Un médico en El Hoyo de Pinares del siglo XIX

Artículo publicado en el Programa de Fiestas San Miguel 2012 de El Hoyo de Pinares.
D. Máximo García López publicó en 1847 una especie de memorias en dos tomos, bajo el título Diario de un Médico.

Contenían el relato, casi novelado, de su azarosa historia profesional, que hasta entonces se había desarrollado sobre todo en las provincias de Toledo y Ciudad Real, en el convulso marco histórico de la primera guerra carlista. Pero si lo traemos aquí es porque el primer destino del joven licenciado en medicina fue precisamente El Hoyo de Pinares, donde prestó servicios durante dos años, entre 1832 y 1834, una experiencia a la que dedica casi un centenar de páginas de su obra. 

EL HOYO EN 1832

Leyendo su Diario, podemos saber que el nuevo médico titular fue recibido con un banquete en casa del alcalde y su esposa, con la presencia de la corporación municipal y del escribano (lo que hoy llamaríamos secretario). La comida, cabrito asado, era servida por el alguacil del concejo, apodado tío Fuelles.  El recién llegado traza un interesante y curioso retrato de cómo era entonces nuestro pueblo (lo transcribo con ortografía actualizada):

“Hoyo de Pinares es de unos 250 vecinos [un concepto entonces similar a “cabezas de familia”], pertenece a la provincia de Ávila y al Juzgado de Cebreros, del que dista una legua. Tiene una parroquia con la advocación de San Miguel.

Está situado este pueblo propiamente en un hoyo cercado de elevadas sierras, donde se crían muchos pinos de diferentes clases, y sin duda de aquí deriva su nombre.

Su figura es casi la de un triángulo imperfecto: está dividido en tres secciones o pueblecitos por las cortaduras que hacen dos arroyos que descienden de lo alto de las montañas, formando unas cascadas tan sorprendentes, naturales y hermosas que recrean agradablemente cuando las lluvias las hacen correr.

Luego que estos pasan el pueblo, se juntan y, recogiendo las aguas de diferentes puntos, llegan a veces a formar un arroyo respetable que después desemboca en el río Alberche.

Para el tránsito de los vecinos de unos puntos a otros del mismo, tiene construidos tres puentes, dos bastante sólidos, espaciosos y labrados, y otro endeble para el arroyo más pequeño, que frecuentemente tienen que estar reparando. Tiene tres plazas, la principal, recién construida, la antigua que era más bien un corralón para los ganados y carretas, y la plazuela del Sol que está inmediata a la iglesia, al Sur de ella.

En uno de sus extremos hay dos grandes álamos negros, cuyos gruesos y carcomidos troncos manifiestan la antigüedad de su plantación.

A su sombra se guarecen en  tiempo de verano los mozalbetes y curiosos para ver entrar en la iglesia a las serranas, mientras el sacristán tañe las horas enteras las campanas dando tiempo a que el pueblo se reúna a ver la única misa del arciprestazgo que en todo lo más del año suele celebrarse.
Las casas de piedra, con poca luz y ventilación, dan un aspecto tétrico y sombrío a las calles que, como ya se ha dicho, son desiguales, sucias y mal empedradas. Se crían buenos pastos en las praderas señaladas para ellos, pero se esconden entre sus verdes yerbas muchas víboras que a veces hacen mortal su mordedura.

Con estos pastos se alimentan infinidad de ganados, particularmente el cabrío y lanar fino y ordinario, que dan excelentes leches y lanas.


Las aguas, delgadas y frías. Frutas excelentes. Se coge poco trigo, bastante centeno, y la industria principal consiste en el cultivo del lino y en la recolección de piñones, que es de propiedad general, no siéndolo así las maderas, que pertenecen a los propios.

No se consume otra carne que la de cabra. Se coge poca aceituna. Para el alumbrado usan las teas o rajas de pino.

Los ganados vacuno y el de cerda andas sueltos por las calles, circunstancia de motiva la suciedad e inmundicia que ya hemos referido.

Los naturales son sencillos y dóciles, hallándose la propiedad muy distribuida, así es que rara vez se ha visto impetrar la caridad pública a ningún vecino.”
 


El médico se instala en la localidad junto con su esposa y su hija, y toma a su servicio a una mujer del pueblo, la tía Gorriona, quien le irá aconsejando sobre cómo adaptarse a la peculiar idiosincrasia local.

El facultativo sustituye a D. Prudencio, al que, según la Gorriona, un malentendido relacionado con el arreglo de una boda (se negociaba el importe de la dote) le costó sufrir maledicencias y terminar perdiendo injustamente su plaza.

UN MÉDICO RURAL DEL SIGLO XIX

D. Máximo va narrando diversos casos de su ejercicio profesional en la villa. Por ejemplo, cuando tuvo que atender al tío Purgatorio, que había sufrido un síncope por falta de alimentación. O en otra ocasión, cuando es llamado por un chiquillo “descalzo, en mangas de camisa, con unos calzoncillos de paño con mil remiendos y por tirante un pedazo de orillo”, para que atienda a su madre, la tía Torcida, supuestamente por un cólico. Lo que le aquejaba resultó ser realmente… una borrachera.

