Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas

Julián Gómez, los acordes de un pueblo

Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel 2026 de El Hoyo de Pinares.

50º ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE UN MAESTRO DE LA MÚSICA TRADICIONAL HOYANCA  
El último domingo de mayo de 1976, mientras El Hoyo de Pinares celebraba su Romería -que había estrenado poco antes su nueva fecha y emplazamiento en El Fresne-, una noticia triste corrió entre los vecinos: había fallecido, a los 70 años de edad, Julián Gómez Villaseñor. Para los hoyancos era, sencillamente, Julián «Braulio», el apodo familiar que aludía a su padre. Medio siglo después, queremos recuperar su memoria, ligada a una de las expresiones más vivas de nuestra identidad local: la música de cuerda, las rondas, las jotas, las seguidillas y ese repertorio transmitido de generación en generación que constituye el folklore de nuestra villa. 

HOYANCO ADOPTIVO

Julián había llegado a El Hoyo de Pinares siendo niño, junto con su familia. Sus padres, Braulio Gómez Martín, propietario agrícola, y Rufina Villaseñor Donaire, maestra de escuela, procedían de Medina del Campo (Valladolid), donde habían nacido sus tres hijos: Julián y sus hermanas Josefa (Pepa, que también estudió Magisterio y se casó con José Herranz, el farmacéutico) y Tomasa. El destino profesional de Rufina trajo a la familia hasta nuestra localidad, que acabaría convirtiéndose en el lugar donde Julián formó su hogar, desarrolló su vida y dejó una huella duradera. 

Aquí se casó con Julia Navas y tuvieron seis hijos: Ignacio (maestro, casado con Catalina, también profesora), Rufina, José (Pepe, casado con Rosita, y que durante muchos años atendió como auxiliar la farmacia de El Hoyo), Braulio, Julia y María Isabel. De ellos, hoy solo vive Braulio, guardián de buena parte de los recuerdos que aquí compartimos. 

A los seis se sumarían 21 nietos, todos muy queridos por su abuelo. En la memoria familiar sobreviven escenas sencillas y entrañables: las salidas al campo con el burro para recoger piñas, las visitas a las viñas y los olivares, o el pisado de la uva en la bodega. Sus nietos eran pequeños cuando murió, pero conservan de él una imagen afectuosa y cercana. En cuanto alcanzaban cierta edad, solía regalarles también lo más preciado para él: instrumentos de cuerda, con la intención de enseñarles después a tocarlos. Con algunos, le dio tiempo; con los más pequeños, su fallecimiento truncó la promesa. 

Hombre culto y lector incansable, entre las muchas facetas de su vida también gestionó durante los años 50 el cine en el Salón de las Marines, en la Puerta del Sol (donde hoy se ubica el autoservicio Covirán). Su hijo Ignacio pintaba los carteles anunciadores de las películas, una actividad que después continuaría en los cines Callao de Madrid. Gestionaba, además, las tierras heredadas de su padre y comerciaba con su fruto: hacía vino y vinagre que cambiaba por trigo, para asegurarse en casa un buen pan. 

ENSEÑANZA MUSICAL

Pero sin duda el ámbito en el que Julián «Braulio» dejó una impronta singular fue el de la música. Su aprendizaje fue autodidacta. Tenía habilidad, constancia y, según recuerdan sus nietos, un oído privilegiado: era capaz de afinar los instrumentos de cuerda sin recurrir a ninguna referencia externa. Los dominaba casi todos y enseñaba guitarra, bandurria, laúd y mandolina, convirtiendo ese don en una generosa vocación de enseñanza. 

Julián no concebía la música como una destreza reservada para unos pocos. Enseñó a cuantos jóvenes quisieron aprender, y lo hizo además con una atención poco común a las necesidades de cada alumno. 

Las clases se impartían en las antiguas Escuelas, que albergaban entonces la Escuela de la Madera y se alzaban en el solar que ocupa actualmente el Centro Cultural Miguel Delibes. Chuchi, uno de aquellos discípulos, me explica que el maestro adaptaba su método a cada muchacho o muchacha: a unos les enseñaba mediante partituras de solfeo; a otros, con las notas escritas tal cual con letras -do, re, mi…-; y a algunos, directamente los distintos acordes, con las posiciones de las manos y aplicando el oído. Esa forma de enseñar a medida revela algo más profundo que el dominio de una técnica: sabía que no todos aprendían igual y buscaba el camino que permitiera a cada persona entrar en la música. 

Primero llegaba el dominio del instrumento; más tarde, el repertorio. Cuando sus alumnos comenzaban a desenvolverse con la cuerda, les enseñaba las canciones tradicionales de El Hoyo de Pinares: jotas, seguidillas, rondas y otras composiciones populares. Así, la enseñanza musical se convertía también en una forma de conservar la memoria colectiva. 

Otro alumno, Ina, recuerda las tardes de clase de guitarra junto a su hermano Armando, estrechamente unido a Julián, y me cuenta la anécdota de que, al terminar, el maestro les hacía huevos de pato en la lumbre. El detalle, aparentemente menor, dice mucho de aquellas clases: no eran solo una transmisión de conocimientos, sino un lugar de convivencia, confianza y afecto. En la memoria de quienes aprendieron con él, la música aparece inseparable de esa hospitalidad doméstica y de una relación intergeneracional que resulta especialmente valiosa. 

LAS RONDALLAS Y LA BANDA DE MÚSICA 

En las agrupaciones musicales de su tiempo, Julián participó activamente. Formó parte de las rondallas que acompañaban a los novios la víspera de la boda y el mismo día de la celebración, tocando la guitarra, junto a Elías Santamaría al violín y otros guitarristas. La música no era entonces un simple acompañamiento: marcaba los momentos importantes de la comunidad, daba solemnidad a las celebraciones y convertía las calles en escenario compartido de la tradición. 

También perteneció a la antigua Banda de Música de El Hoyo de Pinares, dirigida por Elías Santamaría a finales de los años 40 y durante los 50, donde cambiaba circunstancialmente la cuerda por la percusión. 

Los ensayos de la rondalla y de la banda a menudo se realizaban en el patio trasero de la casa de la plaza de la Argentina donde vivía Julián. Allí, a la sombra de la vieja morera, se desarrolló durante años ese pequeño foco de actividad artística. 

Antonio Ropa recuerda en su libro El triunfo de una vocación (dedicado al XX aniversario de la actual Escuela de Música y la Banda, pero con un amplio apartado de antecedentes históricos) cómo un intento de que «siguiera viva la llama de la música tuvo como protagonista a Julián Gómez Villaseñor, persona amante de este bello arte, quien organizó un grupo de instrumentos de cuerda, guitarras, bandurrias y laudes, compuesto por unos 40 chicos y chicas jóvenes, a los que enseñó a tocar. Con sus intervenciones animaban tardes de veranos y fiestas». Así se llevaba al espacio público lo que había comenzado en aquellas clases. 

