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¿Un cuadro de Luca Giordano en El Hoyo de Pinares?

Publicado en el Programa de Fiestas de San Miguel de El Hoyo de Pinares, septiembre 2018.
 
El cuadro de Luca Giordano en San Lorenzo de El Escorial

El cuadro existente en El Hoyo de Pinares

En la iglesia de El Hoyo de Pinares existe, desde hace siglos, un cuadro que es réplica de otro exhibido hoy en la sacristía del Monasterio de El Escorial. Se trata de Jesucristo servido por los ángeles en el desierto, del pintor italiano Luca Giordano.
 
Giordano nació en Nápoles en 1634 y allí fue alumno del pintor español José de Ribera, El Españoleto, quien influyó notablemente en su evolución pictórica. Desde los veinte años ya realizó obras para iglesias napolitanas y venecianas. En 1692 llegó a España, donde llegó a ser muy valorado. Se le conoció con su nombre castellanizado, Lucas Jordán, y el rey llegó a otorgarle el título de Caballero.
 
Su obra más destacada en nuestro país fueron los frescos del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, a los que siguieron otros en la capital (Casón del Buen Retiro, iglesia de San Antonio de los Alemanes, iglesia de Atocha) y en la catedral de Toledo. Fuie notable también su producción en lienzo, tanto la destinada a espacios religiosos (Convento de Peñaranda, Monasterio de Guadalupe, etc.) como la que pintó para la Corte. Por ello, Patrimonio Nacional posee hoy decenas de creaciones de Giordano, muchas de ellas en el Museo del Prado.
 
Tras la muerte del rey Carlos II y el estallido de la guerra de sucesión en España, Giordano regresó en 1702 a su ciudad natal, donde siguió acrecentando su celebridad hasta que falleció tres años después.
 
De Jesús servido por ángeles en el desierto se conocen pocos datos. Sabemos, por el inventario de la herencia Carlos II, que este cuadro estaba en el dormitorio del propio rey en El Escorial. De allí pasó al claustro, donde sabemos que permaneció al menos hasta principios del siglo XIX, según algunos documentos. En la actualidad lo encontramos en la sacristía de la basílica.
 
Fray Francisco de los Santos, en su Descripción del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial publicada en 1697 menciona este cuadro como “otro de Cristo Señor Nuestro en el desierto, sirviéndole los Ángeles la comida”, indicando que su autor es “Lucas Jordán, imitando al Tintoreto”.

El catedrático de Historia del Arte Francisco J. Portela databa esta obra de Giordano posiblemente en sus “primeros tiempos españoles, por su dibujo preciso”. Otros especialistas, como Oreste Ferrari y Giuseppe Scavizzi , autores de una monografía dedicada al artista, consideran sin embargo que se pintó antes, hacia 1683, un período en el que desarrolló una intensa actividad en Florencia. Señala Miguel Hermoso, Doctor en Historia del Arte, que en esa etapa “se aprecia un interés renovado en la obra de Jordán por el clasicismo y el neovenecianismo (…) con un suave difuminado en las carnaciones de las figuras, siempre bien definidas, y por una iluminación clara y un colorido brillante”. Hermoso resalta que “las formas son rotundas, bien definidas, modeladas con una pincelada empastada, que se hace más libre en las figuras de los ángeles, típicamente jordanesco el de la izquierda, representado en una postura que repetirá en múltiples ocasiones”. 

La obra refleja un pasaje recogido por dos de los evangelistas –Mateo 4,11 y Marcos 1, 12-13-, el final del ayuno de Jesús en el desierto, tras haber sido tentado por tres veces por el demonio.
 
Como ha destacado en sus artículos nuestro paisano José Carvajal Gallego, en los siglos XVI y XVII se registra en El Hoyo de Pinares una gran influencia de la Orden Jerónima, que estaba presente en el Monasterio existente en el cerro de Guisando en El Tiemblo y fue la misma que ocupó el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, tras su construcción ordenada e impulsada por Felipe II. Carvajal atribuye a la presencia de la comunidad jerónima un edificio desaparecido de nuestra localidad, el conocido popularmente como Cuartelillo, que se situaba en lo que hoy se denomina Plaza del Caño. En el siglo XX fue utilizado sucesivamente en distintas etapas como cuartel de la Guardia Civil, Escuelas, Consultorio Médico, Telefónica… Se había reedificado en 1775, según databa una inscripción del mismo, y fue inexplicablemente destruido –en vez de rehabilitado- ocupando su lugar el actual edificio del Hogar del Jubilado. 
 
En la iglesia San Miguel Arcángel, de construcción que discurrió coétanea a la del Monasterio (la edificación del templo hoyanco comenzó en 1553 y la de El Escorial en 1563) algunos elementos ornamentales (casullas, cálices…) tienen símbolos típicamente escurialenses (como la parrilla de San Lorenzo). Y nos encontramos con este cuadro que reproduce el de Luca Giordano.

Aunque las copias de cuadros hoy están poco consideradas, no fue así siempre. Y en un tiempo en que no existía la fotografía, era común que se reprodujeran determinadas creaciones por otros pintores, seguidores, alumnos de talleres, etc., con funciones de aprendizaje, de divulgación, de virtuosismo artístico, de ornamentación, etc.
 
En la testamentaría de Carlos II el cuadro aparece reflejado con unas dimensiones que no son las que vemos hoy en El Escorial. Todo apunta a que una parte del cuadro hubiera sido cortada o probablemente plegada en alguna de las operaciones de enmarcado y traslado de ubicación. Y, en efecto, observamos que en nuestra réplica la escena está íntegra y tiene mayor amplitud, lo que nos confirma que fue copiado del original, teniendo en cuenta, además, que su difusión y reproducción ha sido muy escasa.
 
Nuestra pintura se ubicó bajo llave en la sacristía de El Hoyo de Pinares por razones de seguridad cuando la iglesia permanecía abierta gran parte del día. Hoy, que sólo se abre para actos litúrgicos, ha sido acertadamente reubicada a la derecha del retablo del altar mayor, donde gana visibilidad y puede ser contemplada por vecinos y visitantes.

Don Manuel

Publicado en Diario de Ávila, 26.09.2017

Hay personas que forman parte de tu paisaje vital de tal forma que crees que nunca dejarán de estar. La noticia de la muerte de Manuel Tabasco me sorprendió a muchos kilómetros de mi pueblo y me invadió la incredulidad y una profunda tristeza. La de decir adiós desde la distancia al maestro y al amigo, a tantos años de vivencias y de complicidades. 

Cierro los ojos y recuerdo cuando de niños caricaturizábamos a D. Manuel y su Vespa y le arrancábamos su sonrisa con aquellos artículos gamberros publicados en el periódico del colegio. Lo veo enseñándome pacientemente cómo revelar fotografías en blanco y negro en el cuarto oscuro que montó en su garaje. Regalándome ilusionado una botella de vino de su cosecha. Mostrándome los suplementos especiales del Diario de Ávila para las fiestas, que con tanto mimo preparaba. Encontrándomelo en la calle cuando ya se marchaba a casa, diciendo con alegría “hombre, mi amigo…” y dándose la vuelta sólo para tomar un vino juntos y conversar un rato. 

Ejerció como maestro durante décadas. Y de esa larga trayectoria, nada menos que 37 años los dedicó a la enseñanza precisamente en su pueblo, El Hoyo de Pinares. Vocacional y entregado, era innegable la satisfacción y el orgullo con que seguía luego los pasos y los éxitos de sus antiguos alumnos.

Ordenado y metódico, gustaba de una vida sencilla, casi como aquellos cuadernos de clara caligrafía con los que nos explicaba la geografía y la historia. Disfrutó de su trabajo, de sus aficiones –el campo, el aeromodelismo, la mecánica, el vino de pitarra, la fotografía…-, de su familia –adoraba a su mujer y sus hijas-, de su pueblo... 

En 1984 comenzó a ser corresponsal de Diario de Ávila. El periódico abulense había tenido esporádicamente colaboradores en nuestra localidad, algunos de brillante pluma, pero no había logrado nunca una verdadera continuidad en ese cometido. Con él lo consiguió. El Diario alcanzó mayor difusión local y se seguía con notable interés. El nombre de El Hoyo de Pinares comenzó a ser mucho más conocido en una provincia donde, sorprendentemente, se le había ignorado con frecuencia. Nos retrató y narró cumplidamente desde sus páginas más de treinta años de la vida de nuestro pueblo, incluyendo momentos históricos ya inolvidables. Deja el excepcional legado de un archivo gráfico y de textos sobre la vida local y merecerá la pena que su municipio y su periódico acometan el esfuerzo de una exposición conmemorativa que, además, sirva para rendirle homenaje. 

