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Día de la Mujer

Hoy, Día Internacional de la Mujer, que sea una mujer la que hable aquí.

Mi regalo es este homenaje a todas las mujeres del mundo, un reconocimiento al largo camino de su liberación, en la voz y la palabra de la nicaragüense Gioconda Belli.

(Quizá yo no haría mías un par de afirmaciones, al menos no sin matizarlas, pero me parece en conjunto un hermosísimo poema y un oportuno mensaje).

50.000 abrazos con palabras

Una de las cosas que más me fascina en la vida es el poder de la palabra, hablada o escrita. La capacidad de comunicarnos con el otro, de construir una relación, de generar sentimientos, de reconfortarle, de entusiasmarle, de emocionarle o de hacerle sonreír…

A mi regreso de Estambul (contaré este viaje cuando acabe con el relato de las escapadas veraniegas) veo que el blog ha sobrepasado las 50.000 visitas.

No voy a repetir de nuevo todo lo que ya dije cuando La nota discordante cumplió un mes y cuando alcanzó un año de existencia.

Pero sí puedo asegurar que sigo sorprendiéndome de que, cada día, un centenar de personas se pase por un humilde blog de alguien desconocido que además no está especializado en ninguna temática concreta. Me siguen conmoviendo algunos correos privados. Me siguen ilusionando enormemente gestos y reacciones (el último, el cariñoso mensaje que Gioconda Belli me hizo llegar tras leer la entrada que dediqué recientemente a su personalidad y su obra, un mensaje el de esta escritora nicaragüense que para mí fue una sorpresa y un honor). Y sigo encantado, cómo no, con los comentarios de los lectores ocasionales de este blog, y de los asiduos, que ya forman una especie de cálida tertulia.

Así que, simplemente, gracias, y un abrazo a cada visitante que ha encontrado aquí algo que le ha interesado, que le ha hecho pensar o sentir.

(Ilustración: fragmento de un cartel publicitario del servicio postal australiano. Gracias a Juliana, que me envió la imagen con otro motivo distinto, pero que me ha proporcionado así la idea y la ilustración de este post).

Gioconda Belli


“No voy a reclamar para mi país, Nicaragua, el premio para el más azotado y sufrido del continente americano, porque siendo un país latinoamericano la competencia es feroz (…). Somos un país de sobrevivientes, sobrevivientes de las catástrofes, pero también de las esperanzas malogradas.”
 
Nicaragua es una pequeña (y dicen que linda: sueño con comprobarlo un día cercano) nación de Centroamérica, un pueblo que fue ejemplo de superación, un David frente a un Goliat, un singular país donde los héroes nacionales son un guerrillero y un puñado de poetas. 


“Las memorias que guardo de mi infancia y adolescencia ocurrieron en una ciudad que ya no existe, una ciudad que se desplomó en una noche de polvareda e incendios”.
 
Tenía yo seis años cuando supe de la existencia de Nicaragua. Y de qué forma. A un maestro de mi pueblito abulense se le ocurrió encargarnos en la escuela que, por equipos de trabajo, hiciéramos unos murales sobre el terremoto que acababa de devastar Managua, para luego colocarlos en el aula.

A esa edad creo que aún no nos habían explicado muy bien qué era América o qué era un terremoto. Pero un grupo de niños aprendimos así, recortando diarios y topándonos de bruces con la realidad, algo de periodismo, algo de geografía, algo de geología y algo sobre el dolor.


"Los portadores de sueños sobrevivieron a los
climas gélidos pero en los climas cálidos casi parecían brotar por
generación espontánea.
Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias
torrenciales tuvieron algo que ver con esto,
la verdad es que como laboriosas hormiguitas
estos especímenes no dejaban de soñar y de construir
hermosos mundos,
mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se
llamaban compañeros,
que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban
en las muertes,
se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se
ayudaban en el
arte de querer y en la defensa de la felicidad (…).
Son peligrosos - imprimían las grandes rotativas
Son peligrosos - decían los presidentes en sus discursos
Son peligrosos - murmuraban los artífices de la guerra.
Hay que destruirlos - imprimían las grandes rotativas
Hay que destruirlos - decían los presidentes en sus discursos
Hay que destruirlos - murmuraban los artífices de la guerra.
Los portadores de sueños conocían su poder
por eso no se extrañaban
también sabían que la vida los había engendrado
para protegerse de la muerte que anuncian las
profecías y por eso defendían su vida aun con la muerte.
Por eso cultivaban jardines de sueños
y los exportaban con grandes lazos de colores.
Los profetas de la oscuridad se pasaban noches y días enteros
vigilando los pasajes y los caminos
buscando estos peligrosos cargamentos
que nunca lograban atrapar
porque el que no tiene ojos para soñar
no ve los sueños ni de día, ni de noche” .

Nicaragua volvería a estar presente en mi vida varias décadas después, cuando seguí, desde el interés, desde el cariño, desde la solidaridad y luego desde la decepción, la más hermosa de las revoluciones contemporáneas.

