la sazón se encontraba el portador del documento- para solicitar ante el Obispo de aquella diócesis, D. Juan Ruiz de Agüero, una copia oficial que sirviera de prueba legal para ser utilizada por el Concejo. Así consta en el encabezamiento del mismo, donde se indica que compareció «Miguel Herradón, vecino del lugar de El Hoyo, de la diócesis de Ávila, por sí y en nombre de la Justicia y regidores del dicho lugar», manifestando que «conviene tener un traslado de las dichas bulas» de Su Santidad. 

Con la autorización del Episcopado de Zamora, el traslado solicitado fue expedido por el notario Gregorio Martín el 23 de marzo de 1591, «en guarda de su derecho», de forma que «haga fe en juicio y fuera de él», y es el que se conserva en nuestro Archivo Municipal. Gracias a aquel celo de los regidores del siglo XVI por defender los fondos que el Papa había ordenado entregar cada año a los vecinos más necesitados de El Hoyo, hoy contamos con esta joya documental, que nos conecta directamente con el pontificado de Gregorio XIII, con la construcción de nuestra iglesia y con la memoria de nuestros antepasados. Así, cuando crucemos el atrio del templo parroquial de San Miguel Arcángel, podemos recordar que su fábrica y el socorro a nuestros pobres contaron, hace más de cuatro siglos, con la firma del mismísimo Papa de Roma. 
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Fuentes: 

- Traslado notarial de la bula del papa Gregorio XIII sobre el relevo del Archipresbiterado de Pinares y pensión al archipresbítero Juan de Miranda, expedido por el notario Gregorio Martín en Zamora, 23 de marzo de 1591 (reproduce el texto de la bula original, dada en San Pedro de Roma a 7 de julio de 1582). Archivo Municipal de El Hoyo de Pinares.
- Galán Gutiérrez, Carlos Javier y Santamaría Álvarez, Marco Antonio. Información oral expuesta en las tres ediciones de las Visitas Guiadas al templo parroquial de San Miguel Arcángel de El Hoyo de Pinares. Diciembre 2022, septiembre 2024 y septiembre 2026.
- Voz «El Hoyo de Pinares» en Madoz, Pascual. Diccionario Geográfico-Estadístico de España y sus posesiones de ultramar. Estudio Tipográfico Literario Universal. Madrid, 1847.
- Carvajal Gallego, José. Descripción de la iglesia parroquial. Diario de Ávila, 28 de septiembre de 1989.
- Carvajal Gallego, José. El Hoyo de Pinares, titulado villa. Diario de Ávila, 26 de septiembre de 1990.
- De Pablo Ayuso, Juan. Una cita con la historia medieval de Hoyo de Pinares. Programa de Fiestas San Miguel. El Hoyo de Pinares, septiembre 2005.
- Jedin, Hubert. Historia del Concilio de Trento. EUNSA y Universidad de Navarra. Pamplona, 1981.
- Marín Martínez, Tomás. Paleografía y Diplomática. UNED. Madrid, 2025.
- «Gregorio XIII» en Wikipedia.
- «Pontífices / Gregorio XIII» en la web de la Santa Sede.
- «Biografía de Gregorio XIII» en BuscaBiografías.
- «Documento pontificio» en Wikipedia.
- «Bulas» en Wikipedia.
- «Cambio al calendario gregoriano» en Wikipedia.
- Octubre de 1582: los 10 días que nunca existieron. Junta de Andalucía (Archivo Histórico Provincial de Sevilla):
- Bula Inter gravissimas en Wikipedia.
- Apartado Historia en la web de la Diócesis de Ávila.
- «Diócesis de Ávila» en Wikipedia.
- La restauración de la diócesis de Ávila y el episcopado de la repoblación (1085-1198), Universidad Católica de Ávila. 

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Ilustraciones |  Retrato de Gregorio XIII, de Lavinia Fontana (Siglo XVI). Fragmento del inicio de la bula papal. Escena de la construcción de la iglesia de El Hoyo de Pinares generada por Gemini AI con prompts del autor. Fragmento del final del traslado de la bula papal.  