Frente a tantas personas expertas en escurrir el bulto, siempre se podía contar con él. Siempre. Para lo que se le pidiera. Todo lo que fuera bueno para la gente que quería, para la educación y la cultura, para su pueblo del alma, contaba de antemano con su colaboración entusiasta. 

Resultará difícil acostumbrarse a que no esté ahí, con su cámara, con sus ocurrencias, con sus singularidades, con ese afecto que nos fue repartiendo a los demás cada día durante toda su vida.
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(Fotografía de Lola Ortiz, Diario de Ávila)

Recuerdo

Publicado en Diario de Ávila, 26.09.2017

- ¿Qué pasa, macho? 
- Hombre, Nasta, ¿qué tal? 

Este año no estará puntual en la víspera, saludando y haciendo preguntas –a veces convencionales, a veces sorprendentes- a los músicos, a los empleados municipales o a cualquiera de sus paisanos que se acercara por allí…. Ya no volveremos tampoco a encontrarlo en los partidos del club de fútbol. O en tantos momentos de la vida de su pueblo que no quería perderse… 

Inolvidable, afectuoso, entrañable. Este año el primer cohete de las fiestas subirá al cielo por él.
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(Fotografía: Tere Galán)

Hace 40 años: primeras elecciones democráticas en El Hoyo de Pinares

Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel 2017 de El Hoyo de Pinares.

En el referéndum del 15 de diciembre de 1976, los hoyancos habían respaldado por amplia mayoría, como el resto de españoles, la Ley para la Reforma Política, que abrió la puerta a la existencia de partidos, después de cuatro décadas de prohibición, y que preveía la celebración de elecciones parlamentarias. Se trataba del instrumento legal que permitiría una transición pacífica de la dictadura a la democracia y lo había impulsado Adolfo Suárez, el joven presidente del gobierno nacido en nuestro vecino pueblo de Cebreros y nombrado unos meses antes por el rey Juan Carlos. 

Se ha cumplido este año el 40º aniversario de las primeras elecciones de la actual democracia, que tuvieron lugar el 15 de junio de 1977. Pero ¿cómo fueron esos comicios en nuestro pueblo? 

En la provincia de Ávila había que elegir, como ahora, tres diputados y cuatro senadores. Los primeros, en listas cerradas presentadas por partidos políticos o agrupaciones de electores, y los segundos marcando cada votante tres candidatos en una lista abierta. Unión de Centro Democrático (UCD), la coalición creada en torno al presidente del gobierno, presentaba como cabeza de la lista al Congreso en nuestra provincia al empresario abulense Fernando Alcón Sáez, fallecido el año pasado, una persona del círculo de confianza de Suárez. El número dos era un letrado del Consejo de Estado, José María Martín Oviedo, y el número tres el farmacéutico Daniel de Fernando Alonso. El principal candidato de UCD al Senado por Ávila era el médico Alberto Dorrego González, que concurría a la cámara alta junto con Darío Benito García, ex director de la clínica Santa Teresa, también fallecido en 2016, y Julio García Benavides. 

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) cuyo secretario general era Felipe González, optó en Ávila en aquella ocasión por una candidatura mayoritariamente cunera (es decir, candidatos que no eran de la provincia). Al Congreso la encabezaba Eduardo Ferrera Ketterer, al que seguían José Segovia Pérez y Ángel Ramón Martínez Marín. Su aspirante más destacado al Senado fue el que años después sería presidente de esa cámara, José Federico de Carvajal Pérez, acompañado por Rodolfo Vázquez de Marcos y Mariano Gómez Sánchez. 

Alianza Popular (AP), federación de partidos que presidía el ex ministro Manuel Fraga Iribarne, presentó como cabeza de lista al Congreso por Ávila a Ángel Herrero Esteban, junto con Pedro Baudín Sánchez y Lucidio Herráez Navas. Su terna al Senado la integraban Francisco Abella Martín, el médico analista Faustino Cermeño Cermeño y el industrial Jaime Santamaría Bejarano.

La candidatura abulense al Congreso del Partido Comunista de España, liderado por Santiago Carrillo, la integraron el economista Carlos Sáenz de Santamaría, Antonio González Rodilla y el que luego sería historiador y catedrático Serafín de Tapia Sánchez. El PCE, que había sido legalizado dos meses antes, no presentó candidatos al Senado por Ávila. 

Había una persona vinculada a El Hoyo de Pinares en una de las candidaturas: Miguel Lobato Martín fue cabeza de lista al Congreso por Ávila del partido Fuerza Nueva (FN) que presidía Blas Piñar. Le acompañaban Marino del Pozo Marín y Andrés Joaquín Arribas García, mientras que José García López y Ramón Fernández Cabezudo fueron aspirantes al Senado. Al año siguiente, Lobato resultaría elegido concejal en nuestro pueblo por la candidatura Independientes de Navaserrada, que obtuvo dos representantes en el Ayuntamiento surgido de las primeras elecciones municipales de la actual democracia. 

Las otras formaciones que concurrieron en 1977 al Congreso en nuestra provincia fueron: el Partido Socialista Popular (PSP) de Enrique Tierno Galván, que más tarde se integraría en el PSOE; la Federación de la Democracia Cristiana (FDC) de Joaquín Ruiz-Giménez y José María Gil-Robles, que vio frustradas sus expectativas electorales al quedar como grupo extraparlamentario a nivel nacional; el Movimiento Socialista (MS); y la Agrupación Electoral de los Trabajadores de Ávila. 

Durante la campaña electoral, que duró 21 días, se celebraron también en nuestro pueblo los primeros mítines después de cuarenta años, actos de los que no parece que exista ningún testimonio gráfico, por lo que he podido indagar, puesto que no era tan usual la posesión de cámaras fotográficas. Tampoco hay que olvidar que un cierto temor se unía entonces a una indudable y extendida esperanza. Por otro lado, la organización de los partidos era aún muy rudimentaria e incipiente. Habría que esperar a las primeras elecciones municipales, en 1979, para que empezaran a articularse a nivel local los grupos políticos. 

Un recuerdo curioso de la campaña fue que, en medio de los actos por toda la geografía nacional, el propio presidente Adolfo Suárez realizó el 10 de junio un viaje sorpresa a su localidad natal que, según aseguraron los periódicos de la época, no había sido anunciado con antelación ni a las autoridades ni a los medios. A las 11’30 h. llegó con su esposa Amparo Illana al pueblo vecino, donde saludó a sus paisanos, que se le acercaban por la calle. Entró a un bar en la plaza, con el alcalde cebrereño Vicente Marín, su cuñado y secretario Aurelio Delgado y otros acompañantes. Después asistió a misa en la iglesia parroquial y a la procesión del Corpus Christi. Antes de emprender regreso a Madrid, se despidió saludando desde un vehículo descapotado a los numerosos vecinos de Cebreros que lo aclamaban.

La jornada electoral del 15-J se desarrolló en El Hoyo de Pinares con una elevada participación: el 84,73 % del censo acudió a las urnas. Parece que había ganas de estrenar democracia.

Como anécdota, podemos señalar que en el pueblo era frecuente entonces votar incluso sin exhibir siquiera el DNI, porque los miembros de la mesa electoral conocían prácticamente a todos los electores. 

Igual que sucedió en el ámbito nacional, UCD fue también la vencedora a nivel local: obtuvo en El Hoyo de Pinares 625 votos al Congreso, lo que suponía el 44,20 % del total. Le siguió el PSOE, con 481 sufragios, un 34,02 %. En tercera posición, Alianza Popular, con 111 votos, un 7,85 %. Por su parte, Fuerza Nueva, con Miguel Lobato como cabeza de lista, cosechó 75 votos, el 5,3 %. Le siguieron: la Federación de la Democracia Cristiana con 45 votos (3,18 %); el Partido Comunista con 43 (3,04 %), el Partido Socialista Popular con 17 votos (1,2 %), la Agrupación Electoral de Trabajadores de Ávila con 6 votos (0,42 %) y el Movimiento Socialista con 2 (0,14 %). 

Tras el escrutinio definitivo en nuestra provincia, la lista de UCD logró los tres escaños del Congreso, resultado que revalidó en las siguientes elecciones, celebradas en 1979, una vez aprobada la Constitución. Después, nunca más se ha repetido, hasta la fecha, que un solo partido logre los tres puestos en el Congreso. Los primeros diputados democráticos por Ávila fueron, por tanto, Fernando Alcón, José M. Martín Oviedo y Daniel de Fernando. 

De los escaños en el Senado, tres se asignaron a UCD (Alberto Dorrego, Darío Benito y Julio García Benavides) y uno fue para el PSOE (Federico de Carvajal). 