Ropa subraya que «por primera vez, en la historia de Hoyo, la mujer formó parte de este tipo de grupos o bandas interpretando un instrumento musical; hasta ese momento, su participación siempre se había limitado a cantar o bailar». No es un dato menor: Julián contribuyó, desde la práctica cotidiana y sin grandes discursos, a abrir un espacio nuevo de participación para las mujeres jóvenes del pueblo. 

EL LEGADO

Su legado no terminó con su muerte. Teresa Galán, en un artículo publicado en El Diario de Ávila el 24 de septiembre de 1986 sobre el Grupo Folklórico Virgen de Navaserrada, consideraba «inevitable» citar a Julián Gómez al hablar de «la recuperación del folklore musical hoyanco» y señalaba que algunos de sus discípulos se encontraban entre los impulsores de aquel grupo, que entonces estaba muy activo y acababa de grabar un casete con la música tradicional del pueblo. La cadena resulta clara: Julián enseñó a una generación, y parte de la misma mantuvo la afición y ayudó después a recuperar, interpretar y difundir el repertorio tradicional. 

Cincuenta años después de su fallecimiento, recordar a Julián «Braulio» no es solamente rendir homenaje a un vecino querido. Es reconocer el valor de quienes, desde la discreción y la constancia, sostienen una cultura común. No dejó una academia ni una institución formal; dejó algo más difícil de medir pero igualmente perdurable: personas que aprendieron a tocar, cantos populares que siguen sonando hoy mismo y una forma de entender la música como patrimonio compartido. 

«Hoyo de Pinares es un pueblo que canta -escribió hace años el cebrereño Hermenegildo Martín Borro-. Y donde suenan guitarras, bandurrias, laúdes y cantares, existe la felicidad». Si al recordado Poeta de la Hispanidad le asistía la razón, una parte de esa felicidad se la debemos, sin duda, a Julián Gómez Villaseñor. Durante largos años, en el caserón de las viejas Escuelas o bajo la morera de su propia casa, enseñó pacientemente a las nuevas generaciones a pulsar las cuerdas de aquellos instrumentos y, con ellas, a reconocer la riqueza cultural de la música tradicional hoyanca. Hoy, medio siglo después de su marcha, aquellos acordes que Julián transmitía todavía pertenecen al pueblo. 
___

Fuentes: 
 - Testimonios orales de: Braulio Gómez Villaseñor; Rosa Galán Ayuso; Clara, Marta, Ana, Nacho, Paco y M. Teresa Gómez Trapero; Lola, Tito, Rocío, Isabel y Fernando Calvo Gómez; Rosa, Pepa, Mercedes y Gabriel Gómez Galán; Luisa y Braulio Gómez Fortes; José M., Joaquín y Lola Pérez Gómez; Ricardo Rodríguez Gómez; Jesús Fernández Fernández; Ignacio Miguel Roda. 
- Ropa Mañas, Antonio J. El triunfo de una vocación. Asociación Escuela Municipal de Música de El Hoyo de Pinares, 2008. 
- Galán Gutiérrez, Teresa. El Grupo Folklórico Virgen de Navaserrada ha recuperado y difunde el folklore de Hoyo. El Diario de Ávila, 24 de septiembre de 1986. 
- Martín Borro, Hermenegildo. Por San Miguel es fiesta en Hoyo de Pinares. El Diario de Ávila, 2 de octubre de 1968. 
- Esquela en El Diario de Ávila de 31 de mayo de 1976.

___

Ilustraciones | Dibujo de Julián Gómez tocando la guitarra, hecha por Chat GPT sobre una fotografía real, con prompts del autor. Imágenes de Julián Gómez con su familia y de Julián Gómez en primer plano, facilitadas por sus familiares.    

Tears in heaven

Decididamente, hay personas dotadas para el arte. No sólo por la voz, también por la puesta en escena. Hay personas con la sensibilidad y el talento necesarios para crear magia a su alrededor. 

Es una tarde de verano en Madrid. Él entra en el vagón de metro. No dice nada, no se presenta, no da las gracias, no pide perdón...

Lleva música pregrabada con una gran calidad de sonido y, en cuanto el tren echa a andar, comienzan a sonar unos acordes que nos resultan familiares...

Pronto, su voz, sin micro, se apodera de todos, comienza a atraer todas las miradas y todos los oídos.

Él mira sólo al suelo o al techo del tren, no cruza la vista con nadie, como si estuviera viviendo dentro de la música y de las palabras… 

Time can bring you down, 
time can bend your knees, 
time can break your heart, 
have you begging please, begging please… 

Se ha hecho el silencio y nadie permanece indiferente. Es imposible. 

En 1991, Connor, un niño de cuatro años, moría al caer desde el piso 53 del edificio de Nueva York donde vivía su madre. Su padre, Eric Clapton, le dedicó una hermosa canción, Lágrimas en el cielo. 

I must be strong and carry on.
'Cause I know 
I don’t belong here in heaven. 

Esta semana sonó en el metro de Madrid. Al finalizar, todo el vagón entregó unas monedas. Pero el momento era impagable.



___

(Ilustración: Metro de Barcelona, de Eclectic Box, tomada de Urban Sketcher Spain)

Javier Krahe

“La muerte no me llena de tristeza: 
las flores que saldrán de mi cabeza 
algo de harán de aroma” 
-Javier Krahe, El cromosoma- 

En mi pueblo, de adolescentes, escuchábamos a La Mandrágora en grabaciones piratas de cassette que llevaba Luisillo, a las pequeñas fiestas con parrillada y vino que hacíamos en una antigua granja. Cuando vine a Madrid a estudiar Derecho, en la primera ocasión que tuve me fui a escuchar a Krahe al Colegio Mayor San Juan Evangelista (el Johnny), con César y Pilar. Ya nunca dejé de disfrutar de su humor, de su ironía, de su talento. De vez en cuando acudía a sus conciertos, a menudo con amigos de siempre, otras veces esperando introducir a alguien nuevo en la fe. Sus discos eran un regalo muy socorrido en reyes o en mi cumpleaños: se acertaba seguro. Mi hermana le pidió una vez un autógrafo para mí. “Anda ya. Que le den a tu hermano. ¿Cómo te llamas tú?”, respondió con buen criterio. Así que tengo un autógrafo de Krahe compartido, que pone “para Tere”. 

La marcha de un genio nunca mata su obra, ni los recuerdos. Pero siempre nos arrebata algo: lo que quedaba por venir, lo que restaba por crear. Nos mata un poco a nosotros, que nos hicimos como somos a golpe de pensamiento, de libros, de música, de conversaciones y de risas. Estamos envejeciendo, porque ya decimos las mismas cosas que nuestros padres, cuando defendemos con nostalgia a nuestros mitos frente a “lo de ahora”…. Pero, coño, búsquenme ustedes hoy un Krahe. 