Uno de los episodios a los que más atención presta el Diario es la agonía de un veterano de guerra, víctima de una grave dolencia pulmonar, y que, con 54 años de edad, narra su desventura al médico que le asiste en sus  últimos días. Pero creo que la historia de este excombatiente hoyanco bien merece que le dediquemos en otra ocasión un artículo específico.

Una tarea ingrata para D. Máximo, y que le ocasionó algún disgusto, era decidir quiénes estaban exentos para el servicio de soldados, pues se movía entre intensas presiones y una preocupante inseguridad jurídica.

El médico tendrá que enfrentarse a enfermedades que en su mayoría eran fruto de la insalubridad en las condiciones de vida. En el verano eran frecuentes las “fiebres intermitentes”, “con intensidad tal que muchos sucumben a impulsos de su malignidad”. “Una atmósfera viciada por la descomposición de los vegetales, en contacto con las aguas de los arroyos (…) ha de desarrollar efectos nocivos y, con ellos, producir fiebres epidémicas”. Igualmente “por aquel tiempo se desarrollaba en algunos pueblos de la provincia, y particularmente en Cebreros, una enfermedad grave de carácter contagioso que hacía infinidad de víctimas”. La enfermedad, que él considera fiebre tifoidea, también atacaba a quienes atendían a los enfermos y nuestro protagonista tendrá que asistir a sus colegas de San Bartolomé de Pinares y de Navalperal, afectados por la dolencia. Finalmente, la epidemia llega a El Hoyo, donde resultan una “infinidad” los “invadidos” por la misma. 

El médico detalla que “no había en el pueblo botica, distaba ésta una legua” (seguramente estaría en Cebreros) y, como es obvio, con la dificultad de desplazamiento propia de la época. “Mientras van y vienen por la medicina, ¿cuántos peligros puede haber corrido el enfermo?”, se preguntaba. Explica también que el sistema de pago en la farmacia era mediante una iguala fija. Esto, en casos de pandemia, le planteaba un problema: si recetaba mucho, era la ruina del farmacéutico; si recetaba poco, era un peligro para los pacientes. Pero tenía que atenerse a su deber moral, como hizo el boticario al “despachar las medicinas que los igualados necesitaren”, aunque cree que este tipo de contratos “debieran estar proscritos”.

Por si fuera poco, el galeno padecía los reiterados impagos del Ayuntamiento y, aunque su ama le aconseja que sea insistente en su reclamación, al médico le incomoda la situación: “Me es tan repugnante andar todos los días molestando, que prefiero vivir en la indigencia a esa humillación servil con que parece que se recrean los concejales”. Critica en su texto el reparto del coste médico que el consistorio hace entre la población: “Lo mismo cargan al infeliz jornalero que al vecino más acomodado”, lo que a sus ojos supone una evidente injusticia.

D. Máximo sufre la precariedad sanitaria de la época: “Para probar hasta dónde llega el abandono de la salud pública en los pueblos y la poca estima que en algunos tienen los instrumentos y cosas necesarias para corregir enfermedades repentinas, como cólicos, apoplejías, etc., baste saber a nuestros lectores que en esta población de más de 250 vecinos no había siquiera una lavativa… y más de cuatro veces, si por fortuna no la hubiera tenido el facultativo, hubieran perecido los enfermos. A petición e instancias mías logré que el Ayuntamiento se hiciera con una y, como ‘jeringa de la Villa’, andaba tan necesario instrumento de una parte a otra todo el día”. 

El médico tenía también que luchar contra la superchería. Así, conocerá un día a la Saludadora, una mujer forastera que aseguraba tener el poder de prevenir la rabia. Se la encontró en la Corredera, con “sus pelos blancos y desgreñados, su cara arrugada y morena y un tumor voluminoso que pendía de la parte anterior de su cuello”. Llevaba un rosario de Jerusalén y ofreció al médico sus servicios. Dijo que ella tenía la marca de una cruz de Caravaca en el paladar y que eso indicaba su capacidad para proteger a los demás de la rabia. Afirmaba poseer “documentos y certificaciones y cuanto usted quiera del prior de los monjes jerónimos del monasterio de Guisando”. Y, delante de él, paró a un joven que pasaba e hizo una demostración de su ritual, lo que provocó que el médico, de vuelta a casa, se lamentara de “la estupidez e ignorancia con que las clases pobres sostienen esas rancias preocupaciones” pensando que son las carencias educativas la fuente de la que “manan tantos absurdos y patrañas, tanta ignorancia y superstición”.