El Hoyo de Pinares y todos los demás pueblos de España apostaron entonces por superar definitivamente el enfrentamiento civil y por dejar atrás la etapa franquista. Comenzaba el camino del pluralismo y de la convivencia. Como dice el epitafio de Suárez en la catedral de Ávila, “la concordia fue posible”. Una conquista colectiva que ojalá sepamos conservar y fortalecer.

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Ilustraciones: 
- Carteles electorales de junio 1977
- Adolfo Suárez en el bar Talín de Cebreros, junio 1977. Fotografía del archivo de Diario 16 propiedad de la Fundación San Pablo CEU, depositado en el Museo Adolfo Suárez y la Transición en Cebreros 

Pregonero de las Fiestas de El Hoyo de Pinares 2017

El próximo jueves 28 de septiembre tendré el honor de ser pregonero de las fiestas patronales de mi pueblo, El Hoyo de Pinares (Ávila). 

Muchas gracias a la Corporación Municipal de esta villa por haberme invitado a abrir las fiestas de San Miguel 2017. 

A quienes os apetezca y podáis asistir, me encantará veros por allí. La cita es en la Plaza de España a las 22:15 horas. Para el resto, intentaré publicar después el pregón. Me hace mucha ilusión y haré lo posible por estar a la altura del encargo. 

La niña y la higuera

Publicado en El Diario de Ávila, 23.09.15

Cada año, al llegar las fiestas de San Miguel, dedico algún artículo a El Hoyo de Pinares, a rescatar algún episodio de historia medieval, a recobrar el retrato de personas singulares de esta villa, a ahondar en curiosidades… En esta ocasión, os voy a recomendar un libro: La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. Entre sus páginas vais a encontrar también algún trocito de nuestro pueblo. 

Hace años –escribe Rosa-, al principio de nuestra relación, fuimos a una casita que sus padres tenían en un pueblo de montaña de la provincia de Ávila. Pablo había pasado allí los lentos, formidables veranos de la infancia, y me fue enseñando el paisaje de su niñez: el camino al río, el bosque, la poza donde se bañaba”… Pablo es Pablo Lizcano, pareja de la escritora durante más de dos décadas. Y sí, el pueblo abulense de montaña es El Hoyo de Pinares. 

El padre de Pablo, Manuel Lizcano Pellón, asentó su segunda residencia –Torre los Cantos- en nuestra localidad hace largo tiempo, calculo que alrededor de cincuenta años. Mi padre se refería a él con afecto y un respeto casi reverencial. Nunca le vi inclinarse ante la riqueza o el poder, pero sí ante la inteligencia. Y siempre, reconocer la bondad. Manuel Lizcano me dio esa impresión cuando me lo presentó: un hombre sabio y entrañable. 

Luego pudimos conversar brevemente en unas pocas ocasiones. Alguna de ellas intenté convencerle para participar en alguna actividad pública –por ejemplo, le propuse que diera un año el pregón de fiestas- y siempre declinó mis invitaciones con amabilidad. Intuyo que para él El Hoyo de Pinares era, sobre todo, lugar de refugio, donde encontrar la tranquilidad necesaria para escribir o para descansar. Y sospecho también que era persona discreta y poco amiga del bullicio. 

Algunos de los libros que publicó están datados precisamente en nuestro pueblo. Su consideración y cariño por esta villa queda fuera de toda duda con sólo leer lo que afirmó en 1991 en estas mismas páginas de El Diario de Ávila: “Con ocasión de mis frecuentes viajes profesionales, como sociólogo, por las Españas lejanas que prácticamente son toda Iberoamérica y Filipinas, a menudo he recordado los bosques de esta pequeña España de Hoyo de Pinares. Un punto privilegiado de la Castilla serrana de Ávila, próximo a la tierra de Madrid, donde se abre paso entre los dos macizos de Guadarrama y de Gredos, nuestra doble memoria clásica de las dos Castillas, la del Cid y la de Don Quijote”. 

Los hijos de Manuel y de su esposa María Jesús, entre ellos el periodista Pablo Lizcano, pasaron aquí muchos fines de semana y aquellos veranos de su infancia, como recuerda la novelista. 

Pablo murió en 2009, con sólo 58 años. Yo desconocía que estaba casado con Rosa Montero. Lo supe cuando leí el artículo que ella escribió en El PaísUna vida, se titulaba-, uno de esos textos que uno tiene de cabecera, para recordarnos de vez en cuando lo que somos. 

En pleno duelo por esta pérdida, llegó a las manos de Rosa el diario que la científica Marie Curie escribió tras el fallecimiento de su esposo Pierre. A partir de esa lectura y de sus vivencias personales, la escritora construye un libro muy personal, difícilmente clasificable, donde entabla un diálogo cercano y cómplice con el lector. Y, como suele suceder cuando se mira de frente y con naturalidad a la muerte, la vida late con fuerza en todas sus páginas. 

De hecho, da cierto pudor destacar el elemento local, la conexión con nuestro pueblo, en una obra que, claro está, va en otra dirección, que explora en el mundo de los sentimientos, del dolor, del amor, de las amistades, de las contradicciones, de la tenacidad, de las limitaciones... y de cientos de cosas más. Si lo traigo a colación es porque, sin duda, es una curiosidad para las personas vinculadas a El Hoyo de Pinares, pero, obviamente, no pasa de ser un dato anecdótico. Y el libro lo recomiendo no sólo porque aparezcan reflejados de refilón nuestros paisajes sino, especialmente, por todo lo demás. 

Al comienzo de la senda, al salir del pueblo, hay una higuera. Aquella primera vez me la mostró y me contó su historia: a finales de agosto, mientras los frutos terminaban de madurar, una niña se sentaba bajo las ramas y se pasaba las horas cantando para espantar a los pájaros y evitar que picotearan los higos. A Pablo la escena debió de maravillarse: me la contó ese día y muchos más, cada vez que íbamos al pueblo (…)”.

¿Quién sería aquella niña, que hoy será una mujer de nuestro pueblo? ¿Recordará los días en que cantaba bajo la higuera para mantener alejados a los pájaros? 

Rosa se pregunta qué pensará uno antes de morir. Y está convencida de que aquella fue “una escena luminosa y crucial en la imaginería de Pablo”. 

La niña y la higuera, eran de El Hoyo de Pinares. De Pablo Lizcano, aquella mirada asombrada del niño. Y Rosa Montero pone las palabras mágicas del escritor. Para enseñarnos cómo lo grande de la vida se esconde en lo pequeño.

35 años después: el secuestro de Javier Rupérez

Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel 2014 de El Hoyo de Pinares.

Septiembre de 1979: dos terroristas de ETA, Aulestia Urrutia y Françoise Marhuenda, se reúnen en Francia. Él le suministra a ella los datos para hacer un seguimiento a un diputado de Unión de Centro Democrático, Javier Rupérez. Se trata de elaborar un informe para un posterior secuestro, en el marco de una campaña terrorista que reclamará la amnistía de sus presos cuando se apruebe el estatuto de autonomía vasco. Marhuenda alquila para ello un piso en la calle de la Encomienda nº 20 de Madrid, con una identidad falsa y, durante dos semanas, vigila las costumbres del diputado.

Terminada su tarea, se tiene que entrevistar con el “comando” que llevará a cabo la acción, el mismo que había intentado secuestrar a otro diputado centrista, Gabriel Cisneros. Este político había conseguido milagrosamente zafarse de los terroristas en el momento en que iban a capturarlo, aunque resultó herido de bala.

Se citan en el bar del teleférico de la casa de Campo, en la calle Pintor Rosales. Allí aparecen (según el relato que Françoise hará a la policía tiempo después) Luis María Alkorta (alías Bigotes) y Arnaldo Otegi (El Gordo). Le proponen irse a vivir con ellos a un chalet que utilizan como “casa franca” en nuestro pueblo, El Hoyo de Pinares. Allí les espera el otro integrante del grupo, José María Ostolaza, alias El Barbas

Françoise asegura que, durante varios días, efectúa viajes desde nuestro pueblo a Madrid con integrantes de ese “comando” para contrastar la información de seguimiento que ha recogido y estudiar in situ como debía llevarse a cabo la operación.

Los terroristas ya tienen estudiadas las costumbres del diputado. Para su acción, usarán los mismos turismos, dos Seat 127, uno rojo y otro beige, que utilizaron en el fallido secuestro de Cisneros. Acuerdan que, si se presenta algún inconveniente durante la captura, le matarán. 