El anuncio que hizo Pablo Carbonell nos dejó con nuestros tuits como unos gilipollas. Esperando en vano a que fuera de mentira, a que le diera por resucitar. Y ahora, como consuelo, escuchamos una vez más la historia de la bella y traidora Marieta, la gran erección del pueblo de Villatripas, la preferencia por La hoguera, la ironía de Dónde se habrá metido esta mujer, la respuesta a Un burdo rumor, aquella Tormenta tras la que no vino la calma, su peculiar versión de Eros y la Civilización, esa oda a Piero della Francesca que llenó un vacío..., la advertencia de No todo va a ser follar, la declaración de intenciones de Vaya por delante o el acertado clamor de Olé tus tetas. Adiós a un juglar ingenioso e irreverente, insustituible, que hizo nuestra vida un poco más inteligente, un poco más divertida.

Festival solidario Tiéndele una mano a Gambia

Mañana jueves 11 de septiembre, el colectivo Amigos de Gambia, con el que colaboro, el Ayuntamiento de Brunete y el patrocinador Montero Traducciones, promueven el Festival solidario Tiéndele una mano a Gambia. 

La cita es en la plaza de Brunete, con la actuación de la ganadora de Operación Triunfo 2 Ainhoa Cantalapiedra, Iván Gardesa y el mago Óscar Escalante, artistas todos ellos que participan altruistamente en esta iniciativa.

Además, contaremos con VivaElPop DJ y un taller de maquillaje tribal africano para niños/as.

A partir de las 19 h. comienzan las actividades, a las 21 h. es la actuación del mago y a partir de las 22 h. aproximadamente las actuaciones musicales. 

Durante el evento se proyectará un audiovisual para dar a conocer este cautivador país, conocido como La sonrisa de África. 

En el marco del festival se llevará a cabo una recogida de material con la que es posible colaborar aportando: 

- Alimentos infantiles no perecedores.
- Material sanitario y medicamentos.
- Polvos para hacer sueros contra la deshidratación (los que se usan aquí en prácticas deportivas)
- Material escolar nuevo o en buen estado de uso
- Juguetes limpios y en buen estado de conservación.
- Ropa limpia y en buen estado
- Bicicletas (esto es especialmente útil allí, como pude comprobar en su momento; una bici cambia la vida de una persona: para ir al colegio, para ir a los centros médicos, para ir a comprar determinadas cosas... a veces hay distancias de kilómetros).
- Sillas de ruedas.

Todo lo que se recoja, será incluido en uno de los envíos periódicos de contenedores que hace Amigos de Gambia, que también se encarga de su distribucion allí. 

En la web de Amigos de Gambia es posible seguir la magnífica labor que realizan.

___
(Fotografía del autor: Gambia, 2013)

Que alegraba siempre el corazón

No me hubiera gustado estar en la piel de aquellos padres que tuvieron que explicarnos por qué nuestro Fofó había muerto. Los que tuvieron que enfrentarse a aquellas caritas de pena que miraban el televisor en blanco y negro con incomprensión.

- Quiero decirles a todos los niños –declaraba un Gaby al que por vez primera veíamos vestido de otra forma y con lágrimas de verdad- que Fofó no ha muerto, que el que ha muerto hoy es Alfonso Aragón Bermúdez. 

Yo tenía aún nueve años y colgué en mi habitación el póster de mi payaso favorito, que se nos había ido. 

Pero la vida siguió, las canciones siguieron, las sonrisas siguieron. Porque todos sabíamos que, sin temer jamás al frío o al calor, aquel circo daba siempre su función. 

¿A que algunos de los que me leen no son capaces de diferenciar una lagartija de un lagartijo? Los de nuestra infancia sí. 

- ¿Sois capaces?- preguntaría Gaby 
- Somos más que capaces… –aseguraría Miliki.
- ¿Qué sois? 
- Capataces

Es muy fácil. 

- Mira, Gaby, para saber si la lagartija es niña o niño, tú te la colocas en la mano, con la tripita hacia arriba –explicaba Miliki-. 
- Sí 
- Entonces le rascas en la barriga. Y, si se pone contenta, es lagartija
- ¿Y si se pone contento? 
- Entonces lagartijo 

Nos regalaban música con su saxo, su acordeón, su trompeta…, pero también sacaban melodías de vasos con distinto nivel de agua o de mil y un inventos parecidos. En las aventuras le hacían perrerías de todo tipo al Sr. Chinarro, que se tiene el cielo ganado. Y en la canción que cerraba el programa, nos hicieron imaginar una gallina que era un caso singular y un ratón que soñaba ser un gran campeón jugando al ajedrez. 

Aquél era un circo que, ciertamente, alegraba siempre el corazón. 

“Toda fantasía tiene su final –se despedía Emilio Aragón, Miliki, tras presentar uno de sus discos recopilatorios-. Pero en vuestros corazones podéis conservar siempre un gran poder. El poder de transformar lo que os rodea, de inventar mundos, de hacer que las cosas cobren vida. El maravilloso poder de imaginar”. 

No sé cómo será el mundo de mi sobrina y de los niños que crecen ahora. Pero estoy seguro de que los niños de Miliki, los niños de treinta y de cuarenta años, les transmitirán de alguna forma esa misma magia.

Quiero creer que, cuando alguien les pregunte cómo están, los niños de hoy y los de mañana, a pesar de tantas cosas, se podrán seguir desgañitando: 

- ¡Bieeeeeeeeeen! 

 Más fuerte, que no se oye… ¿cómo están ustedeeeees?

(Ilustración: Juan Carlos Martínez, blog Capitán Lugo)

El mundo que no vivirá

Tenía 86 años y hace unos meses estuvo codo con codo, compartiendo indignación con el resto de jóvenes.

Se nos va Agustín García Calvo, filósofo, poeta. Inclasificable, indómito, hombre libre.


(Ilustración: Retrato de Agustín García Calvo, por Ana M. Franco Guzmán. Video: Amancio Prada y Chicho Sánchez Ferlosio interpretan El mundo que yo no viva, letra original de Agustín García Calvo)

Cultura Inquieta


Apenas tratas a ciertas personas, percibes que poseen una innata capacidad para generar ideas y hacerlas realidad. Gente con inquietud, con creatividad, con imaginación, con dotes de liderazgo o de organización. Juan Yagüe, a quien conocí en mi etapa universitaria, es una de esas personas.

Perdida casi la pista, tenía sólo alguna vaga referencia, por algún amigo común, de que era propietario de un local en Getafe que albergaba múltiples actividades, tertulias, presentaciones, conciertos… pero llevábamos mucho tiempo sin contacto personal.

No sabía con precisión qué andaba haciendo Juan. Pero, eso sí, tenía la absoluta certeza de que, fuese lo que fuese, sería interesante, merecería la pena.