Pronto sabrá también de la ingenua confianza de la gente en un curandero de Las Navas, a través de una mujer que acompaña a su esposo enfermo: “Venimos a que vea usted a mi marido, a quien hoy ha dado una fuerte calentura y un frío tan extraordinario que por poco se muere. La ‘tía Calva’ nos ha dicho que debe ir a Las Navas del Marqués a que le cure ‘el Brujo’ porque, de lo contrario, nunca se pondrá bueno”. Ante la sorpresa del doctor, le explica que es “un hombre que hace milagros con sus letanías y oraciones, pero tan raro que algunas veces, como no le regalen bien, no quiere curarlos”. Y acaba ofreciendo más detalles: “En cierta ocasión fui yo con una vecina, le pidió una liga y un poco de pelo de junto a la oreja izquierda y lo quemó todo, con una mezcla de sebo de lobo y huesos de muerto, hizo un ungüento y empezó a darle tantas frotaciones por todo el vientre que en poco se puso buena”. El médico se indigna: “No pude continuar oyendo tanta estupidez y fanatismo”. Y, tras reprenderla, prescribe un medicamento para el paciente: “Tome usted esta receta, vaya a la botica, que con ella le darán una medicina que no dejará de producir más alivio que las oscuras frases y ridículas ceremonias de un impostor que vive y explota su mina a costa de la credulidad de los ignorantes, abusando de nuestra paciencia y de la tolerancia de las autoridades”. 

LA FIESTA DE SAN SEBASTIÁN

Una curiosidad histórica local que reflejan las páginas del Diario de un Médico es la celebración de la festividad de San Sebastián, a la que fue invitado por la Corporación. Ese año se aprovechó también la solemne ocasión como acción de gracias por el fin de la epidemia de fiebre tifoidea.

En esa fecha hoy se celebra la tradición de la Vaquilla, relacionada con los quintos. Pero el 20 de enero de 1834, el programa festivo incluía una misa solemne con sermón, una procesión y –lo más desconocido para nosotros- una representación de origen medieval que rememoraba las luchas de moros y cristianos.

Cada comparsa era dirigida por un anciano y salían delante de la procesión de San Sebastián, cuya imagen aún se conserva hoy en uno de los retablos del templo parroquial. Una iba con ropajes de moros y bailaba al compás de unos palos. La otra, vestida “a la antigua española”, danzaba al son de dulzaina y tamboril.

La comparsa mora representaba “a veces batallas a campo descubierto y otras, formando con sus cuerpos improvisados castillos, desafiaban con sus palos y acciones el valor de los cristianos. Éstos, que veían el desafío, imitaban otros iguales y, admitiendo el reto de los moros, se introducían entre sus filas y, dando palos y más palos unos y otros sin perder el menor sonido, hacían una visualidad curiosa y entretenida, a la par de agradable y entusiasmadora. Esta escena guerrera duraba mientras la procesión hacia alto en alguno de los puntos señalados al efecto y después, aparentando ser vencidos los moros, marchaban en precipitada fuga a su primitivo puesto. Los españoles, como dueños del campo, expresaban con sus alegres movimientos el triunfo obtenido sobre sus enemigos y por delante de la imagen seguían haciendo sus evoluciones”.

“Nunca había visto a las serranas más aseadas, peripuestas y limpias que en aquel día”, escribe el médico. “Animación, solaz y alegría presentaba aquella villa en tan solemne fiesta. Los males y sustos sufridos con la epidemia se olvidaron, el frío de la estación no impresionaba a sus naturales, sólo regocijo y baile se veía por doquier en sus semblantes”. 

Terminada la procesión, “los danzantes, después de acompañar al señor cura y Ayuntamiento a sus casas, marcharon con los mayordomos del santo a tomar el refrigerio de costumbre”. 

Por la tarde, se celebraban nuevas danzas en la plazuela del Sol, pero ahora ya también con participación femenina.

El tamborilero cantaba una letra que suponemos que hacía referencia a Alfonso VII, que reinó en Castilla y en León en el siglo XII y fue coronado como Imperator totius Hispaniae:

Al Rey D. Alfonso,
al Rey mi Señor
la España le aclama
por Emperador.


Se trata de un monarca muy vinculado a la ciudad de Ávila, a la que otorgó uno de los títulos que aún hoy aparecen en su escudo, por haberle protegido durante su minoría de edad.

Pero el médico no salió de su asombro al escuchar que esta canción de evocación histórica se mezclaba de pronto con otra malévola coplilla, al parecer dedicada a un vecino que se había casado con una chica embarazada: 
Tú te la llevarás,
Periquito, la Bartola
tú te la llevarás
pero no está sola… 


SU MARCHA

El médico no guardará un buen recuerdo de El Hoyo de Pinares. Al exceso de trabajo, las carencias en el ejercicio profesional, los impagos de honorarios municipales y los problemas de salud, se unió la desgraciada muerte de su hija. Toda la familia había enfermado en distintos momentos, pero la pequeña -“nuestra única y apasionada hija que con sus caricias mitigaba los eternos disgustos”- falleció víctima de una “fiebre gástrica fulminante”, lo que fue para sus padres “el último golpe y más sensible para poner a prueba nuestro sufrimiento”.

