Adiós a Fernando Fernán Gómez

Uno de los grandes de la escena. Más allá de lo anecdótico –el mal carácter que alguna vez demostró- debería quedar lo importante: voz personalísima, calidad intelectual, sensibilidad literaria y artística, una trayectoria inmensa y un trabajo incomparable. Era buen escritor, excelente guionista y director de cine y, sobre todo, magnífico actor en todos los géneros. Si hubiera nacido, por ejemplo, en Norteamérica, apuesto a que tendría varios óscar en la estantería de su casa y a que estaría universalmente reconocido. Las cualidades y la capacidad de Fernán Gómez no tienen nada que envidiar a las de ninguno de los nombres más venerados del cine mundial.

Otoño


Al otoño en Madrid no le dejan ser. Pero, en cuanto puede, busca ventanas para asomarse.

El asfalto quiere ser un dique para la naturaleza, pero, a su pesar, cuando camino hacia el metro hay cada día hojas secas sobre la acera, trozos de otoño bajo las plantas de mis pies.

El otoño intenta aparecer también en los árboles del centro de la ciudad, teñir de ocre los bulevares. Enseguida lo eclipsarán con ese absurdo encendido de miles de luces navideñas en noviembre.

Hoy la ventana que ha encontrado el otoño para asomarse ha sido la mía.

La he abierto y se ha colado el otoño en mi casa esta mañana, me ha visitado el cielo gris, ha entrado el sonido y el olor de la lluvia.


Este otoño de Madrid me evocaba hoy las sensaciones del pueblo, cuando mis otoños han sido de verdad otoños. Cuando el otoño tenía color de miel y sabor a miel. Cuando significaba pasear entre los robles por La Dehesa, alfombrada de hojas amarillas… Cuando era contemplar el monte de El Parral salpicado de pinceladas rojizas. Cuando era asar castañas. Cuando era recoger nízcalos en el campo. Cuando era tomar café y echar un trivial en el Montecarlo. Cuando era redescubrir el placer de la tertulia con amigos junto al fuego. Y cuando apareció en mi vida aquella muchacha y, sumergido en sus ojos verdes, descubrí que también podía haber algo de primavera en pleno otoño.

(Fotografías del autor:
- Otoño desde mi ventana. Madrid, noviembre 2007.

- Reflejos de otoño. Puente de la Pililla, El Hoyo de Pinares-Ávila, otoño 2005. Primer premio -por votación del público- en el I Concurso-Exposición de Fotografías El Desván, Semana Santa 2006).

Una visita al SIMO

Lo de visitar el SIMO (la conocida feria que comenzó siendo el Salón Internacional del Material de Oficina y hoy está centrada en nuevas tecnologías) ya es como una tradición anual. Tanto si voy solo como si acudo con amigos o compañeros, lo habitual es pasar por el stand de la Fundación Confemetal –con la que colaboro en labores formativas-, comer con quien esté por allí y luego ya dar una vuelta por todos los pabellones a ver qué nos deparan.


Tras un tiempo de claro crecimiento, en el que todas las empresas esperaban a la feria para presentar sus novedades, mi impresión –compartida por más gente con la que he hablado o de la que he leído comentarios- es que ha dado un importante bajón.

Me parece que este año había menos pabellones ocupados, faltaban firmas importantes del mundo de la informática, de la electrónica y de las nuevas tecnologías que otros años sí estaban presentes –a veces con stands imponentes-, y el despliegue –novedades, reclamos llamativos, regalos…- era notablemente inferior al de anteriores ediciones.

Y otra experiencia de mi visita de este año: el nivel de conocimiento de las personas que atendían ciertos stands dejaba mucho que desear. En algunos casos, chavalillos contratados para cubrir la feria -¿a través de ETTs o agencias?- y que si les sacabas de cuatro mensajes básicos no sabían atenderte. Verbigracia:

