Gran acogida a la visita guiada a la iglesia de San Miguel en El Hoyo de Pinares


La visita guiada del sábado 10 de diciembre al templo parroquial de San Miguel Arcángel en El Hoyo de Pinares (Ávila), registró un destacable éxito tanto de aceptación -todas las plazas disponibles completas- como de satisfacción, puesto que la visita fue muy participativa y recibimos comentarios muy favorables.

Tanto Marco A. Santamaría como yo tuvimos la grata experiencia de dirigir, en dos turnos consecutivos, el recorrido por la iglesia y por su contenido de imaginería y pintura, que completamos con una proyección audiovisual sobre la historia de la edificación, de las obras de arte que contiene y otros elementos materiales -tales como el órgano del siglo XIX, las campanas o el reloj de la torre-, tradiciones locales relacionadas con el mismo y algunos documentos históricos singulares, sin que faltaran anécdotas, curiosidades y secretos escondidos entre las piedras de este templo renacentista de tres naves. 

Creemos que se ha cumplido el objetivo que nos propusimos de divulgar aspectos poco conocidos de la iglesia hoyanca y poner en valor su rico patrimonio cultural. 

Debido a la buena acogida dispensada y a la demanda que no pudo ser atendida, Tanto el párroco, José Luis Santiago, como el alcalde de la localidad, David Beltrán, enseguida han mostrado su disposición a organizar nuevas convocatorias similares el próximo año, en el que precisamente la localidad conmemorará los 750 años de la carta de otorgamiento del término municipal por el rey Alfonso X El Sabio.

Muchas gracias a la Parroquia y al Ayuntamiento por su disposición y muchas gracias a todos los vecinos y visitantes que nos acompañaron en este fascinante viaje de descifrar el lenguaje de las piedras, del arte  y de los viejos escritos, de ver un lugar de siempre con una mirada distinta. 


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La noticia en otros medios: 

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(Fotografías: Teresa Galán, Raquel Blanco y collage realizado por el autor con fotografías de Raquel Blanco y de Luis J. González Hernández)

Visita guiada a la iglesia de El Hoyo de Pinares

El sábado 10 tengo el placer de participar como "guía" voluntario en una actividad convocada por la Parroquia de San Miguel Arcángel de El Hoyo de Pinares, con la colaboración del Ayuntamiento de la villa. Se trata de un recorrido explicado por el templo parroquial, del siglo XVI.

Intentaremos dar respuesta, entre otras, a cuestiones como cuándo se comenzó a construir el edificio y por quién, qué sabemos del viejo órgano en desuso, quién fabricó el reloj que lleva más de 130 años marcando las horas del pueblo, cómo afectaron al templo los dos incendios que sufrió en el siglo XIX y a principios del XX, desde cuándo existe devoción por la Virgen de Navaserrada, qué tiene que ver el cuadro de Cristo servido por los ángeles en el desierto con otro existente en la sacristía de la iglesia del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, el papel de San Sebastián o San Isidro en desaparecidas tradiciones locales y contaremos algunos secretos escondidos entre las piedras...     

Si les apetece un viaje único por la historia, la cultura y el arte, con mucha información desconocida, habrá dos turnos, a las 10 y a las 12 horas y es necesaria previa inscripción. 

Los dos cicerones de esta visita, Marco Antonio Santamaría y yo, la guiaremos desinteresadamente como agradecimiento a quienes hayan colaborado con un donativo de cinco euros para la restauración de las puertas del templo que se está acometiendo en la actualidad.   

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La noticia en otros medios: 

- Abulens.es, diciembre 2022: Organizan una jornada de visitas guiadas a la iglesia de San Miguel.


 

Javier Rupérez vuelve al lugar de su secuestro por ETA, 43 años después


En la transición, yo era un niño curioso que abría bien los ojos, porque su padre le había anunciado que iba ser testigo de cambios históricos. 