Cuando el matrimonio sanó de sus dolencias, consiguió otro destino y abandonó nuestro pueblo en junio de 1834. “Después de un viaje penoso, con caballerías cargadas de muebles, que se rompían a cada paso por los áridos y espesos montes de El Hoyo, Cebreros, Cadalso, etc.”, D. Máximo García López llegará, junto con su esposa, a la localidad de Carmena (Toledo), para tomar posesión de su nueva plaza.

(Ilustraciones: dibujo procedente de la obra original; fotografía de un dintel de una vieja casa de El Hoyo de Pinares, de Manuel Tabasco; y cubierta original del libro)

El piropo español, a salvo de la crisis del ladrillo

Uno de los temidos efectos colaterales de la actual crisis económica es que se hubiera podido extinguir el tradicional piropo de albañil. No deberíamos olvidar tampoco la desorientación de los jubilados, sin obras que mirar y vigilar en todo el día. Pero centrémonos hoy en el desolador panorama que se podía haber producido: mujeres pasando delante de obras inactivas, desde las que nadie les dice que eso es carne y no lo que le echa su madre al cocido y todas esas frases tan sutiles e ingeniosas. 

Sin embargo, yo ayer me quedé mucho más tranquilo en este aspecto. Otros gremios han asumido su parte de responsabilidad para que no se pierdan nuestras esencias patrias. 

Sale A. ayer del metro con un precioso vestido de color…(bueno, da igual, de un color así como morado, no voy a acertar de ninguna forma con el nombre porque ella dice que no distingo entre violeta, malva, lila, fucsia, etc., y tiene razón) y al pasar frente a una parada de taxis se escucha un sonoro:

- ¡Ole, ole y ole! 

Mientras un compañero la eleva en la clasificación:

- Esto se merece cinco oles por lo menos. 

Ahí lo tenemos: otro gremio, con no menos solera, el del taxi, saliendo al rescate, cual Banco Central Europeo, de una de nuestras más arraigadas escenas costumbristas. 

Pero lo más sorprendente es un empleado del Banco Santander, que le dice a la misma A., que ha venido morenita de la playa: 

- Me entran ganas de darle un bocao a ese brazo gitano… 

Piropo bancario, un poco flojito (un albañil le hubiera dicho que le comía otra cosa), pero piropo al fin y al cabo. Y un ejemplo de compromiso por parte del empleado de banca, que sabe que su sector tiene mucha responsabilidad en esta crisis. Tiene su mérito, porque una ventanilla no es lo mismo que un andamio: la cercanía a la piropeada, el contexto, la falta de costumbre… Hay que valorar el esfuerzo. 

En fin, sensación de alivio, como comprenderán ustedes. La crisis, que tantas cosas se ha llevado por delante, no va a privarnos del piropo de toda la vida. Otros sectores se reciclan y toman el relevo. Ya podrían haberlo hecho así nuestros políticos con el empleo. 

Por cierto, A., que no te falte mi cuota y que el sector de la abogacía arrime también el hombro. Hala, a vencer la timidez, Carlos, y a soltar burradas. Una pequeña selección de finos piropos de albañil que te dedico, que sé que te gustan:

- El cipote de tu padre es mejor que el cincel de Miguel Ángel, pa haber hecho semejante escultura.

- Estás tan buena que te comería con ropa y todo aunque me pasara un mes cagando trapos.

- Chavalota, haría contigo más cosas que McGyver en Bricomania. 

- Si tú fueras Bollycao me comeria hasta el cromo. 

- Tienes unos ojos...que te comería to’l coño. 

Al más puro estilo, como se ve ;-)

En RNE, 28 y 30.06.12: una sentencia incomprensible


El programa de Radio 5-RNE Tolerancia Cero, que dirige Marta Gómez Casas, dedicó su atención el pasado 28 de junio, en un reportaje de su redactora Patricia Costa,  a una controvertida sentencia que ha otorgado la custodia a un padre que retuvo a sus hijos durante más de un año y les impidió ver a su madre. El espacio, además de exponer el testimonio de la mujer afectada y de su madre, quiso recabar la opinión de una psicóloga, Ana Isabel Gutiérrez Salegui, y de un abogado, por lo que, a propuesta de Ana, me invitaron a dar mi parecer profesional.

Éste es el audio completo de este espacio. El reportaje al que hacemos referencia está a partir del minuto 41:39.


