Héroes anónimos

Me han dejado sin palabras el amor y la entrega reflejados en este video que me han enviado.


Nosotros, mientras, atentos a las apasionantes polémicas familiares de Andrés Pajares y su troupe. Por ejemplo.

Recordaba la tarde anterior...

... las palabras, los detalles, la complicidad recién nacida... Y caminaba por la calle sonriendo a todo el mundo sin darse cuenta. Los demás le miraban pensando por qué irá sonriente este imbécil. Pero esta mañana le daban igual esos demás.


(Fotografía: Pareja de bicicletas, Travesía Uruguay 2006, de Es, de la galería de imágenes Creative Commons de Flickr).

¿Somos lo que jugamos?

De pequeño yo tenía mucha tendencia a hacer el payaso. O sea, como de mayor. Tendría unos cuatro años cuando, acompañado con una guitarrilla de juguete, cantaba, por ejemplo, María Isabel, de Los Payos -manda narices la cosa- y me mosqueaba si mis padres y mis tíos no aplaudían y, cuando por fin me hacían caso, doblaba el espinazo y decía muy ceremonioso “gracias, gracias”. También era el autor de unos tebeos manuscritos, llenos de cuentos, dibujos, historietas, chistes, pasatiempos..., que igualmente estaba obligada a leer mi familia (qué cruz, los pobres)… Y a veces me disfrazaba y me convertía en el payaso Trompetilla, un personaje de mi creación…


Pero uno de mis juegos más recurrentes era el de las oficinas, claramente imitando a mi padre. Mi oficina, repleta siempre de papeles, estaba montada en el desván (el sobrao dicen en mi pueblo) de la casa de mi abuela. Y allí jugaba a veces solo, a veces con mi hermana Tere y mi primo Raúl, a atender al público que iba a aquella oficina.


Cuando iba a ver a mi padre a su trabajo, siendo yo un renacuajo, le escuchaba atentamente lo que él hablaba con otros mayores. Y luego intentaba reproducir en mi pequeña oficina esas conversaciones: “Dña. Felipa, esta cartilla que usted me trae está extraviada”. Y yo lo decía con enfado. Me molaba esa palabra, tenía que ser algo muy grave y, en consecuencia, yo echaba la bronca con toda la razón a Dña. Felipa. Mi prima Teresa, que era unos años mayor que yo y estaba por allí ese verano, me corregía: “¿Cómo te la va a traer si dices que está extraviada? ¿Tú sabes lo que quiere decir 'extraviada'?”. Yo negaba con la cabeza. “Pues quiere decir que se ha perdido. Tienes que elegir otra palabra”.

Años después, yo lo recuerdo, claro. Pero lo asombroso es que Teresa se acuerda con todo lujo de detalles. Hasta de Dña. Felipa. Me parto.

Ella sostiene ahora que padezco la maldición de haber acabado trabajando en un despacho, agobiado de papeles, por haber jugado de pequeño a las oficinas.

Estos días, cuando miro el montón de declaraciones de la renta, de demandas, de escrituras… me pregunto por qué no me daría a mí por jugar a ser un millonario mecenas, un explorador que viajaba por todo el mundo o el superhéroe que rescataba a la chica guapa.

(Fotografía: Juan Bautista Galán.
Ahí estaba yo en la terraza de nuestro bar escribiendo y dibujando un cuento que se llamaba La Loca, por el que luego me dieron un premio en un concurso de la Editorial Pascal. Me he fijado que a la loca protagonista del cuento la pintaba con un embudo en la cabeza y un calcetín de cada color...).

Libros, amistad, vida

Hay días que no pasarán a tu pequeña historia personal, que no dejan ninguna huella. Nunca te escucharás a ti mismo preguntando, por ejemplo: "¿recuerdas aquel día en que te levantaste, tomaste un café, te pasaste toda la mañana haciendo gestiones en Hacienda y en el banco y luego te fuiste a casa a comer?”. Pero sí te podrías escuchar diciéndole a un buen amigo: “¿te acuerdas de aquel día que comimos conejo con Dragó y nos partimos de risa, y que luego tú y yo terminamos hasta las mil por Latina, y me contaste que… y yo te conté lo de…?”.

El de ayer fue uno de esos días llenos de cosas que dejan huella, de muchas cosas para recordar. Desde la mañana a la noche.

La semana anterior había ido por la Feria del Libro, como cada año. En una tarde lluviosa, compré varias cosas, entre ellas un libro de Lorenzo Silva sobre Marruecos (muy afectuoso el escritor, al que el año pasado dediqué una pequeña entrada en el blog y me contestó) y la última novela de David Trueba. Y pasé a saludar a Fernando Sánchez Dragó, recién regresado de su viaje por Arizona, y así concertar una comida.