No me equivocaba.

El verano pasado, ese amigo común me propuso ir a un concierto a Getafe y allí coincidimos. Pude dar un rápido abrazo a Juan, que andaba de acá para allá ultimando detalles y, al reencontrarnos años después, casi sin cruzar palabras, tuve esa sensación del “decíamos ayer” de Fray Luis, que tanto tiene que ver con las afinidades y las complicidades.

Juan es ahora alma y promotor de Cultura Inquieta, un Festival de Música y Artes Visuales que ofrece talleres, mesas redondas, exposiciones, teatro, proyecciones de cine y documentales…, como actividades complementarias de lo que constituye el centro de su propuesta: un atractivo programa musical.

Yo disfruté, en concreto, del fantástico concierto de The Excitements, un grupo catalán que suena a años cincuenta –rhythm&blues, soul…-, con una sólida banda y con la voz y la fuerza escénica de Koko, mozambiqueña de nacimiento, española de adopción y norteamericana por los referentes musicales y culturales entre los que ha vivido largo tiempo en Los Ángeles.



Supongo que lo ideal es hacer eventos aunando buen criterio y mucho presupuesto. Pero, cuando ambas cosas no pueden ir unidas, es más importante lo primero que lo segundo. De hecho, hay algunos que se han empeñado en darnos reiterado ejemplo práctico de cómo, con mucho presupuesto, se pueden organizar auténticos bodrios. Y Cultura Inquieta cada año muestra cómo, con poco presupuesto, se puede conseguir una programación de notable calidad. Y, además, asequible para los castigados bolsillos de todos los públicos.

El pasado 17 de mayo presentaron en la Sala Caracol de Madrid su programa para el Festival 2012. Confieso que no les di ni un gramo de modesta publicidad para no contraprogramarme a mí mismo, porque ese día era la presentación de nuestro libro sobre bajas laborales y ya entiendo yo que no hay color... Ahora lo reconozco: han vuelto a conseguir un cartel que suena sumamente atractivo. En el encantador claustro del Hospitalillo de San José de Getafe estaremos en alguno de los conciertos de este verano.

Pero, aunque el Festival sea el punto central de su actividad, a lo largo del año Cultura Inquieta no para.

De hecho, tengo especial interés personal en que Juan me explique cómo ha conseguido clonarse o tener el don de la ubicuidad. Cómo se puede andar por Madrid, Barcelona y Londres a la vez y no estar loco. Bueno, o sí. Pero cómo se puede estar en tanto sitios tan activamente.

La web de Cultura Inquieta, su Twitter, su página de Facebook, su revista Inquieta Magazine… nos dan constantes pistas de cómo disfrutar de la imaginación, de la belleza, de la originalidad. Siempre desde el eclecticismo, desde una concepción del arte que no acepta fronteras infranqueables entre disciplinas o estilos, desde una estimulante y mágica heterodoxia.

Les pongo sólo tres ejemplos, para abrir boca, para que se hagan una muy leve idea.

Gracias a Cultura Inquieta, siguiendo sus sugerencias, conocí la colección Pencil versus camera de Ben Heine: 


O esta impresionante escultura del francés Bruno Catalano:


O los increibles escenarios en que se desarolla el Festival Ópera en el Lago en Bregenz (Austria):


Y también supe que es posible crear nubes en una habitación, o arroparse con el mar para dormir... Pero les dejo que lo comprueben ustedes mismos.

Muy recomendable hacerse amigo en cualquier red social de una iniciativa que tiene los ojos bien abiertos para descubrirnos sugerentes propuestas y compartirlas.

El equipo de Cultura Inquieta nos demuestra, además, que se puede disfrutar de las artes incluso sin ser entendido, sólo caminando con la mente y el corazón abiertos. Que no es obligatorio adoptar una pose engolada ni gafapasta para saber aquello que te hace pensar o que te hace sentir.

Ellos definen perfectamente lo que les mueve: en Cultura Inquieta nos dedicamos -aseguran- básicamente a divertirnos, a emocionarnos. 

Que sigan.

Sin embargo estoy aquí, resucitando

Definitivamente, no ha sido un año fácil, aunque sería injusto no recordar también tantas cosas buenas. Mi cuerpo y mi cabeza se empeñaron con razón en que frenara y que cambiara, y en eso estoy aún. Más allá de algunas medicinas, lo que necesitaba de verdad era una transición personal y profesional que se está haciendo eterna y muy trabajosa. En medio de todo, varios adioses dolorosos. Y también un nacimiento muy feliz. Empecé 2011 con la persona con la que quería empezarlo y en la ciudad del mundo que elegí, ¿qué mejor forma? Y en aquellos meses comprobé cómo todo lo que te preocupa puede pasar de pronto a un segundo plano ante lo que te importa de verdad. Y sigo teniendo -siempre, siempre- el impagable privilegio de contar con mi familia y con unos amigos que son un lujo.

Equivocándome y aprendiendo, cansándome y respirando hondo, tropezando y levantándome, sigo caminando.

Hoy es mi cumpleaños. Así que lo celebro con los versos de mi admirada María Elena Walsh (¿cómo es posible que no me enterase de su muerte en enero?) y la voz de la inolvidable Mercedes Sosa (que hoy también hubiera cumplido años), acompañada esta vez por Leon Gieco y Víctor Heredia.

Disculpad la osadía

Ahora que algunos critican que Vetusta Morla haya sido portada de la revista Rollig Stone, aprovecho para colgar aquí esta canción.

Tú también tienes que ver
que nunca tengo mi papel.
Nube gris, riega todo el jardín,
todo el jardín, todas las flores que no probé.

No olvido los sueños,
vuelvo a lo que no acabó,
no perdí, no perdí, porque
ser valiente no es sólo cuestión de verte.

Me acompaña en algunos días difíciles. Me gusta su letra y su música. Me gusta cómo la gente la hace suya en esta actuación. Me gusta cuando cambia "que no probé" por "que probaré". Me gusta la fuerza que transmite. 

Andrés Molina presenta en Madrid su último disco

Hablar hoy de Andrés Molina no es sólo aprovechar mi blog para publicitar a los amigos, algo que siempre está bien. Es, además, una recomendación que hago al margen de la amistad y absolutamente convencido de su calidad artística.