La protagonista del caso es una mujer de etnia gitana, Mercedes [nombre supuesto para preservar su seguridad] que se casó a los 15 años con su primo, también gitano. A los 17 tuvieron su primera hija. Tres años después, su marido inició otra relación paralela. Mercedes comenzó a sufrir continuo maltrato físico y psicológico por parte de su pareja y de su familia política (suegra y cuñada). Tras seis años de soportarlo, decidió marcharse con sus dos hijos a vivir con su madre. Su pareja le exigió la entrega de los menores, a lo que ella inicialmente se negó. Esa negativa le obligó a huir durante algún tiempo de la ciudad en la que estaba con su madre. Al final, se vio obligada a entregar a sus hijos a la familia paterna bajo amenazas de muerte. El padre se los llevó fuera de la ciudad donde estaban escolarizados y donde residían, los retuvo en su poder y no les permitió, durante más de un año, tener contacto alguno con su madre. Cuando por fin ésta decide solicitar abogado de oficio y formular demanda para recuperar su custodia, el juez ha decidido, sorprendentemente, atribuírsela al padre. La sentencia está actualmente recurrida en apelación ante la Audiencia Provincial por el abogado que lleva el caso.

El juez no otorga ninguna consideración a los antecedentes de violencia, al no existir denuncia. Ana Gutiérrez Salegui aclaró que, aunque no hubiera denuncia formal, sí existía constancia de fechas de atención a la víctima y diversos testimonios cualificados que avalaban la veracidad de estos sucesos. Por su parte, la afectada explicó que el hecho de que una mujer presente una denuncia contra su pareja es, en la cultura gitana, algo proscrito y con graves consecuencias.

Yo pienso que, incluso prescindiendo de estos antecedentes y ateniéndonos a los propios hechos reflejados en sentencia, la argumentación de ésta -dicho sea con todos los respetos hacia una decisión judicial que obviamente no comparto- chirría gravemente.

La resolución parte de que "el comportamiento de ambos progenitores no ha sido el adecuado" y que tanto uno como otro han realizado acciones que justificarían que no se les otorgara la custodia. En el caso del padre, el juez refleja que "de forma unilateral no procedió a la devolución de los menores a su residencia (...), no habiendo permitido contacto con su madre desde entonces". Además, asegura que "queda claro para este órgano que, en la situación actual, el padre no es quien se encarga de forma directa e inmediata de sus hijos, desconociendo cuestiones tan esenciales como en qué año se escolarizaron o qué curso siguen actualmente, siendo su madre y su hermana quien parece ser (sic) que se ocupan de forma adecuada de su cuidado y atención". Y a la madre le reprocha, entre otras cosas, que dejase "a los niños varias horas solos en el parque". 

La sentencia está así equiparando hechos claros y no controvertidos con otros que son negados y no aceptados por la madre. Pero, lo que es más grave, está equiparando un comportamiento (dejar a unos niños de cierta edad en un parque jugando solos, que por cierto no es tan infrecuente en zonas rurales y pequeñas capitales de provincia) que tal vez podría ser inadecuado, con un hecho de tantísima gravedad como es la sustracción de menores, que puede tener incluso relevancia penal.

En estas circunstancias en que el juzgador achaca "inconvenientes" a ambos progenitores la sentencia opta por resolver "en base a lo que se considera más beneficioso para los menores, acudiendo a parámetros de segundo orden". Y, fundamentalmente, se basa en que "se considera más conveniente mantener la situación fáctica de los menores, antes que someterles a un nuevo cambio en cuanto a ciudad, núcleo familiar y colegio". Pero aquí es donde más perversa me resulta la lógica aplicada. Porque acordar que, para que no haya más cambios, se queden con el padre, cuando es éste quien se los llevó y quien les privó de ver a su madre durante más de un año, lanza, a mi modo de ver, un peligroso mensaje: legitima una situación de hecho cuyo origen es una conducta absolutamente ilegal.

Recuerdo a un hombre luchador


Creo que es de Jean Cocteau la frase “lo consiguieron porque no sabían que era imposible”. Algo así habría que aplicar a los vecinos de mi pueblo, El Hoyo de Pinares, en la lucha que mantuvieron entre 1995 y 2002 para lograr que la Educación Secundaria Obligatoria se impartiera en la localidad.

El mapa escolar que diseñó el Ministerio (PSOE) y que compartía la Junta de Castilla y León (PP), preveía que, con la progresiva implantanción del sistema establecido en la LOGSE, la oferta educativa en el municipio se limitase hasta los 12 años y que, a partir de esa edad, tuvieran ya que salir diariamente fuera de la localidad. Teníamos población escolar suficiente y un edificio que previsiblemente se quedaría vacío. Los padres no se resignaron y protagonizaron una rebelión cívica que hoy todavía me sigue pareciendo impresionante y aleccionadora. Porque lo difícil no era movilizarse masivamente. Lo complicado era mantener y dosificar inteligentemente esa movilización durante años, dar en cada momento el paso preciso, conseguir que los dos grandes partidos se implicaran a nivel local en esta reivindicación sin tirarse los trastos a pesar de las presiones que recibieran de sus “superiores”, y jugar la baza más adecuada en cada fase de un proceso largo y complejo.


