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Fotos de Castilfrío


Recientemente, un par de webs han publicado fotografías de Castilfrío de la Sierra hechas por mí.

En su día dediqué una entrada en esta bitácora a la visita que hicimos en el verano de 2008 a Fernando Sánchez Dragó en su casa de esta localidad soriana. Hace algunos meses, me escribió Sonia Fernández, que, a través del Taller de Empleo Soria Local Web, estaba trabajando en un proyecto para dotar a numerosos municipios sorianos de una web municipal. Sonia me pidió autorización para utilizar aquellas fotografías de Castilfrío y le dije, como hago constar en el blog, que todo su contenido es reproducible libremente sin fines comerciales, citando autor.

Pues bien, esa web de Castilfrío de la Sierra ya está activa y, en efecto, han utilizado varias de mis fotografías, así como parte de la información que yo ofrecía en mi artículo. Sonia ha tenido la extrema amabilidad, no sólo de citarme a mí y a La nota discordante en los agradecimientos, sino de marcar cada foto con mi nombre como autor. Le agradezco mucho su detalle y me alegro de que mis textos y mis imágenes puedan contribuir a dar a conocer este pequeño y encantador municipio soriano.

Por otro lado, Javier Redondo, el webmaster de sanchezdrago.com, también me pidió reproducir algunas de mis fotografías de la presentación en Castilfrío de Soseki, inmortal y tigre, como ilustración de un artículo de Rafael Sarmentero. El artículo, titulado Paseo por Castilfrío de la Sierra, lo ha reproducido en la sección de noticias de la web oficial de Fernando Sánchez Dragó y también me cita expresamente como autor de algunas de las imágenes.

(Fotografías del autor. Éstas son nuevas, eran inéditas hasta ahora. Las imágenes a las que hace referencia esta entrada pueden verse en los enlaces indicados).

Soseki, inmortal y tigre

Hace unos años, un gato atigrado se coló de un salto en el interior del coche de Fernando Sánchez Dragó y Naoko Kuzuno. Ellos aún no lo sabían, pero ese día el pequeño e intrépido felino había dado el primer paso para colarse también en su vida y en su corazón. En todos los sentidos, porque Kokoro -corazón en japonés- se llama también el refugio soriano de la pareja.

Y Soseki (que así le bautizaron, recordando al escritor japonés que escribió Yo, el gato) se acabó convirtiendo en el compañero que disfrutaba calor de hogar en el sofá, que iba con ellos en algunos viajes, que jugaba con la familia y los visitantes llegados al caserón de Castilfrío de la Sierra, que dormitaba junto a la vieja máquina de escribir (luego junto al ordenador, cuando Dragó no tuvo más remedio que claudicar ante las nuevas e inevitables tecnologías)… y que hasta apareció en la televisión con el escritor en alguna de las más delirantes ediciones de su atípico informativo nocturno.

A este gato singular lo conocimos personalmente en el verano de 2008, en una visita que les conté en una entrada anterior de este blog. Y ese día ya pudimos palpar el enorme cariño de Fernando por Soseki.

En noviembre de ese año, uno de los amigos que compartió aquella gratísima escapada a Castilfrío, Carlos V., me llamó para contarme cómo Fernando se había echado a llorar en directo por la radio porque su gato acababa de morir de forma accidental y ciertamente cruel. Le envié un mensaje afectuoso: ” (…). Iba a llamarte, pero luego pensé que tampoco era cuestión de hacerte revivir la historia y contarla una y otra vez. Lo siento de verdad, de corazón. Yo tengo gato en casa y me hago una idea de lo que debe sentirse ante una situación así [no podía yo sospechar en ese momento que, apenas unos días más tarde, lo sabría con certeza]. Y más con Soseki que ciertamente era tan especial (…)”.

La muerte del animalillo conmovió tanto al escritor, entonces enfrascado en la redacción de sus Memorias, que dejó en suspenso ese proyecto y se propuso escribir un libro sobre Soseki que, casi un año después, ha visto la luz.