Un día, en horario infantil, la televisión única interrumpió su emisión con un "Avance Informativo" para mostrarnos un cadáver en el maletero de un vehículo. El grupo terrorista Brigadas Rojas había asesinado al político democristiano italiano Aldo Moro. 

Cuando, al año siguiente, se supo que ETA (p-m) había secuestrado en España al diputado de UCD Javier Rupérez, era inevitable que aquel recuerdo nos llenara de preocupación durante el mes largo que duró el cautiverio, y que la sociedad española respirase aliviada el 12 de diciembre de 1979, cuando los terroristas lo pusieron en libertad en la provincia de Burgos, en el kilómetro 233 de la carretera Madrid-Irún. 

En marzo de 1980, yo estaba en casa leyendo, cuando mi padre vino a buscarme: “Carlos, mira qué noticia te traigo: ¡Rupérez estuvo secuestrado aquí, en el pueblo!”

La noticia de la desarticulación de una parte del comando terrorista y el hallazgo de la casa franca, un chalet en la colonia veraniega, donde se ocultaba un arsenal de explosivos y armas, tuvo gran impacto en la población de El Hoyo de Pinares (Ávila), que registró aquellos días amplia presencia de la policía y de medios informativos. 

Semanas más tarde, por varias fuentes, corrió el rumor de que el sábado 29 de marzo de 1980 Rupérez iba a acudir con la policía a un reconocimiento de la casa donde estuvo secuestrado. Allí nos plantamos unos cuantos chavales del pueblo a esperar si venía... El diputado finalmente no acudió y el redactor gráfico de El Diario de Ávila, Javier Lumbreras, nos fotografió asomados a la verja del chalet. 

Pasaron los años y, cuando se iba a cumplir el 35º aniversario del secuestro, escribí un artículo sobre el mismo. En el Programa de las Fiestas patronales de mi pueblo que edita anualmente el Ayuntamiento suelo publicar algún trabajo sobre episodios de historia local y en 2014 recordé aquel suceso que conmocionó al pueblo. 

En 2022, Javier Rupérez estaba conversando con una persona que veranea en un municipio cercano y le comentó su deseo de regresar en algún momento a visitar el lugar de su secuestro. Buscando información, descubrieron mi artículo y decidieron contactar conmigo. 

Así fue como, 43 años después, aquel niño que se asomaba con curiosidad a la casa el día que no vino Rupérez, pudo enseñar al ex diputado el lugar donde estuvo privado de libertad. 


Previamente, Rupérez visitó el Museo Adolfo Suárez y la Transición en la vecina localidad de Cebreros, el pueblo natal del presidente. Luego entró en la vivienda acompañado por las actuales propietarias. Y, finalmente, en el salón de actos del Ayuntamiento, los vecinos que abarrotaban el mismo tributaron una calurosa muestra de cariño y de reconocimiento a esta víctima de ETA, que narró su experiencia en diálogo conmigo, tras la presentación del alcalde de la localidad, David Beltrán. 


Fue una jornada inolvidable. El regreso de Rupérez, esta vez libre y voluntariamente, y el emotivo homenaje popular de mi pueblo, me parecieron una hermoso símbolo: el triunfo de la libertad y de las buenas personas sobre el terror. 


Aquí dejo algunas de las crónicas informativas, entre ellas un magnífico relato de Cruz Morcillo en el diario ABC, además del video del acto y de algunas entrevistas:





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(Fotografías: Carlos López).

Coloquio con Javier Rupérez sobre su secuestro por ETA en en El Hoyo de Pinares (1979)


El próximo viernes 14 de octubre tendré el honor de intervenir en un acto público con motivo del regreso del ex diputado Javier Rupérez a El Hoyo de Pinares, para conocer el lugar donde estuvo secuestrado por la banda terrorista ETA en 1979.

A las 19 horas celebraremos un coloquio en el salón de actos del Ayuntamiento, que será presentado por el alcalde, David Beltrán, y donde tendré ocasión de dialogar con el invitado sobre aquel suceso. 