Para ello, en una asamblea popular decidimos crear la Coordinadora en Defensa de la Enseñanza Obligatoria en El Hoyo de Pinares, que, encabezada siempre por madres y padres de alumnos para garantizar su independencia, agrupó a representantes políticos municipales de todos los signos, a representantes del centro educativo y a asociaciones locales en un objetivo común. Todos trabajamos con rigor y dedicándole muchas horas a lo largo de años: recogimos firmas, presentamos fundadas alegaciones al mapa escolar, remitimos informes y estudios a las autoridades, tuvimos una marcada presencia en los medios de comunicación, protagonizamos numerosos gestos reivindicativos, nos encerramos en la Dirección Provincial de Educación, mantuvimos infinidad de reuniones, nos manifestamos en El Hoyo de Pinares, en Ávila, en Valladolid y en Madrid… y llegamos incluso a practicar una sonada abstención masiva en unas elecciones generales. Conseguimos que los mismos políticos que no nos tomaban en serio al principio se sentaran finalmente a escucharnos y a dialogar. Hoy, El Hoyo de Pinares tiene un C.E.O., Centro de Educación Obligatoria, una tipología novedosa donde se imparten la Primaria y la Secundaria Obligatoria y los niños del pueblo no tienen que salir a estudiar fuera hasta los 16 años.


Yo personalmente no me olvido nunca de todas y cada una de las personas que formaron parte de aquella Coordinadora. Contábamos con el respaldo de todo el pueblo, que fue decisivo, pero sólo desde dentro se tiene una idea real de lo que supuso aquel trabajo y aquella lucha, para gente normal, de a pie, que no éramos expertos en nada, unos pequeños David que nos enfrentábamos a poderosos Goliat. Los que formamos parte de aquel empeño vivimos muchas cosas juntos, momentos amargos, dudas, decisiones difíciles, alegrías y mil y una anécdotas.

Entre los integrantes de la Coordinadora, estaba Luis Ayuso, un joven de la localidad, casado, padre de dos hijos (que luego fueron tres, mientras estábamos embarcados en la lucha), que como el resto se había comprometido para defender el futuro educativo de su pueblo. Al igual que sus compañeros, le robó tiempo a sus quehaceres personales y profesionales (en su caso, a su familia, a su negocio de fontanería y calefacción…) para aportar su apoyo a una lucha que sin duda mereció la pena.

Nos conocíamos antes -como es lógico tratándose de un pueblo- pero con ocasión de esa iniciativa se estrechó mucho la relación. Luis fue compañero en aquella aventura, fue cliente de mi asesoría hasta que no pudo ejercer su actividad por motivos de salud y fue, por encima de todo ello, amigo.

En el trato que tuvimos fui descubriendo a una persona trabajadora, luchadora, íntegra, respetuosa y afectuosa. Era serio y responsable en todo lo que acometía. Se implicaba socialmente en los asuntos públicos. Se comportaba con una coherencia admirable. Tenía, además, esa rarísima virtud de decir todo a la cara: tanto si te tenía que echar una bronca merecida como si te tenía que felicitar. Y ambas cosas las sabía hacer sin perder su sonrisa.

Hace ya muchos meses, a Luis le falló el corazón. A él, que tanto corazón, del otro, del de los buenos sentimientos, había derrochado con los demás. Nos vimos algún tiempo después del infarto y estuvimos hablando. Luego, en estos meses, charlamos un par de veces por teléfono y su gente más cercana me mantenía informado. La última vez que vi a Montse, su mujer, me prometí a mí mismo ir en breve al pueblo a visitarle. No fue ya posible. Quiero pensar que él, por aquello del afecto que sabe que le tenía, me lo habrá perdonado. Pero creo que yo no me lo perdonaré nunca.

El lunes 13 de agosto me llamaron para darme la noticia de que había muerto mientras le intentaban trasplantar un corazón compatible que había llegado.

Es muy duro y muy triste tener que decir adiós a un amigo. Lo es más si sólo tiene 48 años. Y mucho más aún cuando nos deja una buena persona.

En su enfermedad, Luis fue tan luchador hasta el final como lo había sido en toda su vida. Lástima que él, que había ganado tantas batallas, perdiera ésta. Sólo por mala suerte. Porque coraje, fuerza y ánimo no le faltaron.

El otro día pensaba que sus hijos, Diego, David y Esther, que han padecido la desgracia de perderle tan pronto, sin embargo pueden sentirse unos privilegiados por haberle tenido como padre.

Le vamos a echar mucho de menos.

(Las fotografías de la reunión de la Coordinadora y de la cabecera de una manifestación son de Manuel Tabasco, corresponsal de Diario de Ávila en El Hoyo de Pinares. En la manifestación Luis va en la pancarta de delante y yo, que era concejal de educación, iba en la de atrás, una norma que nos habíamos marcado: los padres de alumnos en primera línea y los "políticos" locales en segunda fila).