En las páginas de esta novela se mezcla la realidad del Soseki compañero de andanzas cotidianas (esas sensaciones y vivencias que hemos experimentado los que tenemos o hemos tenido animales en casa) con la fantasía de un Soseki mágico y aventurero que protagoniza una fábula, en el sentido más clásico del término, es decir, ese relato donde solían intervenir animales y que tenía un propósito didáctico.

Pero el libro es algo más: contiene una parte del legado moral del escritor, en forma de cuento que éste le narra a su nieta Caterina, mostrándonos su perfil más humano, ése que a veces el personaje público no deja ver.

El autor muestra su inconfundible estilo de siempre, pero al mismo tiempo nos sorprende en esta ocasión con un tono y un registro inusuales. Como dijo su amigo Aute “este libro es menos Sánchez y menos Dragó, y es más Fernando”.

El pasado 4 de noviembre, invitados por el autor, nos fuimos Carlos C., Virginia y yo, en el autobús fletado por la editorial Planeta, a Castilfrío de la Sierra para asistir a la presentación a los medios informativos de esa novela: Soseki inmortal y tigre.

Por allí, tuvimos ocasión de estar, por supuesto, con Fernando y Naoko, y de disfrutar de la compañía de nuestro amigo Javier Redondo (webmaster de sanchezdrago.com),  pero, además, pudimos seguir las sarcásticas ocurrencias de Cristina Urgel, una de las reporteras de Sé lo que hicisteis (días después unas amigas me dirían eso de “te hemos visto en la tele”), de saludar a Isabel Gemio (en cuyo programa radiofónico Dragó contó la muerte de Soseki por vez primera), de saludar también a la periodista y escritora Silvia Grijalba (que supongo yo que no daría crédito cuando me escuchó decir, al más puro estilo friki, “yo quiero hacerme una foto con Silvia”…), de charlar con el también periodista y escritor Javier Esteban (autor de un reciente libro sobre Jesús Neira), de conocer al cantante y compositor Luis Eduardo Aute (aunque eso en mi caso merece una entrada aparte y la tendrá), de saludar también a una de las hijas de Fernando, la polifacética Ayanta Barilli (de la que yo soy fan confeso y que, tras aparcar su carrera cinematográfica, anda ahora haciendo programas en radio e impulsando el sugestivo proyecto del teatro Lara, entre otras muchas cosas), de reencontrarnos con el escritor Antonio Ruiz Vega (que me temo que todavía no nos ha perdonado el tener que sufrirnos a nosotros y a los licores en una inolvidable cena)… y compartir mesa y jornada con medios de comunicación y nombres del periodismo y la literatura.

Con Dragó como cicerone, recorrimos las calles y los paisajes del pueblo donde se desarrolla el relato. Asistimos luego en la iglesia al acto de presentación, en el que Fernando nos habló de esta obra “llena de buenos sentimientos” y Aute estrenó una canción dedicada a Soseki.

Antes, habíamos disfrutado de vino, aperitivo y animada conversación en casa del anfitrión. Precisamente en el jardín donde un haiku de la escritora Alicia Mariño señala el lugar en el que fue enterrado, junto a un olivo, el gato que ahora se ha convertido en protagonista de esta novela.

(Fotografías del autor y de Virginia Fermoselle, Carlos Cardesa, Naoko Kuzuno y Carlos Vara).

De cena con Antonio Ruiz Vega


Y de disfrutar aquella tarde de agosto de la hospitalidad y la amistad de Fernando Sánchez Dragó en Castilfrío de la Sierra, pasamos a encontrarnos también como en nuestra propia casa visitando por la noche a Antonio Ruiz Vega.

Su pueblo, La Rubia, es otra pequeña localidad que tampoco alcanza la treintena de habitantes y que pertenece al Ayuntamiento de Los Villares de Soria.

Si alguien creía que eso de los tradicionales valores castellanos de la nobleza, la austeridad y la hospitalidad eran meros tópicos, podemos dar fe de que al menos hay un soriano que los personifica a la perfección.