El acto inaugura un ciclo sobre episodios históricos de la localidad con ocasión del 750º aniversario del otorgamiento de su término municipal por el rey Alfonso X de Castilla, que se conmemorará el próximo año.

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La noticia en los medios: 

- ABC Castilla y León, 12/10/2022: Javier Rupérez volverá el viernes a El Hoyo de Pinares (Ávila), donde estuvo secuestrado en 1979


El Hoyo, territorio de caza para el rey Alfonso XI de Castilla

Publicado en el Programa de Fiestas de San Miguel, El Hoyo de Pinares, septiembre 2022


El rey Alfonso XI de Castilla y León había nacido en Salamanca en 1311 y murió en la Semana Santa de 1350, por la epidemia de peste bubónica que asoló Europa a mediados del siglo XIV. Falleció mientras sus tropas sitiaban Gibraltar, que seguía en poder de los musulmanes benimerines, tras haber tomado el monarca castellano el reino de Algeciras en 1344. Era hijo del rey Fernando IV y de su esposa, Constanza de Portugal. Al morir su padre, contaba con un año de edad, por lo que se establecieron regencias, con intensos conflictos, hasta que, con sólo 14 años, asumió plenos poderes reales para intentar calmar la situación. 

Entre su actividad legislativa y sus campañas militares, Alfonso XI tuvo tiempo para practicar una de sus mayores aficiones: la caza. El rey promovió la realización de una colosal obra, el Libro de la Montería, en la que quiso reunir todos los conocimientos y usos relativos a la caza mayor, con la participación de sus dos monteros mayores, Martín Gil y Diego Bravo, y de otros quince más que figuran citados en el libro. 

El códice original del siglo XIV, manuscrito, seguramente para uso del propio rey y con anotaciones que se iban incorporando, se halla en la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, junto con otro ejemplar datado como del siglo XV. En la Biblioteca del Palacio Real se conserva el códice más hermoso de esta obra, procedente de la Cartuja de Sevilla y que perteneció al Marqués de Tarifa, ilustrado con 17 miniaturas de la escuela castellana. 

La primera edición impresa, que permite la divulgación pública de la obra, se publica en 1582 en Sevilla, comentada por el caballero de la ciudad Gonzalo de Argote y Molina y con nuevas ilustraciones, las más difundidas. En 1877, José Gutiérrez de la Vega la publicó de nuevo en Madrid, con mayor fidelidad a los textos originales y con un interesante estudio preliminar. En 1934, el Duque de Almazán publica una nueva edición de lujo, precedida de otro interesante estudio. 

Este tratado de la montería de Alfonso XI consta de tres libros. En el primero, se explican técnicas de caza: el equipamiento que debe tener el montero tanto a caballo como a pie, cómo distinguir y seguir los rastros de las distintas especies (venados, osos, jabalíes…), como levantar las piezas, cómo buscar y probar los montes, teniendo incluso en cuenta las condiciones climatológicas y otras diversas circunstancias. El libro segundo está dedicado a los perros de caza, con las heridas que les pueden causar “los animales fieros” y las enfermedades que pueden afectarles y cómo tratar ambas. El libro tercero detalla qué montes de los reinos de Castilla y León eran buenos para la caza, indicando si en verano o en invierno, en qué ubicaciones concretas y las especies que podían hallarse.

En cada paraje incluso se detalla dónde es mejor situar la vocería, es decir, el lugar desde dónde los ojeadores podían hacer batidas y levantar la caza, y dónde situar la armada, esto es, la línea de cazadores que esperaba para abatir las piezas. Hay que recordar que en el siglo XIV la caza era con lanzas o, muy frecuentemente, con ballestas, lanzando varias flechas para abatir al animal, generalmente con mucha mayor proximidad y riesgo que en la caza con armas de fuego. 