En los años ochenta integró, con Rogelio Botanz y Pedro Guerra, el grupo Taller Canario de Canción. Como compositor, es autor de algunos de los más hermosos temas de Ana Belén (por ejemplo, su Yo también nací en el 53 es una adaptación que Víctor Manuel hizo de una canción de Andrés Molina), Olga Román (María vale más), Los Sabandeños, Cristina del Valle o Sergio Dalma. Tanto en su carrera en solitario como en la etapa en que formó dúo con Eva de Goñi, ha compartido escenario o estudio de grabación con nombres como Víctor y Ana, Aute, Jorge Drexler, Javier Álvarez, Ismael Serrano, Amaral, Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés…

Y ahora nos trae a Madrid su último disco, que ya presentó con éxito en su tierra natal. Desnudo es un cuidadísimo trabajo, con un puñado de magníficas canciones, y en el que han participado, respaldando y acompañando a Andrés, artistas de la talla de Luis Eduardo Aute, Ismael Serrano, Javier Álvarez, Sole Giménez o Caco Senante, entre otros.

El CD recoge algunas de sus viejas y excelentes canciones, como Yo también nací en el 63, Castillos de arena o Flores Nuevas:

Será por tu niñez
que tengo tan adentro
donde me habitan
árboles tiernos,
flores, risas (…).
Será por tantas cosas
que sabes y no digo
pero ando por las calles
buscándote.

E incorpora, grabados en directo en el Teatro Leal de La Laguna, otros muchos temas. A mí me gustan prácticamente todos, pero podría citar entre mis favoritos, por ejemplo, Mes de abril, con la letra y la voz de Eva de Goñi:

Y ahora que estoy
desnuda,
qué debo sentir.
Las dudas
caen livianas sobre mí,
como este mes de abril
que me viene con torrijas
de canela y limón
todo para el corazón.

O, también entre mis preferidas, Todo mi amor:

Alguna noche tu recuerdo imagino,
una tormenta se cruzó en mi camino.
Si alguna vez dañé tus labios heridos
regresa llena de perdones y olvidos.

Tengo que decir, desde el afecto y la confianza, que Andrés es tan buena persona, tan ajeno a los enredos de la industria, que su visión comercial es inversamente proporcional a su enorme talento y creatividad. Así que por mi parte pongo un humildísimo granito de arena a la difusión, al invitarles a su actuación del lunes 2 de mayo, a las 21’30 h. en el conocido Café Libertad 8 de Madrid, y a la presentación de su disco, con un pequeño concierto acústico en FNAC Callao el martes 3 a las 18 h.. Por alguno de los dos sitios, o por ambos si puedo, nos veremos. Lo que descubrirán algunos o reencontrarán otros será la sensibilidad, las sugerentes palabras, la buena música y la personal voz de un gran cantautor. Disfrutarán, seguro.

Con su mochila a otra parte

"También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver,
pero habrá que empujarla
para que pueda ser".

- José Antonio Labordeta, Canto a la Libertad-


Se podía discrepar de sus ideas y opiniones, como es lógico, pero no parece que pueda discutirse que fue un hombre íntegro y honrado.

Sus compromisos en distintos ámbitos los asumió con sentido de la responsabilidad: todo lo hizo con una extraordinaria dignidad, ya fueran canciones, documentales de televisión, poemas o labores de representación política.

En estos tiempos de cantantes prefabricados por el marketing, de telebasura infumable y de una clase política que sólo defiende su propio interés, se echará de menos el soplo de aire limpio que nos traía la creatividad, la lucidez, la coherencia y la humanidad de este aragonés que hoy nos ha dejado.

(Ilustración: óleo de Carlos Blasco).

Eva y Eurovisión

Eva Sebástian, de la que ya hablé en una entrada anterior, aparece entre los candidatos oficiales al Festival de Eurovisión.

Así que, aunque tenga pocas posibilidades porque la distancia en votos es muy grande, yo animo desde aquí a votarla, puesto que el efecto promocional, las posibilidades de que más personas le escuchen, siempre es importante para un artista.

Y no sólo por razones personales, porque sea amiga, porque sea de Ávila o porque yo crea que se lo merezca, sino que objetivamente me parece una canción mucho más apropiada que algunas de las castañas frikis con las que nos han castigado últimamente.

Para votarla o escuchar su canción, hay que ir aquí.

Lo que no le dije a Aute...

El 4 de noviembre, en el acto de presentación del último libro de Dragó en Castilfrío, tomando un vino coincidimos con Luis Eduardo Aute.

- Yo tengo que saludar a Aute- le advierto a Carlitos.
- ¿Y qué le vas a decir?
- Pues algo original –bromeo-. Me acerco y le suelto con tono solemne: “Eduardo, esta frase seguro que nunca te la han dicho. Verás: tus canciones han sido la banda sonora de mi vida”.
- Jajajajaja, eso nunca se lo han dicho, seguro…

Por supuesto, no le dije eso ni nada. Uno es así de cortado. Simplemente le saludé con cordialidad y me hice una foto con él en el jardín de la casa de Fernando.

Más tarde, coincidimos en el interior, mientras él ensayaba en la biblioteca la canción que estrenaría poco después, dedicada a Soseki, y ahí ya tuvimos oportunidad de hablar y de incordiarle un pelín más. Y, sobre todo, de lo que Javi calificaba como el privilegio de asistir a un momento más íntimo del artista, el del ensayo.

Ya he comentado alguna vez en esta bitácora la asimetría que tienen estas situaciones, la del encuentro del lector con el escritor, del oyente con el periodista radiofónico, del espectador con el actor… y lo absurdas que suelen resultar. Para el famoso en cuestión quien le aborda es un perfecto desconocido que casi con seguridad le va a soltar un tópico. Para la persona que se acerca a saludar, el famoso es alguien muy familiar, cuya obra le ha acompañado durante muchos días de su vida y a veces con un significado profundo. ¿Qué vas a decirle? ¿Admiro mucho lo que haces? ¿Me gustan mucho tus canciones? Casi que esas obviedades se dan por supuestas si muestras interés en saludarle.

Sí le dije, cuando me firmó su disco, que un dibujo similar al que me estaba haciendo (el póster del beso que venía con su disco Cuerpo a cuerpo) había estado durante años colgado en la pared de mi habitación de estudiante en Madrid.

Lo que no le dije ese día a Aute es que comencé a escucharle siendo apenas veinteañero y que han cambiado los soportes -del vinilo y el cassette al CD y luego del CD al ordenador y el iPod- pero lo que no ha cambiado es su presencia más que preferente entre la música que escucho.

No le conté que yo le descubrí casi por casualidad, por ir de original por la vida, creo que para diferenciarme de unos amigos a los que les gustaba a todos Serrat. El Entre amigos que grabó en vivo me enganchó y el posterior Cuerpo a cuerpo consolidó ese interés. Poco a poco, ahorrando algo de la paga semanal, me fui comprando en Discoplay toda su discografía anterior, hasta completarla. Y, por descontado, ya fui adquiriendo desde entonces todos los trabajos posteriores. Miraba hace un momento los viejos discos y siento que reflejan una parte de mi historia personal: en unos casos la de ese estudiante juntando pelillas para comprar un LP, en otros la de personas queridas que en cada momento me los regalaron y, siempre, en el contenido, las canciones que me acompañaron y fueron parte de mis andanzas vitales durante más de dos décadas.