A Antonio Ruiz Vega nos lo presentó en Madrid Fernando Sánchez Dragó y allí compartimos una cena oriental y animada tertulia, algunas semanas más tarde de la presentación de Muertes paralelas. Luego nos propuso prepararnos una cena en su tierra y, aunque con más de un año de retraso, al final le dimos ocasión de cumplir aquel ofrecimiento.

Antonio es un incansable estudioso de la historia, la cultura y la etnología de su provincia. Ha fundado revistas, ha escrito numerosos artículos, tiene publicados varios ensayos –como Juegos populares sorianos, Remedios caseros y otras magias sorianas, La Soria Mágica, Calatañazor. La huella de los pasos, Numancia. El Imperio que no pudo ser…- y algunas novelas -como la premiada Últimas palabras de Kate Eddowes-. En su casa, nos regaló a los tres Carlos, con dedicatoria incluida, su relato La isla suspendida y su estudio Las relaciones entre Soria y Euskadi. Yo me llevé desde Madrid, para que me lo firmase, otro libro suyo que tenía y que ya había leído, Los hijos de Túbal, interesante recopilación de mitología hispánica publicada por la editorial La Esfera de los Libros en 2002.

Ruiz Vega es uno de los más estrechos colaboradores de Dragó. Entre otras muchas tareas, le auxilia habitualmente en las investigaciones y las labores de documentación, escribió con él el Diccionario de la España Mágica (1997) y fue antólogo de sus textos en Libertad, Fraternidad, Desigualdad (2007). Juntos, cual caballero andante y escudero, tenían también el sugestivo proyecto de hacer, al estilo Labordeta, un recorrido televisivo por la España mágica (les recomiendo ver el video promocional al que enlazo), idea que por ahora está aparcada, pero que a mí me encantaría que pudiesen llevar a la práctica, porque me parece enormemente atractiva.

Antonio nos esperaba en su casa a Fernando y a los tres Carlos con otro amigo suyo, Raúl. Nos preparó una estupenda fideua junto con unas tortillas de patata y otros manjares varios, y todo lo acompañamos de buen vino. Pero, por si esto fuera poco, tuvimos como ingredientes de la cena y de la sobremesa la calidez y la conversación inteligente y divertida. ¿Qué más se puede pedir?

Le pregunté a Antonio por sus proyectos, porque sabía, por anteriores conversaciones, que anda embarcado en otra imaginativa novela, esta vez de política-ficción iberista, que a mí (que soy iberista convencido) me despierta curiosidad.

Tras comentar algunos pormenores de nuestro viaje, fuimos saltando de tema en tema y tejiendo una simpática charla de cultura, historia, literatura, política…

Bueno, sí, vale: y de mujeres. De hecho, creo que la mente calenturienta de alguno de los tres Carlos –no desvelaremos cuál- es corresponsable del posterior artículo veraniego de Dragó sobre las mujeres más deseadas, que le valió su penúltima polémica pública, por la alusión a Leire Pajín.

Antonio Ruiz Vega había echado a todos los gatos hacia el corral, para que no molestasen durante la cena, pero sabido es que las casas tradicionales de pueblo tienen gatera y que los animalillos se la saben todas, así que uno acabó volviendo a colarse y compartiendo sobremesa conmigo.


Cuando, horas más tarde, Fernando regresó a Castilfrío, para poder levantarse a escribir al día siguiente, allí nos quedamos todavía los demás arreglando el mundo. Comenzamos por reivindicar Castilla –una cuestión que nos interesa a Ruiz Vega, a mí y a cuatro más- para terminar cuestionando todo el sistema económico mundial.

Desde esa noche yo a Antonio le tengo como mi gurú en materia social (Carlos V. decía que hubo un momento en el que sólo me faltó aplaudir y hacerle la ola) porque canta las verdades del barquero, esas cosas elementales que nadie dice o que los poderes políticos y económicos y los medios informativos silencian. En estos tiempos de crisis -en los que las vergüenzas del capitalismo están quedando al aire, en los que nuevamente vamos a vivir, tras una privatización de los beneficios, la socialización de las pérdidas-, es mentalmente muy sano, para mantener cierto espíritu crítico e independiente, escuchar razonamientos como los que esa noche expuso Antonio Ruiz Vega, tan diferentes del discurso dominante. Yo no sabría repetírselos a ustedes igual de bien, pero espero que él se anime a escribir sobre estas cosas, sin necesidad de ser economista, como ciudadano libre que piensa y que hace preguntas incómodas en voz alta.