El capítulo IX del Libro III de esta obra trata sobre “los montes de tierra de Ávila y Cadalso, y San Martín de Valdeiglesias y de Valdecorneja” (todas las transcripciones las hacemos con sintaxis originaria pero ortografía actualizada para mejor comprensión). En dicho capítulo, el rey y sus colaboradores citan varios lugares de caza que, tras el otorgamiento realizado en 1273 por su bisabuelo Alfonso X, ya eran término municipal de El Hoyo (que aún no contaba en su denominación con el apellido de la comarca de Pinares). 

Entre ellos se menciona Peña Halcón, que consideraban buen lugar para la caza de osos en invierno. La especie hoy está desaparecida en la zona, pero sin duda se referían a la variante ibérica del oso pardo (usus arctos): "Peña Halcón es buen monte de oso en invierno, y son las vocerías la una desde el camino del Helipar a Navaserrada, y la otra como va el camino de Navaserrada a Quemada. Y es el armada al Horno del [río] Sotillo”. 

Según la obra de Alfonso XI, también la zona de Valdegarcía era en el siglo XIV buen paraje para cazar osos y jabalíes en cualquier época del año: “Valdegarcía es buen monte de oso y de puerco, en invierno y en verano. Y son las vocerías la una por cima del lomo de Robledo Halcones tocante a Valdegarcía, y la otra en el lomo del Pinar que está entre Valdegarcía y Navaserrada. Y son las armadas, la una en el camino que va por medio del valle al Sotillo y la otra en el camino que va del valle al Quintanar”. 

Consta en el tratado otra zona adecuada para la caza del jabalí: “La Dehesa del Helipar y el Robledillo es todo un monte y es bueno de puerco en invierno. Y son las vocerías la una por cima de la cuerda de las Radas hasta la Cabeza de la Pinosa y la otra desde el cerro de Buhana, por el camino que va desde Las Navas al Helipar, y es el armada en el collado de la Dehesa del Helipar y otra armada en el colladillo que está entre el Helipar y Valdemaqueda”. 

También la Buitrera es paraje aconsejado para la caza del oso: “La Buitrera es muy real monte de oso en invierno. Y son las vocerías, la una por cima de la cumbre de la Buitrera y la otra por allende del Cofio, y la otra al collado de Sierrallana. Y son las armadas, la una al collado de Valdemaqueda y otras dos en el camino que va de Valdemaqueda a El Hoyo”. 

Los redactores del Libro de la Montería no hablaban de oídas, porque en el libro narran episodios concretos vividos por los cazadores de la corte, como la accidentada persecución de un jabalí en la zona de El Tiemblo, lo que denota que los monteros del rey y, seguramente en la mayor parte de los casos el mismo monarca, eran buenos conocedores de los distintos lugares de caza que van citando en su tratado. 

La historia de nuestro pueblo como escenario para actividades cinegéticas de la corte real no debió de finalizar en el siglo XIV, pues recordemos que, cuatrocientos años más tarde, el romance de La Niña del Montero precisamente se refiere a la hija de un montero de caza de Carlos III y se dice expresamente que vivía en El Hoyo de Pinares. Aunque el relato de la desaparición de la niña sea legendario, la referencia a que un montero del rey resida en nuestro pueblo cuando menos no debía de sonar extraña a los oídos de la época. 

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Fuentes consultadas: 
Libro de la Montería, con estudio preliminar de Gonzalo Argote de Molina. Sevilla, 1582. 
Libro de la Montería, con estudio preliminar de José Gutiérrez de la Vega. Madrid, 1877. 
Estudio Preliminar al Libro de la Montería del Rey Alfonso XI de Castilla, por Matilde López Serrano. Editorial Patrimonio Nacional, 1969. 
Alfonso XI. Biografía en la web de la Real Academia de la Historia.

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Ilustración | El rey y sus monteros, fragmento de una edición del Libro de la Montería de 1582.