Lo que no le dije a Aute es que he ido a varios conciertos suyos. Tres amigos jovencillos acudimos a escucharle a la Plaza de Toros de Ávila y dormimos esa noche en un parque, porque a la hora que terminaba el concierto ya no teníamos medio de transporte para regresar a nuestras casas. Luego fui a verle actuar en Las Ventas también por aquella época. Regresé a ese mismo escenario madrileño años después como espectador del Mano a mano con Silvio Rodríguez. Y, cuando sacó el Auterretratos, nos acercamos a escucharle a Guadalajara, más de veinte años después del primer concierto que he citado.

Lo que no le conté ese día a Aute es que entre César, Mario y yo, las frases de sus canciones eran como referencias comunes en muchas situaciones, a veces serias (A vivir, De paso…) , a veces de coña (Mira que eres canalla, Una de dos…), pero siempre formando parte de una complicidad compartida.

Lo que no le comenté tampoco a Aute es que, el primer día que abrí este blog colgué una lista de mis enlaces musicales y le puse el segundo. Y no le puse el primero porque ese puesto se lo reservé a Bach, ahí es nada.

No le conté que este año les he pedido a los Reyes -que en mi familia siempre van algo retrasados y a su bola- el Auterretratos 3.

Lo que a Aute no le conté ese día es que mis primeros amores los viví mientras en mi cabeza sonaban Recordándote, Anda o Las cuatro y diez, que cuando aparecieron mis primeros desamores yo escuchaba Siento que te estoy perdiendo o Sin tu latido, que en muchos momentos me bastó con Dos o tres segundos de ternura, que perseguí sueños y me escapé A por el mar, que mis utopías también se llamaban Albanta, que en mis desencantos posteriores busqué refugio en La belleza. O que, por más que la haya escuchado cientos de veces, sigo conmoviéndome con Al alba, para mi particularísimo gusto la mejor canción en español de la historia.

Lo que no le dije a Aute es que si tuviera que elegir un himno de mi vida, elegiría Libertad.


(Fotografías: Virginia Fermoselle y Carlos Cardesa).

Feliz Navidad 2009

En estos días de diciembre (entre el 21 y el 26 aproximadamente) de nuestro actual calendario, alrededor de nuestro solsticio de invierno (el día más corto y la noche más larga del año en este hemisferio), muchos pueblos de la antigüedad (entre ellos nuestros antepasados celtas e iberos), y en los más diversos lugares de la tierra, coincidían en celebrar sus fiestas en honor al sol, a veces divinizado: Helios y Apolo en Grecia, Mitra en Persia, Huitzilopochtli entre los aztecas, Inti para los incas, Frey para los germanos y escandinavos… También los romanos situaron en similares fechas las fiestas en honor de Saturno.

Aunque el nacimiento de Jesús casi con total seguridad no se produjo en invierno (según el relato evangélico, había pastores pasando la noche al aire libre con sus rebaños y el cielo estaba estrellado), el cristianismo, siguiendo su costumbre de adaptar, absorber y así neutralizar ritos paganos muy enraizados, acabó declarando, a partir del siglo IV, el 25 de diciembre como la fiesta de la natividad de Cristo.

Plagada de tradiciones de lo más diverso en cada lugar, pero con el fondo compartido de un mensaje universal de paz y de amor, la Navidad se fue consolidando como una fiesta común a buena parte del mundo y así ha llegado hasta nuestros días.

Quienes me conocen de cerca, saben de sobra lo poco navideño que soy en cuanto a lo externo, me han escuchado despotricar mil veces contra las actuales navidades y me han visto huír en los últimos años hacia otros países. No me gustan la mayoría de los villancicos, ni las panderetas, ni los que piden el aguinaldo, ni los reportajes sobre los ganadores de la lotería, ni los estereotipos de la publicidad, ni la lombarda, ni el mazapán, ni el champán…, no tengo interés por el discurso del rey, ni por los especiales de la tele, ni por el anuncio de Freixenet, el Cuento de Dickens ya me cansó, hace tiempo que no empiezo el año atragantándome con doce uvas, me dan grima los adornos navideños, me parece obsceno -tal y como está el patio- lo que se gastan aquí en una exageradísima iluminación navideña de las ciudades, y me revuelve las tripas la hipocresía de los supuestos buenos deseos de entidades a las que resultas completamente indiferente, o de personas que el resto del año te pisarían el cuello si te dejaras. Esto, por no seguir con una lista interminable.

Pero también, cuando surgieron los primeros iconoclastas contemporáneos dispuestos a extirpar belenes y estrellas y, con ello, cosas más profundas, me escucharon cambiar el discurso y hacerme fuerte junto al nacimiento. No pasarán. Contra la Navidad vivía mejor, podría bromear.

Y es que, a mí, en realidad, costumbres anecdóticas aparte, no me molesta la Navidad por su significado, sino por lo contrario: porque se ha ido desproveyendo de cualquier significado o, lo que es aún peor, llegando a encarnar lo contrario de lo que se supone que le dio origen. No consigo tomar como aceptable que el nacimiento de Jesús de Nazaret, un símbolo, entre otras cosas, de la austeridad como actitud vital, se celebre en la actualidad con un impresionante despliegue consumista. Es un contrasentido tan absurdo como si el aniversario de Teresa de Calcula lo festejásemos con una orgía sexual o el aniversario del Che Guevara lo conmemorásemos con un banquete de lujo para privilegiados. Una pura incoherencia. No le encuentro el menor sentido a que, en la hipotética celebración del nacimiento de Cristo, de lo que se hable sea del precio del cordero y de los langostinos. Lo siento, pero, aunque me hayan salido algunas canas, dentro de mí sigue habitando ese mismo niño rebelde, observador y preguntón, que continúa negándose a tomar como normal lo que no le parece normal.

El Jesús de la tradición es el Dios que decide encarnarse en la historia y hacerse hombre con los hombres. El que nace en un establo, en la familia humilde de un carpintero y una joven hebrea. El que sabe compartir la alegría y multiplicar el vino en la celebración con su gente. El que sabe buscar su soledad y su reflexión en el desierto. El que llora ante la muerte del amigo. El que salva la vida a la mujer adúltera haciendo a los demás volver la mirada hacia sí mismos. El que se rodea de gente de a pie y de excluidos, el que no rehúye a los leprosos, ni a los paralíticos, ni a los publicanos, ni a las prostitutas… El que proclama la buena nueva para los pobres, los hambrientos, los enfermos, los que sufren. El que expulsa a los mercaderes del templo. El que asegura que a cada día le basta con su afán. El que dice que las normas deben estar hechas para el hombre y no el hombre para las normas, que la ley ética no estará ya escrita en tablas sino que cada cual la llevará en su conciencia y su corazón. El que habla de compartir, de perdonar, de la autenticidad personal, del reino de la justicia…El que proclama como nuevo mandamiento el amor a los demás. El que muere ajusticiado por blasfemo, en medio de dos ladrones. El que había asegurando que la vida podía vencer a la muerte. Un mensaje revolucionario en la sociedad de su tiempo, que, a veces para mal y a veces para bien, cambió la historia y transformó el mundo. Una figura que, dos milenios después, sigue siendo, como dice el filósofo José Antonio Marina, Patrimonio Espiritual de la Humanidad.