La víspera del secuestro, pasan todos la noche en el piso alquilado de la calle de la Encomienda en Madrid. A las siete de la mañana del 10 de noviembre de 1979, van a la Casa de Campo y dejan allí aparcado el 127 beige. Siempre según el relato de Françoise (luego no confirmado íntegramente por las sentencias judiciales), los cuatro terroristas, cada uno con un arma, se dirigen en el coche rojo al domicilio de Rupérez, en la madrileña plazuela de la Morería, donde llegan sobre las ocho y media de la mañana. La mujer se sienta en un banco en la acera de enfrente y el Seat 127 lo aparcan detrás del vehículo de Rupérez, a unos 50 metros de distancia. 

A las nueve y diez, sale de su domicilio Javier Rupérez y se encamina a su coche, un Seat 127 azul marino, de dos puertas, matrícula M-4032-AL, aparcado en la calle de la Morería con la plaza del Alamillo. Como Secretario de Relaciones Internacionales de UCD, tiene previsto acudir a las 10 h. a la I Mesa Iberoamericana de Partidos Democráticos que se celebra en el Hotel Monte Real de Madrid. Nunca llegará a su destino. 

Rupérez entra en su coche y, cuando se dispone a arrancar, dos individuos armados con pistolas abren la puerta y le encañonan. Le conminan a pasar a los asientos de atrás. Uno de los pistoleros se sienta a su izquierda apuntándole. Otro se coloca en el asiento del conductor y abre la puerta para que ocupe el puesto del copiloto la muchacha con chándal y bolsa de deportes a la que poco antes Rupérez había visto sentada en un banco. 

Cuando el vehículo se dirige hacia la zona de la Estación de Príncipe Pío, el individuo que tiene a su lado, sin dejar en encañonarle con su pistola,  le ordena agachar la cabeza, ponerse unas gafas opacas y entregarle su reloj. Ya en una zona poco concurrida de la Casa de Campo, le manda bajarse. Le quitan el abrigo, le dan unas pastillas, le atan las muñecas y le vendan los ojos con gasa y cinta aislante. Tras introducirle en el maletero del otro vehículo, emprenden viaje por carretera. Rupérez lógicamente lo ignora, pero en ese momento se están dirigiendo a El Hoyo de Pinares.

Llegados a su primer lugar de cautiverio, entran con el vehículo al interior de un garaje y allí le cambian del maletero al asiento delantero, pero aún atado y con los ojos vendados. Esperan un tiempo y, una vez que se han asegurado de que no hay nadie en las inmediaciones, le trasladan caminando a una habitación, le sientan en un colchón a ras de suelo y por fin le quitan la venda. Entonces ve que está en una especie de tienda de campaña azulada, en la que no puede ponerse de pie. Un encapuchado situado a su lado le indica que sus necesidades las tendrá que hacer en un cubo de plástico verde. Seguirá durante días con la misma ropa y le facilitarán un par de mantas, una palangana con agua y jabón y un cepillo de dientes. 

En el Hotel Monte Real, empieza a inquietar el inusual retraso de Rupérez. Lógicamente al principio se le quiere restar importancia, piensan simplemente que se puede haber dormido. Luego quieren suponer que se trata de una avería del vehículo... Tras las comprobaciones del equipo de seguridad de UCD en su casa, la preocupación ya no puede ocultarse. A la una y media de ese día se cursará la denuncia policial por la desaparición. Antes de ello, tras agotar las indagaciones, se ha avisado telefónicamente a su familia, que está en La Puebla de Almenara (Cuenca). La madre de Javier llora al enterarse. Su esposa, Gerry, y su hermana, Paloma, recogen todo para regresar a Madrid, con la hija del político secuestrado, Marta, de sólo dos años de edad. Hasta primeras horas de la tarde no se instalan los primeros controles policiales en las salidas y accesos de la capital. Es demasiado tarde. 

Todas las hipótesis de autoría –desde la extrema derecha a cualquier de las ramas de ETA- estaban abiertas a la especulación periodística y la investigación policial. No es hasta dos días después del secuestro cuando la denominada ETA (político-militar) lo reivindica, mediante un comunicado que anuncia que próximamente concretarán sus exigencias. Ese mismo día, la policía localizará el coche del diputado, abandonado en la Casa de Campo. 

Algún tiempo después, parece que abandonan El Hoyo de Pinares, con un destino desconocido. Al secuestrado le dan otra vez pastillas y le vendan los ojos. Le suben a la parte de carga de un camión y le esconden entre cajas. Una vez llegados, le indican que camine por una especie de rampa de cemento y, ante lo que se supone que será una entrada, le ordenan que pase arrastrándose. Cuando le descubran los ojos, verá el lugar donde pasará el resto de su cautiverio: un pequeño habitáculo con una litera metálica, una mesa y una silla.

A esas alturas ya ha tenido algunas conversaciones con sus terroristas. Sabe que son de ETA, presumiblemente de la rama político-militar y le han reconocido que su secuestro está teniendo gran trascendencia pública. 

El presidente Adolfo Suárez ha decidido no negociar con los terroristas y gestionar una cadena de adhesiones internacionales que pidan la liberación sin condiciones. La familia hace públicos mensajes de cariño, cuyo contenido Javier Rupérez no llegará a conocer durante su cautiverio. 

El 13 de noviembre ETA político militar había dado a conocer sus “exigencias” para liberar al secuestrado: la inmediata excarcelación de cinco reclusos concretos aquejados de alguna dolencia, y la creación por el Consejo General Vasco (el organismo preautonómico) de una comisión para estudiar la supuesta “violencia institucionalizada” contra el País Vasco.

El 14 de noviembre el Congreso condena la privación de libertad de su diputado, que califica de “agresión a las instituciones democráticas” e insta al Gobierno para que actúe “sin sometimiento a coacciones de índole delictiva”. Personalidades públicas de muy distinta condición constituyen un Comité pro Liberación de Javier Rupérez. 

A Rupérez su captores le proporcionarán un mono de obrero y le harán varias fotografías, que que ETA hará públicas para acreditar que sigue con vida: bajo el cartel de Pertur (dirigente etarra de cuya desaparición culpan al Estado pero que en realidad ha sido asesinado por otra facción de la propia banda), con el diario El País del 17 de noviembre en las manos, con un libro o escribiendo una carta para su familia.

Un día, entran en su habitación, encienden la luz y le sacan de la cama dando voces: “¡Esto se acabó! Le vamos a ejecutar, todo el mundo le ha abandonado, el Gobierno no quiere negociar, estamos hasta los cojones!”. Le lanzan recortes de prensa a los que han quitado las fechas, todos en la misma línea de negativa a negociación por parte del gobierno ucedista. Rupérez piensa que ha llegado su final. Pero, tras la conmoción causada, le obligan a que escriba una  carta a Suárez pidiendo que haga algo por su vida y le permiten regresar a la cama. 

Todas las largas y tensas semanas del cautiverio de Rupérez se debaten entre una intensa preocupación y permanentes noticias contradictorias. No hay que olvidar que todavía está reciente la conmoción que nos produjo a todos ver en el maletero de un coche el cadáver de Aldo Moro, el dirigente de la democracia cristiana italiana, secuestrado y asesinado el año anterior por el grupo terrorista Brigadas Rojas. El gobierno sí tiene previsto dar ciertos pasos en materia penitenciaria, pero no quiere dar la impresión ante la opinión pública de que los terroristas le marcan el paso. 

Aunque Rupérez no lo sabe con certeza, se ha cumplido ya un mes desde su captura el día en que sus secuestradores entran al habitáculo y le dicen simplemente: “Nos vamos”. Le proporcionan ropa nueva y, tras suministrarle otra vez pastillas y vendarle los ojos, le meten en el maletero de un coche. Llegados a su destino, le dejan sentado en una piedra, con los ojos tapados, y le dicen que no se mueva, que su familia le recogerá. Nadie viene y, transcurrido algún tiempo de espera, Rupérez decide quitarse la venda. Es de noche y camina hacia el lugar donde intuye que hay una carretera. Llora entonces emocionado, porque es consciente de que ha sido liberado y de que volverá a ver a los suyos. No intenta hacer autostop a los coches que pasan: piensa que de noche y viéndole así -arropado con una manta, pelo largo y barba de varios días- nadie parará. Se dirige hacia una gasolinera, que encuentra cerrada, pero un cartel le informa de cuál es la más cercana abierta, a un kilómetro. Cuando llega, se dirige al empleado que le escucha tras los barrotes: “Soy Javier Rupérez, el secuestrado, me acaban de liberar, ¿puedo hacer una llamada?”. “Sí, lo he conocido. Puede llamar, pero  a estas horas siempre pasa un coche de la guardia civil”.  Le informan de que está en el término municipal de La Varga, a 8 kilómetros de Burgos, y que son las seis de la mañana del 12 de diciembre de 1979. Cuando aún están buscando el número de teléfono de la guardia civil, llega efectivamente un coche patrulla. El liberado sale a su encuentro y un agente exclama: “¡Coño, si es Rupérez!”. La pesadilla ha terminado.  