Hoyancos en el Valle de los Caídos

Publicado en el Programa de Fiestas de San Miguel, El Hoyo de Pinares, septiembre 2021

EL PRIMER MUERTO EN LAS OBRAS DE CUELGAMUROS FUE EL BARRENERO ALBERTO PÉREZ ALONSO, NATURAL DE EL HOYO DE PINARES


Aunque la pandemia lo haya dejado muy atrás en la memoria, sin duda recordarán que en 2019 asistimos a una intensa polémica por la exhumación de los restos de Francisco Franco. En aquel contexto, mi hermana me envió un fragmento de un documental emitido por Telemadrid el 15 de febrero. En la escena aparecía un octogenario, Fernando Taguas, del que más tarde sabría que llegó con sólo siete años de edad al Valle de los Caídos, donde trabajaba su padre, y que él mismo estuvo luego empleado allí como cantero largo tiempo. Al referirse a los accidentes mortales acaecidos en las obras, afirmaba, para mi sorpresa: “El primero que me consta a mí que murió en el Valle era de El Hoyo de Pinares”.

El documental no contenía más referencias al suceso y ni Tere ni yo habíamos oído hablar jamás a nadie del pueblo de ese hecho, ni siquiera teníamos noticia de la presencia de hoyancos en la construcción del conjunto monumental. Tan solo ese dato.

El nombre de ese primer accidentado y de su viuda los encontraría, algunos meses después, en el libro Los presos del Valle de los Caídos, del que es autor el historiador Alberto Bárcena Pérez. Ahí comenzaron mis indagaciones para dar con descendientes de aquel matrimonio y poder conocer sus recuerdos. Así fue como contacté con una parte de sus nietos, la familia Pérez Camacho, y pude por fin conversar con uno de ellos, Alberto.


El primer fallecido en las obras del Valle, Alberto Pérez Alonso, había nacido en El Hoyo de Pinares y era hijo único. Contrajo matrimonio con Jerónima Díaz Organista, también natural de nuestra villa, quien era hija de Tomás Díaz, conocido en la localidad como Chelva, apodo que aún perdura.

Alberto se marchó a trabajar a las obras del Valle de los Caídos como barrenero, en la excavación de la basílica y la cripta, empleado por una de las empresas adjudicatarias de las obras.

La decisión de construir este monumento fue del propio Franco, quien eligió su ubicación junto con el General Moscardó. El decreto de 1 de abril de 1940 dispuso que “con objeto de perpetuar la memoria de los que cayeron en nuestra gloriosa Cruzada, se elige como lugar de su reposo, donde se alcen Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes, la finca situada en las vertientes de la Sierra del Guadarrama, término de El Escorial, conocida hasta hoy con el nombre de Cuelga-muros, declarándose de urgente ejecución las obras necesarias al efecto…”. La terminología utilizada parecía apuntar a que el futuro monumento sería un tributo sólo a los muertos del bando vencedor. Pero las obras se prolongaron en el tiempo y, diecisiete años más tarde, finalizada la guerra mundial con la derrota del Eje y producido el acercamiento entre el régimen de Franco y los Estados Unidos, se había suavizado notablemente aquel discurso del período inmediatamente posterior al fin de la guerra. El decreto de 23 de agosto de 1957 habla ya de que “los lustros de paz que han seguido a la Victoria han visto el desarrollo de una política guiada por el más elevado sentido de unidad y hermandad entre los españoles. Éste ha de ser, en consecuencia, el Monumento a todos los Caídos, sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la Cruz”, por lo que finalmente el complejo albergaría muertos de ambos bandos, aunque ciertamente bajo la simbología política y religiosa del régimen surgido de la contienda.

Las obras fueron dirigidas inicialmente por el arquitecto Pedro Muguruza, sustituido a su fallecimiento por Diego Méndez. Se prolongaron desde 1940 hasta 1958 y consistieron en la construcción de una gran basílica excavada en el Risco de la Nava, una cruz monumental de 150 metros de altura y una abadía en la parte posterior, que fue destinada a la comunidad benedictina.