Julián Gómez, los acordes de un pueblo

Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel 2026 de El Hoyo de Pinares.

50º ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE UN MAESTRO DE LA MÚSICA TRADICIONAL HOYANCA  
El último domingo de mayo de 1976, mientras El Hoyo de Pinares celebraba su Romería -que había estrenado poco antes su nueva fecha y emplazamiento en El Fresne-, una noticia triste corrió entre los vecinos: había fallecido, a los 70 años de edad, Julián Gómez Villaseñor. Para los hoyancos era, sencillamente, Julián «Braulio», el apodo familiar que aludía a su padre. Medio siglo después, queremos recuperar su memoria, ligada a una de las expresiones más vivas de nuestra identidad local: la música de cuerda, las rondas, las jotas, las seguidillas y ese repertorio transmitido de generación en generación que constituye el folklore de nuestra villa. 

HOYANCO ADOPTIVO

Julián había llegado a El Hoyo de Pinares siendo niño, junto con su familia. Sus padres, Braulio Gómez Martín, propietario agrícola, y Rufina Villaseñor Donaire, maestra de escuela, procedían de Medina del Campo (Valladolid), donde habían nacido sus tres hijos: Julián y sus hermanas Josefa (Pepa, que también estudió Magisterio y se casó con José Herranz, el farmacéutico) y Tomasa. El destino profesional de Rufina trajo a la familia hasta nuestra localidad, que acabaría convirtiéndose en el lugar donde Julián formó su hogar, desarrolló su vida y dejó una huella duradera. 

Aquí se casó con Julia Navas y tuvieron seis hijos: Ignacio (maestro, casado con Catalina, también profesora), Rufina, José (Pepe, casado con Rosita, y que durante muchos años atendió como auxiliar la farmacia de El Hoyo), Braulio, Julia y María Isabel. De ellos, hoy solo vive Braulio, guardián de buena parte de los recuerdos que aquí compartimos. 

A los seis se sumarían 21 nietos, todos muy queridos por su abuelo. En la memoria familiar sobreviven escenas sencillas y entrañables: las salidas al campo con el burro para recoger piñas, las visitas a las viñas y los olivares, o el pisado de la uva en la bodega. Sus nietos eran pequeños cuando murió, pero conservan de él una imagen afectuosa y cercana. En cuanto alcanzaban cierta edad, solía regalarles también lo más preciado para él: instrumentos de cuerda, con la intención de enseñarles después a tocarlos. Con algunos, le dio tiempo; con los más pequeños, su fallecimiento truncó la promesa. 

Hombre culto y lector incansable, entre las muchas facetas de su vida también gestionó durante los años 50 el cine en el Salón de las Marines, en la Puerta del Sol (donde hoy se ubica el autoservicio Covirán). Su hijo Ignacio pintaba los carteles anunciadores de las películas, una actividad que después continuaría en los cines Callao de Madrid. Gestionaba, además, las tierras heredadas de su padre y comerciaba con su fruto: hacía vino y vinagre que cambiaba por trigo, para asegurarse en casa un buen pan. 

ENSEÑANZA MUSICAL

Pero sin duda el ámbito en el que Julián «Braulio» dejó una impronta singular fue el de la música. Su aprendizaje fue autodidacta. Tenía habilidad, constancia y, según recuerdan sus nietos, un oído privilegiado: era capaz de afinar los instrumentos de cuerda sin recurrir a ninguna referencia externa. Los dominaba casi todos y enseñaba guitarra, bandurria, laúd y mandolina, convirtiendo ese don en una generosa vocación de enseñanza. 

Julián no concebía la música como una destreza reservada para unos pocos. Enseñó a cuantos jóvenes quisieron aprender, y lo hizo además con una atención poco común a las necesidades de cada alumno. 