El diputado es llevado a la Comandancia de Burgos. Desde allí, hablará primero con su esposa y luego con el presidente Suárez. Después, le trasladan en coche al Palacio de la Moncloa, donde podrá por fin abrazar a su familia. Y tras el reencuentro, tendrá que ir al Hospital Puerta de Hierro para una revisión médica. 

Los siguientes meses hubo numerosas especulaciones sobre el precio de esta liberación. La oposición socialista pidió a Suárez en sede parlamentaria que informara a la opinión pública de cuáles habían sido las concesiones. El gobierno siempre negó cualquier negociación o acuerdo con los terroristas. Ese mismo mes fueron excarcelados catorce presos de ETA, pero el ejecutivo sostuvo que era consecuencia de su propia política penitenciaria y no de cesiones. Una parte de ETA (p-m), la llamada VII Asamblea, se acabaría disolviendo en 1982 y acogiéndose a medidas de reinserción. 

Habían transcurrido más de tres meses de la liberación del diputado cuando una operación policial en Oviedo desencadenó varias detenciones en Asturias, Málaga y Valencia, proporcionando la información necesaria para esclarecer en parte el secuestro de Rupérez y el intento sufrido antes por Cisneros. 

Como consecuencia de las distintas declaraciones e investigaciones, se procedió a detener a Begoña Aurteneche, una vizcaína de 56 años, quien había suministrado uno de los vehículos al comando y había alquilado el chalet de El Hoyo de Pinares donde transcurrió parte del cautiverio. También se apresó a Françoise Marhuenda, vasco-francesa de 26 años, que como ya sabemos confesó ser una de las autoras materiales.
  
El chalet descubierto estaba en la zona de La Perdiguera, en la entonces Avenida de José Antonio (hoy Juan Carlos I) número 83 de nuestra localidad, por encima de la piscina municipal. Allí se descubrió un zulo excavado donde se ocultaban aún explosivos (80 kilos de goma 2, cuatro artefactos de carga hueca y cuatro granadas de mano) y un arsenal de armas (cuatro pistolas, una metralleta y una escopeta repetidora), además de numerosa munición, las gafas oscuras usadas en el secuestro, grilletes, pelucas, matrículas de coches falsas… En esa vivienda se halló también lo que los terroristas denominaban, en su siniestro lenguaje, la “cárcel del pueblo”, esto es, el lugar donde transcurrió la primera parte del secuestro del diputado de UCD.

Enseguida la noticia trascendió a los medios: Rupérez había estado secuestrado en un pueblo de Ávila, El Hoyo de Pinares. Periódicos, radio y televisión informaban de las detenciones y del hallazgo del chalet. Como es fácil imaginar, la información conmocionó a nuestro pueblo, donde incluso muchos habían conocido y tenido trato personal con algunos ocupantes del chalet, especialmente con su arrendataria, Begoña. 

François narró ante la policía los detalles del secuestro y declaró que ella y Otegi habían pasado a Francia tres días antes de la liberación y que sus compañeros de comando lo hicieron más tarde.
Entonces se rumorea que Rupérez va a venir a nuestro pueblo para reconocer el lugar donde estuvo secuestrado. El día indicado, esperaban ante el chalet la guardia civil y el reportero gráfico de Diario de Ávila Javier Lumbreras. Pasa el tiempo y Rupérez no aparece. A falta de testimonio de la inspección ocular por parte del diputado secuestrado, el periódico publicará al día siguiente la foto de los curiosos chavales presentes, que nos estamos asomando a la verja del chalet. En sus memorias, Javier Rupérez reconoce que se había comprometido con el comisario Manuel Ballesteros a venir, pero que Joaquín Ruiz Giménez (el político democristiano que había presidido el comité en pro de su liberación) le pidió que no lo hiciera, porque le complicaba mucho las cosas en cuanto a la regularización penitenciaria de los miembros de ETA (p-m) que se había comprometido a intentar. 

En 1981, se celebra el primer juicio contra las dos mujeres. El 22 de mayo, la sentencia judicial condena a Begoña Aurteneche a un año de prisión por colaboración con banda armada y a François Marhuenda a tres años por su participación en el secuestro. 

Casi diez años después, se juzgaría a otros miembros del comando, Luis M. Alkorta y Arnaldo Otegi –el mismo que más tarde sería dirigente de Batasuna-, a los que Rupérez no pudo reconocer. A pesar de que su compañera de “comando” había proporcionado numerosos datos, ellos negaron todo y resultaron absueltos por falta de pruebas, en sentencia de la Audiencia Nacional de 19 de enero de 1989.  

Obviamente el secuestro de Javier Rupérez no es un episodio de grata memoria. Pero creo que es necesario que las nuevas generaciones lo conozcan y que nosotros no lo olvidemos. Al fin y al cabo, también es parte de nuestra historia. Y nos ayuda a saber de dónde venimos y ser conscientes de cuánto ha costado hacer el camino.

El nombre de El Hoyo de Pinares a buen seguro invocará recuerdos dramáticos en Javier Rupérez. Pero, en realidad, sólo la desgraciada elección de los terroristas convirtió un pueblo que es acogedor, afable y amante de la libertad en el lugar de un inhumano cautiverio. 
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Bibliografía:
- Secuestrado por ETA. Memorias. Javier Rupérez. Ediciones Temas de Hoy, 1991.

Documentos judiciales:
-  Extracto del acta de declaración de Françoise Marhuenda en la Brigada Central de la Comisaría Central de Información. Madrid, 24 marzo 1980.
- Sentencia 68/1981 de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, de 22 de mayo.
- Sentencia 7/1989 de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, de 19 de enero.

Hemeroteca:
- Javier Rupérez, secuestrado por ETA. La Vanguardia, 13 noviembre 1979.
ETA se atribuye el secuestro de Rupérez. ABC, 13 noviembre 1979.
Javier Rupérez, en libertad. ABC, 13 diciembre 1979.
La liberación de Javier Rupérez. El País, 13 diciembre 1979.
Rupérez estuvo secuestrado en un pueblo de Ávila. ABC, 25 marzo 1980.
Esclarecidas las acciones contra los diputados Cisneros y Rupérez. ABC, 26 marzo 1980.
Dos mujeres, responsables del secuestro de Javier Rupérez. Diario 16, 26 marzo 1980
Relato policial del secuestro de Javier Rupérez. La Vanguardia, 26 marzo 1980.
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(Ilustraciones | Rupérez secuestrado, foto difundida por la banda terrorista ETA. Chalet y zulo donde escondían las armas, fotografía de agencias y prensa de la época. Rupérez liberado con su familia, fotografía de Marisa Flórez, El País. Rupérez entra al juicio en la Audiencia Nacional contra sus presuntos captores en 1989, fotografía extraida del libro Secuestrado por ETA)

Un hoyanco, combatiente en Dinamarca (1808)

Publicado en Programa de Fiestas San Miguel 2013 de El Hoyo de Pinares.

 
El año pasado, al recoger en estas páginas los recuerdos de D. Máximo García López, médico titular de nuestro pueblo entre 1832 y 1834, hacíamos mención a un ex combatiente al que atendió cuando estaba gravemente enfermo y asegurábamos que su historia bien merecería un artículo aparte.
 
Se llamaba Benito. Nació y se crió en El Hoyo de Pinares. Fue llamado a filas y le destinaron al cuerpo de Caballería.
 
Por aquel entonces, en virtud del Tratado de San Ildefonso, la política exterior de España -cuyas riendas llevaba Manuel Godoy, primer ministro del rey Carlos IV- estaba sometida a los designios de Francia. En 1806, Napoleón reclamó a la Monarquía española el envío de tropas a Alemania, con el fin de reforzar el bloqueo al que estaba sometiendo a sus enemigos ingleses.
 
Bonaparte conseguía ayuda para sus afanes expansionistas por Europa pero, además, albergaba el oculto propósito de debilitar la respuesta militar española cuando llegara el momento de invadir nuestro territorio. El veterano de guerra hoyanco se lo narró así al médico que le atendía en sus últimos días: “Necesitaba Napoleón tropas valientes y sufridas para adelantar sus conquistas en el Norte y, como el célebre Godoy era a la sazón dueño del palacio y por consiguiente del gobierno, le concedió la parte de refuerzo que pedía, no sin mengua y grave daño de nuestra patria”.
 