Erigido el complejo monumental, se dio orden de traslado al mismo de los restos de caídos de los dos bandos de la guerra civil, que fueron llegando en los años posteriores hasta alcanzar una cifra superior a los treinta mil. Es comprensible que las familias no quisieran alejar a sus deudos de sus lugares de origen, por lo que se han puesto de manifiesto traslados masivos sin consentimientos expresos. Cuando, en 1975, se decidió enterrar en la basílica al recién fallecido dictador -que no era víctima de la guerra civil- se cerró el círculo de una complicada situación para el futuro. Pero no es el objetivo de este artículo opinar sobre el controvertido monumento ni sobre el destino que haya de darse al mismo, pues ni me corresponde a mí hacerlo ni el programa de las fiestas de San Miguel -motivo de unión entre los hoyancos y muchos visitantes cada año- es el ámbito más adecuado para albergar tal polémica. Se trata solamente de rescatar un desconocido episodio de nuestra historia local, aunque necesariamente haya de ser ubicado en su contexto.

En las obras prestaron servicio trabajadores contratados por las empresas a las que se encomendaron las distintas fases. Pero, para avanzar con mayor rapidez, tres años después empezaron a llegar también presos que, a lo largo de todo el proceso, pudieron alcanzar una cifra en torno a 2.500, según los estudios más fundamentados. Se les abonaba el mismo salario que a los obreros libres -con descuento de su manutención- y reducían penas, entre dos y seis días de condena por cada jornada de trabajo, en función del comportamiento, por lo que no fueron pocos los reclusos que solicitaron ir a las obras, a pesar de la dureza de las condiciones de trabajo, para así acortar sus años en prisión. Una vez cumplida su pena, no resultó infrecuente que pidieran quedarse trabajando allí, ya como empleados libres.

Como el lugar de trabajo estaba ubicado en la Sierra de Guadarrama, aislado de núcleos poblacionales y sin transporte público, las empresas desplazaban a sus trabajadores en vehículos desde determinados puntos de origen. Pronto se habilitaron barracones de madera con tejados de zinc para que algunas familias pudieran quedarse a vivir en las inmediaciones. Otras improvisaron -como ya estaba pasando en los suburbios de las ciudades- chabolas incontroladas, que más adelante serían derruidas. Finalmente se construyeron cuatro poblados obreros, con casas de piedra, un conjunto dotado incluso de un pequeño “hospital”, escuela, iglesia y economato. Uno de esos poblados se conservó tras la terminación de las obras, con viviendas ocupadas principalmente por trabajadores de Patrimonio Nacional, y ha llegado hasta nuestros días.


El primer accidente mortal al que nos hemos referido, del que fue víctima nuestro paisano, tuvo lugar el 5 de enero de 1948, ocho años después de que se iniciase la ejecución de las obras de construcción. El total de muertos ascendió a 14 durante los 19 años que duraron las obras, según afirmaba el propio hijo mayor de ese primer fallecido, Federico Pérez, cifra que coincide exactamente con el muy cualificado testimonio del médico del poblado -que recoge Bárcena en su obra-, el Doctor Ángel Lausín. Lausín había pertenecido al cuerpo de Sanidad del ejército republicano y llegó a Cuelgamuros como preso en 1943, pero se quedó luego como trabajador libre, ejerciendo allí como médico hasta 1962. Pablo Linares, nieto de uno de los trabajadores del Valle y autor de una obra sobre el tema, afirma que fueron 15 los trabajadores muertos, entre libres y penados. Por su parte, el practicante, Luis Orejas -quien también estuvo integrado en el bando republicano y redimía condena en el Valle- eleva la cifra a un total de 18 víctimas mortales.

En un testimonio recogido por Santiago Cantera, actual abad de la comunidad benedictina del Valle, Fernando Taguas -el mismo que intervenía en el documental de Telemadrid- recordaba algunos detalles del accidente de Alberto: “Fue un 5 de enero, justo donde está ahora el coro de la Basílica. Al capataz se le olvidó el carburo y le mandó a él que lo recogiera y, cuando estaba recogiéndolo, se le cayó encima un trozo grande de roca. Mi hermano Paco con otros, tuvieron que trocear el bloque que cayó, para poder sacarlo”.