Las clases se impartían en las antiguas Escuelas, que albergaban entonces la Escuela de la Madera y se alzaban en el solar que ocupa actualmente el Centro Cultural Miguel Delibes. Chuchi, uno de aquellos discípulos, me explica que el maestro adaptaba su método a cada muchacho o muchacha: a unos les enseñaba mediante partituras de solfeo; a otros, con las notas escritas tal cual con letras -do, re, mi…-; y a algunos, directamente los distintos acordes, con las posiciones de las manos y aplicando el oído. Esa forma de enseñar a medida revela algo más profundo que el dominio de una técnica: sabía que no todos aprendían igual y buscaba el camino que permitiera a cada persona entrar en la música. 

Primero llegaba el dominio del instrumento; más tarde, el repertorio. Cuando sus alumnos comenzaban a desenvolverse con la cuerda, les enseñaba las canciones tradicionales de El Hoyo de Pinares: jotas, seguidillas, rondas y otras composiciones populares. Así, la enseñanza musical se convertía también en una forma de conservar la memoria colectiva. 

Otro alumno, Ina, recuerda las tardes de clase de guitarra junto a su hermano Armando, estrechamente unido a Julián, y me cuenta la anécdota de que, al terminar, el maestro les hacía huevos de pato en la lumbre. El detalle, aparentemente menor, dice mucho de aquellas clases: no eran solo una transmisión de conocimientos, sino un lugar de convivencia, confianza y afecto. En la memoria de quienes aprendieron con él, la música aparece inseparable de esa hospitalidad doméstica y de una relación intergeneracional que resulta especialmente valiosa. 

LAS RONDALLAS Y LA BANDA DE MÚSICA 

En las agrupaciones musicales de su tiempo, Julián participó activamente. Formó parte de las rondallas que acompañaban a los novios la víspera de la boda y el mismo día de la celebración, tocando la guitarra, junto a Elías Santamaría al violín y otros guitarristas. La música no era entonces un simple acompañamiento: marcaba los momentos importantes de la comunidad, daba solemnidad a las celebraciones y convertía las calles en escenario compartido de la tradición. 

También perteneció a la antigua Banda de Música de El Hoyo de Pinares, dirigida por Elías Santamaría a finales de los años 40 y durante los 50, donde cambiaba circunstancialmente la cuerda por la percusión. 

Los ensayos de la rondalla y de la banda a menudo se realizaban en el patio trasero de la casa de la plaza de la Argentina donde vivía Julián. Allí, a la sombra de la vieja morera, se desarrolló durante años ese pequeño foco de actividad artística. 

Antonio Ropa recuerda en su libro El triunfo de una vocación (dedicado al XX aniversario de la actual Escuela de Música y la Banda, pero con un amplio apartado de antecedentes históricos) cómo un intento de que «siguiera viva la llama de la música tuvo como protagonista a Julián Gómez Villaseñor, persona amante de este bello arte, quien organizó un grupo de instrumentos de cuerda, guitarras, bandurrias y laudes, compuesto por unos 40 chicos y chicas jóvenes, a los que enseñó a tocar. Con sus intervenciones animaban tardes de veranos y fiestas». Así se llevaba al espacio público lo que había comenzado en aquellas clases. 

Ropa subraya que «por primera vez, en la historia de Hoyo, la mujer formó parte de este tipo de grupos o bandas interpretando un instrumento musical; hasta ese momento, su participación siempre se había limitado a cantar o bailar». No es un dato menor: Julián contribuyó, desde la práctica cotidiana y sin grandes discursos, a abrir un espacio nuevo de participación para las mujeres jóvenes del pueblo. 

EL LEGADO

Su legado no terminó con su muerte. Teresa Galán, en un artículo publicado en El Diario de Ávila el 24 de septiembre de 1986 sobre el Grupo Folklórico Virgen de Navaserrada, consideraba «inevitable» citar a Julián Gómez al hablar de «la recuperación del folklore musical hoyanco» y señalaba que algunos de sus discípulos se encontraban entre los impulsores de aquel grupo, que entonces estaba muy activo y acababa de grabar un casete con la música tradicional del pueblo. La cadena resulta clara: Julián enseñó a una generación, y parte de la misma mantuvo la afición y ayudó después a recuperar, interpretar y difundir el repertorio tradicional. 