Las tropas españolas pasan el invierno de 1807-08 acantonadas en Hamburgo pero, en febrero de 1808, Dinamarca -aliada de Francia- declara la guerra a Suecia, que se había negado a secundar el bloqueo al comercio inglés. Al territorio danés de la península de Jutlandia fueron enviados efectivos españoles, para desplegarse por la costa y evitar desembarcos.
 
Aquella unidad, conocida como la División del Norte y que estaba bajo el mando del General Pedro Caro y Sureda, Marqués de la Romana, fue el destino de nuestro paisano, que padeció enfermedades en su esforzada marcha por tierras europeas: “Molesto por demás sería referir a usted uno por uno los disgustos que pasamos hasta llegar a Dinamarca, tanto por mar como por tierra –contaba años después a su médico en El Hoyo de Pinares-, pero baste decir a usted, para que forme un juicio exacto de mis padecimientos, que fui acometido diferentes veces de catarros pulmonares” (posiblemente lo que hoy llamaríamos neumonía). “En algunos de estos ataques arrojaba sangre y tuvieron que hacerme alguna sangría; pero en otros que sufrí, no hice caso de ellos y con un ponche caliente solían desaparecer, aunque no la tos, que me molestaba por mucho tiempo. La causa de estos catarros, oí decir a los médicos, era debida a las influencias atmosféricas, a la variación del clima y a las largas marchas y precipitadas que continuamente se hacían por países húmedos y fríos como eran las regiones que atravesábamos”.
 
Hay muchos testimonios históricos curiosos sobre la buena sintonía entre los soldados españoles y la población civil danesa. En la literatura popular de Dinamarca existen numerosas referencias a aquella presencia hispana, que entonces les resultaba tan exótica, por su apariencia y sus costumbres. Algunas familias danesas conservan estampas que se editaron con los uniformes de las tropas de nuestro país. El célebre escritor de cuentos Hans Christian Andersen (nacido en 1805, autor de El patito feo, La sirenita, El soldadito de plomo, etc.) recuerda en sus memorias como, siendo niño, le cogió en sus brazos un soldado español, con gestos de cariño y con alguna lágrima, al recordar los hijos que había dejado en nuestra tierra. Tanto en 1908 como en 2008, al cumplirse el primer y segundo centenario de aquellos hechos, se celebraron actos conmemorativos con el apoyo de instituciones españolas y danesas.

 
En marzo de 1808 llegan a las tropas españolas los primeros rumores confusos sobre el motín de Aranjuez contra Godoy y empieza a cundir la desconfianza. Cuando se produce la invasión francesa de nuestro país, los responsables galos interceptan inicialmente la correspondencia y comunicación, de forma que los militares españoles sólo podían acceder a la información de la propia prensa francesa. Pronto el alto mando francés, ejercido por el mariscal Bernardotte, recibe instrucciones para dispersar a las tropas españolas, por temor a que se amotinasen.
 
A través de un pliego del ministro afrancesado Mariano Luis de Urquijo, tuvieron conocimiento nuestros soldados de que el trono español estaba ocupado por el rey José Bonaparte, al que se les ordenaba prestar juramento. Los distintos cuerpos hispanos estaban aislados entre sí y rodeados de fuerzas francesas. Algunos, en Fiona y Zelandia, se sublevaron contra el mando francés a los gritos de “Viva España” y “Muera Napoleón”, por lo que fueron desarmados y hechos prisioneros, cautiverio que se prolongaría durante años. El General Marqués de la Romana comprendió que ésa era la suerte que podían correr todos y optó por suscribir un reconocimiento, pero condicionado a que José I hubiera subido al trono sin oposición del pueblo español.
 
Desde la resistencia del interior de nuestro país, el Secretario de la Junta de Sevilla, Rafael Lobo, recibió el encargo de hacer llegar al Marqués de la Romana información de lo que estaba sucediendo en España. No pudo entrar en Dinamarca, pero utilizó como agente a un sacerdote escocés católico, James Robertson, que se hizo pasar por comerciante, y para posteriores comunicaciones se usó un sistema cifrado basado en el Cantar del Mío Cid. Más tarde, en un episodio absolutamente novelesco, el capitán Juan Antonio Fabregues, de los voluntarios de Cataluña, consigue reunirse con Lobo en un navío inglés y éste por fin le informa de todo lo que ha sucedido en España: el levantamiento popular del 2 de mayo contra los franceses y la constitución de las Juntas como autoridad legítima frente al rey usurpador. Fabregues pudo dar cuenta a sus superiores inmediatos y, cumpliendo indicaciones de éstos, trasladar las noticias al Marqués de la Romana.
 
Los franceses, hasta entonces supuestos aliados, se habían convertido así en enemigos. El General tomó la decisión de intentar reunir a todas las tropas españolas dispersas. Con los efectivos de que pudo disponer se apoderó de la ciudad de Nyborg y allí fueron llegando, con no pocos problemas, el resto de los españoles, excepto los regimientos que habían sido hechos prisioneros. Pasaron después a la isla de Langeland, donde tuvo lugar el emocionante acto que reproduce la pintura de Manuel Castellano: los nueve mil combatientes españoles se juramentaron, ante sus banderas, para regresar a España y luchar por su independencia.
 
Los españoles resistieron en la isla hasta que la escuadra británica del almirante Sir James Saumarez logró llegar a la costa y, en agosto de 1808, embarcó a toda la división con destino a Suecia. Los hombres, junto con toda la artillería, pudieron ser transportados. Pero los historiadores recogen que no pudieron llevarse los caballos y así lo corrobora también en primera persona el soldado hoyanco, que asegura que “los que no murieron de frío hubo que matarlos para que el cargamento de los buques no fuera tan excesivamente pesado. A mi caballo, que era muy brioso, por lo que tenía el nombre de ‘Arrogante’, le dio muerte un camarada, pues yo no tuve valor de hacerlo. Me había conducido más de dos mil leguas, habiendo compartido con él en diferentes ocasiones la ración y los peligros, y esto era causa de que yo le mirase con particular cariño”.
 
A la Bahía de Gotemburgo llegaron el 5 de septiembre treinta y siete barcos españoles para repatriar a los soldados que, el 9 de octubre, por fin desembarcaron en Santander, Santoña y Ribadeo.
 
Años después, el veterano de guerra hoyanco resumía estos hechos en su narración ante el médico que le atendía: “Nos hallábamos en aquellos remotos climas cuando supimos de la invasión de los franceses, noticia que nos produjo el más amargo y noble despecho. Inmediatamente, nuestro digno general, ardiendo en deseos de vengar nuestra nacionalidad ultrajada, dio las disposiciones más terminantes para nuestro regreso a España y, con el auxilio de Inglaterra, nos embarcamos en aquellos lejanos mares”. “Llegamos a España –relata el soldado natural de nuestro pueblo- no sin haber pasado por mil riesgos y compromisos, pues como Francia estaba en guerra con la mayor parte de las naciones de Europa, en muchos cruceros de los mares había buques que nos espiaban”.
 
Las tropas españolas del Marqués de la Romana comenzaban en territorio español una nueva lucha, ahora contra el invasor francés. “Arribamos a España –contó Benito a su médico años después-, y por cierto bien cercenado el número de los que compusimos aquella famosa expedición, y a poco tiempo de nuestra llegada contribuimos a contener la derrota que el general Blaque sufrió en Espinosa de los Monteros por tropas francesas”.
 
“Después de este reñidísimo combate –prosigue- atravesamos España en medio de un estío abrasador y, como la naturaleza notase aquel cambio viniendo de países fríos, fui atacado por un tabardillo pintado [fiebre tifoidea] que estuvo en poco en no llevarme a la trampa”. Más adelante narra que “posteriormente a mi enfermedad, hice toda la campaña de la independencia, siendo herido dos veces y prisionero otras dos”. La derrota de la batalla de Ocaña “nos ocasionó la pérdida de una infinidad de hombres, que prisioneros, hambrientos y transidos de frío por la desnudez y el rigor de la estación nos vio Madrid atravesar sus calles, cubiertos de harapos y pedazos de estera en el año de 1809”.
 
Benito consigue fugarse de su cautiverio y vuelve a la lucha. En el que será su lecho de muerte evocará luego “la dicha de incorporarme al ejército para combatir contra los usurpadores de los fueros de Castilla y en defensa de nuestra gloriosa independencia. No aspiraba a empleos, ni a distinciones de títulos y cruces. Mi ambición se cifraba en destruir enemigos: mi gloria en prestar aquellos servicios a mi querida patria. ¡Con qué furor me batía! ¡Qué ansiedad por entrar en acción cuando recordaba que nuestros adversarios eran extranjeros que pretendían oprimirnos ultrajando nuestra nacionalidad sagrada!”.
 