Aprovechando que se pasa tres fines de semana firmando en la Feria del Libro mañana y tarde, ya tenemos instituida como tradición la de quedar uno de esos sábados a comer por la zona con un grupo de amigos. Normalmente la cita es en casa de Miguel, que vive por allí, y así estamos más tranquilos, evitando que nadie esté con la antena puesta desde la mesa de al lado. Pero ayer esta opción no podía ser y comimos en un restaurante asturiano, La Hoja-La Fueya. Buena comida, buena sobremesa y buena compañía.

Conversación vibrante, interesante y divertidísima: toros –inevitable José Tomás-, literatura, sexo (esto fue, qué casualidad, lo que más despertó el interés de Carlos V.), televisión, cine, política, viajes… Y risas, muchas risas.

Carlos V. estaba con el punto y tuvo intervenciones triunfales. Todavía estoy intentando recordar lo que soltó sobre su admiración por Jordi Hurtado (el presentador del concurso Saber y Ganar) porque era partiente, no tenía absolutamente ninguna relación con lo que estábamos hablando y nos dejó a todos perplejos. Pero el caso es que a él le gustaba Jordi Hurtado y quiso aportar este dato imprescindible.

De las mil anécdotas de Fernando, compartiré aquí dos de las que se pueden contar. La primera vino a propósito de que él no deja indiferente a nadie y que tiene muchos seguidores entusiastas pero también, como es evidente, una legión de gente a la que le cae mal. Resulta que Dragó tiene un amigo con cierto parecido físico a él. Una vez le contaba que se le acercó un tipo en un bar y le dijo:

- ¿Tú eres Sánchez Dragó?
- No
–le aclaró.
- Pues te acabas de librar de dos hostias…

La otra es una historia de bookcrossing de las que complacen al autor del libro y de las que Jung hubiera analizado en caso de haberla conocido. Llegó Fernando a un hotel -no recuerdo en qué ciudad del mundo- y encontró un libro que algún huésped anterior había dejado en la habitación. Para su sorpresa, era su propia novela El camino del corazón. La dedicatoria: “Para quien tenga la suerte de encontrarlo…”. Impagable para un escritor.

Tres horas y pico después, ya sin ningún comensal más en el restaurante, Fernando se fue a seguir firmando libros y el resto continuamos la animada sobremesa.

Tras una intensa tarde, dos supervivientes del grupo inicial, Carlos V. y yo, acabamos por Latina en una noche de cubatas y confidencias, dando un completísimo repaso a las tres heridas de Miguel Hernández, la de la muerte, la de la vida y la del amor. Tocaba puesta en común y brindis de despedida, antes de su viaje a Argentina.

Si entablo conversación con algún desconocido en un bar de copas, generalmente no es un tío, normalmente más bien será una desconocida. Pero ayer hubo una excepción. A un chico muy jovencillo le estaban dibujando una caricatura y, mientras el artista le captaba sus rasgos con acierto, nosotros le habíamos ido haciendo algunos comentarios en plan viejos-mirando-una-obra. Más tarde vi que su panda estaba formada por cuatro chicos y una chica y que, obviamente, ella le gustaba. Bueno, a él, a los otros tres, a mí y a todos los demás que estaban en el pub... Al pasar le dije alguna frase cómplice y a partir de ahí resultó muy divertido. Yo creo que le apetecía compartirlo con alguien, porque eso no se lo cuenta a sus amigos (y rivales) y tampoco a la propia chica, y cuando se puso a hablar conmigo era como escucharme a mí mismo casi con veinte años menos. Qué risa me pasé con sus comentarios y qué familiares me resultaban. Era inteligente, ingenioso… y tímido. Descubrí que, con sus historias con las chicas, se había sentido identificado con las mismas películas que yo. Para mi sorpresa, me recitó algunas frases de Gabino Diego cuando está enamorado de Ariadna Gil en Los peores años de nuestra vida. Pero, para su sorpresa, yo las recordaba todas, porque habré visto también esa peli unas tropecientas veces. Él no conocía otra de Martínez Lázaro, Amo tu cama rica ("antes de encontrar a Sara, sólo había conocido dos tipos de mujeres: las interesantes... y las que se interesaban por él"), que es como el catón en estos temas de los tímidos y las mujeres, así que se la recomendé vivamente. En cuanto aparezca Pere Ponce en la pantalla se verá reflejado. Mientras todos seguían tonteando con la piba, ésta nos miraba de reojo viendo que su amigo y yo nos partíamos de risa hablando. Me fui, le dejé con la chica y le deseé mucha suerte. No sé cómo se llamaba él, pero perfectamente se podría haber llamado Carlos.