Cincuenta años después de su fallecimiento, recordar a Julián «Braulio» no es solamente rendir homenaje a un vecino querido. Es reconocer el valor de quienes, desde la discreción y la constancia, sostienen una cultura común. No dejó una academia ni una institución formal; dejó algo más difícil de medir pero igualmente perdurable: personas que aprendieron a tocar, cantos populares que siguen sonando hoy mismo y una forma de entender la música como patrimonio compartido. 

«Hoyo de Pinares es un pueblo que canta -escribió hace años el cebrereño Hermenegildo Martín Borro-. Y donde suenan guitarras, bandurrias, laúdes y cantares, existe la felicidad». Si al recordado Poeta de la Hispanidad le asistía la razón, una parte de esa felicidad se la debemos, sin duda, a Julián Gómez Villaseñor. Durante largos años, en el caserón de las viejas Escuelas o bajo la morera de su propia casa, enseñó pacientemente a las nuevas generaciones a pulsar las cuerdas de aquellos instrumentos y, con ellas, a reconocer la riqueza cultural de la música tradicional hoyanca. Hoy, medio siglo después de su marcha, aquellos acordes que Julián transmitía todavía pertenecen al pueblo. 
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Fuentes: 
 - Testimonios orales de: Braulio Gómez Villaseñor; Rosa Galán Ayuso; Clara, Marta, Ana, Nacho, Paco y M. Teresa Gómez Trapero; Lola, Tito, Rocío, Isabel y Fernando Calvo Gómez; Rosa, Pepa, Mercedes y Gabriel Gómez Galán; Luisa y Braulio Gómez Fortes; José M., Joaquín y Lola Pérez Gómez; Ricardo Rodríguez Gómez; Jesús Fernández Fernández; Ignacio Miguel Roda. 
- Ropa Mañas, Antonio J. El triunfo de una vocación. Asociación Escuela Municipal de Música de El Hoyo de Pinares, 2008. 
- Galán Gutiérrez, Teresa. El Grupo Folklórico Virgen de Navaserrada ha recuperado y difunde el folklore de Hoyo. El Diario de Ávila, 24 de septiembre de 1986. 
- Martín Borro, Hermenegildo. Por San Miguel es fiesta en Hoyo de Pinares. El Diario de Ávila, 2 de octubre de 1968. 
- Esquela en El Diario de Ávila de 31 de mayo de 1976.

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Ilustraciones | Dibujo de Julián Gómez tocando la guitarra, hecha por Chat GPT sobre una fotografía real, con prompts del autor. Imágenes de Julián Gómez con su familia y de Julián Gómez en primer plano, facilitadas por sus familiares.    

Sin Justicia a tiempo no hay derechos



A punto de encarar el último trimestre de 2026, en la Sección de lo Social del Tribunal de Instancia de Sevilla -los antiguos juzgados de lo social- estamos señalando juicios ordinarios para el año 2030: quien presenta hoy una demanda de cantidad o de reconocimiento de derechos sabe que su acto de juicio se celebrará dentro de cuatro años. 

Los datos son tozudos: los módulos que fija el Consejo General del Poder Judicial establecen que cada unidad judicial -antes juzgado, hoy plaza- debería recibir 800 asuntos al año y en Sevilla esa cifra se duplica ampliamente. Solo el sobreesfuerzo personal de quienes trabajamos en esos órganos -que acaba pasando factura en términos de vida personal y familiar y no pocas veces de salud- evita que cada ejercicio consuma dos años enteros de agenda. Pero ni aun así se contiene el retraso, que se ha ido incrementando año tras año. 

Sevilla padece la peor situación, pero no es un caso aislado dentro de Andalucía. En procedimientos ordinarios, Málaga y Almería superan también los veinte meses de espera media, mientras Cádiz y Huelva no se quedan atrás. Y tampoco es un problema privativo de nuestra Comunidad Autónoma: Barcelona y Madrid, por ejemplo, también arrastran tiempos similares en los procesos no preferentes. A esos plazos hay que añadir, en muchos casos, las fases de recursos ante los Tribunales Superiores de Justicia y el Tribunal Supremo, que tampoco escapan al deterioro. 