Carlos V., desde el escepticismo por las vías políticas, apostaba por la acción social y, entre que a mí ese discurso no me gusta nada y que a esas alturas el licor de hierbas no facilitaba mucho su explicación ni el limoncello mi comprensión, terminamos polemizando distendida y cordialmente. Y creo que en un momento determinado yo le dije que estaba haciendo “un discurso liberal” y la siguientes veces añadí –entre risas- “si me apuras hasta esperancista” (por Esperanza Aguirre, y esto si lo hubiera dicho Dragó se trataría de un elogio, pero si lo digo yo tiene que tomarlo justamente como lo contrario…). Yo creo que la mera caridad es desmovilizadora. Que sí hay que hacer labor social inmediata, pero siempre cuestionando el modelo, planteando a la vez el debate de por qué existe esa situación. Si nos limitamos a paliar sus consecuencias, con buena voluntad, lo que estamos haciendo es precisamente contribuir a taponar las fugas de agua del sistema y quien sabe si a mantenerlo a flote. Se solucionan situaciones puntuales, pero a base de mantener intactas las causas que las provocan y que, por tanto, las seguirán provocando. Recordaba la frase del inolvidable obispo brasileño Helder Cámara: “Si doy pan a un pobre, me dicen que soy un santo; si pregunto por qué el pobre no tiene pan, me llaman comunista”. Yo creo que hay que dar pan, pero hay que seguir preguntando a cada instante por qué no tiene pan. Carlos V. defiende que hay que dar prioridad a proyectos concretos de compromiso social por encima de teorizaciones, pero me parece que, en realidad, no discutía el fondo de lo que yo exponía, sino que sencillamente está decepcionado en estos momentos por todos los proyectos políticos.

Esta foto -de cuando aún no se había marchado Fernando- me gusta, porque da el pego: se ve a los dos escritores atentos a lo que yo decía como si realmente tuviese algún interés.


Agotados los licores y una vez que habíamos solucionado primero Castilla, luego España, después Iberia toda y finalmente el mundo en general, nos despedimos afectuosamente de Antonio Ruiz Vega -a quien debemos una-, de su amigo Raúl y de los tropecientos gatitos que rondaban por la casa y el exterior, y nos retiramos.

Pero no precisamente a nuestros aposentos. Mientras Carlos C. (que llevaba ya, responsablemente, tiempo sin beber para poder conducir) proponía, con bastante sentido común, irnos a dormir, Carlos V. y yo manteníamos animados la esperanza de que hubiera fiesta en algún pueblo cercano, al ser 15 de agosto, para estar un rato más por ahí. Carlos C. –seguro de que todo estaría desierto- cometió el error de intentar convencernos enseñándonos los pequeños pueblos casi deshabitados. Y saltó la sorpresa, porque en Aldealseñor –de poco más de 40 habitantes- había una orquesta actuando en la plaza, compuesta por dos integrantes –la chica que cantaba y el chico de los teclados-, un centro social donde servían cervezas y unas cuantas decenas de jóvenes de todos los pueblos de alrededor. Así que estuvimos allí hasta que terminó la actuación. Carlos V., para variar, confraternizó con la juventud del lugar y terminó apalabrando ya las fiestas de Pobar -37 habitantes- para el mes de septiembre. A ese pueblo también hicimos una rápida visita esa misma madrugada, con situaciones surrealistas que luego han dado muchísimo juego en las anécdotas privadas. La que se podía contar, ya la apunté en una entrada anterior.