Fede, el hijo de Alberto, al evocar su infancia, aseguraba que el día de Reyes nunca más volvió a ser una fecha alegre en su casa ni para su familia.

Alberto dejó viuda y cinco hijos, más otro en camino, pues Jerónima estaba embarazada. El mayor, Federico, tenía 13 años en el momento en que quedó huérfano. Sus hermanos eran José (familiarmente conocido como Pepe), Margarita (Marga), Luis y Pedro. Después nacería el hijo póstumo, al que pusieron el nombre de su padre, Alberto.

La familia habitaba una vivienda de los poblados obreros de Cuelgamuros. Jerónima, la viuda de Alberto, trabajó como cocinera en el Comedor del Economato que se habilitó.

Los hijos iban a la escuela del poblado. Fede recordaba que su maestro había sido Gonzalo de Córdoba. Una vez más es el historiador Alberto Bárcena quién nos proporciona información sobre quién era ese docente: tras una intensa actividad política previa, Córdoba había pertenecido al ejército republicano durante la guerra. Terminada la misma, fue procesado: algunos testimonios se hacían eco de su activismo político pero afirmaban que no había participado directamente en ningún crimen de sangre, mientras que otros sí lo acusaban de haber dirigido una checa. En marzo de 1942 fue condenado a muerte, pero en junio el Jefe del Estado conmutó su pena por la de treinta años de reclusión. Pasó por las prisiones de Porlier y Carabanchel, hasta que pudo ir a Cuelgamuros, donde vivió con su mujer y cinco hijos y redimió condena con su trabajo de maestro. Impartió en los poblados la enseñanza primaria obligatoria a los niños entre seis y catorce años e incluso prestó apoyo docente a quienes se matriculaban por libre en el Bachillerato en Madrid, de cuyos buenos resultados se mostraba orgulloso. Cuando alcanzó la libertad, decidió continuar en el mismo lugar ejerciendo como maestro.

Otros miembros de la familia política del fallecido, varios hermanos de Jerónima, fueron también a trabajar y vivir en Cuelgamuros. Por ejemplo, Jesús Díaz Organista fue empleado allí por la empresa San Román, adjudicataria de la cripta y de otras obras del complejo. Y consta que la menor, Andrea Díaz Organista, contrajo matrimonio en la propia iglesia existente en los poblados con Pablo Villena Dueñas, un obrero de la empresa Huarte que entonces tenía 23 años de edad y que contaba con una hija de cinco años. Bárcena reproduce en su tesis doctoral un fragmento de la instancia en la que solicitan una vivienda del poblado al regidor, Faustino de la Banda, documento cuyo original se conserva en los archivos de Patrimonio Nacional: “(…) Que teniendo necesidad de una vivienda por contraer matrimonio con su prometida, Andrea Díaz Organista (…) en la actualidad en Cuelgamuros, el día 20 de Enero de 1952…”. El uso de la vivienda le fue concedido y allí pasaron a residir los recién casados con la niña.

Por su parte, Federico, el primogénito de la primera víctima mortal de las obras, comenzó también a trabajar muy pronto como cantero en las mismas. Ya mayor, recordaba su participación en los grupos escultóricos, donde había tenido ocasión de tratar con Juan de Ávalos, el artista de ideología socialista a cuya autoría se deben la Piedad que preside la entrada de la basílica y las figuras de los cuatro Evangelistas que están en la base de la imponente cruz.

Federico contaba cómo en su juventud a veces se iban desde el poblado de Cuelgamuros a las fiestas de los pueblos cercanos, aprovechando los camiones que transportaban a los obreros de la empresa Huarte.

En el Valle de los Caídos desarrolló su actividad laboral hasta la práctica finalización de las obras, dedicándose el resto de su vida laboral a la profesión de solador, según me cuenta su hijo Alberto.