"Terminada la guerra con Napoleón y pasados algunos años, nos concedieron las licencias absolutas y con ellas me retiré a mi pueblo después de catorce años de ausencia, desnudo y sin recursos para principiar a vivir”. Benito carga, en sus recuerdos, contra el rey traidor Fernando VII: “Ésta fue la recompensa a nuestros servicios, y gracias que logramos volver al hogar paterno… Porque otros españoles recibieron por premio a su lealtad y servicios la proscripción, la cárcel y el patíbulo… Ése fue el premio que en lo general concedió el ‘suspirado Fernando’ al que más sacrificio hizo por su trono y la independencia de nuestro país. Cuando recuerdo la injusticia y la ingratitud con que se premiaron estas hazañas y sangre vertida, me estremezco y lleno de indignación, porque soy franco, como buen militar que fui y como castellano viejo que soy, siempre he tenido por lo más feo y horrendo que pueda abrigar el hombre, la injusticia y la ingratitud”.
 
En su nueva vida civil en El Hoyo de Pinares, Benito contrae matrimonio: “Dios me deparó una tierna y sensible compañera que, desde que oyó leer un día, en mi licencia, los servicios que había hecho y combates en que me había hallado, me tomó cariño y a poco nos desposamos” en una relación que el antiguo soldado retrata como muy dichosa.
 
En medio de los trabajos y la pobreza, el trienio liberal -tras el pronunciamiento que restauró la Constitución de Cádiz- va a cambiar por fin la suerte de Benito en ese aspecto: “Las inmortales y justas Cortes del año de 1820 al 23 decretaron, en justa compensación a nuestros servicios, una ley para que a cada licenciado del ejército de aquella época se le diese el importe de unos 4.000 reales en los terrenos baldíos o realengos de sus respectivos pueblos”.
 
Benito recibe un terreno en El Hoyo de Pinares que describe como “lleno de malezas y pedregales” y que en dos años “con mi mano y azada allané siendo tan escabrosos y desiguales”, convirtiéndolo “en un jardín de esperanzas y delicias, viendo crecer los arbolitos por mi mano plantados en tan poco tiempo”. Dedicado al cultivo del campo y viendo crecer a María, su pequeña hija, pasa su época vital más grata. En los descansos de las labores, en una lancha de la finca, a la que bautiza como de la Amistad, el ex combatiente se sentaba de vez en cuando a charlar con alguno de sus amigos del pueblo.
 
Pero enseguida la restauración del absolutismo en 1823 vuelve a cambiar el panorama: “la terrible reacción del 23 nos privó de una propiedad que la nación reunida en Cortes nos diera, dejándonos en el mayor desamparo”. “Una sombría tristeza –le confiesa Benito a su médico en sus últimos días- se apoderó de mi ánimo (…). Un despojo tan tiránico y arbitrario como éste no podía menos de causar un trastorno en mi naturaleza y, como mi pecho tantas veces había padecido, se resintió de nuevo y, de unos males en otros, a manera de los eslabones que unen una cadena, me pusieron en muy mal estado y redujeron a la desesperación (…) Hace tres años que arrastro la vida más miserable y penosa”. Benito visita de vez en cuando, con nostalgia y con lágrimas, su antigua posesión, a la que tantos esfuerzos dedicó.
 
Así es como el médico D. Máximo García le encuentra, en su lecho, en 1832: un hombre en la cincuentena, delgado, muy envejecido, con barba blanca, fatigado, con dificultades para expectorar, padeciendo a menudo fiebres y escalofríos... Es entonces cuando el veterano de guerra le cuenta al doctor su historia y, finalmente, le pedirá que le diga con sinceridad cuáles son sus expectativas reales.
 
Tras resistirse inicialmente, el galeno que le había examinado le acabará confesando que “su mal por desgracia ha echado hondas raíces” y que la ciencia no puede ya ayudarle. Benito le confiesa que espera la muerte con serenidad, sin temor “como buen militar que más de una vez ha luchado con ella”, pero con preocupación por su familia, por dejar “en este mundo de miserias dos pedazos de mi corazón, sin apoyo, sin guía y sin recursos para el preciso sustento. Este recuerdo me atormenta, me fatiga y pone en angustiosa tortura los cortos días que me quedan de vida”.
 
El viejo soldado natural de El Hoyo de Pinares, que había sido partícipe de hazañas en Dinamarca y en España, que había anhelado tener una vida tranquila en el campo sin conseguirlo, se despedirá cariñosamente de su esposa: “Te suplico me perdones si como hombre y esposo te he podido ofender. Ten serenidad y resígnate con la suerte (…) Continua dando a mi hija esa educación santa y hermana que has sabido grabar en su corazón, sé caritativa con el desgraciado y, si alguna vez pasáis por la Lancha de la Amistad, acordados del que la puso tan justo nombre”. Y de su hija: “Sé, como hasta ahora (…), el consuelo de tu madre y recibe la bendición de tu padre (…). Acuérdate hija mía de tu padre y de sus consejos y, si algún día mudas de estado y el cielo te concede sucesión, le pondrás mi nombre a alguno de tus hijos…”. Benito recibió los últimos sacramentos y, cuatro días después, falleció.
 
Cuando tanta gente ni siquiera salía en toda su vida del pequeño entorno en que veía la luz, este hoyanco había recorrido Europa y servido como soldado español en Dinamarca. Secundó la rebelión cuando los franceses ocuparon España y, tras mil desventuras y esfuerzos, regresó para luchar contra el invasor. Fue un hombre que, después de tanto servicio, sufrió la ingratitud y la injusticia de las autoridades de su propio país. Que deseó una vida apacible en estos parajes y murió con el desconsuelo de dejar desamparadas a su mujer y a su hija. Aunque tan triste historia pueda parecer novelesca, no es un relato de ficción. Benito, el viejo soldado nacido en El Hoyo de Pinares, existió, fue real. Pisó el mismo suelo que nosotros y tal vez soñó contemplando estos mismos montes.
 
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Bibliografía: 
- Diario de un médico. Máximo García López. Imprenta T. Aguado, Madrid, 1847.
- Los españoles en el Langeland (1808). Coronel Andrés Allendesalazar y Bernar. Revista Ejército, nº 247. Madrid, agosto 1960.
- La expedición española a Dinamarca. José M. Bueno Carrera. Aldaba Militaria, 1990.
- Expedición española a Dinamarca. Artículo de wikipedia.
- La expedición española a Dinamarca (1807-1808). Qadesh. www.elgrancapitan.org, 2005.
- Dinamarca: Expedición del Marqués de la Romana. Asociación Histórico-Cultural Teodoro Reding. 2008.
- La expedición a Dinamarca del Marqués de la Romana. Diario de Mallorca, 23 diciembre 2007.
- Una tumba en Dinamarca. Arturo Pérez Reverte. XL Semanal, 17 enero 2010.

Ilustraciones: El Juramento de las tropas del Marqués de la Romana, óleo de Manuel Castellano (1850) y lámina antigua de las tropas hispano-francesas.

La feria taurina de El Hoyo de Pinares en la prensa del primer tercio del siglo XX

Publicado en Diario de Ávila, 25 septiembre 2012.

No cabe duda de que la afición taurina tiene arraigo histórico en El Hoyo de Pinares. Ya en 1847, el célebre Diccionario Madoz da cuenta de que el pueblo “tiene 240 casas de mediana construcción distribuidas en varias calles empedradas, y 2 plazas, la una destinada a la venta de los comestibles y la otra a las corridas de novillos”.

En los archivos del Ayuntamiento, se conservan numerosos acuerdos municipales muy ilustrativos en tal sentido. Por ejemplo, en 1903 la Corporación, presidida por el alcalde Luis Marín, acuerda por unanimidad “que se solicite del Señor Gobernador Civil de esta provincia la licencia para la lidia y muerte de dos toretes para la festividad que, desde tiempo inmemorial, se celebra en esta villa el día 29 del actual, a su Patrono San Miguel Arcángel. Para los gastos de los repetidos toretes, así como los de los matadores, mulilla y coste de la plaza, sean abonados del presupuestos municipal de gastos, presentando cuenta justificada de los referidos gastos, como de los cohetes, que no podrán exceder de importe de cuarenta pesetas”.


Si acudimos a la hemeroteca, en la prensa nacional de principios del siglo XX podemos hallar algunas crónicas sobre la Feria de San Miguel en nuestra localidad.