La situación viene siendo denunciada reiteradamente por las asociaciones judiciales y por los Colegios de la Abogacía y de Graduados Sociales, pero a quien más perjudica no es a los operadores jurídicos, sino a los justiciables, a la ciudadanía que busca amparo en la jurisdicción social. Porque no hablamos de una abstracción estadística. Hablamos de la trabajadora despedida que, si finalmente se declara improcedente su cese, percibirá la indemnización mucho más tarde de cuando la necesitaba o, lo que es peor aún, se determinará su readmisión, que resulta una broma pesada cuando hace años que se tuvo que buscar otro empleo. Hablamos también del trabajador al que no le pagan el salario, de cómo su crédito pierde valor real y capacidad de presión frente a la empresa. De quien impugna una alta médica indebida y debe seguir acudiendo a un trabajo que no se siente en condiciones de afrontar. De quien reclama una incapacidad permanente y sostiene su vida, mientras tanto, sin ingresos y sin certezas. De la familia que ha visto denegado un ingreso mínimo vital y necesita esa prestación para comer ahora, no dentro de varios años. En todos estos casos la Justicia tardía no protege: llega cuando el año está consumado y, a menudo, cuando ya es irreversible. 

Durante años me sorprendía -y me entristecía- que los sindicatos no situasen esta cuestión entre sus reivindicaciones más destacadas, como un problema gravísimo y de imprescindible respuesta. Porque de nada sirven los derechos reconocidos en la ley, ni los obtenidos en la negociación colectiva, ni los conquistados con movilizaciones, si después la tutela judicial llega tarde para protegerlos y hacerlos realidad. 

Por eso mismo, me alegra que Comisiones Obreras haya iniciado una campaña al respecto, con la elaboración de un informe detallado –“Sin Justicia a tiempo no hay derechos”- y el anuncio de actuaciones ante el Ministerio de Justicia, el CGPJ, el Defensor del Pueblo e incluso una reclamación colectiva ante el Comité Europeo de Derechos Sociales. El sindicato denuncia con acierto que se trata de un problema estructural del Estado de Derecho, que la demora erosiona el derecho a un proceso sin dilaciones indebidas, y que la desigualdad territorial hace que su efectividad dependa del código postal donde se ejerce la acción. Ojalá esta denuncia no sea algo puntual y se mantenga como una prioridad sostenida. 

Y anticipo ya con claridad que, en contra de lo que sostiene el Ministerio de Justicia, las recientes reformas legales -por razones que no caben aquí y que merecerían un artículo específico- no suponen, ni de lejos, una solución a este problema. Hace falta un diálogo sincero con quienes conocemos la situación desde dentro, un acuerdo para un plan de choque que aporte soluciones efectivas. 

Mientras tanto, seguimos trabajando cada día más de lo exigible, con normas ineficientes, con recursos insuficientes, con una digitalización defectuosa y con esa sensación descorazonadora de llegar tarde, de no hacer Justicia a tiempo cuando los ciudadanos que la necesitan la están reclamando.

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Nota.- Aquí se recoge la versión íntegra del artículo incluidas las partes que, por razones de espacio, no se publicaron en los periódicos.

La España que me gustaría



Les confieso una “frikada” personal: me gusta ver la entrega de los premios Princesa de Asturias. Siempre que me es posible, no me pierdo la gala, con una fidelidad que a algunas personas cercanas les resulta incomprensible. La razón es sencilla: durante esas dos horas tengo la sensación de vivir en el país que a mí me gustaría. 