Al llegar a casa de madrugada, caí rendido. Esta mañana he amanecido con resaca y con un gato plácidamente dormido encima de mí. Prefiero otro tipo de despertares, la verdad. Pero no está mal levantarte con el recuerdo de tantos detalles para guardar, que me resultan (como los llamaría cierta persona llena de encanto) retales vitales de magia.

(Fotografías: Clara Montero)

Noches Desakordes


Los promotores de la Asociación Cultural Desakordes, Rubén Buren, Pedro Herrero y Henar León son como los cultivadores de perejil (para entender esto hay que habérselo escuchado a Faemino y Cansado, no lo pienso a explicar). El otro día ellos y todos los artistas que han participado en las Noches Desakordes nos regalaron a los espectadores un disco recopilatorio.

Mientras en televisión se diseñan cantantes clónicos sin personalidad propia y, entre otros hallazgos, se empeñan en convertir el casting no en un medio de selección sino en un fin en sí mismo, en un espectáculo de humillaciones y otros ingredientes morbosos, resulta que en algunas ciudades como Madrid existe un circuito de locales y de artistas donde se encuentran a menudo cosas de calidad, casi siempre sin la suficiente difusión ni el suficiente apoyo.

La A.C. Desakordes, antes en el Café Barbieri de Lavapiés y ahora en El Butrón de Latina en colaboración con la A.C. Nuevas Tendencias, ha reunido un buen cartel de intérpretes y creadores y ofrece una programación más que digna, donde hay un poco de todo: humor musical, algún cantautor con letras más que buenas, también algunas voces notables interpretando canciones propias o ajenas... Yo llegué a ellos a través de las actuaciones de Andrés Molina pero después he ido conociendo a otros artistas y convirtiéndome en su espectador.

El concierto colectivo de hace una semana tuvo un tono de fiesta entre amiguetes, con complicidad y muchas risas. Estuvieron Obsoletos Trío (Pedro Herrero, Carlos Aguado y Luis Felipe Barrio) con Matías Ávalos, Antonio de Pinto, Rafa Mora, Moncho Otero, Alejandro Martínez y Claudio H. Mucho talento encima del escenario y mucho buen humor. Lo pasamos realmente bien. De todas formas, todo esto lo ha contado mucho mejor Henar en su blog.
En el disco recopilatorio participan, además, Elena Bugedo, Osvaldo Cicciolli, Julio Hernández, Black Mama, Andrés Molina, Ainda, J.L. Manzanero, Kiko Tovar, Miguel Dantart, Marte Menguante y Desakordes.

(Fotografía: Henar León)

El Fresne


La revista Ávila Digital, en su edición impresa de junio, ha publicado un reportaje sobre El Fresne, un paraje natural de mi pueblo, El Hoyo de Pinares (Ávila), y lo ilustran con algunas fotografías mías. No creo que tengan calidad fotográfica, porque desde luego yo no soy profesional y cuando las hice no estaban destinadas a su publicación. Pero el director de la revista, Carlos de Miguel, me pidió que le facilitase algunas que tuviera de esa zona y con mucho gusto así lo hice. Y parece que, al menos, les han servido, porque al abrir el ejemplar y leer el reportaje me encuentro con algunas de esas ilustraciones y con mi nombre como autor de las mismas.

El reportaje forma parte de la serie Rincones con encanto que patrocina la Diputación Provincial de Ávila. La autora del texto es Isabel Martín, quien recuerda que en este paraje, rodeado de pinares, están ubicados algunos de los restos de la antigua ermita de Navaserrada, trasladados a la zona en la década de los setenta. Cerca, se encuentra un puente medieval sumergido bajo el embalse y sólo visible cuando éste se limpia o cuando, en épocas de intensa sequía, baja mucho de nivel. En El Fresne acaba de celebrarse el último sábado de mayo, como cada año, la Romería de la localidad. Y es también área recreativa donde se pueden hacer comidas campestres (hay barbacoas y mesas habilitadas para ello), iniciar rutas de senderismo, en bicicleta o a caballo, o simplemente pasear y disfrutar.

"Puentes sumergidos y retales de ermitas envueltos en fervor popular. El Fresne, en las inmediaciones del municipio de El Hoyo de Pinares, es un lugar para el paseo, la tradición y la naturaleza...". Así empieza el sugestivo recorrido que la autora hace por la historia y la belleza de un paraje "que no deja indiferente. Y menos cuando se abre el baúl de sus secretos".