Y, ahora, con ese relato, haga cada uno lo que quiera. Vívalo desde la fe el que así lo sienta y lo crea. Y acéptelo el que no como una leyenda, como un mito, como esas historias de los pueblos indígenas que quizá ya pocos creen a pies juntillas como sus antepasados, pero que todo el mundo respeta como un rico legado que dice mucho de su identidad colectiva y de su cosmovisión. Querer prescindir de ese componente cultural de nuestra civilización me parece de una ceguera impresionante.

De ahí, nace una visión del hombre, de la libertad, de la dignidad, que, tamizada luego tras un sanísimo e intenso baño de laicidad (que otras creencias no han permitido y de ahí su falta de evolución), es la semilla que ha generado el espacio geopolítico más avanzado del planeta en los conceptos jurídico-sociales y en los derechos humanos, un espacio donde (a diferencia de otras amplias zonas del mundo, no lo olvidemos) no impera ya la ley del Talión, un espacio donde (a diferencia de otras amplias zonas del mundo, insisto en esa realidad) la mujer va consiguiendo a pulso su espacio y no tiene que ocultar su rostro… y así decenas y decenas de ejemplos.

Me siento tan lejos de los impositores de crucifijos como de los proscriptores de belenes. Lejos de los que quieren que, por sus cojones, un espacio educativo de carácter público esté presidido por su símbolo religioso, vaya usted a saber por qué, para qué y con qué sentido. Pero lejos también de los que quieren eliminar cualquier resquicio de historia, de espiritualidad, de cultura, de tradición, de los valores que no les gustan. Cierto es que tienen una ardua y larguísima tarea: desde modificar la numeración de los años para que no nos acordemos desde cuándo los contamos hasta cambiar de nombre al domingo, desde modificar la denominación de la Cruz Roja hasta llamar de otra forma a los Sanfermines, desde desmontar catedrales hasta descolgar cuadros de los museos… Ganas no les faltan, pero no sé si la realidad de siglos se puede borrar tan fácilmente.

Y, sobre todo, ¿para sustituirla por qué? Porque, frente a las viejas creencias y valores de nuestros padres y abuelos, todo lo ingenuos que se quiera, lo que ahora se nos ofrece como alternativa es el modelo del todo vale, la sociedad hedonista, el materialismo, la acumulación sin esfuerzo y sin escrúpulos, la ostentación… Nada nuevo bajo el sol: es la adoración del becerro de oro, ahora transformado en marcas de ropa o en grandes vehículos, entre otras apariencias.

Entiendo que la antipatía hacia lo cristiano a veces está producida por una justificadísima aversión a las Iglesias establecidas. Históricamente, en nombre de todos los dioses se han hecho barbaridades que los mismos dioses hubieran condenado. Las jerarquías de las iglesias actuales se parecen a su pretendido modelo, Jesús de Nazaret, como un huevo a una castaña. Podrían reconocerse mucho mejor en la casta sacerdotal de su tiempo, a la que Jesús tanto fustigó. Pero el cristianismo, como sustrato cultural y de pensamiento en el que se cimenta buena parte de nuestra identidad, no tiene mucho que ver con las confesiones organizadas. Con ellas o contra ellas, es parte –irrenunciable, creo yo- de la realidad en la que hemos nacido y en la que vivimos.

No estoy hablando estrictamente de religión. Hablo de valores, de concepciones. De esos valores elementales, sociales, culturales, que nos caracterizan y que deberían estar representados en nuestras tradiciones, si quisiéramos de verdad dar a éstas algún sentido que no fuera puramente comercial.

Por eso, por su autenticidad sin adornos, me gustó tanto mi entrañable cena de navidad del año pasado. En Buenos Aires, sin iluminaciones estridentes, sin el mantel de los días especiales, sin cumplidos, sin ceremonias y sin lujos. En un pequeño y modesto apartamento, casi improvisando la comida, echándonos unas risas, con dos personas a las que quiero y teniendo a tiro de piedra (de teléfono, de correo electrónico, de recuerdo o de buenos deseos) al resto de mi gente. Celebrando, como decía por entonces, que un año más estamos juntos.

Estos días es Navidad, el solsticio de invierno de nuestros antepasados más remotos, la celebración de la esperanza de nuestros antepasados más cercanos. La fiesta del sol, de la luz, de la vida. Ese mensaje universal de paz y de amor al que antes hacía referencia. Una tradición, un símbolo milenario, algo que nos une por encima de creencias y de descreencias. Si ustedes prefieren no celebrarlo porque sienten que sus fiestas son otras y su cultura diferente, están en su derecho, claro que sí, defiéndanlo. Si quieren celebrarlo como se nos propone, como la fiesta del consumo, de la cena opípara y del regalo obligatorio y por cumplir, allá ustedes. Si deciden celebrarlo desde su fe personal, a pesar de tanto político coñazo empeñado no en una aconfesionalidad respetuosa sino en un laicismo beligerante, les felicito por su coherencia. Y si deciden simplemente festejar la vida, compartida con la gente a la que quieren, mi más calurosa enhorabuena.

A todos y todas, feliz Navidad.


(Ilustración: Navidad, pintura de Goyo Domínguez)

Recordando a Antonio Vega

La Sala Clamores programó el pasado 29 de septiembre un concierto de homenaje a Antonio Vega, recientemente fallecido y al que recordé aquí en una entrada anterior. Confieso que pensé –mal- que el homenaje sería simplemente una excusa comercial por parte del local. A pesar de ello decidí acudir a disfrutar de una noche de buena música, acompañado de amigos –Esther, Maite, Carlos C. y, a última hora, Virginia-. Por fortuna, me equivoqué y encontré algo más que lo que esperaba.

Clamores era un lugar especial para Antonio y para sus seguidores, la sala donde actuaba habitualmente en Madrid y donde yo fui a verle y escucharle con frecuencia. Ya se sabe lo particular que era Antonio: tenía días mejores y días peores, de inspiración, de voz o de talante..., pero siempre, siempre, dejó sobre el escenario retazos de su capacidad creativa, de la sensibilidad de sus letras y su música, la magia de su enorme talento.

La recaudación de este concierto se destinó a la ONG que lleva el nombre de la que fue compañera sentimental de Antonio Vega, también fallecida, la Fundación Margarita del Río, que impulsa una serie de proyectos educativos en Nicaragua. Entre el público, estaban familiares, amigos y compañeros de Antonio.