El 3 de octubre de 1914, El País, bajo el título Toros en Provincias, incluye una breve reseña de una novillada, con “toros de Quintas, mansurrones” y la actuación de “Currillo, único espada” que “estuvo colosal toreando y banderilleando; hizo muy vistosas faenas de muleta, dando varios volapiés muy buenos. Fue sacado en hombros, habiendo ganado dos orejas”. Y añade un par de datos curiosos: “Ha sido contratado para la feria próxima. En el pueblo le obsequiaron con un banquete”. Asegura el cronista que la actuación de la cuadrilla también fue “superior, distinguiéndose en banderillas Cabanillos”. La revista El Toreo coincide en sus apreciaciones sobre este mismo festejo.

El municipio cumplió su compromiso y, al año siguiente, volvió Currillo a El Hoyo, compartiendo cartel con Vicente García, ambos con brillante actuación según Heraldo de Madrid del 30 de septiembre de 1915, que da cuenta de que García cortó una oreja y los dos salieron a hombros. El País se extiende más en su crónica y alude a dos festejos: “En las dos corridas de novillos celebradas en Hoyo de Pinares (Ávila), con motivo de la feria de San Miguel, se lidió ganado de Quintas, que resultó bravo y manejable el primer día y manso el segundo. Mellaíto estuvo bien las dos tardes. Currillo, colosal en la primera, en la que, aprovechando las buenas condiciones del ganado, hizo buenas de muleta, agarrando dos estocadas hasta la mano. En la segunda toreó por verónicas y cambió un par de banderillas, por lo que fue ovacionado. Con la muleta estuvo breve y valiente, demostrando las buenas cualidades que este torero tiene para figurar en uno de los primeros puestos entre los novilleros. Se deshizo de sus enemigos de dos estocadas y un pinchazo. Fue ovacionado y paseado en hombros por el pueblo”. Por cierto, este diestro segoviano Vicente García, Mellaíto, completaría, a lo largo de cuatro décadas en activo, una fructífera carrera que terminó en 1945, con un festival taurino de homenaje en el que, para brindarle apoyo económico tras su retirada, participan junto a él nada menos que Domingo Ortega, Victoriano de la Serna y Luis Miguel Dominguín.

LA MUERTE DE BARBERO

1916 sería un año trágico en la historia de nuestra feria taurina: muere en El Hoyo de Pinares el banderillero Serafín Uría Mauriz, Barbero. El diario La Acción narraba de esta forma el desgraciado suceso: “Ávila. En Hoyo de Pinares, de esta provincia, se celebró esta tarde una novillada en la que se actuaba de matador Francisco Martínez (Palmerito). Cuando más entusiasmado estaba el público y más aplaudía a Palmerito y al novillero Serafín Uría (Barbero), dos muchachos que trabajaban de firme, un novillo empitonó a Serafín y le corneó aparatosamente. Pasó Barbero a una casa particular, donde los médicos le reconocieron, sin dar importancia a las contusiones que presentaba. Creyóse que no había que temer por el diestro y que tardaría poco en poder ponerse en camino de Madrid, pero era tan grande la conmoción visceral que había sufrido, que un colapso cardíaco que le acometió le privó de la vida. El infeliz moría pocas horas después de haber sido recogido por caridad en una casa y, mientras agonizaba, en la plaza celebrábase un baile en el que mozos y mozas del pueblo danzaban, bien ajenos a que a pocos pasos de allí se escapaba la vida de un hombre joven que se arriesgó a exponerla temerariamente por conquistarse unas palmas y un puñado de pesetas que ofrecer luego a su madre y cuatro hermanos que mantenía. El infortunado era natural de Madrid y contaba veinticinco años de edad”. También Heraldo de Madrid se hace eco de la terrible noticia: “En Hoyo de Pinares, donde se celebraba una novillada lidiándose toros de Robles, que resultaron difíciles, al dar un capotazo al primer bicho, el banderillero Serafín Uría, Barbero, fue alcanzado, derribado y pisoteado horriblemente. Conducido a la enfermería, se le apreció una fuerte conmoción visceral que determinó un colapso cardíaco. Como la gravedad del diestro aumentaba, se le administraron los Santos Sacramentos a las nueve de la noche. Una hora más tarde el infortunado banderillero dejó de existir, rodeado de los médicos, de sus compañeros Palmerito, Gea y Joselillo, de su amigo Garcés y otras personas. En el pueblo ha producido la muerte del Barbero honda impresión”. Otras publicaciones, como La Correspondencia de España o La Lidia también se ocuparon de la triste noticia.

Serafín Uría, que había nacido en Madrid el 10 de julio de 1890, fue enterrado en el propio cementerio de El Hoyo de Pinares, donde todavía se conserva su sepultura. Cuando yo era niño, algunas jóvenes del pueblo acostumbraban a dejar flores sobre la misma el día de Todos los Santos, para que el banderillero no yaciera en completo olvido.

Es de suponer que la familia no pudiera afrontar los gastos del traslado. De la precaria situación económica en que quedó nos da idea el hecho de que, en octubre de 1916, los toreros que toman parte en una corrida en la Plaza de Toros de Tetuán en Madrid, y otros que estaban de espectadores y se unen de paisano, realizan, después del tercer toro, una cuestación entre el público a favor de la madre y hermanos de su compañero Serafín Uría, Barbero, recolectando 145 pesetas de entonces, gesto del que dan cuenta las revistas La Lidia y Toros y Toreros.

SIGUEN LAS NOVILLADAS

Ya en 1918, el Heraldo de Madrid del 1 de octubre, informa de que se lidiaron en la fiesta de nuestro pueblo “toros de Robles, buenos” y el diestro, Morato, estuvo “superior toreando y matando”.

Un año más tarde, el mismo rotativo vuelve a hacer referencia al festejo taurino anual de esta villa abulense, donde se repite un buen ganado de Robles y vuelve a actuar Morato, “único espada, colosal en todo, ovacionado y sacado en hombros”.

En 1922, La Voz recoge la celebración de la novillada de San Miguel, nuevamente con reses de Robles y compartiendo cartel Luis Mera y Maera II, acertados en faenas y estocadas. Mera, que fallecería en 1940, no llegó a matador y acabó siendo subalterno. José García López, Maera II, sí tomó la alternativa en 1929 en La Coruña, aunque como matador no le acompañó el éxito que había cosechado como novillero.

En 1928, Heraldo de Madrid da cuenta de la actuación de Manuel Rodríguez, Castrelito, en El Hoyo de Pinares, donde salió a hombros este torero gallego.

En 1929, encontramos en La Libertad la reseña de que “en Hoyo de Pinares se celebró la novillada de feria, con ganado de Siro Martín, que cumplió. Justino Mayor, único espada, tuvo un gran éxito”. Creo que se trataba de un diestro de Renera (Guadalajara) que había comenzado anunciándose como Saleri III.

El año en que se había proclamado la II República, 1931, El Imparcial refleja así la feria hoyanca: “Con mucha animación se han celebrado las dos novilladas de feria, en las que se lidiaron cornúpetos de García Resina. El diestro Finito, único espada, triunfó rotundamente ambas tardes, y cada una le fueron concedidas dos orejas entre grandes ovaciones”.

En 1933, La Libertad reseña en su apartado “Otras novilladas”: “En Hoyo de Pinares, ganado de Alonso, bravo. Amadeo Serrano, regular la primera tarde y bien la segunda. Cortó orejas. El banderillero Reverte resultó con una cornada en el cuello, de pronóstico reservado”, si bien, por fortuna, no se repitió la tragedia de años atrás.


Un siglo después de las primeras crónicas periodísticas que hemos citado, la Feria taurina de San Miguel no faltará a su cita anual. Sin perjuicio de la austeridad a la que los tiempos y la situación obligan, El Hoyo de Pinares está procurando mantener e incluso incrementar el prestigio de una modesta pero muy digna feria. Sus festejos ofrecen ocasión, a nombres ya contrastados en novilladas sin picadores, de encontrarse con destacados encastes de la ganadería española, e ir así dando pasos en su difícil empeño de llegar a ser matadores de toros. No por casualidad, la feria hoyanca ha pasado a formar parte del certamen nacional El camino hacia el toreo. Las interesantes Jornadas Taurinas previas y el galardón Piña de Oro al mejor novillero son acertadas iniciativas que contribuyen a dar mayor realce a esta feria local.

(Ilustraciones:
- Novillada en la Plaza de España. Fotografía propiedad de Lucila Galán. Publicada en el libro El Hoyo de Pinares: Imágenes del Ayer, de Carlos Javier Galán
- Portada de la revista La Lidia, 20 noviembre 1916
- Portada del diario Heraldo de Madrid, 1 de octubre de 1916
- Tendidos de la Plaza de España en tarde de toros. Fotografía propiedad de Sebastián Gallego. Publicada en el libro El Hoyo de Pinares: Imágenes del Ayer, de Carlos Javier Galán)