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¿Halloween? No, gracias. Mejor, el calbote

Uno puede perfectamente ser español y celebrar la fiesta de San Patricio en un pub irlandés o la fiesta de la cerveza en una cervecería alemana. El nacionalismo –todos los nacionalismos- tienden a ser catetos y excluyentes y, cuando uno está abierto a compartir, conocer y disfrutar lo diferente, pues no pasa nada por unirse a celebraciones propias de otras culturas. El intercambio es siempre enriquecedor.

Pero lo que no me parece tan bien es que ese tipo de festividades acaben por superponerse a las nuestras y anularlas por completo. Si Saint Patrick sustituyese a San Fermín, por ejemplo, o la fiesta de la cerveza de Munich a las fiestas de la vendimia de algunos pueblos, ahí desde luego que no iban a contar conmigo. Celebrar tradiciones ajenas, de acuerdo (lo reconozco: hay ciertas chicas que disfrazadas de bruja están bastante bien), pero a aceptarlas como propias, a asumir el colonialismo cultural y a terminar por olvidar nuestras propias tradiciones, no me apunto.

Por eso me está empezando a tocar las narices cada vez más que lo que comenzó siendo algo simpático –el emular ocasionalmente el Halloween de los anglosajones- se termine imponiendo como una celebración normal y establecida, como si fuera algo propio de aquí. Ya no se organiza en algún local concreto en plan exótico, sino que se ha generalizado. No sólo es que el pub de mi hermano en el pueblo haga cada año fiesta de Halloween, es que en casi todos los colegios se incentiva el festejarlo con los niños con la misma naturalidad que las navidades. Se empieza por ahí y terminan quitándonos los Reyes Magos e imponiéndonos a Santa Claus, ya verán.

Me parece que, antes que imitar al cine yankee hasta en estas cosas, tenemos celebraciones tradicionales que no deberíamos perder.

Este año no voy a estar en España el puente, pero para otra vez me parece que voy a proponer que nos reunamos los amigos y que hagamos acopio de costumbres locales y ancestrales propias de estas fechas.

En mi pueblo -que como saben es de la provincia de Ávila pero ya limítrofe con la Comunidad de Madrid- antes de que las pelis norteamericanas nos colonizaran con el Halloween, se celebraba la fiesta del Calbote.

Se llama calbote –lo dice la Real Academia- en algunas zonas de Ávila, Cáceres, Salamanca y Zamora, a la castaña asada.

La fiesta del calbote consiste en que, en la víspera de la festividad de Todos los Santos, los grupos de amigos se van a las afueras del pueblo por la noche, prenden hogueras, asan castañas y cenan juntos. Lo de ahuecar una calabaza simulando una calavera y poner una vela en su interior, debe de ser universal, porque también se hace, pero claro, en el pueblo no era corcho, ni cartón piedra, ni cartulina: al menos antes eran calabazas de verdad, cogidas de los huertos. Durante toda la noche, antiguamente (ya hace algunos años que no) doblaban sin parar las campanas de la iglesia a toque de difunto. Todo contribuía al ambiente ideal para contar junto al fuego historias para no dormir.

Así que el próximo año, no digo yo que nos vayamos al monte con los chavales del pueblo, pero sí que nos sintamos un poco niños y revivamos aquel miedo. Nos reunimos en cualquier rincón donde haya chimenea, compramos castañas para asar y nos contamos Leyendas de Becquer o leyendas urbanas, me da igual, pero el caso es que compartimos historias a la luz y al calor de la lumbre. Ya terminaremos con un orujito o con lo que surja.

Y si alguien llama a la puerta y nos dice “¿trato o truco?” le mandamos… lejos. Sin duda, se habrá equivocado de casa y de país.

Amigo Finisterre, ¿y esto de los Santos cómo se celebra en Galicia, tierra de meigas y de Santa Compaña? Y el resto de lectores, vayan pensando también cómo se celebra –o cómo se celebraba antes- en su tierra, porque voy a proponer que constituyamos un grupo numantino de irreductibles anti-Halloween, rescatando y celebrando tradiciones más nuestras.