Sobre el escenario, la banda que le acompañó allí mismo tantas noches recreó los temas más célebres de su repertorio. Luego subieron a interpretar también algunas de sus canciones compañeros suyos como Nacho García Vega, Álvaro Urquijo, Carlos Vega, Rebeca Jiménez, Quique González, Vicky Castelo, Tontxu, Cristina Narea y otros cuantos, que nos hicieron disfrutar de una excelente selección, tanto de la época de Nacha Pop como de su etapa en solitario.

Cuando llegó el final, no cabía duda de qué canción era la que correspondía como cierre de la noche. Yo pensaba que iban a subir entonces todos los músicos que habían intervenido, a interpretarla juntos. Pero pasó algo mucho mejor. Sobre el escenario, la foto de Antonio y un micrófono vacío. Uno de los miembros de su banda dijo una de las frases habituales con las que Antonio animó allí a los presentes a cantar muchas noches. Y comenzaron los acordes de la Chica de Ayer. Todo el público puesto en pie cantó completa la canción, con la música de la banda de Antonio Vega. Sonó realmente hermosa. Fue un momento emotivo, donde muchas voces juntas hicieron suya una voz ausente, a través de una obra que no muere.

Este video doméstico recoge un fragmento de El sitio de mi recreo interpretado por Antonio Vega nueve meses antes en el mismo escenario donde se desarrolló este homenaje:

Cantantes de mi infancia

He dedicado ya en este blog varias entradas a cantantes lamentablemente fallecidos –Joan Baptista Humet, Antonio Vega, Mercedes Sosa- cuya trayectoria musical había seguido con interés y admiración. Autores o intérpretes cuya obra coincide con mis gustos musicales, nombres que han tenido significación para mí.

Pero están luego esos otros cantantes cuyas creaciones o interpretaciones no están entre lo que escucho habitualmente ni se corresponden con lo que realmente me gusta, pero que, cuando fallecen, uno de pronto recuerda que sus canciones estuvieron ocasional e inevitablemente presentes en algún momento de su vida.

Luis Aguilé, cantante argentino afincado en España, era autor de muchas canciones ligeras que a mí no me llaman la atención en absoluto, como La Chatunga, Juanita Banana, El Tío Calambres y cosas así. Pero de niño me gustaba ver su programa El Hotel de las mil y una estrellas, supongo que porque me resultaría entretenido o curioso para mi mentalidad de entonces. Siempre lo recuerdo como uno de los personajes más parodiados de la época: desde Fernando Esteso hasta Martes y Trece, todos cayeron en la tentación de colocarse unas gafas, un sombrero y unas corbatas gigantescas para imitar su peculiar estilo. Con todo, alguna de sus canciones más livianas –por ejemplo, Es una lata el trabajar-, aun cuando carezca de pretensiones, suena simpática y me parece que no tiene nada que envidiar a algunos temas que se entronizan hoy como reyes del verano de forma machacante y son de mucho peor gusto y calidad. En Madrid coincidí una vez con él en un homenaje a Eva Perón y tuve oportunidad de saludarle brevemente. Pero sí hay que recordar que Luis Aguilé es autor de una canción muy sencilla que, sin embargo, sí forma parte de la memoria de casi todo el mundo y que para algunas personas es casi un himno: la emotiva Cuando salí de Cuba:

Nunca podré morirme,
mi corazón no lo tengo aquí…


Y también ha muerto hace unos días Basilio. ¿Se acuerda alguien de él? Mucho menos conocido hoy, este cantante panameño disfrutó de cierto éxito en nuestro país en los años setenta. A mí en aquel entonces me gustaba su Cisne cuello negro, cuyo mensaje suena a alegato contra la segregación racial:

No hay un mundo negro y un mundo blanco.
Hay un mundo inmenso que hay que cuidarlo.
(…)
No hay quejido negro, ni canto blanco,
hay solamente quejido y canto.

Y ya que estoy de revival y traigo ahora estos nombres, sería injusto no acordarme de Mari Trini, que falleció ya hace meses y sobre la que entonces no escribí nada. Era un estilo que tampoco acababa de estar del todo entre mis preferencias pero, ciertamente, Mari Trini era una autora y cantante de indudable calidad y tiene algunos temas dignos de mención como Ayúdala, Te amaré, te amo y te querré, Una estrella en mi jardín y, sobre todo, Amores:

Quién no escribio un poema
huyendo de la soledad,
quién a los quince años
no dejó su cuerpo abrazar...

Duerme, duerme, Negrita...

Si se calla el cantor
calla la vida
 
-Horacio Guarany-
El viernes por la tarde, sin saber por qué, me vino a la cabeza la canción La Maza, de Silvio Rodríguez (Si no creyera en la locura… si no creyera en la esperanza… si no creyera en mi camino…), pero específicamente la versión cantada por Mercedes Sosa. Y tuve el impulso en ese momento de compartirla con amigos. Quienes vieron el video, debieron de pensar que era mi recuerdo a una persona que en ese momento se debatía entre la vida y la muerte. Pero yo no tenía ni la menor idea. Cuando llegué esa noche a casa, leí en un periódico que Mercedes estaba muy grave y tuve ese escalofrío de lo inexplicable: las intuiciones, los pálpitos, las comunicaciones intangibles, las “casualidades”… Hoy ha muerto La Negra Mercedes Sosa.

Desde la primera vez que la escuché en mi vida, me ganó esa fuerza, esa voz vigorosa que hoy se ha apagado. Han sido más de dos décadas en las que sus canciones -como las de otros artistas- han hecho compañía a mis amores, a mis alegrías, a mis penas, a mis rebeldías… Desde que, siendo estudiante, tuve que ahorrar de mi paga semanal para poder comprarme el primer cassette, hasta ese último CD comprado en Argentina en enero pasado, titulado Treinta Años y con una magnífica recopilación de su repertorio: La Maza, María María, Gracias a la vida, Todo cambia, Sólo le pido a Dios, Canción con todos, Años, Alfonsina y el mar, Unicornio, Hermano dame tu mano, Como la cigarra, Si se calla el cantor, Duerme negrito, Dale alegría a mi corazón…

Mercedes no tenía ese vacuo glamour de las estrellas prefabricadas, poseía la elegancia humana de los sencillos, la autenticidad personal. Y una voz caudalosa que cantaba los dolores y las esperanzas de todo un continente.

Esta mañana su familia –su hijo, sus nietos, sus hermanos, sus sobrinos-, decían en un comunicado: “Lo que más feliz le hacía a Mercedes era cantar. Y seguramente ella hubiera querido cantarles también en este final. De modo que así queremos recordarla y así les invitamos a hacerlo con nosotros”. Así la recuerdo yo hoy: cantando.