  • En el stand de Telefónica fueron incapaces de informarme sobre soluciones para conectarme al ordenador del despacho desde mi casa (me consta que existen y que ellos las comercializan): “pero ¿cómo quieres conectarte?”, “no sé, dímelo tú”, “bueno es que quizá va a ser mejor que vayas a una Tienda Telefónica normal”, me recomendaba una guapa y amable chica.
  • En el stand de Apple fueron incapaces de informarme sobre un encargo que me habían encomendado: las novedades del sistema operativo Leopard (“viene instalado con los equipos”, es cuanto acertaron a decirme en este caso los talluditos dependientes, así que mi mandante, que quería saber si le merecía la pena actualizar su ordenador al nuevo sistema operativo, tendrá que buscarse la información por otro lado) y sobre los nuevos ordenadores iMac (“aquí tienes un folleto con el precio, las características vendrán en internet”).
  • En el stand de HP fueron incapaces de explicarme qué escáner me convenía en mi caso concreto para empezar a digitalizar la documentación del despacho o qué diferencias había entre los modelos expuestos (un empleado casi adolescente se limitó a decirme “llévate un folleto, ahí te vienen los datos”).
¿Por qué pasa todo esto? Ni idea. No seré yo quien haga un diagnóstico, porque no soy experto ni conozco los entresijos del SIMO. Sólo constato este menor interés de las empresas por la feria y lo comento como visitante y como usuario de esas tecnologías.

Así que este año me ha resultado decepcionante mi visita, con la excepción de que comí y tomé café con Marisol y que recogí alguna información interesante en folletos.
La feria suele dar también motivo para que echemos unas risas, porque es una mezcolanza de gente normal, de ejecutivos de manual, de informáticos, de frikis... Pero este año tampoco había color, ya no iban con carrito de la compra ni nada, porque apenas había regalos (salvo que se hubieran reservado para el fin de semana, que es cuando se abre a particulares y más afluencia se produce, porque yo fui el miércoles pasado).

Esperemos que otro año esté mejor...

(Fotografías del autor).

Por si cuela...

No sé si habrán leído ustedes la historia de Patrick Moberg, un neoyorkino que dijo haber conocido a la chica de su vida en el metro y que la buscó a través de su blog, ofreciendo datos de dónde y cuánto se cruzaron sus miradas y de cómo iba ella vestida, todo ello ilustrado por este dibujito hecho por él. Ahora dice que ya la ha encontrado y que se trata de una becaria australiana, Claire Hayton, que ha accedido a mantener por el momento una amistad. Pero también le han escrito otras muchas chicas que decían no ser la del metro, pero que, bueno, no les importaría serlo...

Hay quien dice que es una historia muy romántica.

Hay quien sospecha que el bloguero en cuestión buscaba publicidad para su web –desde luego, la ha conseguido-.

Y hay quienes pensamos que sencillamente el tío lo ha echado cara por si sonaba la flauta. Si se hubiera dirigido a la chica en el metro, tenía muchas posibilidades de que no le hiciera caso y, al publicar que era la mujer de sus sueños y difundirse la historia en todo el mundo, pues al menos la chica ahora le prestará cierta atención.

Así que nada, me apunto al carro. Es que a mí me ha pasado más o menos lo mismo. Qué casualidad, ¿no?

Verán, he conocido hoy mismo en el metro de Madrid, o también podría haber sido otro día y en cualquier otro sitio -tengo mala memoria-, a la chica de mis sueños, lo que son las cosas.

Lo que sí me acuerdo -esto es el dato fundamental- es que era inteligente, simpática, divertida y guapa, todo a la vez.

No sé dibujar, así que les pongo una foto orientativa. Pero, vamos, que si no se parece en nada a la foto pero cumple esos requisitos, también puede que sea ella, porque mi retentiva visual es desastrosa.
Si tú coincides con esta descripción, pues nada, escríbeme y bla, bla, bla.

Qué historia más romántica ésta que acabo contar, ¿verdad?, pero romántica-romántica-romántica, ¿eh?

Está visto que en la vida hay que echarle morro...

Una sencilla alegría

No sé si se habrán fijado, pero entre los enlaces musicales de este blog siempre hay uno a la página de Luz Casal.

La primera vez que escuché a Luz fue en los años ochenta interpretando esto:


Me gustó su fuerza. Y más de una vez esta canción a todo volumen sustituyó al grito que quizá ahogaba en mi garganta.

Desde entonces, la voz y la música de Luz me han acompañado. Sus baladas han puesto fondo musical a momentos inolvidables, a momentos tristes y a momentos muy dulces.


Y su rock me ha recargado en muchas ocasiones las pilas.