Nuestro alojamiento lo habíamos reservado en una casa rural en Ausejo. Dragó nos dijo amablemente "la próxima vez os quedáis en mi casa", pero la verdad es que la casa rural nos daba más libertad para no molestar y no tener a Naoko y Fernando como anfitriones pendientes de nosotros al día siguiente y, visto nuestro trasnoche por las aldeas sorianas, fue mejor así.

Ausejo de la Sierra es otro pequeño municipio de unos sesenta habitantes y en esta foto se pueden hacer una idea de su tamaño: miren dónde está la señal de comienzo de población y dónde se ve al fondo la señal de final de población.

Allí se pronunció una de mis frases favoritas -"No andéis trayendo barullos al pueblo"-, episodio que ya conté en Volver.

Al día siguiente, tras descansar y tomar un buen desayuno, nos esperaba la capital soriana.

(Fotografías del autor, de Carlos Cardesa y Carlos Vara).

En Kokoro, la Casa del Caballero del Escarabajo


Castilfrío de la Sierra es un pequeño municipio soriano, a 1.204 m. de altitud y de tan sólo doce kilómetros cuadrados de extensión. La existencia de esta localidad, situada en la sierra de San Miguel, a 24 km. de la capital de la provincia, aparece ya documentada en el siglo XIII con el topónimo Castil Frido.

Castilfrío está relativamente cerca del lugar donde se ubicó la mítica Numancia, el nombre que mejor simboliza la resistencia celtíbera frente a los romanos. Tras haber derrotado los numantinos al ejército imperial de 30.000 hombres, la posterior conquista de este núcleo hubiera implicado previsiblemente la captura de sus habitantes y su venta como esclavos. Cuando estaban irreversiblemente asediados, su coraje prefirió el suicidio colectivo: antes morir libres que vivir como esclavos.

Entre los puntos de interés en Castilfrío de la Sierra destaca la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI, aunque con elementos y ampliaciones de distintas épocas, hasta llegar al XVIII.

El pueblo cuenta también con la ermita de Nuestra Señora del Carrascal, del siglo XVI, además de restos de la ermita del Ecce Homo.
Conserva también su antiguo y curioso Lavadero y, en un monte, restos de un castro.

Pero lo que más llama la atención es que un municipio tan pequeño tenga tal cantidad de casas blasonadas, la mayoría del siglo XVIII. Parece que una orden real obligó a los ganaderos de la Mesta que hacían uso de la Cañada Real Soriana a residir en el municipio, de forma que los grandes propietarios de ganado vivían allí -o cuando menos lo simulaban-, por lo que edificaron en Castilfrío esas mansiones que han llegado hasta nuestros días.
La población no alcanza la treintena de habitantes censados –de los cuales ni siquiera todos viven permanentemente allí-, pero uno de ellos es muy conocido: el escritor Fernando Sánchez Dragó.

A Fernando le debíamos hace tiempo una visita, así que quedé con él y allí nos plantamos los tres Carlos para conocer su encantador refugio soriano. El plan era llegar al atardecer, cuando él dejase de escribir, conocer su casa, pasear y conversar un rato. Y, al anochecer, ir juntos a dar buena cuenta de una cena que nos tenía hace tiempo ofrecida uno de sus más cercanos colaboradores, el también escritor Antonio Ruiz Vega.

Después de aparcar cerca de la plaza –con su frontón, su fuente y fachadas blasonadas sin restaurar- damos algunas vueltas por las estrechas callejas, hasta encontrar la casa de Dragó, inconfundible, con su buda en la esquina y, coronando la veleta, un escarabajo, el animal sagrado que remataba los templos egipcios.

Yo nada más soy yo cuando estoy solo”, escribió el poeta Miguel Hernández y ese verso es uno de los textos que flanquean la puerta de acceso al caserón en el que Dragó ha encontrado en Soria la tranquilidad y la soledad necesaria para escribir. Entre la melange de azulejos, la confirmación de que "aquí vive Fernando Sánchez Dragó, escritor y viajero", la prohibición de fumar en el interior, el aviso de "visita no concertada, visita no deseada" (la nuestra, ya lo dije, es obviamente concertada), el símbolo del Círculo Hermético, el dios Dionisio (nombre que Dragó utiliza en algunos textos autobiográficos de su obra) y el nombre de la casa, Kokoro.