Acto público de presentación del libro La empresa ante las bajas por incapacidad temporal

Como ya anuncié en su día en una entrada del blog, el pasado 17 de mayo tuvo lugar, en el Salón de Grados de la Universidad CEU San Pablo de Madrid, amablemente cedido para la ocasión, el acto de presentación pública del libro La empresa ante las bajas por incapacidad temporal, del que soy coordinador y coautor y en el que participan Ana Isabel Gutiérrez (psicóloga), M. Paz Martín (abogada y profesora), Antonio Salas (FREMAP) y David A. Sanmartín (detective privado).

Aunque ya ha pasado tiempo, para quienes les interese la materia y no pudieron estar, dejo aquí la grabación completa del acto, gracias a la gentileza de Vorácine y de IF3 Social Media:



En sustitución de Luis Asensio, Presidente de Fundación Confemetal, presentó el acto Valle Molinero, Directora de Programas de Formación de esta entidad, cuya editorial ha publicado la obra. Tras exponer la labor realizada por su Fundación en apoyo a las empresas y trabadores, hizó hincapié en el fenómeno del absentismo como objeto de atención empresarial, y explicó que "este libro, de una forma práctica, amena y sencilla, trata desde todos los distintos ámbitos la problemática de las bajas laborales". 

La psicóloga Ana Isabel Gutiérrez Salegui resaltó la relevancia específica de las bajas psiquiátricas y la dificultad que reviste su tratamiento y control. Hizo referencia a las herramientas con que se cuenta hoy para detectar la simulación, la disimulación o la neurosis de renta, apelando a una adecuada formación permanente de los profesionales. Defendió una política flexible en la reincorporación al trabajo y un cambio de los parámetros legales y prácticos desde los que se afrontan hoy este tipo de bajas. Apostó por una adecuada política de prevención en la empresa y una detección precoz de los síntomas.

Por su parte, Antonio Salas Baena, director de prestaciones de la Mutua Fremap y miembro del grupo de trabajo de prestaciones de AMAT, defendió un mayor papel de las Mutuas en el control de las situaciones de IT por contigencias comunes, basándose en la experiencia práctica y los resultados eficaces acreditados en el ámbito de las contingencias profesionales. En su capítulo del libro, este especialista ofrece una serie de medidas preventivas a las empresas para evitar o reducir las bajas por incapacidad temporal.

Cerré yo el turno de intervenciones, recordando, a través de varios titulares de prensa, como las bajas laborales ha trascendido del ámbito empresarial para convertirse con frecuencia en una preocupación social. Creo que la reducción de bajas temporales en una responsabilidad que debería ser compartida por empresarios y trabajadores. En el acto tuve ocasión de elogiar, uno por uno, el trabajo de mis compañeros y hacer un repaso sobre el contenido de la obra, de cuyo resultado me siento satisfecho. "No nos planteábamos -aseguré- hacer un trabajo teórico y doctrinal. Queríamos un manual práctico y útil para las empresas".

En RNE, 15.05.12: las bajas laborales, una responsabilidad compartida


Como ya anticipé en una anterior entrada, el pasado 15 de mayo de 2012, tuve el placer de volver a sentarme ante los micrófonos de Radio Nacional, en esta ocasión como invitado, en la tertulia de Afectos en la noche, el programa de actualidad social que dirige y presenta cada noche Silvia Tarragona, para hablar sobre el libro La empresa ante las bajas por incapacidad temporal, que he coordinado y cuya autoría comparto con la abogada y profesora M. Paz Martín, la psicóloga Ana I. Gutiérrez, el director de prestaciones económicas de FREMAP Antonio Salas y el detective privado David Sanmartín.

Éste es el podcast completo de la intervención:


El subdirector del espacio, Óscar López, introdujo la conversación con un interesante informe, en el que, entre otros datos, recordó que, según la CEOE, cada día faltan en España un millón de personas a su puesto de trabajo. La patronal cifra las bajas injustificadas en un 20 %, porcentaje que reduce a menos del 12 % la Asociación Española de Especialistas en Medicina del Trabajo.

Yo apunté que, según el reciente Informe Adecco sobre absentismo, se produce una media de 11’6 días perdidos por trabajador y año, una cifra por encima de la media europea y una de los más altas entre los países desarrollados objeto de la comparativa. La preocupación de la gente por conservar su puesto de trabajo ha hecho que en estos últimos años de crisis se haya reducido el absentismo, pero sigue estando en niveles elevados.

Pero, en la reducción del absentismo, opino que no se tiene que pensar exclusivamente en evitar conductas irregulares de los empleados: “Las causas del absentismo son muy variadas y no sólo tienen que ver con situaciones de fraude por parte de algunos trabajadores. A veces también tienen que ver con conductas atribuibles a la empresa, como climas de trabajo que provocan estrés, falta de medidas de prevención de riesgos laborales que provocan accidentes evitables, etc. Hay que poner la linterna, indudablemente, sobre aquellos trabajadores que fingen sus bajas o las prolongan artificialmente, pero sería injusto extender una sospecha generalizada”.