En enero, Luz fue operada y comunicó que iba a aparcar temporalmente su actividad para centrarse en vencer al cáncer.

Unos meses después, este pasado verano, dio a conocer que volvía al tajo.

Ahora ya tenemos nuevo disco de Luz, Vida tóxica, del que la canción Sé feliz se ha presentado como primer single. El videoclip, que se estrenará este mes, lo ha dirigido David Trueba.

Por eso quería dejar aquí reflejada mi alegría por recuperar a Luz, por poder reencontrarnos con la persona y con la artista.

Y transcribo en el blog el mensaje que ella hizo público cuando regresó a su actividad y que creo habla por sí solo:

“ 'Lo que no nos mata, nos hace más fuertes'. Nietzsche.

!Hola a todos!
¡He terminado con la quimioterapia!
Desde el 12 de febrero, he aprendido a convivir con Taxotere, Farmorubicina, Corticoides, Genoxal, Kytril y otros cócteles.
Veneno y toxicidad que me ayudan a combatir la enfermedad.
Un antes y un después.
Una prueba.
De ser una persona físicamente imbatible, he pasado en estos meses, a ser una mujer dependiente y frágil.
Mis venas están quemadas.
Mis ojos vagos y llorosos.
Mis huesos doloridos.
Mis músculos lentos.
Mi cerebro perezoso.
Mi estómago resentido...
Y mi cabeza, !calva!
Sé que lo que vivo yo, lo han vivido y lo viven otros.
En los primeros días, después de escribiros la nota en la que os hablaba de mi enfermedad, me impuse la tarea de responder a vuestros mensajes; sobre todo a los que padecían la misma enfermedad -me sentía muy cerca de ellos-. Tarea muy difícil de cumplir.
Así que es hora de daros las gracias a todos.
A los que cada día me escribieron 'te quiero'.
A los que me exigieron que no me fuera...
A los que han escuchado mis canciones en este tiempo, como una forma de estar más cerca de mi.
A los que contaron su bajada a los infiernos de Orfeo.
A los que me enviaron una poesía.
A los que me enviaron ánimo, fuerza, valor...
A los que confiaron en mi fe, en mi lucha y en mi fortaleza.
A los afectados por linfomas, mielomas y otras enfermedades duras.
A los que me recomendaron 'ponle palabras a los sentimientos'.
A las familias enteras que me enviaron cariño.
A los que me enviaron su testimonio y su experiencia con la enfermedad.
A los que rezan por mi.
A los que me recomendaron usar: marihuana, homeopatía y... demás.
A los que se ofrecieron para ayudarme como enfermeros, masajistas, acompañantes, chóferes...
A muchos de mis colegas -afines y no- que me llamaron.
A los que me enviaron flores y plantas.
A las que me mandaron naranjas cada 21 días.
A las que cada 21 días perfumaron de azucenas mi habitación.
A la gente de Asturias, a la forza do pobo galego, a Barcelona, Las Palmas, Guipuzcoa, Cádiz, Málaga, Mallorca, Murcia, Gijón, Sevilla, Bilbao, Alcorcón, Oporto (Porto) Serena (Chile), Lisboa, Río de la Plata, Marsella, Uruguay, Los Ángeles, Rosario, París, Montpellier, Avilés (Asturias)...
El aprendizaje en la vida es largo, pero con la enfermedad, se acorta.

Luz."

Pues eso, Luz, te deseo lo mismo que el título de tu nueva canción: sé feliz.

Lo quiero para ayer

Vivimos en el mundo de los exigentes. Y, lo que es peor, de los exigentes a menudo sin necesidad. El mundo del “apáñate como puedas, pero lo quiero de inmediato”, del “búscate la vida, pero lo necesito ya”. Nos falla mucho lo de ponernos de vez en cuando en el lugar del otro.

A mí me habían contado que cuando dirigías tu despacho eras tu propio jefe, pero no es verdad: tienes muchos jefes. Cada cliente es un jefe. Y, además, te dan órdenes contradictorias o descoordinadas, porque cada uno de esos jefes sólo cuenta con su propio encargo, no sabe el trabajo que te han encomendado los demás.