Es un país que enlaza su historia, sus lenguas y sus tradiciones con una mirada ambiciosa al futuro. Contemplo esa continuidad histórica: el viejo título de un reino medieval, que está en nuestras raíces y forma parte de nuestra identidad nacional, sirve, a la vez, para reconocer el talento del siglo XXI allá donde surge. Un país que apuesta -lamentablemente solo por una noche- por la investigación científica como motor de progreso, por la creación artística que hace más pleno al ser humano, por el deporte como escuela de esfuerzo, por la cooperación internacional como vocación. Un país que premia al científico que persigue una vacuna, al escritor que retrata su tiempo, al músico que traspasa fronteras, a la organización humanitaria que trabaja allí donde nadie mira. Un país, en fin, que asume de dónde viene y actualiza ese legado de universalidad. 

Durante ese rato incluso puedo ser testigo de un cierto prestigio internacional: embajadores, premios Nobel, jefes de Estado y de Gobierno, académicos de medio mundo, todos reunidos en Oviedo para reconocer lo mejor de la condición humana. España se convierte en anfitriona del talento universal. Y yo lo disfruto. 

Nunca olvido aquel discurso que pronunció Leonard Cohen al recoger el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 y que conmovió a todos cuantos lo escuchábamos. Emocionante, de una humildad y una hondura infrecuentes, hablando -por supuesto- de Lorca, pero también de la guitarra y del viejo profesor español del que aprendió sus primeros acordes en Montreal: “… Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país. Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra (…), en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra”. Creo que todos mis compatriotas deberían escucharlo detenidamente alguna vez. 

Pero termina el acto, se apagan las luces del Teatro Campoamor y fuera sigue existiendo el mismo país de siempre, que no conoce bien su historia, que no la aprecia, que no se reconcilia con ella. Que se divide en dos bandos sectarios ante casi cualquier cosa, por nimia que sea. Que padece a un extremo que generalmente reniega del patriotismo y a otro que habitualmente lo utiliza como un arma arrojadiza y excluyente. Un país enzarzado continuamente en debates ramplones y coyunturales, que rara vez alza la vista para pensar a largo plazo cómo queremos ser como nación, en sanidad, en educación, en justicia, en ciencia e investigación, en infraestructuras, en modelo energético y ecológico, en modelo de turismo, en nuestro papel en el mundo... 

Esa misma sensación de vivir, por un rato -apenas 90 minutos de vez en cuando- en el país que yo querría la tengo también, sin duda, con las selecciones españolas de fútbol, tanto la masculina como la femenina. 

Durante el reciente Mundial de fútbol celebrado este verano, en los propios estadios de otro continente, en las plazas de las ciudades españolas y ante los televisores, millones de personas de distintas edades, ideas, condiciones, se identificaban con un mismo país. Con los símbolos comunes que lo representan, sin complejos y sin esa relación patológica que tan a menudo tenemos con ellos. Un pueblo plural y diverso se unía. Sobre el terreno de juego o desde el banquillo, nueve catalanes, tres andaluces, tres vascos, dos madrileños, dos valencianos, dos navarros, dos canarios, un gallego, un extremeño y un español nacido en Francia escuchaban abrazados el himno de España y, acto seguido, sumaban sus talentos en pos de un mismo objetivo colectivo y ambicioso. Y lo conseguían, llenándonos de orgullo y de entusiasmo. 

Puebla dibujó una viñeta en la que se veía de espaldas a esos jugadores abrazados y alguien decía: “¿os dais cuenta de hasta dónde puede llegar España jugando en equipo?”. Y añadía: “… y no hablo solo de fútbol”. Leí también a una persona en las redes sociales algo así como que la mayoría de las selecciones nacionales representan lo que sus países son, pero que la nuestra representa lo que España debería ser. Ojalá algún día nos diéramos cuenta de ello y ese mismo país, que reconozco en tan pocas y excepcionales ocasiones, apareciera con más frecuencia en el día a día. Nos daría muchas alegrías.

Aquellos sabios con boina

Publicado en Diario de Ávila, 30/08/2026.