La que derribó la tiranía de Somoza. La que intentó esbozar un modelo propio en el que patriotismo, libertad y justicia social no fueran conceptos reñidos entre sí. La que alfabetizó en medio año a medio país. La que comenzó a extender la educación y la sanidad en un territorio lleno de pobreza y entre un pueblo lleno de dignidad. La que intentó reconstruir y vertebrar mínimamente Nicaragua con sus escasos recursos, mientras un vecino del Norte dedicaba muchos más, miles de millones de dólares, al acoso bélico a una experiencia que consideraba peligrosa. La que feneció como consecuencia del sucio chantaje de una guerra impuesta, pero también como consecuencia de sus propios errores, de las corrupciones de algunos dirigentes, que no estuvieron ni remotamente a la altura del esfuerzo colectivo de su pueblo y de la conducta ética de la mayoría de quienes habían sido sus compañeros.

Me recuerdo encargando libros a toda la gente que viajaba a Nicaragua o incluso a cualquier otro país de Iberoamérica, me recuerdo alimentando así mi simpatía por los nicas.

Me recuerdo también, triste, el día de la derrota electoral del sandinismo, escuchando en Madrid a la periodista Carmen Sarmiento, en lo que estaba programado como una fiesta y terminó siendo un desfile amargo de soñadores con caras largas.

“… Y haré un libro desafiante y bello para vos.
Un libro donde estaremos felices
o ariscos como gatos discutiendo,
un libro que flote en el tiempo de tu tiempo”.

 
Estaba yo convaleciente en casa de una leve enfermedad, alguna gripe o algo parecido, supongo. Era finales de los ochenta, creo recordar. Me dispuse a pasar el tiempo leyendo. Busqué entre los libros que tenía pendientes y tomé uno que alguien me había traído de un viaje a Argentina. Era una novela de una autora nicaragüense, Gioconda Belli, y se titulaba La mujer habitada.

Durante los siguientes días, esta obra, encuadrada en lo que se ha llamado realismo mágico, me cautivó. La lírica y la épica se unían en un relato que sospecho tenía mucho de la vida de su autora. La vida de alguien que, junto con el amor, encuentra también algo inesperado: una realidad que va empujándola al compromiso ético, a la insurrección frente a la injusticia. En las páginas de la novela asomaba una voz interior que representaba la compleja historia de liberación de un pueblo, asomaban las dudas y esa progresiva toma de conciencia que lleva a la implicación personal, a la entrega a los demás, rebelándose contra el destino y persiguiendo un sueño por construir.

Al libro le tomé un cariño especial. Una amiga que buscaba en mi biblioteca lecturas para tomar prestadas se llevó aquella edición. Le conté lo que significaba para mí, le advertí que no estaba aún publicada aquí, que por favor me la devolviera una vez leida. Luego se la reclamé varias veces… No la recuperé.

Cuando por fin la publicaron en España salió en Txalaparta y no quise comprarla por motivos éticos (con esta editorial tengo un problema personal: ellos no tienen claros algunos conceptos elementales, tales como que asesinar no está bien, y yo sí tengo claro que no quiero darles ni un céntimo). Por fin, años después la publicaron en Ediciones Salamandra y así pude comprar de nuevo el libro para tenerlo. Pero, como el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, haciendo las mismas advertencias… lo he vuelto a prestar.

"Soy la mujer que piensa.
Algún día
mis ojos
encenderán luciérnagas."


Leí después otras novelas y saboreé a menudo su poesía.

Novelas con la misma prosa poética que tiñe cuanto hace.

Magnífica poesía erótica, o humorística, o comprometida…, siempre vital.

La voz de Gioconda no ha dejado ya de estar presente en mi vida desde aquel encuentro con su literatura…

Y he seguido con interés, muchas veces desde la coincidencia y algunas desde la discrepancia, sus opiniones políticas y sociales, comprobando en todo caso cómo ha seguido siendo fiel no a siglas algunas sino a ese mismo sentido de apuesta por la libertad y de rebelión contra las injusticias que descubrí años atrás leyéndola por vez primera.

"Me he vuelto alfarera
y he creado vasijas para guardar momentos.
Me he soltado en tormenta
y trueno y lloro de rabia por no tenerte cerca,
en viento me he cambiado,
en brisa, en agua fresca
y azoto, mojo, salto
buscándote en el tiempo
de un futuro que tiene
la fuerza de tu fuerza."


Hace pocos días por fin cumplí un pequeño sueño personal y, casi veinte años después de aquel deslumbramiento que me causó su primera novela, pude saludarla personalmente.

Fue en la Casa de América de Madrid, con ocasión de los actos de Vivamérica. Por cierto, ese festival -y no un desfile militar- representa una forma más adecuada de celebrar los lazos de la hispanidad, es decir, todo eso que nos une hoy, que es mucho y deberíamos cuidar y potenciar más, por encima de la visión crítica que nos pueda merecer cómo se produjo el proceso histórico.