Hace unos años llamabas por teléfono a alguien, le dejabas recado y te parecía razonable que tardase horas o incluso un día en devolverte la llamada. Ahora, con los móviles, creemos tener un derecho absoluto e indiscutible a localizar a todo el mundo al instante. Y si no está disponible en ese mismo momento, nos sorprendemos o hasta lo recriminamos. Y así actuamos para casi todo. Nos comportamos siempre con prisa pero, ¿cuántas veces de verdad nos urgen las cosas y cuántas otras estamos todos imponiéndonos un ritmo innecesariamente estresante?

Hoy me he levantado con un estado de nervios insoportable. Era consciente de que, después de una semana (o minisemana) de perros, no me daba tiempo material a terminar todo lo que tenía que hacer antes de marcharme de viaje. Y, cuando me pasa algo así, encima soy incapaz de trabajar bien, me bloqueo y me cunde menos aún.

Alguno pensará que eso me pasa por irme de viaje este puente, y que entonces de qué me quejo. Pero si trabajo mil horas y si muchas veces me robo tiempo de ocio para redactar una demanda, estudiar un asunto o preparar una documentación para un curso, lo menos es, de vez en cuando, concederse a uno mismo unos días de respiro o, a ser posible, una escapada, porque viajar es una de las cosas que más me desconecta y que me hace sentir bien. Antes no hacía nada parecido, hasta que llegó un momento en que me vi envuelto en una situación insoportable, en la que trabajaba de lunes a domingo. Pagué un precio muy alto, perdí muchas cosas y perdí a alguna persona. Un amigo me advirtió: “tú te has dado cuenta de que no eres Dios, ¿no?”. Otro amigo también me dijo: “no tomarte ningún día libre es tenerte muy poco respeto a ti mismo”. Pero ni por esas hice caso a aquellas clarísimas señales y a estos elementales consejos. Tuvo que ser mi propio organismo el que diera la señal de alarma para que por fin empezara a cuestionarme mi forma de vida. Ahora sigo trabajando mucho, pero me pongo límites y procuro defender con uñas y dientes estos pequeños espacios personales. Y saborearlos al máximo. Hoy justamente me contestaba a un correo el escritor Antonio Ruiz Vega, que nos invitó a unos amigos a ir a Soria a comer hace más de un año y todavía no hemos sido capaces de encontrar hueco, y me decía "habría que estudiar la red de mecanismos que nos hurtan lo que antes (yo, al menos, lo he conocido), era la 'vida cotidiana' y que ahora se nos esfuma entre los dedos. Eso sin que son Crímenes contra la Humanidad...".

Menos mal que hoy, en medio de mi ansiedad, me he topado con dos personas –las dos, mujeres, por cierto- que, cuando les he hablado del estado de sus encargos pendientes, en vez de presionarme, me han dicho frases como “no te quiero agobiar, disfruta estos días y el lunes ya hablamos y concretamos” y “lo mío lo puedo aplazar haciendo algunas gestiones y te dejo una semana más para que lo termines”. No saben cómo se agradecen tan inusuales gestos, que me han resuelto el día. No he parado de trabajar hasta hace un momento, pero ya con otra sensación: con la certeza de que tenía muchas cosas por hacer pero podía terminarlas, en lugar de esa otra certeza desquiciante de que era materialmente imposible acabar todo a tiempo.

Como soy muy consciente de estas situaciones, me gusta actuar consecuentemente con los demás. Por ejemplo, cuando en un establecimiento ves al empleado agobiado por liquidar pronto a quien te precede, al ver que tú estás esperando, y le dices “no te preocupes, no tengo prisa”, en ocasiones le cambia la cara y luego, al atenderte te devuelve la amabilidad... Hay una Notaría en la que una vez me dijeron: “contigo da gusto, porque sólo dices que es urgente cuando realmente es urgente”. Qué elemental, ¿verdad? Pero ayuda a fijar prioridades y a que los demás no estén siempre avasallados.

Qué poco nos costarían estos pequeños detalles. Que, cuando tenemos prisa justificada, pidiéramos que nos resolvieran pronto lo que sea. Pero que, cuando no tenemos una prisa real o cuando, aun teniéndola, no es absolutamente apremiante o imprescindible, fuéramos menos exigentes o más comprensivos. Ganaríamos todos, ¿no creen?

(Dibujo: Pablo Egea Palomares, Agonía del artista. Banco gratuito de Imágenes del CNICE-Ministerio de Educación).