La periodista Nuria Ribó, colaboradora habitual del programa, subrayó “la impresión de equilibrio y de ecuanimidad” de este trabajo. Agradecí esa apreciación, porque “en España cada vez que escribes algo sobre una materia padeces la sospecha de en qué 'bando' estás, si el libro es 'a favor o en contra'”. Y en este caso hay que buscar el sentido común: “Estamos a favor de que se den las bajas que se tienen que dar y que duren lo que tienen que durar, ni más ni menos”. “Yo siempre digo –afirmé- que, por mucho que los empresarios pongan el acento en evitar que haya bajas fraudulentas o abusivas y que los sindicatos lógicamente lo pongan en defender los derechos del trabador en situación de baja, no debería haber ningún empresario tan insensato como para querer que quien no está en condiciones de trabajar esté en su puesto de trabajo, como tampoco ningún trabajador debería solidarizarse con quien, estando en condiciones de trabajar, está en su casa cobrando una prestación de todos”.

Personalmente apuesto por no vincular medidas de reducción del absentismo y crisis económica, me parece un grave error: “La lucha contra el absentismo injustificado se tiene que dar en todo momento, con independencia de coyunturas como la crisis actual. En la medida en que se intenten vincular las medidas de reducción del absentismo con medidas de recortes sociales, yo creo que nos equivocamos”. Considero que, si en tiempos de crisis, “apretamos las clavijas” indiscriminadamente, el efecto no deseado puede ser que “haya personas trabajando cuando no deben, por miedo a cogerse una baja y perder su puesto de trabajo”. En este sentido, mostré mi posición contraria a la nueva regulación del despido por absentismo introducida en la reforma laboral: “Me parece injusta, se aprovechará para casos que no tienen que ver con esta causa. Creo que no va a reducir el absentismo. Pero, si disminuye, será por miedo y no porque se corrijan los factores que lo producen”. Cree que “miedo es una palabra que habría que desterrar del vocabulario en el ámbito laboral. Deberíamos poder ejercer nuestros derechos, sin abusos, pero también sin restricciones injustificadas”.

Aposté por dar un mayor protagonismo a las Mutuas colaboradoras de la Seguridad Social, con los adecuados controles. “La vigilancia administrativa de las bajas laborales en contingencias comunes depende hoy de los médicos de atención primaria que extienden los partes de baja, confirmación y alta”. Es decir, se convierte en controlador administrativo a un profesional de confianza del paciente, cuya función debería ser curarle, no fiscalizarle. Añadí que “cuando se da la baja en atención primaria se hace a menudo en atención únicamente a lo que el trabajador refiere, porque no hay posibilidad material de realizar pruebas diagnósticas de forma rápida. Primero se da la baja y las pruebas ya se harán después”. Pienso que “las Mutuas están especializadas en Medicina del Trabajo y, a la hora de considerar una baja, lo harían no sólo en relación con el estado del enfermo, sino con el concreto puesto de trabajo de éste. Podrían controlar mejor la duración del proceso, podrían ejercer un mayor seguimiento e intervención en su recuperación, con la posibilidad de adelantar tratamientos, etc.”

Sobre el complejo asunto de las bajas psíquicas, Silvia Tarragona apuntó que, según la OMS, la depresión será en breve la principal causa de bajas laborales. Yo me referí al capítulo específico del libro, escrito por Ana Isabel Gutiérrez Salegui. Aludí a su más difícil control, pero expliqué que la autora apuesta por la detección precoz de síntomas y por la necesidad de impulsar medidas de recuperación desde otros parámetros distintos a los actuales.

En cuanto al papel de los detectives en la investigación de bajas, asunto al que también dedica atención este volumen en el capítulo escrito por el investigador privado David A. Sanmartín, dije que “no me parece adecuado extender este tipo de vigilancia sobre todos los trabajadores de baja, porque hay métodos de control menos invasivos. Pero es una herramienta muy útil en aquellos casos en los que existe una sospecha fundada de que se realizan actividades incompatibles con la situación de IT o que perjudican la recuperación”.

A preguntas de Silvia Tarragona, aludí también a las medidas preventivas que, tanto Antonio Salas como Ana Isabel Gutiérrez contemplan en sus respectivos capítulos. “La vigilancia de la salud laboral tiene que ser efectiva y a menudo la hemos convertido, como tantas cosas en España, en una cuestión de puro trámite”, aseguré.

La redactora del espacio Marta Conde resumió algunas de las aportaciones de los oyentes en las redes sociales y, a lo largo del programa, se dio paso a varias llamadas en las que se trataron cuestiones relacionadas con el papel de los médicos de atención primaria, el control de abusos empresariales, qué son las Mutuas, o la actuación de los Equipos de Valoración de Incapacidades, entre otras.