Jerónima pasó entonces a vivir en la madrileña barriada de Fuencarral. Algunos trabajadores de las obras del Valle -tanto libres como penados-, accedieron a viviendas de protección oficial, la mayoría en régimen de lo que hoy llamaríamos “alquiler social” aunque luego se facilitaron opciones de compra. El historiador Alberto Bárcena, en su tesis doctoral y en su posterior libro, reproduce precisamente la carta conservada en los archivos de Patrimonio Nacional en los que Jere -como se la conocía familiarmente- se dirigía al arquitecto director de las obras, Diego Méndez, pidiendo que le facilitasen una vivienda cuando terminaran las obras, “ya que de no encontrarla me vería en la calle con mis hijos”. En su misiva explica que es “la viuda de Alberto Pérez Alonso, que trabajaba como barrenero en la cripta y en ella murió a consecuencia de accidente de trabajo” y recuerda que “quedé con seis hijos todos pequeños, ya que el mayor tiene ahora 17 años, y actualmente trabajo de cocinera en el comedor del Economato Obrero del Valle…”. Según su nieto Alberto, posiblemente alguna otra persona le ayudó redactándolas entonces, porque recuerda cómo, siendo ya mayor, contaba con orgullo que estaba aprendiendo entonces a escribir.

Jere murió hace algo más de veinte años. La trasladaron desde Madrid al cementerio de El Escorial, para que sus restos reposaran junto a los de su esposo, que recibió sepultura allí tras el trágico accidente que le costó la vida en el Valle. En el mismo nicho también está enterrado el menor de los hijos del matrimonio, Alberto.

Una buena parte de los descendientes de Alberto Pérez y Jerónima Díaz nunca perdió su contacto con El Hoyo de Pinares. Uno de los hijos, Pepe, tiene aún hoy aquí su segunda residencia, en la zona de La Perdiguera. Por su parte, Fede y su esposa Florencia también han tenido viviendas aquí, primero en alquiler, luego ya en propiedad en la calle La Piedra.

Federico Pérez Díaz era muy conocido y apreciado en el pueblo, donde mantuvo estrechas amistades. Hace tres años falleció en el hospital de Ávila y recibió sepultura precisamente en el Cementerio Municipal de El Hoyo de Pinares.

Yo le conocí personalmente pero, hasta que conversé con su hijo Alberto hace muy poco, nada supe de todas estas vivencias: las de aquel adolescente que quedó huérfano trágicamente en las obras del Valle de los Caídos y que se empleó como cantero, mientras su madre trabajaba como cocinera para sacar adelante en solitario a seis hijos. Nunca pude siquiera sospechar que aquel hombre agradable, con el que me encontraba alguna vez tomando un vino por el pueblo, a menudo acompañado por su amigo y vecino Juan Tabasco (Veguilla), había participado activamente en levantar el impresionante grupo escultórico de los Evangelistas de Ávalos, bajo la cruz que corona el risco de la Nava. Era, como tantos otros hoyancos de su generación, historia viva, de la que ya se nos va escapando.

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Fuentes consultadas:  
- Testimonio de Alberto Pérez Camacho (nieto de Alberto Pérez Alonso y Jerónima Díaz Organista). 
- Alberto Bárcena Pérez. Tesis doctoral La redención de penas en el Valle de los Caídos. Repositorio institucional de la Fundación San Pablo CEU. Curso académico 2011-12. 
- Alberto Bárcena Pérez, Los presos del Valle de los Caídos (Ed. San Román, 2015). 
- José María Calleja, El Valle de los Caídos (Ed. Espasa Calpe, 2009). 
- Isaías Lafuente, Esclavos por la Patria (Ed. Temas de Hoy, 2002). 
- Daniel Sueiro, La verdadera historia del Valle de los Caídos. La cripta franquista (Ed. Tebar Flores, 2019, reedición de obra de 1976). 
- Documental Franco, último capítulo, dirigido por Maribel Sánchez Maroto (Producido por Telemadrid y Newtral).

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Ilustraciones | Obreros en las obras del Valle; excavación de la cripta; y fotografía de Alberto Pérez Alonso, cedida por su familia; .