Gioconda había dado una magnífica conferencia, a la que no pude asistir por motivos profesionales, pero que luego he tenido ocasión de leer en el Facebook: La sonrisa de la poesía.

Pero sí pude ir a un recital poético dedicado a voces de la literatura femenina de Iberoamérica, presentado por Julia Escobar (por cierto, su blog La quimera y esta Nota discordante comparten la condición de bitácoras recomendadas en el blog de Fernando Sánchez Dragó) y en el que participaron, junto a Gioconda, la colombiana Piedad Bonnet, la cubana María Elena Cruz Varela y la chilena Elvira Hernández.

Además de disfrutar con la lectura de poemas, me sorprendieron anecdóticamente dos cosas. Una, la cantidad de público. Yo pensaba que la poesía sólo nos interesaba a cuatro y parece que al menos nos interesa a un par de centenares. Y otra la juventud de muchos de los asistentes españoles e iberoamericanos (una elevada densidad de chicas guapas por metro cuadrado), porque también pensaba que la gente joven hoy no leía poesía.

Cuando terminó el recital, me acerqué a la mesa. Como a continuación había un concierto en el mismo lugar -el Anfiteatro Gabriela Mistral-, Julia Escobar nos pidió a todos que nos fuéramos a la cafetería, así que le dije a Gioconda que la iba a perseguir hasta allá (“sí, persígueme”, dijo sonriendo), caminamos hacia el lugar (casi imposible conversar en el trayecto porque la iban parando y saludando a cada paso) y cuando llegamos la atraqué a punta de libro (“esos son los mejores atracos”, aseguró) y le pedí que me firmara El infinito en la palma de la mano, mi ejemplar ya leído y otro nuevo que era el regalo de cumpleaños para una amiga, Virginia.



“Eva pensó con nostalgia en la luz y quietud del Jardín. En la eternidad. Recordó el reposo de su ánimo, los pensamientos simples de su mente ajena al sobresalto, al llanto, a la angustia o a la rabia; aquel flotar leve de hoja sobre la superficie del agua.
- Si no hubiésemos comido la fruta –dijo ella mirándolo a los ojos- yo jamás habría probado un higo o una ostra. No habría visto al fénix resurgir de sus cenizas. No había conocido la noche. No reconocería que me siento sola cuando te vas, ni habría sentido cómo mi cuerpo tan frío aun en medio del incendio se llenó de calor apenas oí que me llamabas. Seguiría viéndote desnudo sin que me turbaras. Nunca habría sabido cuánto me gusta cuando te deslizas como pez dentro de mí para inventar el mar.
- Y yo no habría sabido que no me gusta que tengas hambre. Me parece cruel verte palidecer y no hacer nada por evitarlo. Yo no decidí que las cosas fueran así, Eva. Yo aprendo de lo que veo a mi alrededor.”
 
El infinito en la palma de la mano es la última novela que ha publicado y con la que ganó el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. Es el mágico relato de nuestros orígenes, la vida de Adán y Eva.

Comencé a leerla con ciertas dudas: me parecía, a priori, una historia ya demasiado conocida –desde la Biblia a Mark Twain- como para que pudiera sorprenderme o decirme algo nuevo. Pero no sólo no me defraudó, sino que me encantó.


Gioconda recrea este mito del Génesis con su brillante prosa poética. Y sabe imaginar y describir como nadie esa sensación del ser humano que carece de experiencia, esa impresión de primera vez ante todo: ante el alimento, ante el frío, ante la noche, ante la maternidad… La sensación de descubrir el dolor y el gozo, el miedo a lo desconocido y la esperanza: la vida humana. 
 
"Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas (…).
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas(..).
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser”.

Gioconda, la de siempre, brillante, creativa, la mujer amante de la belleza y rebelde ante la injusticia, asoma hasta en las dedicatorias.

La que a mí me escribió: “Para Carlos, con manzanas e higos”.

Y la que abre el propio libro:
“A las víctimas anónimas de la guerra de Irak. En algún lugar de esas tierras, entre el Tigris y el Éufrates, hubo una vez un Paraíso”.

Dejo una selección de audiovisuales para que puedan escucharla.
 
Gioconda, poeta. Sueño con sofá y Carga cerrada (dedicado a Nicaragua, "mi hombre con nombre de mujer"):


Gioconda, novelista. Premiada por El infinito en la palma de la mano:


Gioconda, comprometida y luchadora. Leyendo en la calle una declaración del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), contra la pretensión de reducir el castigo penal a la violencia sexual:


(Todas las citas en cursiva son textos de Gioconda Belli, procedentes de la conferencia La sonrisa de la poesía, de diversos poemas, de El país bajo mi piel, memorias de amor y de guerra y de El infinito en la palma de la mano) .