¿Por qué Kokoro? Significa corazón en japonés, pero “no alude a la víscera cordial, sino al sentimiento”, como aclara en su libro del mismo título. Fernando es gran admirador de las culturas orientales. Su mujer, Naoko, es japonesa. La conoció en Kioto –era su alumna-, mientras impartía un curso precisamente sobre El camino del corazón. Ésta es, en mi opinión, su mejor novela (al menos hasta la aparición de Muertes paralelas) y se abría con una cita del Popol Vuh, el libro de las tradiciones mayas (frase que también yo reproduzco en la columna derecha de este blog): “Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca”. En 2004, Dragó sufrió una operación a vida o muerte a causa de problemas relacionados con el corazón… Su casa tenía que llamarse Kokoro.

¿Y por qué Caballero del Escarabajo? Julio Ferrer, ex compañero de cárcel durante el franquismo, es entomólogo. Tras un reencuentro con su amigo Fernando, decidió dar el nombre de este escritor y viajero a una especie nueva de escarabajo descubierta en Namibia. El somaticus sanchezdragoi aparece en varios grabados en la casa, como el que atentamente examina Carlos C. en la foto. Otro amigo de Dragó, el pintor Félix Arellano, ha dedicado una serie de pinturas a este escarabajo, animal que anda sobre la tierra y bajo la tierra y que incluso puede volar… Dragó no pierde la ocasión de recordar jocosamente que es uno de los seres que tiene el miembro viril más grande en proporción a su tamaño.

Fernando nos recibe en la puerta de la casa a la hora convenida y nos conduce al interior. Más tarde llegará Naoko, siempre encantadora, acompañada de una amiga que pasa unos días con ella.
Ya sé que esto no es El Mueble ni nada parecido, y que habitualmente no dedico el blog a la decoración ni a mostrar viviendas de famosos. Pero no me resisto a compartir -con sana envidia- la visita al interior de Kokoro, esa casa grande pero acogedora, llena de calor y de magia, perdida en un rincón de la sierra soriana. Uno siempre sueña con llegar a tener un refugio parecido a éste.

La casa originaria se construyó en 1807 -si hacemos caso a la inscripción que aparece en el dintel del balcón-. Propiedad de la familia de su padrastro, Fernando les compró a sus hermanos sus respectivas participaciones. Luego la rehabilitó y todavía hoy continúa introduciendo poco a poco algunas reformas en sus inmensas dependencias.

En la entrada, un futbolín da pie a que Fernando y Carlos V. fanfarroneen sobre sus respectivas habilidades. No dio tiempo esta vez a que se enfrentaran, porque teníamos la cena, pero ya se retaron mutuamente para una próxima ocasión. La verdad es que Dragó tiene fama entre sus allegados de ser bueno con el futbolín, pero a Carlos V. le pega también tener habilidad en la materia, así que el duelo promete. Eso sí, yo lo presenciaré tomando una cerveza. En ese futbolín, por cierto, es donde, durante una visita de la infanta Elena, recibió Froilán un golpe en el ojo con una de las barras, mientras jugaba con sus primos. Fernando lo contó en cierta ocasión en un programa de televisión, diciendo que ya se imaginaba con temor los periódicos del día siguiente: "El tercero en la sucesión al trono español [lo era en esos momentos] se queda tuerto en casa de Dragó".
De alguna forma, todo hogar es un templo. Así que, en esta casa se mantiene la costumbre –como en casi todas las culturas, salvo la Occidental- de descalzarse al entrar.

Pasamos enseguida al amplio salón, con dos ambientes. Por allí está el piano, que Naoko sabe tocar, aunque confiesa que hace tiempo que no lo hace. La amiga japonesa que la visita sí practicaría esa misma tarde.

En una entreplanta se ha instalado un baño japonés, desde cuya ventana se puede ver el jardín. En invierno, debe de producir una extraña sensación la inmersión en agua calentita mientras contemplas el exterior nevado.
Abajo, en un sótano, hay otro saloncito con chimenea. Cerca se está montando ahora una barra de bar. Hay otros dormitorios para las visitas familiares y para invitados.