Sentados junto al antiguo estanco. Fotografía cedida por Alberto Organista y Guillerma Fernández para la exposición El Hoyo de Pinares: Imágenes del ayer (1999) comisariada por Carlos J. Galán

En mi pueblo, durante mi infancia, todos los hombres mayores llevaban una boina negra. Tenía tan interiorizado que esto era siempre así que, siendo muy niño, una vez le espeté a mi padre, caminando por la calle: 

- Papá, y si Franco tiene más de ochenta años, ¿por qué no lleva boina? 

 Después de reír con la ocurrencia, me respondió con otra: 

- Bueno, a veces lleva una boina roja. 

La boina era, en el ámbito rural, una costumbre y un símbolo de identidad. La portaba la práctica totalidad de los que aún todo el mundo llamaba viejos, aunque sin ninguna connotación negativa. No había llegado la sucesión de eufemismos que se desgastaron a gran velocidad: primero ancianos, luego tercera edad y ahora mayores. 

Debajo de aquellas boinas de los hombres y de los pañuelos de las mujeres de mi pueblo se ocultaban muchas cosas. Mucha experiencia vivida, y nada fácil. Mucha educación cívica en el trato con los demás. Poca formación por falta de posibilidades, pero mucha sabiduría sencilla. 

Porque aquellos hombres con boina que en mi niñez paseaban por las calles, se sentaban en los poyos o entraban a los bares a tomar un chato de vino, y aquellas mujeres, con moño y a menudo con pañuelo, que veía también callejear o ir a las tiendas y a los puestos del mercado, sabían. 

Sabían leer el cielo antes de que el parte meteorológico confirmara sus intuiciones, y cuándo iba a helar con solo mirar la luna. Sabían cuándo emigraba la cigüeña y cuándo regresaba a la torre de la iglesia. Sabían qué año había más piñas y cuándo habían tejido las orugas sus capullos. Sabían cuándo había que podar la vid, y sabían hacer el vino sin más termómetro que el gusto ni más receta que la memoria de sus padres. 

Sabían dar los buenos días, decir “gracias”, pedir perdón. Sabían conversar de pie en la calle o sentados a la puerta de sus casas, sin prisa y sin nada que los interrumpiera. Sabían escuchar a sus mayores sin cortarles la palabra, aunque llevaran ya oída la historia veinte veces. Sabían fiar una compra con solo apuntar un nombre en un cuaderno. Sabían mantener su palabra sin más firma que un apretón de manos. 

Conversando en la puerta, fotografía original de Jacinto Herrero, publicada en el libro El Hoyo de Pinares: Imágenes del ayer (1999), de Carlos Javier Galán

Sabían remendar un roto y dar otra vida a una prenda. Sabían cómo aprovechar del cerdo “hasta los andares”. Sabían curar un empacho con manzanilla, un resfriado con leche, miel y limón, o las pequeñas rozaduras infantiles con un beso y un ensalmo. Sabían levantar una pared de piedra que no se caía en cien años. 

Sabían compartir lo poco que poseían con quien tenía menos. Sabían resignarse ante lo que no podían cambiar, y pelear sin descanso por lo que sí. Sabían sacar alegría de las penas, para no cargar con ellas a los demás. A su manera, con sus defectos, con sus virtudes, sabían vivir. 

Habían padecido la crueldad de la guerra, habían sufrido el hambre y la miseria de la posguerra, habían sacado adelante a sus familias, sin hacer alarde de nada, como quien se limita a cumplir una misión. Y, llegado el final de la dictadura, nos dieron el mayor ejemplo de reconciliación, de mirar hacia delante, de pensar en su país, de pensar en las generaciones venideras. 

Si hoy esas nuevas generaciones en el mundo rural tienen títulos universitarios, mayor acceso a la cultura o mejores medios materiales es, en buena medida, por el sacrificio y el legado de aquellos hombres con boina y aquellas mujeres con pañuelo, que auparon sobre sus hombros a sus hijos y permitieron así que estos pudieran hacerlo con sus nietos. Por todo ello, hoy déjenme que me ponga simbólicamente mi boina. Como homenaje, como memoria. Porque sé dónde estoy y dónde quiero ir, pero nunca, ni un solo día, me olvido de dónde vengo.