La biblioteca de Dragó es impresionante... aunque en realidad hay libros en todas y cada una de las dependencias.

En la casa se mezcla la decoración tradicional castellana con elementos japoneses y orientales en general. Y a lo largo de la visita vamos pasando por dormitorios, cocinas, la bodeguita o por el pequeño gimnasio de Dragó.

En la planta superior, al entrar al despacho de Fernando me sorprende ver que, por primera vez, está utilizando ¡un ordenador portátil! Siempre le había conocido escribiendo a máquina. Nos aclara que su última máquina de escribir ha fallecido, como ha contado en un artículo. Ya ni siquiera se encuentran máquinas de escribir y consumibles para las mismas, así que no ha tenido más remedio que claudicar. Dicen algunos escritores que el word –con esa posibilidad de insertar, de corregir y de volver una y otra vez sobre lo escrito…- cambia el estilo a los autores, y yo creo que algo de razón pueden tener. Dragó está ahora habituándose a utilizar el procesador de textos y también tiene esa duda de si le modificará de alguna forma su estilo.

Dentro del despacho está el famoso ataúd. Fernando dice que no tiene miedo a la muerte y que para practicar la meditación nada mejor que un ataud, así que compró en el pueblo el féretro que durante años se utilizaba para los velatorios de las personas sin recursos. Sobre él yace simbólicamente esa última máquina de escribir a la que antes aludíamos.

En las estanterías de la zona de trabajo están las carpetas donde se guardan los originales y pruebas de sus obras, entre ellas Gárgoris y Habidis, la monumental Historia Mágica de España por la que se le otorgó en 1979 el Premio Nacional de Literatura.

Pasamos al despacho donde trabaja habitualmente Naoko, tanto en el apoyo a Fernando como con las tareas de su empresa Herbolarium.

Allí encontramos y saludamos a Soseki, el gato más famoso de España (es el único que sale en los telediarios…).

También hay zonas de lectura y de consulta de libros, junto a estanterías donde se almacena documentación, grabaciones de programas...

El dormitorio principal de la casa, al que se accede tras unas cortinillas, está presidido por cuadros con escenas de sexo tántrico.

En el baño se almacenan los productos de esa especie de elixir de juventud que utiliza Fernando para mantener el corpore sano. Entre ellos destaca el yoki reishi, la seta a la que se que atribuyen milagrosas propiedades.


Fernando siempre ha tenido en mente el proyecto de crear una especie de nueva Eleusis en Soria, un centro cultural, espiritual y de estudios. A ello dedicaría, entre otras edificaciones, una de las casas cercanas que también es de su propiedad. En las imágenes, un salón de la misma, la cocina -que aprovecha las antiguas cuadras- y el salón japonés.
Damos un agradable paseo por el pueblo y sus alrededores. Pasamos frente a la iglesia de Castilfrío, donde Marta Ruescas grabó la curiosa psicofonía (“Nelly no ha venido hoy”) de la que se da cuenta en un capítulo de Muertes paralelas. Caminamos junto al cementerio y por algunos terrenos donde Fernando imagina su escuela iniciática. Vemos abrevaderos de la Mesta, el viejo lavadero, casas restauradas y casas semiderruidas que bien merecerían también ser recuperadas…


Durante el paseo, entre viejos caserones y calles estrechas, Fernando nos va contando varios proyectos personales y profesionales, se detiene a saludar a algunos vecinos y tenemos tiempo de echar unas cuantas risas.

En el trayecto, nos encontramos aparcada su vieja y curiosa camioneta, que calculo que debe de haber viajado por medio mundo. El otro medio yo creo que lo recorrió con el Land Rover.

Caminando y charlando, se nos hizo tarde. Ruiz Vega nos estaba ya esperando con la mesa puesta…
(Fotografías del autor, de Carlos Vara, Carlos Cardesa y Naoko Kuzuno).